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05-06-2013 Versión imprimir

 
 
 
Carlos Alcalde
 
“El móvil y el 'guasap' hacen mucho daño en los ensayos”


El martirizado Rosario Parrales de ‘La que se avecina’, gran promesa del teatro independiente hispanoamericano, nos da las claves para sobrevivir al cliché del inmigrante
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Acostumbrados a ver a Carlos Alcalde (Lima, 1972) metido en la piel del dócil emigrante Rosario Parrales, maltratado por el infame pescadero Antonio Recio en La que se avecina, resulta cuando menos chocante encontrarse con este serenísimo peruano de pelo largo y voz reposada, con aire de Túpac Amaru redivivo, que rezuma pasión por el teatro, una pasión romántica, casi de otro tiempo. En un tranquilo local de las Vistillas madrileñas, a la salida del cole, él y su hijo nos esperan en una mesa esquinada. Los parroquianos son pocos y el chavalín sestea, como es de rigor, tras la dura jornada escolar. Alcalde desvela enseguida esa pasión teatral.
 
– Mi principal proyecto es Teatro Entrecalles, una compañía independiente que actualmente representa Moscas y milagritos, montaje del que estoy muy satisfecho. Se actúa cerca del público, en un escenario circular y con los cambios de vestuario entre los espectadores. Es una puesta en escena desnuda que ha cautivado a mucha gente, un trabajo de seis personas donde se desarrollan sus posibilidades interpretativas con un texto muy trabajado. Yo he crecido gracias al teatro independiente.
 
   Alcalde estudió Arte Dramático en Lima, y un golpe de azar le dio notoriedad como director. Otra casualidad se ocupó de enderezar sus pasos hacia España.
 
– ¿Es actor vocacional?
– Yo no quería ser actor. A los siete años vi una película hindú que supuestamente hacía llorar a todo el mundo. Tomé conciencia de lo que era un actor, pero me quedó una duda: ¿cómo se preparan estas personas para hacer llorar? Tenía curiosidad, pero no vocación.
 
– ¿Entonces por qué hizo Arte Dramático?
– En la adolescencia tenía un amigo novillero que empezaba a dar entrevistas. Vimos un cartel de una academia que animaba a hacer teatro para vencer la timidez. Nos metimos los dos. Yo era rematadamente malo pero tuve la suerte de dar con un gran maestro, muy cariñoso y paciente, el argentino Reynaldo D’Amore. Finalmente entré en la Escuela de Arte Dramático. Tuve suerte. Profesionalmente, empecé con gente muy importante, como Sergio Arrau en Perú, Ludwik Mardules en México o José Luis Gómez en España.
 
– ¿Por qué dejó Lima?
– Mi vida es un cúmulo de accidentes. Me licencié con un montaje mancomunado que tenía una sólida tradición en la facultad y en el que yo figuraba como coordinador. Fuimos a varios festivales y la obra tuvo cierta repercusión en Lima. La gente me identificaba como director. Trataba de explicar a quien quisiera escucharme que mi función era la de mero coordinador, pero pensaban que era un chico modesto y con talento.
 
– ¿De qué montaje hablamos?
El canillita, del uruguayo Florencio Sánchez, el muchacho que vende periódicos, un personaje común a toda Latinoamérica y que a mí me cambió la vida. Se me abrieron puertas en Centroamérica y Perú, y de repente me vi en México con una oferta para dirigir una obra de peso y con una beca para estudiar dirección con Mardules. Así salí de Lima, básicamente por un malentendido.
 
– ¿Y cómo acabó en España?
– De la mano de José Luis Gómez, que se fijó en mí cuando trabajaba en México. Llamaba la atención un director tan joven. Con él hice Lope de Aguirre, traidor, de Sanchis Sinisterra, en 1992.
 
 

 
 
 
– ¿El cambio de continente condicionó su carrera?
– El encasillamiento como actor en personajes tópicos (inmigrante, sicario, indígena) me encamino hacia la dirección, y de ahí a la escritura. Comencé con adaptaciones, algo que se hacía con asiduidad en la Escuela, y mi primera obra fue Mauricio y su sicario. Para mí sorpresa, la gente se interesaba por el autor del texto y se asombraba de que fuera yo mismo. Eso me dio impulso.
 
   El actor peruano acabó en Madrid con su propia compañía, pero qué diferencias hay entre trabajar aquí y hacerlo en Perú o en México.
 
