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05-07-2018

Carlo D’Ursi


“Solo cuando actúo se me relaja la cara”


Una beca Erasmus le trajo a España. Los aires de libertad que encontró le animaron a quedarse. Recién cumplidos los 40, este actor y productor ha perdido el miedo a darse trabajo a sí mismo


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Uno de los primeros papeles de Carlo D’Ursi al llegar a Madrid consistió en llamar puerta por puerta y preguntar a la gente si quería cambiar de compañía telefónica. Trabajar durante una temporada de comercial fue el precio que este natural de Bari (Italia) pagó por quedarse a vivir en el país que conoció de Erasmus. A distancia y con prisas le tocó acabar la carrera de Empresariales. “No soy de dejar cosas a medias”, comenta este actor y productor de 40 años desde un despacho con vistas a la castiza calle de San Bernardo. 



   Tras estudiar Arte Dramático en Cristina Rota, otro personaje inesperado. El acento le convirtió en la persona idónea para tomar el relevo “del italiano del Capuccino” cuando el caché del titular de aquella campaña publicitaria empezó a subir demasiado. A él le pagaron lo suficiente para cubrir la matrícula de un máster en producción. Aquel supuso el punto de encuentro entre su vocación interpretativa y los que fueron sus estudios universitarios en Italia. Entretanto alternó pequeños trabajos en su lengua con otros en la que aprendía poco a poco: “Según cogía timbre castellano, me alejé de la televisión italiana”.

   Después de la teoría, la práctica. Una de las primeras casas que reclamó al D’Ursi como becario de producción fue El Deseo. Los caminos siempre se cruzan: Carmen Maura, que creció como actriz de mano de esa productora, va a aparecer con él en la pantalla gracias al largometraje Oh! Mammy Blue. En estos momentos recoge premios gracias a la breve Tabib, su primera aventura como director, enmarcada en el bombardeo de Alepo. Y al mismo tiempo recorre España presentando Jefe, donde actúa junto a Juana Acosta, el último de los trabajos largos que ha producido.

– ¿Qué parte de la jornada dedica a actuar y cuál a producir?

– Empiezo el día preparando un papel para una prueba o un rodaje. Me levanto pronto por la mañana y llego un rato antes a la productora. Como todo lo relativo a la interpretación lo hago de pie, me aparto del resto de la oficina para ello. Luego toca una reunión de equipo, que parece una clase de teatro. Pensamos en qué trabajos llevamos a medias, dónde queremos emprender, cuáles son nuestros deberes. Aunque todo depende de en qué punto anden nuestros proyectos. Si toca promoción, paso poco por aquí. En estos cuatro meses no he vivido un solo día parecido al anterior. 



– Al ser productor y actor, ¿tiende puentes entre unos y otros?

– El mero hecho de actuar es ya un ejercicio de empatía con el ser humano. Eso es lo que más me gusta del Arte Dramático. Pero sí: haberme metido en más de una de las profesiones que rodean el audiovisual ayuda. Aprendo de mí mismo y de los demás. Lo entiendo todo mejor. En los rodajes y el teatro percibo la frustración, la rabia de quienes quieren llevar el papel por un camino determinado y se resisten a un acuerdo con quienes tienen una visión más comercial del trabajo. Yo distingo entre el contenido y el continente: el primero es nuestro, íntimo, personal. Nadie más debe tocarlo. Pero el segundo está ya en la mesa de juego. Y ese tablero es una economía ultracapitalista.

– Un juego en el que no todos parten de la misma casilla.

– Yo no vengo de una familia rica. Carezco de una base económica grande. Y el mercado va muchas veces contra mi propio interés como actor. Hace poco hice una prueba para una serie de televisión. Solo con escuchar el nombre de quien venía detrás de mí supe que no contaba con ninguna papeleta. Saliera aquello como saliera. El criterio está basado en cifras: seguidores, cuota de mercado. Solo algunos privilegiados pueden permitirse no entender esta industria. Hoy, aquí, somos un producto. Y reaccionar con rabia ante esa realidad, tristemente, no aporta nada.  

