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16-02-2015 Versión imprimir

 
 
Blanca Portillo 


“La risa y la comedia son la mejor lupa para ver el desastre”


La actriz y directora madrileña revela sobre el escenario la cara oculta de dos personajes eternos, el Tenorio y la Virgen, y aún saca tiempo para su televisiva pescadera en El chiringuito de Pepe. Entre col y col, lechuga
 


EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Si por algo se ha distinguido la carrera de Blanca Portillo (Madrid, 1963) es por el afán de búsqueda. Muchos actores se mueren sin catar personajes para los que esta actriz ya se ha transfigurado, como Hamlet o Segismundo. Ahora interpreta sobre las tablas un papel más imponente si cabe: la madre de las madres, la Virgen, en El testamento de María, un monólogo del irlandés Colm Tóibín dirigido por Agustí Villaronga (Pa negre).
 
   Le recordamos al único hombre que, hasta donde nos alcanza la memoria, ha interpretado a la madre de Jesús. Bueno, mejor dicho, de Brian. Fue Eric Idle, de Monty Python. Ella carcajea: “¡Es verdad! Bromeamos sobre eso en los ensayos. Yo decía: ‘si me pongo el velo así, soy como la madre de Brian’. Nos hace falta risa inteligente como la de los Python, porque es una magnífica lupa para ver el desastre. Por eso se prohibió la comedia durante siglos. El teatro es un espacio de comunión con los espectadores. Seamos inteligentes, atrevidos, generosos y... juguetones”.
 
   Suena a declaración de principios. A Portillo parece que le pasa lo que a otro ilustre miembro de los surrealistas cómicos británicos, Michael Palin. El hilarante Poncio Pilatos en la sátira La vida de Brian e infatigable trotamundos en la vida real explicaba así su espíritu viajero a la BBC: “Desde niño, constantemente buscaba irme de donde estaba; siempre quería estar a la vuelta de la esquina”. Y eso le pasa a Portillo, solo que sin salir de los escenarios. “De niña era un tabardillo, según me cuentan mis hermanos. Me metía en todos los charcos”. Y así sigue. Su avidez por explorar nuevos territorios no solo le ha llevado hasta una terrenal María, sino a la dirección de una versión iconoclasta de Don Juan Tenorio. Aunque está embarcada en estos dos proyectos de tono grave, ella le quita hierro: “Es fundamental perdernos un poco el respeto y quitar solemnidad a nuestro trabajo”.
 
 
 

 
 
 
– ¿La gente del teatro se toma demasiado en serio a sí misma?
– A veces nos ponemos muy estupendos. Cuando oigo decir “yo soy artista”, pienso “qué suerte, yo trabajo”. En fin, yo por una buena comedia, ma-to [enfatizando las sílabas]. Creo que no he disfrutado tanto como haciendo Madre, el drama padre, de Jardiel. La hice con Gonzalo [de Castro] y Pau Durà, mientras se emitía la cuarta temporada de Siete vidas. Y fue un bombazo. Sergi Belbel hizo una función en blanco y negro perfecta. Lo curioso es que con 18 o19 años ya hice ese personaje en el tercer curso de la RESAD. La vida me lo volvió a poner delante.
 
– Salir de estos personajazos y pasar a la tensión sexual no resuelta con Jesús Bonilla debe de ser un alivio.
– Ya lo creo. Cuando todo es tan intenso, unas risas son milagrosas. Es muy divertido trabajar en El chiringuito de Pepe. No tengo problema en hacer la gansa profunda y al día siguiente interpretar a Medea. Escojo mis personajes con rigor pero no me tengo mucho respeto, ni ando pensando si hacer de pescadera me va a perjudicar. Para nada.
 
– A remangarse y al tajo, ¿no?
– Claro. No hay que creerse na’ de na’.
 