– En Perú hay una tradición muy sólida (y solidaria) de teatro independiente. Lo que se conoce como MOTÍN, Movimiento de Teatro Independiente, integra a todas las compañías y facilita el intercambio de trabajo y conocimientos. Si alguien viaja a, pongamos, Berlín para recibir un curso de formación, a su regreso imparte un taller para representantes de cada compañía en el que comparte lo aprendido. A su vez, esos representantes pasan la información a sus compañeros. La autoformación es clave porque muchas compañías están en contra de la escuela y el teatro oficiales, y son conscientes de que es la única vía para dar calidad a su alternativa.
 
– ¿Y los actores?
– Hay una diferencia de actitud que quizá ahora con la crisis empiece a difuminarse. En América no hay subvenciones ni dinero. El actor sobrevive gracias a su imaginación (se cose su ropa, se procura su atrezo, elabora sus carteles...) y piensa poco en el tema del dinero; si te dedicas a la interpretación ya sabes que no es para vivir holgadamente. Cuando trabajo acá con un actor latinoamericano, no necesito explicarle nada sobre la precariedad. Él pasa por la calle, ve unos zapatos en la basura y se los trae al ensayo. El actor español no ve esos zapatos. De momento.
 
– ¿Y aparte del dinero?
– El actor americano es más activo y creativo, piensa constantemente en la obra y en qué puede aportar. El teatro latinoamericano es un esfuerzo más colectivo y horizontal, menos jerarquizado que el español. Moscas y milagritos, por ejemplo, es un texto que me llevó un año de escritura y que, sin embargo, ha sufrido innumerables cambios en el proceso de creación colectiva que es el montaje.
 
 

 
 
 
Rosario Parrales, el panchito
– Lleva camino de cuatro temporadas en ‘La que se avecina’. Su papel de Rosario Parrales, el panchito, le ha dado notoriedad. ¿Cómo lo lleva?
– La fama y el éxito nunca fueron mi objetivo, pero son bienvenidos porque me dan libertad para hacer lo que verdaderamente quiero. Lo gracioso es que, ahora que salgo en la tele, algunos compañeros empiezan a verme como un buen actor.
 
– ¿De verdad?
– Así es, pero yo no mido el trabajo interpretativo en términos de profesionalidad. No quiero ser un “profesional” de esto, me considero un trabajador del arte. A los 17 años trabajaba en un banco y tenía mi vida solucionada; cuando decidí dejarlo y escoger este camino, sabía que iba a sufrir económicamente. El artista debe estar en contra del sistema y no pedirle que le dé un plato de comida. Mi grupo independiente es el que me da esa libertad.
 
– Esta serie contiene dosis de parodia mordiente, cercana a la que acuñó Santiago Segura con el primer Torrente. ¿Se ha encontrado muchos Recios de carne y hueso?
– Los hay [sonríe], pero el oficio de actor te da sabiduría para lidiar con estos personajillos. Creo que parte del éxito de la serie tiene que ver con esa sátira despiadada. Los telespectadores latinoamericanos con los que me cruzo están contentos de que se retrate de ese modo. Lejos de sentirse ofendidos, lo agradecen.
 
– Desde su papel de sicario en ‘Mujeres’ (2006), no había conseguido un papel fijo. ¿Cómo le surgió este?
– Elena Arnao, la directora de cásting, siempre ha apostado por mí desde que me vio por primera vez en un colegio mayor haciendo Pedro y el capitán, de Benedetti, en lo que me atrevería a decir que fue la primera obra que dirigió Blanca Portillo.
 
– ¿Pensaba que tendría tanto recorrido?
– Parrales iba a ser un personaje episódico, por lo que me planteé el trabajo con un espíritu lúdico, con la intención de divertirme y disfrutar, evitando sentirme intimidado. El personaje gustó y ahí seguimos. Y si mañana se acaba, no pasa nada. La vida sigue.
 
 

 
 
 
   En su carrera como actor en España, Alcalde ha visitado todos los tópicos habidos y por haber: fue indígena de pega en Todos a la cárcel (Berlanga, 1993); gángster en El color de las nubes (Camus, 1997); sicario en la serie Mujeres (2006) y ahora inmigrante en La que se avecina.
 
– ¿Habrá un día en que se libre usted del cliché?
– Esa es mi lucha. Por mis rasgos, mis características y mi origen, soy carne de encasillamiento en España, pero yo no estudié para hacer eso solamente. Por ello nunca he descuidado la parte artística de mi trabajo y me aferro al teatro todo lo que puedo.
 
