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08-10-2019

 

Cali, epicentro de la efervescencia cultural colombiana

La metrópoli del Valle del Cauca vio nacer las primeras películas del país y todo el ‘Caliwood’. Hoy se postula como el nuevo gran caladero creativo de Colombia


Grafiti callejero en homenaje a Andrés Caicedo, uno de los padres del 'Caliwood'

 

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Cali (Colombia)

Reportaje gráfico: Nano Amenedo

Como con la fama y la lana, Medellín ha tomado la delantera en Colombia en cuanto a repercusión internacional, pero a Cali le gusta postularse como la gran cantera del nuevo cine colombiano y, en general, de los movimientos creativos más genuinos. Se trata de una rivalidad más evidente que sutil entre la segunda y la tercera ciudad del país en términos de población, entre los orgullosos paisas (un apelativo que acaba englobando también a las grandes mecas del eje cafetero, como Manisales o Pereira) y los más mestizos vallunos, los moradores de ese valle del Cauca que se extiende entre la cordillera central y el casi selvático, fascinante y tantas veces olvidado y depauperado Pacífico sur, ya en la frontera con Ecuador.

 

   Por supuesto, nadie puede competir en popularidad con una metrópoli que, Maluma mediante, da nombre al más reciente éxito mundial de Madonna: Medellín, tal cual, por antonomasia. Pero Cali, un municipio al que tradicionalmente le ha sobrado tanto talento como evidentes han sido sus carencias en autoestima, está consiguiendo en estos últimos años sacar pecho y mostrarle al mundo aquellos aspectos en los que pueden presumir de líderes o de pioneros.

 

   Y en el mundo del celuloide son muchos, casi todos. Cali ha otorgado a la historia del cine colombiano la primera película rodada en aquel país en términos absolutos (María, de 1923, inspirada en la infinitamente popular novela decimonónica de de Jorge Isaacs), la primera que incorporó el sonido y la pionera en cuanto a la introducción del color. Tres de tres.

 

Vista panorámica de Cali desde la ermita de San Antonio


La Linterna, taller de tipografía antigua, en el mismo barrio


 

   “Si quisiéramos buscar un paralelismo con España, Medellín equivaldría al País Vasco y nosotros, a Andalucía. Ellos son serios, minuciosos, aplicados. Representan el rigor. Aquí la materia prima creativa es fantástica, pero también nos caracteriza el carácter menos sistemático, el caos, ese espíritu de calle y rumba [fiesta]”. Nos encontramos al habla con Jacobo Álvarez, director desde su creación de Cali Creativa, la oficina de desarrollo económico a través de la cultura que impulsó personalmente el alcalde ahora saliente de la urbe, Maurice Armitage. En realidad, Álvarez no parece erigirse en el mejor exponente de esa teórica idiosincrasia procrastinadora caleña. Fue durante años el máximo ejecutivo de una multinacional en Bogotá, regenta un restaurante italiano de prestigio en la capital (Strómboli), ultima la apertura de otro negocio de restauración innovadora para su Cali natal y, por si fuera poco, libera su inspiración melómana al frente del grupo de música tropical Sultana. “En la vida no da tiempo a nada”, argumenta casi como disculpa mientras compartimos una cena ligera en Casa Alebrije, un rincón con música en directo y mucho encanto en el aún más encantador barrio de San Antonio. Unas calles de sabor añejo, tradicional, colorista y rabiosamente genuino al que el turismo caleño todavía no ha sabido sacar tanto partido como el bogotano a Candelaria, un barrio al que no tiene nada que envidiar.

 

Más allá de ‘Narcos’

Cali ha vivido durante décadas, como casi toda Colombia, bajo el yugo de un conflicto armado interminable y el influjo terrible del narcotráfico, un estigma que aún pesa, tres años después de la firma de los acuerdos de paz con la FARC, en algún momento de cada conversación. “Nos duele ser aún identificado como esa ciudad que aparece en la segunda temporada de Narcos”, se lamenta la secretaria municipal [concejala] de Turismo, Martha Lucía Villegas. “Más allá de determinados personajes que mancharon el nombre de Cali, aquí somos gente aguerrida, que trata de sacar un país adelante tras 50 años de conflicto y ha desarrollado una cálida cultura de acogida”.

 

El céntrico edificio histórico de la compañía tabacalera, que hoy alberga, entre otras, las oficinas de Cali Creativa

 

   Natalia Moreno, periodista en la edición digital de El País, el principal rotativo de la región, certifica que ese empeño por agradar y hasta agasajar al visitante forma parte de la esencia misma de sus vecinos. Ella, que vivió una temporada en Madrid para cursar un máster de periodismo deportivo con el diario Marca, es consciente de que el español medio puede sentirse incluso abrumado a su paso por el suroccidente de Colombia. “Un español visita Bogotá y saca la conclusión de que sus habitantes son encantadores, pero todo depende de con qué se compare. Aquí los tenemos por altivos y distantes. El caleño arropa a quien le visita porque anhela demostrar la calidez humana de este pueblo, borrar del subconsciente colectivo internacional la mácula de todo lo que ha sufrido nuestro país”. 

