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28-07-2014 Versión imprimir

 
 
Carlos Bardem
“Quien me quiere dice que doy humanidad a los personajes de malo”

El secundario con mayor presencia de la cartelera habla de su carrera en México, de literatura, y, claro, de su familia. Un actor-escritor a la espera de su gran papel protagonista. Mejor, de comedia. “Creo estar especialmente dotado para ella”, promete en esta conversación apasionada y prolija
 
 
 
JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Impone verle llegar con ese tranco, bolsa de deporte al hombro. El Apache de la Celda 211, el Carlomonte de Alacrán enamorado, viene del gimnasio, donde se desfoga con el boxeo como de joven hizo con el rugby. Se sienta en el local de la cita, en el centro de Madrid, y pide una merienda-cena: filete de pollo, agua mineral y un poco de jamón. Le viene a la memoria su reciente paso por la Semana del Cine Español de Nantes. “Son dos semanas de cine en una ciudad sin aparente raigambre en nuestro cine. Pero llenan todos los días las salas. Fui con Santiago Zannou a la clausura, en la ópera de Nantes, donde Alacrán… fue bien acogida. Vuelves con mimitos en el alma”, reconoce.
 
 

 
 
 
– ¿Las historias que cuenta el cine español interesan por ahí fuera?
– Por supuesto. Este cine tan denostado percibe el cariño y el aprecio de los comediants. Deberíamos aprender muchas cosas del cine francés, pero también de los franceses en cuanto a educación laica, republicana, en los colegios. En los institutos hay una asignatura que se llama Cine Francés. La calidad de una sociedad viene dada por la educación que reciben sus ciudadanos. Percibes una relación normalizada con la cultura, sin perjuicios. Notas que en esa sociedad han conseguido que la gente tenga la idea de la cultura como derecho, como algo que asienta el futuro de los pueblos, no como un lujo. Regresas con una sana envidia.
 
– Ahora mismo, por las noches, ¿estudia o escribe?
– [Risas] Siempre estoy estudiando… Procuro mantenerme entrenado. Leo mucho, trato de compaginar con la vertiente de la escritura. Estoy en un guion con un director mexicano, Everardo Gout, con el que hice Días de Gracia, que ganó nueve premios Ariel y fue seleccionada en Cannes, pero aún no ha llegado a España. Y estamos adaptando una novela mía, Buziana o el peso del alma, que escribí entre Brasil y España. A diferencia de Alacrán… se ha apartado más de la novela. Hay varios huevos en la cesta.
 
– ¿Es difícil el proceso de adaptación?
– La maravilla de la literatura es la polisemia. El proceso de adaptación de una novela mía me resultó fascinante con Santiago Zannou y me resulta ahora con Everardo. Te fuerzas a un ejercicio doloroso: seleccionar y podar 390 páginas de un libro para ofrecerlas en 90 minutos de otro lenguaje, el cinematográfico. Pero te permite revisitarte.
 
 

 
 
 
– ¿Escribe con alguna disciplina?
– No, soy vago. Cuando intento ponerla no me funciona. A veces trabajo a golpes, no duermo, me despierto y apunto. Y en otras etapas no lo toco. Por eso tardo dos tres años en cada libro.
 
– En la interpretación, ¿le molesta que le reconozcan como malote?
– Me gustaría que me encasillaran de buen actor… tengo un físico que me determina, lo acepto. Dicen los que me quieren que doy humanidad a esos personajes de malo. Incluso un monstruo es un ser humano y no hay nadie cien por cien malo o bueno. Hitler era un monstruo, pero amaba a su perra. Había un lugar para el amor. El actor debe empatizar con los espacios de calor y humanidad incluso en el monstruo más monstruo que te hacen interpretar. Por eso es importante la sensibilidad, un filtro entre la realidad y el espectador. Una membrana que, por ósmosis, destile algo de esa realidad que un director ha querido iluminar. Tú eres el vehículo para el disfrute o la reflexión del espectador. Caminar por la vida sin ser sensible es doloroso. A veces los actores pasamos por estos trances.
 
– ¿Está contento con su aventura mexicana?
– Mucho. Acabo de rodar una película con Manolo Caro, Elvira, te daría mi vida, pero la estoy usando. Una comedia loca, muy almodovariana. Conectará con la taquilla en México, porque están los dos actores más hot allá, Cecilia Suárez y Luis Edgardo Méndez. Se estrenará en otoño.
 
– ¿Diría que ha tenido suerte en ese país?
– Sí. Aposté por una serie de óperas primas y tres o cuatro de esas películas están entre las mejores de la historia en taquilla. La zona, de Rodrigo Pla; Días de Gracia, de Everardo Gout; González, que está por estrenar, pero que ya nos valió al actor Aarón Torres y a mí el premio en Morelia, el mejor festival del país.
 
