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Ilustración: Luis Frutos
Alfabeto de las pulgas


BERNARDO ATXAGA
Convoqué a las letras del alfabeto para que me ayudaran a recordar los encuentros que he tenido con el teatro, y acudieron en tropel unas quince de ellas.  Pronto me di cuenta que no eran letras-letras, signos convencionales, sino letras-pulga que corrían y saltaban tratando de picar en lo más alto posible. Tras un cierto barullo, se impuso la que casi siempre llega primera a los sitios, la letra-pulga A. Recordé entonces que fue en mi pueblo natal, Asteasu, donde tuve un primer contacto con el teatro.
 
         Asteasu. Alrededor de 1960 llegó al pueblo un joven sacerdote aficionado a la literatura, Carlos Otegi. Al poco, ya había formado un grupo de teatro con jóvenes que nunca habían pisado un escenario ni habían visto una representación que no fuera la de los payasos de los paupérrimos circos ambulantes de la época. Quizás pensaron, cuando les hablaron del proyecto, en un sainete o en una astracanada; pero el joven sacerdote traía otra idea. Deseaba representar “La Mordaza”, de Alfonso Sastre, una obra en la que se denunciaba la opresión franquista.

         Era un niño de diez años, pero asistí a los ensayos y fui testigo de la paulatina transformación de los chicos y chicas “mayores” del pueblo en Isaías Krappo y demás familia. Fui asimismo testigo de las discusiones en torno al título de la obra en euskera, que al final fue “Denok isildu egiten gara” (“Todos nos callamos”). También estaba allí el día que el grupo recibió la carta de Alfonso Sastre con una primera línea que decía: “¡Pues claro que les doy permiso para hacer mi obra!”. La representación tuvo lugar en un garaje, y fue un éxito.

         La experiencia fue decisiva. Me sobrevino la idea de que existían realidades distintas, desconocidas, “fuera de serie”, y me convertí a la fe del teatro… y seguiría hablando de este asunto, pero antes debo atender a las letras-pulgas, y sobre todo a la E de los ensayos, que es la que mas salta.

         Ensayos. He estado en cientos de ellos a lo largo de mi vida, y nunca he dejado de sentir esa “otredad” que percibí durante el montaje de “La mordaza”. Me ocurría cuando, a finales de los años setenta, iba a un edificio industrial del barrio de Bolueta de Bilbao para observar cómo preparaban sus espectáculos los actores del grupo “Cómicos de la Legua”, o cuando, más tarde, asistí en el mismo lugar a la puesta en escena que el grupo Maskarada hizo de uno de mis cuentos infantiles. Se repetía en ambos casos la transformación artística, la creación de un universo diferente, “fuera de serie”; pero, además, intervenía el espacio físico. El edificio industrial no se parecía en nada a un teatro municipal. Era un lugar raro, pensado para máquinas y herramientas, incómodo, cutre, en cierto modo salvaje; era, a cambio –compensación maravillosa – un espacio libre, liberado.

         Las letras-pulga saltan y piden tomar parte en el alfabeto. Distingo entre ellas a la tripulga JLG y a la tetrapulga JLLV. Voy con ellas.

         JLG. José Luis Gómez. Le debo un momento “otro”, de intensa emoción. Llegó de Alemania, y presentó en Bilbao dos obras: “Informe para la academia” de Franz Kafka y “El pupilo quiere ser tutor”, de Peter Handke. El primero de los montajes me causó una honda impresión. Aún veo en el escenario al mono recién convertido en hombre, respondiendo al académico que atribuía su transformación a las ansias de libertad: “¡Yo no buscaba la libertad, señor! ¡Solo buscaba una salida!”.

         JLLV. José Luis López Vázquez. Lo conocía del cine y de la televisión; pero verle en el escenario haciendo de Willy Loman en “Muerte de un viajante” fue para mí algo m… iba a decir “mágico”, pero a esta “m” es una letra-pulga muy fatigada; de modo que no sé cómo describir la experiencia.

         “¡Mummenschanz!”, escuché. Era la pulga-m, bastante irritada por el poco papel que le estoy dando en este alfabeto. A su lado saltaban  la P y la K, igualmente irritadas.

         Mummenschanz. La otredad que siempre acompaña al teatro afecta también a la forma, de ahí que la proporción de obras de vanguardia sea grande. Me acuerdo por ejemplo del grupo alemán Mummenschanz, con sus “conversaciones” de papel higiénico y sus actores-puf…

         “¿Y qué hay de Kantor?”, chilló la pulga-K. Efectivamente, Kantor. Otro ejemplo

         “Y Roy Hart”, añadió la bipulga RH. Y sí, también el grupo de Roy Hart. Y muchos otros. Por ejemplo, volviendo a Bilbao, el grupo “Cobaya”, que en los años setenta puso en escena el Ubu Roi de Alfred Jarry.

         “Soy la letra-pulga O. Aprovecha para hablar de los olvidos”, escucho. Y sí, también ella tiene razón. He olvidado cosas. Que aprendí mucho durante el montaje de Herio Dantza (“La danza de la muerte”, August Strinberg) dirigida por Lluis Sola y con Aizpea Goenaga y Mikel Garmendia de actores principales. Y que fui muy feliz cuando, hace unos meses, vi en los teatros del País Vasco la representación de la obra de Tanttaka, “El hijo del acordeonista”.

         “¡Pulgas! ¡Pulgas! ¡Pulgas!”, grita la P, entregándome a continuación el programa del Festival de Teatro de Humor de Araia, Álava. Leo en él que se va a representar una obra del grupo Zanguango –“Aquí va a pasar algo”, un gran trabajo –, y también una obra de domadores:

         “Aquellos que prefieran un espectáculo de domadores podrán disfrutar de El circo de las pulgas, donde Alfredo Panzani, un antiguo dominador de fieras ha cambiado sus leones y elefantes por una exhibición de pulgas sabias con las que recorre todo el mundo”.

         Si los aplausos de las letras-pulga pueden ser atronadores, el que siguió a la mención fue atronador. Y sí, efectivamente,  recuerdo que mucho fue el trabajo que las pulgas sabias dieron al domador y mucho el regocijo del público! ¡Larga vida a las pulgas!

         Las letras-pulga volvieron a aplaudir. Y sí, su aplauso puede ser atronador. Luego una de ellas se dirigió a mí y dijo:

         –Te agradecemos mucho que el protagonismo de este alfabeto nos lo hayas dado a nosotras. Has hecho bien. Somos las mejores.

         Y sí, quizás sean las mejores. O quizás no. Quién sabe. Trataremos de ese tema en el próximo alfabeto.
 
 
El guipuzcoano Bernardo Atxaga es el autor en euskera más leído y traducido. Ha escrito poesía, teatro, ensayo y abundante literatura infantil. Obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 1989 por ‘Obabakoak’. Su novela más reciente es ‘Zazpi etxe Frantzian’ (‘Siete casas en Francia’)
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