 

   Cali, pese a su dimensión urbana, diversidad etnográfica (cuenta con no menos de un 40 por ciento de población afrodescendiente), exuberancia natural y ese sentido de la hospitalidad sencillamente abrumador, aún es una ciudad tímidamente conocida en España e ignorada en el resto del Viejo Continente, que en este tipo de miopías evidencia, precisamente, los achaques de su edad. Apenas 11.900 españoles visitaron las rúas caleñas a lo largo de 2018, una cifra aún muy alejada de las que acreditan Bogotá, Medellín y Cartagena de Indias. Y no es que la floresta del Pacífico resulte menos atractiva que las paradisíacas orillas caribeñas, además del encanto inapelable que para cualquier amante de la naturaleza reúnen el Parque de los Farallones de Cali (en las mismísimas afueras de la ciudad) o los puntos de avistamiento de aves (en las fincas del Kilómetro 18, en la carretera que serpenteaba hacia la meca portuaria de Buenaventura, podemos divisar colibríes como el que en España contempla golondrinas). Sucede que poblaciones de la costa pacífica como Guapi o Timbiquí, bellísimas y riquísimas en cuanto a expresiones artísticas, solo son accesibles por barca o avioneta y padecen aún carencias muy elementales en cuanto a suministro de agua potable, alcantarillado y demás infraestructuras urbanas elementales. Es en esa frontera con Ecuador donde aún operan algunos grupos paramilitares, por lo que conviene moverse en buena compañía y sin cometer imprudencias. 

 

   Sería ridículo negar que en Cali todavía subsisten focos marginales, comunas en las que siguen en vigor las llamadas fronteras invisibles: entre estos grupos sociales, adentrarse en territorio ajeno al de uno puede pagarse incluso con la vida. Pero los últimos años también han sido de evidente revulsivo anímico y efervescencia cultural. Ha contribuido a ello el festival Petronio Álvarez, que a mediados de agosto congrega a cerca de medio millón de habitantes en torno a las músicas del Pacífico. Cuando se familiaricen con el repiqueteo de las marimbas y el quemazón reconstituyente de un aguardiente indígena llamado viche, ya no lo olvidarán jamás. Y sumemos la pujanza imparable de la Feria de Cali, la última semana del año: desde finales de la década de los cincuenta, el mayor jolgorio salsero que ha concebido jamás el ser humano.

 

El Museo de la Tertulia, la Cinemateca y la Biblioteca del Escenario, tres espacios muy cercanos del eje cultural de la capital valluna



 

   Es virtualmente imposible encontrar a un nativo de Cali que no sepa bailar. Y les lleva muy poco tiempo adquirir tales habilidades, como si el abrazo del Cristo Rey inmenso que corona una de las lomas de la ciudad o esa brisa caleña que se levanta sistemáticamente en torno a las cinco de la tarde imprimieran una naturaleza particular al movimiento elíptico de las articulaciones. Hagan la prueba en YouTube con algún vídeo de cualquiera de las 129 escuelas salseras del municipio. Sospecharán que las imágenes se están reproduciendo a cámara rápida. Y no.

 

   El Museo de la Tertulia, muy cerca de la estatua de ese Gato de Tejada frente al que se retratan todos los turistas (y no pocos lugareños), focaliza y dinamiza desde hace algunos años lo mejor de los movimientos creativos en el valle. A su mismísima vera se erige la Cinemateca, encargada de reverdecer las glorias del llamado Caliwood, los años en que una generación gloriosa de cineastas caleños revolucionó el lenguaje cinematográfico del país e incluso de latitudes vecinas, en particular las ecuatorianas. Cualquiera que haya seguido al muy influyente Luis Ospina –al que perdimos precisamente este 27 de septiembre, a los 70 años– sabrá a los que nos referimos. Ospina fue codirector del Cine Club de Cali y cofundador de la revista Ojo al cine junto a los otros dos nombres de referencia en aquel Caliwood, Carlos Mayolo y Andrés Caicedo. Con el tiempo dirigiría precisamente esa cinemateca del Museo de la Tertulia, además de impartir clases de cine documental en diversas universidades caleñas, bogotanas y de Medellín. Y aunque los documentales fueron el eje medular de su trabajo, suyos son dos esenciales largometrajes de ficción, Pura sangre (1982) y Soplo de vida (1999). También dejó para la posteridad un par de libros, de títulos tan ocurrentes como cuanto procesaba un cerebro privilegiado y admirado entre tantos estudiosos: Oiga-vea: sonidos e imágenes de Luis Ospina y Palabras al viento. Mis sobras completas. 

 

El gato de Tejada, seguramente el emblema más fotografiado por los visitantes (y por la propia población local) junto al río Cali

 

   El impacto de la muerte de este referente cultural de primer orden se reflejó en la proliferación por las redes sociales de centenares de mensajes con la etiqueta #GraciasLuis. Twitter y los hashtags eran realidades del todo imaginables el 4 de marzo de 1977, la desdichada tarde en que Luis Andrés Caicedo, caleño por los cuatro costados, decidió quitarse la vida mediante la ingesta desmesurada de barbitúricos. Caicedo, al que cuatro décadas y pico después se recuerda como héroe, inspirador y mente preclara, llevaba tiempo avisando de que la vida no merecía ser vivida más allá de los 25 años. Sonaba a boutade intelectual, pero no lo era. Cometió el suicidio el mismo día que recibía de la imprenta el primer ejemplar de la obra con la que debutaba como novelista, la fabulosa Que viva la música. Retrato de la vida efervescente en los círculos creativos y noctámbulos de Santiago de Cali, es un buen hito para seguir reivindicando, ya desde la distancia, el vigor de una ciudad en la que el visitante duerme poco y se enriquece para siempre con esa manera generosa y apabullante de vivir.

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