¡La Virgen!
– ‘El testamento de María’ se estrenó el pasado julio en el Grec. Tras su paso por Madrid, ¿qué recorrido le espera?
– Estaremos en marzo en el Lliure de Barcelona y posteriormente de gira por distintas ciudades: Bilbao, Zaragoza, etc. Quiero aclarar que no es un simple monólogo: teatro vacío y una señora ahí subida, larga que te larga. Es un espectáculo teatral para el que Frederic Amat ha ideado una escenografía muy elaborada.
 
– El texto es muy reciente, de finales de 2012, y su paso por Broadway de la mano de Fiona Shaw también. ¿Tuvo oportunidad de verla?
– No. Y, de todos modos, no habría querido hacerlo. Quería ponerme en manos de Agustí y avanzar sin influencias externas; quieras que no, los precedentes te condicionan. De hecho, son montajes diametralmente opuestos. Me lo decía el propio Tóibín: la temperatura de nuestro espectáculo no tiene nada que ver con la del otro.
 
– ¿A qué se refiere?
– Los actores anglosajones tienen un sentido del humor muy particular, son más cerebrales y más técnicos, lo que da un punto de vista distante. Agustí tenía la idea contraria: sumergirse en las emociones y las pasiones de esta mujer. A Tóibín le fascinó que del mismo texto salieran dos resultados tan distintos.
 
 

 
 
 
– No es habitual que la escena española esté tan al día. ¿Quién tuvo la idea, Portillo o Villaronga?
– Agustí es amigo de Tóibín, que tiene casa en Barcelona, y quería hacerlo. Presentaron el proyecto al Grec y, según me han contado [ríe], su director, Ramón Simó les dijo que pensaba que debía hacerlo yo.
 
– Vamos al lío. ¿Es usted creyente?
– No.
 
– ¿Y cómo aborda una agnóstica un personaje de la historia sagrada?
– Como un personaje más. No hay por qué verlo de otra manera. El autor lo plantea desde una perspectiva más pagana que religiosa, y de hecho eso fue lo que me atrajo, la idea de que el dolor de una madre se puede convertir en algo tan sagrado o más que el hecho de ser la madre de Dios. Los actos de su hijo se consideran sagrados desde fuera, pero para ella no es más que el niño que ha parido. Y no entiende qué está pasando.
 
– Una madre confundida.
Eso me cautivó. Nunca me había planteado que la Virgen pudiera tener emociones tan... humanas [recalca el adjetivo], pero así debió de ser, e imagino que sentía miedo, angustia, dolor. El autor añade el componente de que no es seguidora de su hijo, sino simplemente una madre que teme por el berenjenal en que se ha metido el chico, algo que es casi una secta. María lo pierde. El niño que ella había criado se va de viaje y, cuando vuelve, es un joven al que no reconoce.
 
– Las malas compañías.
– Justo. Es la reacción típicamente maternal: la culpa de todo la tienen los amigos. Y es muy hermoso ver ese desconcierto en un personaje que parecía intocable, que casi ni respiraba. De pronto se hace terrenal: sufre, llora, regaña a Jesús, detesta a los discípulos... Y a la vez es capaz de analizar sus errores, porque ella no es para nada perfecta. Para nada.
 
   Es el momento de salir a la terraza del bar. Estamos en una placita del Madrid de los Austrias que los chiquillos de un colegio utilizan como patio de recreo. Suena la campana. Ellos entran, nosotros salimos. La actriz ha preferido evitarlos porque muchos la siguen en El chiringuito de Pepe y mejor que no haya retrasos, en un rato tiene que estar dirigiendo otro ensayo del Tenorio.
 
 
 

 
 
 
¿Y se respira mejor?
Portillo es como una dj de la interpretación. Imagínenla: agita los brazos desde la cabina de El chiringuito en televisión, mientras en un plato tiene a la Virgen María y en el otro a don Juan. Hablamos de una versión nueva (y a buen seguro controvertida) del Don Juan Tenorio de Zorrilla, estrenada en noviembre en Valladolid, luego representada en Sevilla y posteriormente en la temporada del Teatro Pavón de Madrid en enero y febrero. Otro follón, pero esta vez como directora. “No se imagina qué locura. Estoy muy contenta, pero ¡son quince actores!”
 