 

 
 
 
– ¿La cara de malo se entrena?
– No. Además, yo soy un señor encantador [risas]. Pongo cara de malo solo cuando es menester. Tengo una espinita: que no me llamen para la comedia. Creo ser un tío especialmente dotado para ella. Hace poco participé en una película en Los Ángeles, de Luiso Berdejo, titulada Violet, y con un personaje marcadamente cómico. Estoy gracioso, quedó muy bien y lo pasé mejor.
 
– O sea, ¿se ve más allá que aquí?
– Sin duda. Tal y como está el panorama laboral aquí… En América hay trabajo, proyectos y optimismo. Equipos de rodaje grandes y presupuesto. Hablo con profesionales y todos comentan el proyecto que les espera después. Hay vida. Y aquí estamos en un marasmo a la espera de la revolución o un cambio de gobierno. Los malos gobiernos, como las pestes medievales, pasan. Pero la necesidad de contar historias, en cine o en teatro, permanecen. Seguiremos aquí cuando estos señores sean un mal recuerdo. El daño que están haciendo va a costar años repararlo. Mientras, toca irse a un exilio donde te traten bien.
 
– Si le pongo una grabación con acentos latinoamericanos, ¿los identifica?
– Debería. Me he especializado, tengo buen oído. Hice de argentino en La señal, dirigida por Ricardo Darín; de boliviano en el Che; de peruano en una película con Alberto Amman, de colombiano en Paradise lost… por cierto, en el que peor acento tenía, el colombiano Apache de Celda 211, es el más reconocido. Estábamos en una cárcel de Zamora, y resultaba imposible mantener el acento. Tiré del que mejor manejo, el mexicano. Me llaman no para hacer de español, sino de nativo. En Elvira… hago incluso la voz en off, en mexicano. “Vaya huevos tenéis”, les digo.
 
 

 
 
 
– ¿Fue duro rodar Celda 211?
– Gracias a la productora visitamos varias prisiones y entrevistamos a muchos presos. Convivíamos con expresos de la cárcel, que constituían gran parte de la figuración. Nos enseñaron incluso la forma de recorrer el patio. Andar en espacios cerrados no es fácil, de una pared a otra. Incorporábamos lenguaje corporal, de miradas… Ahí dentro, detrás de cada broma hay una amenaza de peligro. Todos los sonidos son duros, acero contra cemento. Unos pasos en una galería suenan agresivos, como un portazo. Y así, 14 horas diarias. En las celdas de aislamiento veías puertas metálicas abolladas por los golpes, uñas en las paredes. Paredes que sudaban desesperación. Y una de las cosas exigibles a un actor es sensibilidad a ese tipo de información y procesarla. Era fácil cargarse de estímulos para entrar en escena.
 
– Cuando llega un guion, ¿hay cumbre en casa de los Bardem?
– Depende. Tengo la suerte de que Javier me consulta guiones que le llegan. Sobre todo si tiene un componente histórico, dado que estudié Historia. Es un maravilloso ejercicio de masoquismo, porque le llegan perlas, verdaderas joyas de literatura cinematográfica. Pero si tienes la suerte de que tu madre y tu hermano son quienes son, les pido consulta, claro.
 
– ¿Usted ha llegado a cruzar el charco para consultar?
– He ido a algún rodaje de Javier. Y a alguno de Penélope, como Piratas del Caribe, en Hawai. Es un esfuercito que merece la pena para pegarte unas vacaciones. Pero no es real ese conciliábulo familiar. En la era de Skype, no voy con el guion debajo del brazo a Los Ángeles. Es una suerte poder consultar, contrastar lo que desconfío del instinto de mi primera lectura. Esa primera lectura es siempre es tu zona de confort: “Ah, ya sé cómo voy a hacer esto”, pero es truquera. Hay que desconfiar de esa primera impresión, que suele estar equivocada. Es mejor la segunda lectura, que te va a llevar a estar incómodo y alerta, pera tener una interpretación más acertada. Lo aprendí con Juan Carlos Corazza, maestro de actores y amigo. Hay que buscar tu propio método. No hay un método universal. Es fundamental ese espíritu crítico.
 
 

 
 
 
– Ya ha hecho fútbol (Diamantes negros), boxeo (Alacrán)… ¿Para cuándo una película de rugby, su deporte de juventud?
– Las escenas de rugby no son fáciles de rodar, como en Invictus, que me encanta. En un seminario con Juan Carlos Corazza, salieron dos compañeros a representar a Ibsen. Uno de ellos empezó demasiado ansioso por vender, dar un color especial a la escena y dominarla. Di mi opinión: “Me parece un mal boxeador”. El mal boxeador sale a noquear desde el principio. Y un actor debe hacer igual, saber cuál es el máximo riesgo en una escena, ir esculpiendo el papel hasta dar el golpe definitivo. Hacer KO en cada frase es una caricatura. Y eso me lo aportó la comparación entre boxeo y actuación. El rugby es el deporte de equipo por excelencia. En el fútbol hay un Messi, un CR7, un Diego Costa –yo soy del Atleti–. Pero en rugby no hay un protagonista: gana el equipo. Varios jugadores se tiran 80 minutos sin tocar el balón, porque su misión es lograr la superioridad para que otro coja el balón y anote. Esto es muy aplicable a la interpretación: por muy bueno que seas, nunca trabajas solo. No puedes imponerte a tus compañeros, hay que estar a su servicio y al de la historia.
 
