twitter instagram facebook
Versión imprimir
22-08-2019


Borja Terán

 

“La ficción es de los creadores. Si nos desestabilizan las redes, tendremos una industria menos creativa”

 

 

El periodista aglutina en una misma receta 99 ingredientes del éxito de la televisión en España


LUIS MIGUEL ROJAS (@luismirrojas)

Cada persona tiene una forma de hacerse a sus ciudades adoptivas. Puede decirse que Borja Terán (Santander, 1981) descubrió Madrid caminando, observando y alimentando su curiosidad. Le gusta buscar edificios o lugares donde se han filmado instantes míticos de la historia de nuestra televisión. Después de charlar con él, no es una locura atreverse a pensar que en su cabeza imagina cómo vivieron Lola Flores o Marisol siendo casi vecinas en la calle María de Molina o cómo Antonio Mercero eligió una plaza privada de la zona de Arapiles para localizar La cabina y animar al espectador a liberarse de todo aquello que le encierra, le coarta y le impide ser libre. Porque Terán cree en la libertad de imaginar, abraza lo que le inspira y habla con pasión de la tele, que avivó su curiosidad desde que la veía de niño en compañía de su abuela Arselina. 

 

   Recientemente ha publicado su libro Tele. Los 99 ingredientes de la televisión que deja huella, con una edición muy cuidada y moderna con ilustraciones de Efe Suárez. En sus páginas desgrana una selección de los 99 ingredientes que han permitido construir en España una buena televisión, un medio que este periodista ha vivido desde fuera y desde dentro. Ha alcanzado notoriedad gracias a sus artículos divulgativos en el medio digital La Información y a su sección en el programa de Onda Cero Julia en la Onda, aunque su currículum puede alargarse bastante más. Y es que Terán es consciente de que una buena cosecha no es más que el resultado de sembrar con ímpetu y esfuerzo, relativizando la crítica y fomentando la autocrítica. 

 

– Tele. Los 99 ingredientes de la televisión que deja huella abre con la mítica serie Verano azul y resalta la mentira piadosa en la ficción. ¿La usamos a menudo? ¿Cree que es buena?

– Siempre dicen que en televisión todo es mentira, ¿no? No siempre es así. De todos modos, desconfía de esa gente que siempre dice la verdad, porque a veces decir una mentira piadosa a tiempo es bueno para no hacer daño, o en el caso de la ficción de Mercero, para trasladarnos con más fuerza a la historia. 

 

– Cuando termina de escribir el libro, ¿piensa que de esa coctelera sale una buena televisión? 

– Los ingredientes que se reflejan son cruciales para una buena televisión, pero como ocurre en una buena receta de cocina, no vale con echarlos todos a la cazuela y ya. Hay que saber cuál es el punto de cocción. Entonces, de la suma de todos los ingredientes de este libro saldría un Frankenstein, porque la televisión no se puede prefabricar. Hay que tener la inteligencia y el ingenio para saber hacer la combinación perfecta.



– Anillos de oro puso sobre la mesa temas como el machismo o el adulterio. La otra miradaha hecho lo propio, aunque con menos éxito. ¿A qué cree que se debe? 

– Hay que mirar esto desde distintas perspectivas. Para empezar, Anillos de oro fue valiente porque retrató el momento del país sin ningún eufemismo. En cambio, La otra mirada intenta retratar el feminismo, pero con miedo y eufemismos. Lo interesante habría sido una serie que tratara el feminismo desde la actualidad, pero parece que debe tratarse desde una mirada paternalista, usando un tono ñoño y romanticón de sobremesa para que entre mejor y no moleste a nadie. La otra mirada está muy bien escrita, pero retrata muy bien el miedo de la televisión pública de hoy. Por el contrario, Anillos de oro, con Ana Diosdado a la cabeza, convenció con su plasmación de esa sociedad de claroscuros que se daba en aquella época. Ahora esa serie puede verse como una pieza documental, pues te hace entender bien de dónde venimos. Trató incluso la homosexualidad con un personaje que no tenía un final feliz, pero que daba una idea de cómo se veía la cuestión en ese momento, cuando tenías que esconderte para poder prosperar profesionalmente. En estos momentos la televisión pública tiene miedo a molestar, mientras que Anillos de oro no tenía ese temor. De hecho, molestaba. 