– Con José Luis García Pérez al frente. ¿Nunca había tenido un elenco tan grande?
– Hasta ahora el más numeroso había sido de seis. Es una coproducción del Teatro Calderón de Valladolid y la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Un espectáculo costoso y difícil de mover. Resulta casi increíble que podamos hacerla en los tiempos que vivimos. Sacar de gira a quince actores y seis técnicos, con sus correspondientes seguridades sociales, dietas, sueldos, etc., supone un caché elevadísimo. Pero es cierto que mucha gente ha mostrado gran interés, y el apoyo de estos dos teatros nos ha permitido sacarlo de gira.
 
– ¿O sea, que habrá gira?
– Hasta casi el verano. Una gira un tanto atípica, porque no podemos hacer fechas únicas. Estamos muy limitados y soy consciente de que probablemente no gane un duro [le entra la risa de quien está acostumbrado a relativizar noticias adversas]. Tampoco gané nada con La avería, pero al menos tenía un caché asequible. La esperanza y la confianza que mucha gente ha depositado en el espectáculo me producen un pánico añadido.
 
   A pesar del pánico, a Portillo le van los fregados. Se le nota. Este ha consistido en dinamitar el condescendiente concepto que nuestra sociedad ha tenido tradicionalmente del donjuán, y en hacer la primera voladura en el Calderón de Valladolid (donde probablemente más veces se ha representado), en el año de su 150 aniversario. Total, nada.
 
– Fue un acto de valentía de José María Viteri, director artístico del Calderón. Yo le propuse mi Don Juan con la esperanza de que me comprara un par de funciones en algún momento. Y él, en cambio, decidió estrenarlo. Es arriesgado, pero no se puede hacer teatro para conformar a todo el mundo. Y menos en los tiempos que corren. En el siglo XXI este personaje sigue existiendo no solo como un icono sino como alguien real, alguien que te encuentras por la calle. Para mí representa un montón de ideas obsoletas que ya no deberían existir.
 
 
 

 
 
 
La extraña pareja
– Tenorio y la Virgen María. Menuda pareja.
– [Ríe con pillería.] La verdad es que sí.
 
– Dos personajes opuestos y siempre una mirada distinta. A usted, ¿le inoculó alguien la inquietud o venía así de fábrica?
– Tiene que ver, primero, con una necesidad de superación de los límites. Necesito salir de mi franja de comodidad, de seguridad. Hay aspectos del trabajo que empiezas a dominar y entonces podrías tranquilamente quedarte haciendo lo mismo el resto de tus días. Yo no sirvo para eso. Y es algo casi infantil.
 
– Vamos, que ya era así de chiquinina.
– Pues sí. Venga a subir la goma de la comba para saltar más alto. En la búsqueda de la dificultad está el crecimiento. Si no, una se vuelve Apalanquéitor. Eso para empezar. Y luego, claro, me voy cruzando en mi carrera con personas que me exigen cada vez más y que me enseñan que el teatro nunca es un lugar de comodidad. Nunca. Jorge Lavelli, por ejemplo, me decía: “Tú no puedes hacer cualquier cosa. Tienes un compromiso con la cultura de tu país”.
 
– Quizá había problemas logísticos para hacer a la virgen y al seductor a la vez, pero, ya puestos, ¿no se planteó encarnar también a Tenorio?
– Es el último personaje que interpretaría en mi vida. Lo detesto. No me interesa nada hacerlo, por eso lo estoy montando.
 
   Al rostro de incredulidad de su interlocutor, Portillo aclara: “Se ha creado una especie de leyenda que me asocia sistemáticamente con personajes masculinos, pero el Hamlet que yo hacía era en realidad una mujer, y el inquisidor de Alatriste, un papelito pequeño. No es que vaya a especializarme en papeles de hombre. Simplemente hago papeles que me gustan”.
 