– Según lamentan muchos actores, los productores no conceden los papeles a los mejores intérpretes, sino a los famosos.

– ¡A ver quién encuentra financiación para una película sin un guapo en el cartel! Nosotros también tenemos jefes. Respondemos ante distribuidores y televisiones. Aunque quisiera, no me pondría de protagonista en mis películas. Actúo por vocación y produzco por exigencias del guion. Nunca quise acabar entre cuentas y balances, pero solo manejando mi propio destino he encontrado un espacio desde el que actuar. Tolero poco la espera del actor. Y a los 40 años me da igual, francamente, que digan que me doy trabajo a mí mismo. Pues sí. Me cuesta mis noches sin dormir, mis quebraderos de cabeza. Y a mucha honra.

– ¿Esa conciencia del mercado cambia en algo su técnica como intérprete?

– ¡Jamás! Sería trágico que esa parte del trabajo contaminara mi arte. De hecho, mis amigos y familiares me dicen que solo cuando actúo se me relaja la cara. Ojalá pudiese dedicarme todos los días solo a eso. Es mi espacio de libertad absoluta. Yo sé que, desde este punto hasta ese otro, soy libre. Una emancipación relativa, acotada por unas marcas. Y aun así, esa pequeña autonomía es grandísima cuando se vive desde dentro. Incluso en este engranaje podemos inculcar valores más sociales que los del mero mercado.



– ¿Invirtió en el pionero Microteatro Por Dinero imbuido de ese ideal?

– Había un público huérfano, que habitualmente no iba al teatro, y tratamos de llegar a él. Diría que aquello careció de objetivos empresariales, era puro deseo de actuar. Reformamos un antiguo prostíbulo y allí nos lanzamos a la creación. Aún recuerdo la primera noche, en la que hicimos 27 funciones del tirón.

– Y ha levantado otra experiencia novel: el crowdticketing.

Lo inventé junto a algunos compañeros del gremio, pero no sé cómo no se le ocurrió a nadie antes: si un grupo de personas decide ver una película o un espectáculo en un espacio reglado como es una sala de cine o un teatro, pueden juntarse para crear el evento. Encontramos una platea, lo proponemos, pactamos unas condiciones y lanzamos la campaña. Si se alcanza el mínimo acordado, ese pase sucede. A veces es sencillo ayudar a los demás a cumplir sus sueños.

– A menudo menciona un sueño propio: interpretar a un Torrente. Lo peor de la sociedad española.

¡Adoro los villanos! Y ese humor no es machista ni homófobo, sino al revés: se burla de esa parte de España que es sexista. Somos un público inteligente. La ironía requiere amplitud, y que vayamos en masa al cine a reírnos de nosotros mismos es formidable. Prefiero conocer a la gente por sus defectos que hacerlo mediante sus virtudes.



Un encuentro esperado

“Cinco años atrás cumplí un sueño: conocer al presidente Zapatero. Él se reía porque le decía que era mi Gandhi, que sentía que me había dignificado como persona. Italia sigue siendo patriarcal y machista, y aquí yo no necesitaba ser hijo de nadie. No sentía ninguna discriminación. Este es un país de posibilidades, acostumbrado a sobrellevarlo todo. Y gracias a Zapatero hay aún más libertad que cuando llegué en 1998. Le había gustado mucho Diamantes negros y le quise dar la película en persona. ¡Era mi primera gran producción! En una conversación larguísima, el presidente dio un consejo basado en su experiencia en la política: es más importante susurrar que levantar la voz cuando todo el mundo grita. Y quienes estén atentos aprenderán más de ese susurro que de los gritos. Recordé aquel principio recientemente, cuando rodaba Tabib. Decidí no ahondar en la desgracia, porque la gente se habría tapado los ojos”.

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