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15-12-2015 Versión imprimir

 

Merecer los sueños como actitud ante la vida


El célebre formador de actores Bernard Hiller presenta su libro ‘Deja de actuar, empieza a vivir’, un método que aviva la vocación de los intérpretes



FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
No culpemos a las próximas elecciones generales, ni mucho menos al Adviento, si caminando por Madrid algún desconocido nos abraza y nos cuenta que se alegra de conocernos. Tampoco si al esperar junto al semáforo una voz empieza a declamar los versos de Hamlet. En ningún caso, cuando llegue hasta nosotros la historia de quienes, desde el encanto y el humor, consiguieron una mesa de improviso en aquel restaurante siempre abarrotado. Ni cuando algún amigo nos cuente que se marcha, con una mano delante y otra detrás, hasta Los Ángeles: la ciudad donde, en palabras del intérprete y formador de actores Bernard Hiller, “el aeropuerto siempre está abierto”.
 
 

 
 
 
   Porque de sugerencias así se nutre el método de este profesor, así como su último libro, traducido al alemán, al italiano e incluso al ruso: Deja de actuar, empieza a vivir (Editorial Alba). La mañana del 15 de diciembre, la presentación del texto en castellano, prologado por el reconocido Carlos Bardem, contagiaría a algo más de 70 alumnos del madrileño Centro Actúa (calle de Cavanilles, 15). Al entrar allí, este argentino de 41 años saluda con cariño, y en idiomas muy dispares, a quienes ya son incondicionales en las conferencias que concede por todo el mundo. No es el caso de María José Díaz, una de las actrices que acudió allí por curiosidad, al pensar en las personas con las que Hiller ha trabajado. Y durante algo más de una hora, el coach de estrellas como Cameron Diaz, Marion Cotillard, Leonardo DiCaprio o Al Pacino capta toda la atención y el entusiasmo de los congregados.
 
   “He estado en 60 países y todos los artistas son iguales. Cambian los acentos, permanecen los problemas. Dicen que España está en crisis: la busqué anoche y vi que los restaurantes servían comida”, arranca el actor, apoyado en castellano por un intérprete. Nacido en Buenos Aires, Hiller no tardaría en marchar a Nueva York, donde se forjaría un nombre en Broadway bailando y cantando en musicales: destrezas que recomienda cultivar, ya que el cuerpo “es la materia” del arte dramático. “Es el mejor momento de toda la Historia para dedicarse a esto. ¡Spielberg ve unas diez películas al día buscando a su próximo protagonista! ¿Os suena de algo Internet?”, reivindica el tutor. Las risas del público devienen, poco a poco, en asentimientos y gestos de reflexión.
 
 

 
 
 
   Solo es cuestión de voluntad y perseverancia que los sueños se cumplan, ya que los muros están dentro de uno mismo. Los anhelos, eso sí, deben ser siempre altos. “Perder 50 kilos es mucho más fácil que deshacernos solo de cinco”, anota el intérprete, que incide en que no hay ningún motivo para postergar las ambiciones: “Los artistas saben que no vivimos para siempre y que el tiempo es el enemigo”. Y el orador reclama la interacción del público: nadie se marchará de la sala sin haberse presentado a quienes se encuentran en los asientos contiguos al suyo. “Esto trata de motivación, más que de autoayuda. Es un golpe en el pecho que nos dice que lo llevamos todo dentro”, cuenta el actor Carlos Ceña, que conoció los inspiradores discursos de Hiller hace casi una década y conoce a algunos de los asistentes.
 
 

 
 
 
   Las equivocaciones también corren a cuenta de quienes deberían velar por el crecimiento de los intérpretes. “Los profesores de arte dramático crean a los mejores camareros del mundo. En Norteamérica, los actores se forman durante toda su vida, ¿qué es esto de que nos den un diploma y nos deseen buena suerte?”, lamenta Hiller. Su discurso no duda en ensalzar las ciudades en las que creció como actor, en las que ve la tierra prometida de la meritocracia. Con todo, el coach reconoce que Hollywood trata, en muchas ocasiones, sobre las relaciones públicas: “No penséis en la gente a la que conocéis, sino en convertiros en gente a la que los demás quieran conocer”. Para ello, siempre, la receta del optimismo.
 
 

 
 
 
   “Creo que a los españoles nos vienen bien lecciones como esta: debemos quitarnos esa capa de cinismo, tan nuestra, que nos impide confiar en nosotros mismos”, anota Bardem, amigo personal del intérprete, que no vio dificultad en escribir el prólogo de un trabajo “claro, directo y sintético”. Más allá de esto, el actor comparte ese diagnóstico por el que las escuelas de interpretación se olvidan de sus alumnos cuando estos echan a volar en un mercado abarrotado: “Espero que mensajes así ayuden a las personas a despertar y crear sus propias oportunidades”. Según dio a conocer AISGE el año pasado, solo tres de cada 10 intérpretes españoles vive de su trabajo.
 
   Para Hiller, el arte dramático no es solo un oficio, sino una forma de vivir y una obsesión que, además, no se elige. “Quienes alguna vez han ganado un premio Oscar no aspiran a obtenerlo solo por sus papeles en la ficción: pensaban que se lo merecían por el mero hecho de estar sentados, de respirar. Siempre que se encontraban delante de alguien, pensaban en ese galardón”, indica el actor, en lo que podría interpretarse como una broma; en su soliloquio, lo es solo a medias. Como aquella técnica de los reflejos por la que forzar la sonrisa podría cambiar nuestro estado de ánimo, sentir la victoria es la única manera de atraerla: “Los Ángeles se nutre de gente loca, a la que le dijeron que nunca lograría nada”.
 
 

 
 
 
   El discurso del intérprete nunca abandona las ideas de las pulsiones, los sentimientos y la locura: “Los artistas estamos conectados con nuestro corazón, no con nuestra cabeza. ¡La mente nos convierte en personas normales!”. Al tiempo, tampoco deja de lado la constancia que requiere un oficio en el que la competitividad es muy alta. Los sueños son una cosa y los deseos, que se suelen formular al aire, por capricho, una muy diferente. Si una vocación no se ve realizada, lo último en lo que debemos pensar es en nuestras capacidades. “Todos tenéis talento, así que arriba llegarán solo los más determinados. Ser uno de ellos solo depende de vosotros”, apunta Hiller, que asegura que no acepta alumnos cuya motivación no sea contundente.
 
   El ciclón del soliloquio engancha a actores como Ángel Saavedra, que ya ha escuchado al tutor en más ocasiones: “Esta profesión está en crisis siempre. Nos van zarandeando, de un lugar a otro, y esto me recuerda quién soy, más allá de los síes y los noes. Aunque no siempre conservo el subidón de discursos así”. La sesión cierra con dos grandes aplausos y aquel entusiasmo permanece en el aula hasta que los concitados se marchan. Díaz sale de allí “envuelta y conectada” aunque descarta, al menos, lo de saltarse la cola de un restaurante. Otros pasearán su entusiasmo por Madrid o, quién sabe, quizá lo lleven hasta Hollywood. Y Hiller anuncia la próxima clase que, en Hamburgo, concederá junto a Harvey Keitel.
 
 

 
 
 
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