 

– En un tiempo en el que la pequeña pantalla se llena de historias de época, ¿acudimos a plataformas como Netflix en busca de contenidos de más actualidad?

– No estoy de acuerdo con eso. Netflix tampoco quiere molestar mucho, ¿eh? Quiere hacer televisión que sea fácil de ver, no busca una ficción que despierte inteligencia en el espectador, sino un modelo controlado por los algoritmos. Y busca alguna excepción para su prestigio, pero las series buenas están en HBO. En Netflix hay producciones muy pensadas para triunfar de forma fácil, y tiene un marketingmuy poderoso porque sabe que su futuro está en el fuerte vínculo del público con la marca, en que digamos “qué guay es Netflix, veo lo que me pongan”. Para su primera producción en España tomó los elementos que triunfan aquí y en Latinoamérica. Esa plataforma no es la salvadora de nuestra ficción. Es una multinacional que no mira por la cultura del país, sino por sus intereses.

 

– Sí es motivo de orgullo para nuestra ficción Cuéntame cómo pasó. En sus páginas incluye esta frase: “Es la mejor serie de la historia en términos emocionales”.

– Ninguna cadena la quería en principio porque empezaba en la dictadura, en la España del blanco y negro. Su éxito se debe a que sabe retratarnos con los detalles cotidianos que nos unen pese a ser este un país obsesionado con lo que nos separa. Todos somos la familia Alcántara, aunque no se parezca a nuestra familia. Es una serie que tiene mucha dirección, con unos actores brillantes. Hay tiempo para contar la historia, hasta el punto de que el espectador se llega a quedarse hasta los créditos finales. 

 

– ¿Con qué desenlace de Cuéntame estaría totalmente de acuerdo su análisis?

– Creo que la serie debería ir acabando ya. Y el final bonito sería en los Juegos Olímpicos: es el momento en que España ve que puede hacer cosas y que puede hacerlas bien. Cuéntame, que comenzó con la llegada de la televisión en color y el triunfo de Massiel en Eurovisión, tendría un buen final con el hito de España como capital del mundo a nivel mediático. 

 

– También conectó con el público Compañeros. ¿Cuál fue en su caso el gran ingrediente?

– No se quedó en una serie de instituto superficial. Entendía que los jóvenes no son idiotas, que son profundos, algo de lo que la televisión a menudo se olvida. De hecho, los espectadores jóvenes vuelven a este medio cuando se les trata como son, como ocurre en estos momentos con la serie de Movistar+ Skam. Son producciones que conectan con un público que se siente reflejado de verdad. Compañerosmostró las inquietudes de espectadores jóvenes y no tan jóvenes.



– Rescata la anécdota de cuando Concha Velasco rechazó el papel de Lourdes Cano en Farmacia de guardia por no querer llevar una bata blanca todos los días. A Velasco la define como un ingrediente en sí mismo. ¿Por qué? 

– Todo lo que ha hecho Concha Velasco lo ha hecho bien. Es pura autenticidad, es puro arrebato. En el teatro, en la televisión, en el cine. Tener esa fuerza pasional y creer en tu arte por encima de todas las cosas te hace ser la diva más completa de la historia de la televisión española.

 

– Otra de las claves del éxito que enumera es Lina Morgan. ¿Qué ha enseñado a las generaciones posteriores? 

– Era una gran actriz a la que muchas veces se denostó porque tenemos demasiados complejos con nosotros mismos. Ella rompía las audiencias y llenaba los teatros porque tenía algo especial y se crecía encima del escenario. Contaba con esa complicidad necesaria del público. Y aunque sus personajes parezcan ahora paletos, representaban a España. La ficción de Lina Morgan es todo un viaje a esa España de la que venimos, y es fascinante encontrarse con ella.

 

– En varias ocasiones incide en la relevancia de los personajes secundarios. Por ejemplo, en Farmacia de guardia fueron decisivos.