– Antes de la Universidad, ¿pensaba en interpretar?
– No. Durante gran parte de mi vida huí de todo lo que tuviera que ver con la interpretación. Había visto a mi madre en la parte más dura y menos glamurosa del oficio. Daba de comer a tres hijos haciendo teatro, televisión o café-teatro. Dormía dos horas, enfermaba. Dejaba de sonar el teléfono y se ponía a fregar escaleras para dar de comer a sus hijos. Javier, seis años más joven que yo, quizá se ha dado menos cuenta. No hemos pasado hambre… pero yo he desayunado, comido y cenado pasta con tomate Solís. En la adolescencia odiaba todo lo que tuviera que ver con la actuación. Para mí era escasez, sufrimiento, dureza. Pero, no sé si por genética o no, hemos remontado. Yo he sido azafato de iberia, he tenido negocios… he hecho de todo.
 
 

 
 
 
– Hasta que llegó su primo Miguel…
– Exacto. Él, Albacete y Menkes dirigen Más que amor, frenesí. Y me ofrece hacer de encargado en una discoteca en la que había sido encargado. Nunca menciono demasiado esa película, porque era como estar en la oficina un día más. Luego vino Álex de la Iglesia con Perdita Durango. Yo estaba antes que mi hermano en aquella peli. “Tú hablas inglés?”, me dijo. “Sí”. “Pues tienes una cara de mexicano de cojones. Vente conmigo a México”. Ni Javier ni Rosie Pérez iban a hacer esos papeles. Eran para Benicio del Toro y Victoria Abril. Luego se incorporó Javier al rodaje. Fue toda una aventura. Y por esa aventura hice yo esa película, en la frontera México-EE UU, apasionante.
 
– Usted entonces quería escribir.
– Y escribí Durango perdido, diario de un rodaje. Algo de tipo periodismo gonzo, mezclado con un libro de viajes entre los dos países. En el tiempo entre rodajes, escribía. Superado el susto inicial, me puse delante de la cámara y me dije: esto es lo que quiero hacer hasta que me muera. Reconocí muchas cosas que había visto en casa en la infancia y adolescencia. Y este era el lugar al que quería llegar, me reconcilié con la idea de la interpretación, y aquí estamos. 
 
 

 
 
 
– ¿Lo que más ha aprendido en estos 18 años de trabajo?
He aprendido algo que me venía de casa, donde mi bisabuela ya era actriz. Un profundo amor y respeto a la profesión… y en ese respeto va implícito hacer que te respeten. Cuando estoy en un set, guste o no el papel, doy el 120 por ciento. Amo mucho lo que hago y exijo respeto. Y de eso te das cuenta cuanto trabajas fuera: en un equipo de rodaje mexicano, por ejemplo, respetan que el actor necesita su espacio y su tiempo. La camaradería, exigible y maravillosa, permite que seamos más productivos. Pero hay un momento que pides que respeten tu silencio, tu concentración. He aprendido que un actor o una actriz nunca trabajan solos: cuanto más generoso seas al dar más rico vas a ser al recibir. Y en esa aparente perogrullada todavía encuentras mañas o trucos para quedar por encima del compañero en la toma. A esa gente hay que obviarla: alguien poco generoso no queda bien.
 
– ¿Le ha impresionado trabajar con alguien?
– He trabajado con gente buenísima de dentro y fuera. Los grandes actores son grandes personas. Cuanto mayor es el nivel, más sencillo, solidario y maravilloso es el actor. El egoísmo viene de la inseguridad en el talento. Cuanto más grande, más generoso. No falla.
 
– Pero hay rarezas en el mundillo…
– Sí, pero no tienen nada que ver con la calidad interpretativa. Somos personas normales. ¿Quién no tiene rarezas? Es cierto que somos gente frágil, dependiente de la aprobación del trabajo, de la opinión ajena. Somos inseguros, la mayoría. Y eso hace que algunos tengamos más rarezas que otros. Yo tengo muchas, soy más raro que un perro verde. Pero se nos exige que seamos sensibles. El proceso de encarnar a otro exige sensibilidad, porque, si no, incurres en un cliché, en una caricatura de trazo grueso.
 
 
 

 
 
 
Fan de Twitter
Carlos Bardem es adicto a Twitter. El 95 por ciento de sus tuits tienen contenido político. “Siempre hay quien que me advierte que puede perjudicarme. Yo amo mi trabajo, pero más mi condición de ciudadano”, explica. “Gracias a Twitter se democratiza la información: hay imágenes inmediatas. Yo lo uso para hablar de lo que me inquieta. Y creo que es bueno iluminar ciertas cosas y discutirlas. Si tú no haces política, otro lo hará por ti y lo que es peor, contra ti”.
 
 
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