– Usted ha dicho: “Nunca he entendido cómo un personaje así ha podido convertirse en un mito”. ¿Su montaje da una respuesta?
– Todos sentimos atracción por la transgresión. El malo siempre hace cosas que nos gustaría hacer pero a las que no nos atrevemos. Entiendo el vértigo que produce ver a un tipo como don Juan, pero me inquieta que nunca se le haya visto como un asesino, un violador y un maltratador, sino como un valiente galán que hace lo que le da la gana.
 
– Un espíritu libre.
– Exacto. Y no [rotunda]. Ya está bien. Este tipo no respeta nada, ni a sí mismo. Por tanto, realmente no es necesario que demos respuestas, sino que planteemos cuestiones: ¿Qué tiene de admirable? Solo una cosa: no miente sobre sí mismo, no niega lo que es.
 
– Pero, ¿no redime al personaje canalla el amor verdadero? O más bien, el enamoramiento.
– No. El amor no te salva de nada. He quitado su ascensión a los cielos porque no soy creyente y, además, porque no creo que Dios pueda perdonarlo o redimirlo a través del amor a Inés. Lo único que le salva es la conciencia de lo que ha hecho. Nosotros no le perdonamos.
 
 
 

 
 
 
Rebobinando
– Allá por 1985, recién salida de la RESAD, debutó en las ‘Bodas de sangre’ de José Luis Gómez. ¿Fue un golpe de suerte?
– Fue empeño de mi maestro Pepe Estruch, que me empujó a hacer la prueba. Gómez solo quería alumnas suyas, porque sabía que su gente trabajaba bien el verso. Sin embargo, yo estaba más pendiente de un personaje maravilloso que me iban a dar en la función de final de curso.
 
– Que era...
El rey Juan, de Shakespeare.
 
– Bah, un autor menor.
– [Ríe.] Bueno, el caso es que me cogieron para el papel y estuve de gira por el mundo entero con la compañía de José Luis Gómez, con solo veinte años y a punto de casarme.
 
– ¡No me diga!
Tenía mi novio, mi casa y mi boda a la vista. Pero a la vuelta de la gira, después de ver tanto mundo, ya no quería casarme.
 
– ¿Y se canceló todo?
– Sí. Cerré una puerta y se abrió otra que ahí sigue, de par en par.
 
– En 1992 se reencontró con Gómez en ‘Lope de Aguirre, traidor’, de Sanchis Sinisterra. ¿Qué había cambiado en esos ocho años?
– Habría que preguntárselo a José Luis, pero recuerdo que me dijo que había perdido inocencia y ganado madurez. Y que había adquirido una verdad interpretativa eficaz, no casual, es decir, que podía repetirla en cada ensayo y cada función.
 
– ¿Qué crítica negativa le ha dolido más?
– Me han dado palos por trabajos de dirección, en el sentido de “zapatero a tus zapatos”, algo que no me molesta, siempre y cuando las críticas sean objetivas. Pero como actriz, tuve una por mi papel en El matrimonio de Boston que me dolió. Me reprochaban que se notaba que era una actriz que venía de la televisión y que este tipo de intérpretes no valen para el teatro, cuando yo de donde vengo y de donde nunca he salido es del teatro, desde los veinte años, salvo en las dos primeras temporadas de Siete vidas. Era la primera vez que hacía una serie de televisión y no quería estropearlo descentrándome con otras cosas. Me dolió la desinformación de este caballero, cuyo nombre omitiré, y el clasismo estúpido que gusta de distinguir entre actores de un medio y de otro. Le reprochaba lo mismo a mi compañera en aquella función, Kiti Mánver [llevándose las manos a la cabeza], un pedazo de actriz, así que no le digo más.
 