– Mercero sabía que el gran efecto especial no consistía en hacer cosas con la tecnología, sino en la buena interpretación de los actores, y los pilares de Farmacia de guardia eran todos esos actores secundarios que iban entrando por esa rebotica. Hacían que la serie brillara. Me parece esencial pararnos a pensar para tomar impulso y darnos cuenta de que el producto televisivo es un producto en equipo donde los secundarios, tanto en el plano interpretativo como en el equipo técnico, son fundamentales. Hay que cuidarlos y hacer que brillen.

 

– Durante un tiempo, muchos canales han usado como reclamo a ciertos rostros y se han olvidado del resto del reparto…

– Sí, hablo de ello en un capítulo dedicado a Vis a vis. Recuerdo que hubo un momento en el que parecía que todas las series debían tener el mismo cabeza de cartel para que vendieran. Y la televisión también tiene que descubrir nuevos talentos. Hay que buscar a actores que definan bien a un personaje, no en función de sus seguidores de Twitter.

 

– ¿Están las cadenas demasiado preocupadas por los seguidores? 

– Creo que están demasiado obsesionadas con que en el dosier aparezca un actor o actriz que tenga multitud de seguidores. Con el engadgement. Y eso no aporta nada. Los seguidores no te aseguran nada, lo importante es una buena historia, bien interpretada. Las cadenas están nubladas con las redes sociales… y hay que saber usarlas. El Ministerio del Tiempo las usó bien para hacer al espectador partícipe del trabajo y consiguió que la ficción creciera en las redes sociales. 



– Con ellas se ha avivado el debate de lo políticamente correcto. ¿Esto hace que los creadores de hoy en día estén ‘atrapados’ en La cabina de Mercero? 

– Estamos todos ahí encerrados. La cabinala podíamos llevar a Twitter, porque estamos sumergidos en realidades paralelas donde se da relevancia a ofensas minoritarias que acaban haciéndose más grandes. La ficción es de los creadores, y si nos van a desestabilizar las redes, tendremos una industria mucho menos creativa. Estamos mermando la capacidad para imaginar y la capacidad para movilizar: la ficción, como el periodismo, tiene que contar cosas que no nos gustan, ¿eh? Y el espectador es lo suficientemente inteligente para aprender de ellas o no, pero eso de que la televisión debe ser tutelar… no es así.


– En el mundo de la interpretación estamos asistiendo a la eclosión de apasionante savia nueva. ¿A qué actriz joven incluiría en su libro como ingrediente?

Me flipa Verónica Echegui. Gente que sabe decir que no, y cuando dice que sí, lo hace con todas las consecuencias. Belén Cuesta es otra valiente, y también incluiría a Elena Rivera

 

– Entre las anécdotas recogidas en las páginas de Tele…está la de que Luisa Martín cocinaba de verdad en Médico de familia. El realismo fue una de las razones por las que esa serie dejó una honda huella. En estas dos décadas, ¿qué títulos han logrado una acogida similar? 

– El Ministerio del Tiempo La casa de papel. La primera ha arriesgado mucho: la televisión pública se atrevía por fin a no darle todo masticado al espectador. En esta serie hay mucha crítica y autocrítica. Y La casa de papel ha traspasado porque ha creado una iconografía muy mediterránea que ha conquistado al mundo. 

 

– ¿Qué dos señas de identidad de Chicho Ibáñez Serrador echa en falta en la ficción de hoy?

– Fue muy listo e introdujo los artesanales trucos del teatro en la televisión. Bordaba esa artesanía de las tramas, al igual que ese juego con el terror cotidiano. Chicho era un autor de la televisión: hacía programas que no tenían nada que ver entre sí y en todos dejaba su huella marcada. Tenía una mirada aplastante. 

 

– ¿Qué le lleva a tener tan claros esos ingredientes? 

– Lo guay de escribir este libro fue que descubría más ingredientes conforme avanzaba. Lo escribí pensando en que el lector se emocionara aprendiendo. En ningún momento quise hacer un hueso; quería que fuese un mix entre un libro que permita ser leído en universidades y un libro que se pueda releer por placer. También quise jugar con que fuera imprevisible, como la televisión misma.

Versión imprimir