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BRUNO CIORDIA

“Mi madre descorchó cava
  cuando me admitieron en la RESAD”
 


Este navarro de 34 años se enamoró de la profesión gracias a La Trapera, la veterana compañía de su pueblo, Peralta. Con ella estrenó entre 1993 y 1997 comedias como El oso o La Nona, ambas dirigidas por el argentino Marcelo Vernengo. “Cuando empecé a actuar era tan tímido que a veces lloraba de los nervios, pero acabé enganchándome porque parecía un juego. Y jugar me resultaba muy sencillo”, rememora. Luego estudió un curso en la Escuela de Teatro pamplonesa y de ahí saltó a la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) madrileña. El hijo fingido le brindó en 2001 un brillante debut profesional, a las órdenes de Gerardo Malla y sobre las tablas del Teatro de la Zarzuela. Al año siguiente inició su andadura junto a Juan Pastor, distinguido por la ADE como mejor director escénico de la última temporada, que explotó su versatilidad con tres títulos. El primero fue una feroz crítica de la guerra, Cruzadas, donde reflexionaba sobre una civilización cuya capacidad de odio apenas tiene límites. Le siguieron el emblemático Sueño de una noche de verano y el menos renombrado Laberinto de amor, escrito por Cervantes en el siglo XVII,  pero que ya retrataba a unas mujeres sublevadas contra los estereotipos asignados a su género.
 
   Especialmente fructífera es su alianza con la compañía Rakatá, llamada ahora Fundación Siglo de Oro, cuyo objetivo es la renovación de textos clásicos. Desde que le contrataron para El enfermo imaginario, hace ya una década, han apostado por su talento en otras cinco ocasiones. Sirvió a la celosa condesa de El perro del hortelano y propuso asesinar al despiadado comendador de Fuenteovejuna, obras que le sumergieron en el universo de Lope de Vega. Llevó hasta Buenos Aires los dilemas morales de El castigo sin venganza y en Dr. Faustus recordó que la ambición desmedida conduce a la autodestrucción. El pasado mayo cautivó con Enrique VIII, que se representaba por primera vez ante el público español, aunque ha recibido aplausos incluso en el Globe Theatre londinense. Ese drama histórico repasa, entre conspiraciones políticas y pasiones amorosas, la decisiva época que supuso el reinado del monarca.

   Otros grupos también le han permitido cultivar el verso con Donde hay agravios no hay celos o La fierecilla domada. Este último texto, que encabezó junto a José Manuel Seda y Alexandra Jiménez, contaba la historia de un caballero que logró amansar a su rebelde esposa mediante privaciones de todo tipo. No dudó en sumarse a El avaro, éxito que alumbró Molière, para ridiculizar la tacañería de la alta sociedad francesa del Barroco. Pero su mayor logro ha sido La cena, ganadora del Premio Max a la mejor obra de 2005, que le permitió compartir escenario con Josep Maria Flotats y Carmelo Gómez. Él se ocupaba de servirles un suculento menú mientras acordaban ponerse al frente de Francia tras la derrota napoleónica en Waterloo. Ni siquiera se le ha resistido la zarzuela regional, un género que descubrió gracias a la tragicomedia de inspiración manchega La rosa del azafrán, resucitada por Jaime Chávarri.  
 
   No tan conocida es su faceta de director. A la Trapera, que le inyectó el veneno de la interpretación cuando era adolescente, le debe también toda su experiencia al otro lado del telón. En 2006, casi diez años después de haber dejado su localidad, regresó para levantar La locandiera. Desde entonces son ocho los montajes que ha dirigido allí, casi todos cómicos, desde El apagón a El inspector. Por si fuera poco, en 2008 creó la compañía Tiociteatro y emprendió su aventura como productor con Un buen día, monólogo del que también fue protagonista. Entonces dio vida a un padre liberal que terminaba investigado por los servicios sociales al ser acusado erróneamente de abuso de menores.
 
 

 
 
 
   Su carrera televisiva le ha deparado casi siempre personajes malvados. Se estrenó ante la cámara con la juvenil Al salir de clase y a continuación intervino en una truculenta trama de El comisario. Su padrastro, un transportista que se dedicaba además al tráfico de inmigrantes, aparecía muerto. La culpable era su propia madre, que había decidido vengarse de tantos malos tratos, y él se veía obligado a encubrirla. Los espectadores de Hospital Central le recordarán como el pérfido sobrino de una anciana enferma. Ansioso por heredar, no esperaba su recuperación, sino que reprochaba a los médicos que le alargasen la vida. Pero sus intenciones cayeron en saco roto cuando la señora mejoró, pues decidía casarse con su atenta compañera de piso para que fuese la única beneficiaria de su herencia.
 
   En Amar en tiempos revueltos mató a su padre, un empresario exitoso que le había martirizado desde niño, aunque la gente creyó que había fallecido a causa de un accidente. Sin embargo, un policía suspicaz se hacía pasar por chantajista para exigirle dinero a cambio de silencio, así que acababa delatándose cuando accedía a pagar. El desenlace que le tenía preparado Homicidios tampoco fue muy agradable: la hermana de una joven a la que había violado años atrás le degollaba y cercenaba sus genitales a modo de revancha. En el hotel de Arrayán encarnó a un cliente rico que intentaba reconciliarse con una humilde limpiadora a la que había dejado plantada cuando eran amantes. Su último trabajo ha sido el telefilme El asesinato de Carrero Blanco, que TVE emitió hace unos meses.
 