– Una reseña de su Hamlet se titulaba: “Santa Blanca Portillo sube a los cielos”. ¿Los rendidos halagos le incomodan?
– Me dan pudor. De verdad que no creo que sea para tanto. Mi sensación es que yo cojo mi pico y mi pala y trabajo. Me cuesta valorar los elogios.
 
– Además de José Luis Gómez, la han dirigido otros veteranos, como Miguel Narros o José Carlos Plaza, y jóvenes como Andrés Lima, Sergi Belbel, Helena Pimenta, Tomaz Pandur... ¿Cuál cree que le ha influido más y por qué?
– Debo mencionar a tres, sinceramente. José Luis Gómez me abrió las puertas al trabajo con la palabra, me metió a machamartillo el rigor en la expresión y el amor al lenguaje. Algo que hace poco pude compartir de nuevo con él en la lectura dramatizada de La vida es sueño para el tricentenario de la RAE.
 
– ¿Y después?
– Después con Jorge Lavelli descubrí una lectura de la realidad. Él no hace teatro para imitar a la vida, sino para inventar una vida nueva. Para lo otro ya están los documentales. La obra de arte es una lectura sobre la vida, pero con vida propia. Tu cuerpo, tu mente y tu capacidad creativa están al servicio de una nueva manera de contar las cosas. Aquello me cambió. Y luego llegó Pandur. Con él descubrí a alguien que hace el montaje a tu lado. Somos dos creadores a la misma altura y vamos a construir un mundo juntos. La mezcla de estos tres directores es lo que me interesa.
 
 
 

 
 
 
– Antes decía que Lavelli le hizo ver la responsabilidad  que tiene el actor de “contribuir”.
– Algo que sospechaba hacía tiempo. No soy partidaria del entretenimiento en el teatro. Pero desde chica. Para eso están el zoo o el parque de atracciones. Yo voy al teatro a que me cuenten una historia que me descubra algo que no sé o que me haga pensar sobre mi vida. Cuando Lavelli lo verbalizó, entendí que ya lo llevaba dentro. Mi obligación es descubrir gente en movimiento en mi país, juntarme con ellos y darle al espectador la posibilidad de abrir su corazón y su mente. No se trata de pasar un buen rato. O no solo.
 
Y venga premios
En 1997, Blanca Portillo recibió su primer galardón, el Ojo Crítico de Radio Nacional. Según confiesa la actriz, su madre le dijo lo que le dice siempre en estos casos: “Hija, qué buena eres y qué orgullosa me siento”. Desde entonces el goteo ha sido incesante: varios Premio Max, Premio Nacional de Teatro, Premio de Interpretación en Cannes, Concha de Plata en San Sebastián...
 
– Le lloverán ofertas.
– No se equivoque. Le digo lo de antes: no es para tanto.
 
– ¿Qué criterio manda al escoger un texto?
– Ya hemos hablado antes del rigor y de lo que aprendí de mis maestros. Siempre he elegido solo aquello en lo que creía, incluso cuando no podía permitírmelo porque me hacía mucha falta trabajar. Pero mejor es no hacer nada que hacer algo muy malo, en lo que no crees y con un director en quien no confías. La única vez que me ha ocurrido esto lo pasé tan mal que casi monto un bar en Palencia.
 
– ¿Literalmente?
– Es un decir. Pero de verdad que sentí ganas de dejarlo todo.
 
– ¿Puedo preguntarle qué pasó?
– No, ni puede ni debe hacerlo [entre risas]. En cine, aunque queda para la posteridad, es soportable hacer algo en lo que no tienes demasiada fe, pero salir al escenario de un teatro sin creer en lo que haces me parece imposible.
 
– Entonces, su dinámica de trabajo es hacer tele o cine que le da pasta para invertirla en su teatro.
– Sin duda. Lo invierto todo en el teatro. No tengo restaurantes, ni pisos, ni nada de eso. No estoy en esto por el negocio. Hay grandes productores que saben hacerlo, yo no.
 