– ¿No haría falta una teleserie española sobre la comunidad latina?
– Es necesario que alguien lo haga. Estamos muy cansados del cliché del emigrante. Hay realidades que no se cuentan, como que en este país hay muchos artistas, médicos o abogados inmigrantes. Pensemos en el mismo Lavapiés, un barrio en cuyo centro hay un teatro que es incapaz de reflejar la maravillosa mezcla de razas y nacionalidades que conviven en paz a su alrededor. Hay que dejar de vivir de espaldas a todo esto.
 
– Sabemos que tiene en mente un largometraje. Háblenos de él.
– Estoy preparando un tráiler de lo que sería Moscas y milagritos en cine. Son tres historias basadas en hechos reales: en los años 70 la policía brasileña, pagada por comerciantes, mataba a niños de la calle porque espantaban al turismo; en Chile hubo un empresario de mucho nombre que contrataba niños de la calle para sus fiestas privadas; por último, conocí de primera mano las sórdidas historias de niñas embarazadas que se prostituían y se drogaban en las calles de Lima. Todas estas historias me impresionaron mucho y dieron lugar al texto teatral que ahora quiero adaptar al cine.
 
   La llegada de un grupo de animados clientes pone a la máquina de café a trabajar a tope. Un hombre bajito y con gorra, de voz extrañamente familiar, explica a sus amigos las bondades del coñac francés y la importancia de la familia Hennessy.
 
 

 
 
 
Teatro Entrecalles, independencia y compromiso
– ¿De dónde viene Teatro Entrecalles?
– Participé en un festival de teatro callejero en México. Al inscribirme me pidieron el nombre de la compañía. Yo ni lo había pensado, así que en el momento, por pura asociación de ideas con el concepto del festival, le di ese nombre. Y con él se quedó para siempre.
 
– ¿Todas las obras que representan son de su puño y letra?
– No, hemos hecho adaptaciones de clásicos como El avaro, Otelo, etc. Nuestro próximo proyecto, El polvo de mis huesos, sí que tiene mi dramaturgia. En él abordamos el concepto de inmigración a lo largo de la historia en clave de humor, con un toque Vida de Brian, para llegar a la conclusión de que no hay nadie puro.
 
– Su actual montaje, ‘Moscas y milagritos’ aborda la pobreza y el maltrato infantiles, pero no está exenta de humor...
– Porque lo cierto es que la gente pobre se levanta todos los días y también es feliz, y afronta su día con alegría. Yo quería ese retrato de la gente pobre, gente esperanzada y con humor, que no se regodea en la dureza de sus vidas. El humor sostiene los momentos duros, en la vida y en el teatro. No se debe banalizar la pobreza, pero tampoco hay que dramatizarla.
 
– ¿Dejaría su compañía independiente para abordar proyectos más convencionales?
– No renuncio a dirigir cualquier cosa, ni rechazo la dirección de teatro comercial porque también es un gran reto y algo difícil de hacer. Me gusta mucho Robert Lepage. Aspiro a hacer un montaje en su línea.
 
Curioso el dato, porque Lepage, como aquel novillero que arrastró a Alcalde a clases de teatro, también recurrió a las artes escénicas para superar su timidez. A una edad muy temprana, el canadiense padeció una extraña forma de alopecia que convirtió su adolescencia en un asunto traumático. El teatro le salvó la vida.
 
 

 
 
 
– Ha sido profesor de teatro en la universidad y en la escuela. ¿Qué se puede y qué no se puede enseñar de la interpretación?
– Creo mucho en respetar la disciplina, pero sin anular al actor. Al escenario hay que subirse con libertad. Dicho esto, el ensayo es un acto creativo muy importante al que hay que venir centrado. El móvil y el guasap están haciendo mucho daño en los ensayos.
 
– ¿Cómo ve los cambios políticos de los últimos años en Latinoamérica?
– Llevo años lejos de aquel mundo, viviendo más en España, y no me siento con autoridad para hablar a fondo de ello. Es necesario replantearse qué son y para qué sirven los políticos y la democracia, no solo en Latinoamérica. El sistema está claramente caduco y los artistas debemos participar en ese replanteamiento. Hay que limpiar bien la herida.
 
 

 
 
 
Zenet y el maestro Machado
 
El parroquiano de la gorra, experto en coñac, resulta ser Toni Zenet. Al salir, trabamos conversación con el cantante malagueño, que nos presenta al trompetista del grupo, “el maestro Manuel Machado”, un cubanazo de risa generosa que bromea con el chiquillo de Carlos Alcalde. La breve charla se zanja con una inesperada invitación al concierto de presentación en Madrid, donde el chavalín tendrá ocasión de ver a un trompetista de verdad sobre un escenario de verdad. La vida te da sorpresas, que diría Blades.
 
 
 
 
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