   Su filmografía incluye una de mayores producciones que ha despachado la industria cinematográfica patria, El capitán Alatriste, para la que obtuvo un discreto papel. Desde entonces solo ha pasado por otro largometraje, La causa de Kripan, un proyecto multicultural doblemente galardonado durante la Seminci de 2009. Planteaba la disyuntiva de un inmigrante que, aunque quería impedir la ablación de su hija en Burkina Faso, temía abandonar España porque así arruinaría su proceso de regularización. El primero de los tres cortometrajes que ha rodado, Talento, era una alocada comedia con trasfondo agrio: tres amigos treintañeros y frustrados que, pese a su monumental borrachera, hablaban sobre la infravaloración del arte en este país y la necesidad de salir al extranjero para triunfar. Zig Zag, la historia de una pareja que experimentaba valores tan opuestos como el temor o la confianza, puso a prueba su capacidad de improvisación. E hizo de fotógrafo para La Bohème, grabado en francés, cuya protagonista era una escritora que intentaba finiquitar su novela antes de medianoche porque estaba en juego un contrato millonario.


 
HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
¿Recuerda el momento particular en que decidió ser actor?
− No puedo recordarlo porque siempre quise dedicarme a esto.
 
− ¿Quién fue el primer amigo/a al que se lo contó?
− Estaba tan cantado que no me hizo falta decírselo a nadie.
 
− ¿Cuál ha sido el mayor golpe de suerte que ha recibido hasta ahora en su carrera?
− Me dio muchísima alegría cuando llamé por teléfono y me dijeron que había sido admitido en la RESAD, después de unas largas y multitudinarias pruebas de ingreso. ¡Mi madre descorchó cava! [Risas]
 
− ¿A cuál de los personajes que ha encarnado le tiene especial cariño? ¿Por qué motivo?
− A todos los recuerdo con cariño, pero especialmente a Luka, el criado de Petrucho en La fierecilla domada. Fue uno de mis primeros papeles y me enseñó el gran componente lúdico que tiene esta profesión.
 
Si el teléfono dejara de sonar, y ojalá que no, ¿a qué cree que se dedicaría?
− Esa pregunta me la hago muy frecuentemente y nunca encuentro respuesta. Así que, por Dios, que no deje de sonar.
 
− ¿Ha pensado alguna vez en tirar la toalla?
− ¡Jamás!
 
− ¿En qué momento de qué rodaje pensó: “¡Madre mía, en qué lío me he metido!”?
− Cada trabajo que hago es un lío del que no quiero salir.
 
− ¿Le gusta volver a ver los títulos en los que ha participado?
− Hasta hace poco lo evitaba, pero me he dado cuenta de que es un ejercicio de gran utilidad para siguientes trabajos. Así que, con el tiempo, he aprendido a aceptarme e incluso gustarme en pantalla.
 
− ¿Cuál considera que es el principal problema del cine español y qué solución se le ocurre para paliarlo?
− La gran desprotección institucional que sufre: el IVA al 21%, la falta de una cuota de pantalla en salas, el doblaje de las películas extranjeras… Todo ello evidencia la poca voluntad política de respaldar firmemente la cultura de este país.
 
 

 
 
 
− ¿A quién le devolvería antes la llamada, a Tarantino o a Burton?
− A Tarantino, sin duda.
 
− ¿Cuál fue el primer actor o actriz que le conmovió, que le dejó al borde mismo de la lágrima?
− Alicia Hermida en el teatro, hace ya muchos años.
 
¿Qué frase cinematográfica le gusta aplicar como leit motiv personal?
Creo que no tengo ninguna.
 
− ¿Qué largometraje ha visto tantas veces que se sabe los diálogos completos de alguna escena?
Kill Bill.  
 
− ¿Cuál fue la última película que no fue capaz de ver hasta el final?
− Sé que los cinéfilos pueden matarme por esto, pero no he logrado terminar Opening Night, de John Cassavetes.
 
− ¿Recuerda alguna anécdota divertida que haya vivido como espectador en un teatro o sala de cine?
− No me han sucedido grandes anécdotas. Como mucho, alguna que otra cabezada.
 
− ¿A qué serie de televisión está enganchado?
− A Cuéntame cómo pasó. Me divierte mucho la relación que tienen Antonio (Imanol Arias) y Miguel (Juan Echanove). ¡Son geniales!
 
− ¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado alguien cercano para ejercer este oficio?
− “Reivindica tu derecho a equivocarte”.
 
− ¿Qué punto fuerte destacaría de usted como intérprete?
− Mi sentido común.
 
− ¿Y débil?
− Cierta falta de riesgo.
 
− Adelántenos, ahora que no nos escucha nadie… ¿Cuál es el siguiente proyecto que se va a traer entre manos?
− Una propuesta unipersonal para teatro que se verá muy pronto en Madrid.
 
− ¿Qué sueño profesional le gustaría hacer realidad?
− Tener cierta continuidad en el audiovisual.
 
− ¿Qué canción o canciones escogería para ponerle banda sonora al momento actual de su vida?
− ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!
 
− ¿En qué otra época de la historia le gustaría haber nacido?
− En el Madrid de la Segunda República.
 
− Díganos qué le parece más reseñable de AISGE y en qué aspecto le gustaría que mejorásemos.
− Hacéis un gran trabajo en defensa de ese concepto tan abstracto que son los derechos de propiedad intelectual de los artistas, así como una magnífica labor de amparo para este colectivo tan desprotegido.
 
Para más información e imágenes sobre Bruno Ciordia, pinche aquí
 
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