 

 
 
 
– ¿Es mejor invertir que esperar la ansiada lluvia de las subvenciones?
– Sobre todo porque te hace más libre, te da independencia. Lo que no quita para que crea que deben darse subvenciones al teatro, como a tantos y tantos sectores que las reciben. Hay trabajos que no saldrían adelante sin una ayuda. Yo también las pido.
 
– ¿A qué le suena esto: “Gonzalo, ten cuidado, que a ti te lía hasta la abeja Maya”?
– Gonzalo y Carlota eran una pareja maravillosa. Y los guiones de Siete vidas, fantásticos. Nadie imaginaba lo que aquello daría de sí. De hecho, la primera temporada no fue para tirar cohetes, pero porque la audiencia no estaba acostumbrada al formato sitcom, al público en directo, a la duración... Precisamente por eso me ilusionó el proyecto, porque era raro, distinto, nuevo.
 
– De nuevo la risa inteligente.
– Está claro. Leyendo los guiones, te dabas cuenta de la inteligencia con que estaban escritos y de lo reales que eran los personajes. No eran fantoches. Era la vida real con un sentido del humor exquisito. Si serían buenos los guiones, que la gente te paraba por la calle para que hablaras como los personajes. “A ver, dime algo”. A mí, que no tengo ni puñetera gracia.
 
– Terminemos. Si fuera ministra, ¿qué haría para salvar el teatro?
– Uf, qué complicado. Ser ministro de cultura no garantiza que puedas salvar casi nada. Crearía el caldo de cultivo para una regeneración real y natural que trajera nuevos creadores: posibilidades de espacios, educación del espectador, revalorización de la cultura, etc. Pero sin intervencionismo. De todos modos, no me gustan ni la política ni los políticos. Trabajé en un lugar público y allí descubrí cosas que jamás podría sostener.
 
   Mientras se fotografía, la actriz confiesa que, cuando un montaje no le deja dormir, su viejo maestro Pepe Estruch se le aparece en sueños para darle consejos. “Además tengo esto”, dice señalándose un gran anillo en el dedo, “es cuarzo citrino y sirve para tomar buenas decisiones”. Un regalo de Agustí Villaronga. Por fin dejamos que vuelva a sus ensayos del nuevo Tenorio con sus quince actores. Guarda las gafas de pasta y vuelve a ponerse las de espejo que traía cuando nos citamos y que tan bien le cuadran con la chaqueta de cuero. Y en un santiamén ya está a la vuelta de la esquina, como Michael Palin, el Python viajero. Como los buenos exploradores.
 
 
 

 
 
 
 
PORTILLO POR DENTRO Y POR FUERA

– Hija del baby boom, se crio en el barrio madrileño de... Chamberí.
 
– De niña quería ser... No tenía ni idea. Sabía que quería contar historias, pero no que eso era ser actriz.
 
– Estudiaba en... el colegio Fernando el Católico, el mismo donde estudió Juan Mayorga, de lo que estoy muy orgullosa.
 
– Tuvo su primer amor... a los 13, era el más guapo del colegio. Nos separamos al terminar la EGB. Hoy es juez. Sí, le seguí la pista.
 
– De toda la vida su plato favorito es... el cocido. Soy muy básica. Y me sale muy bien. Le echo una carrera si quiere.
 
– Es colchonera (del Atleti) y le gusta el fútbol porque... es una batalla estratégica maravillosa que une a miles de personas en un campo. 
 
– Su recóndito secreto no es “Fui fan de El Puma” sino... Si es recóndito no debería contarlo. A veeer [resignada]... De niña era muy creyente e iba mucho a misa. Me encantaban el discurso y la iconografía. Con el tiempo caí en la cuenta de que ese discurso y esa iconografía, si están bien hechos, son un pedazo de función. Pero la primera vez que confesé actos impuros a un sacerdote y me insultó llamándome lo que me llamó, se me cayó el mito y jamás volví por allí.
 
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