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05-02-2015 Versión imprimir

 


Carlos Santos


 
“Me toman por cómico, pero yo era
de Shakespeare”



Amante del drama aplaudido como humorista. Cumplidor de sueños con los pies en el presente. Con mordiscos en la recámara para quienes dan de comer a su gremio
 

 
FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Pepe H.
Hay quienes defienden la libertad de expresión y quienes, además, la ejercen. El actor Carlos Santos es de estos últimos, sobre todo, cuando se trata de cuidar de su oficio y de su gremio. A los 37 años, el intérprete cuenta con el cariño del público gracias a Los hombres de Paco, así como obtuvo un premio de la Unión de Actores por El tiempo entre costuras. También conoce el cine —en especial la claqueta de Icíar Bollaín— y un teatro en el que ha estado acompañado, nada menos, de José Sacristán. Al tiempo, no son pocos los elogios que el murciano dedica a las ficciones que no encontraron el aplauso.
 
— Se dio cuenta de que quería ser actor gracias a un trabajo de clase. ¿Se imaginaba aquí, entonces?
— Justo vuelvo de Murcia, donde he sabido que le han puesto mi nombre al grupo de teatro del instituto. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza, y me hace muchísima ilusión. Sí me sentí actor al empezar a estudiar arte dramático: me marqué un camino, vine a Madrid para acabar la carrera y empezar a moverme. Pasado un mes me encontré en el reparto de una obra profesional y pensé: “A ver si voy a poder pagar las facturas con esto…”.
 
 

 
 
 
— En ‘El tiempo entre costuras’ interpretó a un hombre gay que veía llegar el franquismo. ¿Sintió alguna responsabilidad concreta?
Félix estaba muy claro en la novela y en el guion. Era culto, vivo, elegante y con un punto castizo. Me planteé lo que no se veía: que se habría llevado más de una paliza, que no sabía dónde estaba su padre, y ahí estaba su luz. Pedí que le pusieran alguna cicatriz y, sobre todo, que le hiciéramos real. Quise que su cariño hacia la protagonista rozara el que pudiera cambiarse de acera: que él viera su brillo más que los demás. Lo importante era su relación con ella, no si el personaje era gay o no.
 
— ¿Encontró un culto por las series muy diferente, entonces, que cuando ‘Los hombres de Paco’?
— Esta reciente devoción por las series viene arrastrada de Norteamérica, pero las audiencias siempre eligen lo que hacemos nosotros. Los hombres de Paco tenía un humor español, de Berlanga. No puedo comparar una experiencia y otra: con la primera pasé cinco años entrando en las casas de la gente, mientras que El tiempo entre costuras duró once capítulos. Entre una serie y otra, la crisis, a pesar de la cual las cadenas continúan haciendo coincidir sus productos estrella. Bienvenidos al Lolita fue una apuesta impresionante que acabó echando el cierre.
 
 

 
 
 
— ¿De qué depende que un trabajo guste o no? También ‘Miel de naranjas’ permanece como una desconocida para el gran público.
— ¡Esas son las grandes preguntas! Me había leído el guion de una sentada y la producción era muy buena. Trabajé con Karra Elejalde, Eduard Fernández, Ángela Molina y Blanca Suárez, pero… a veces, aun disponiendo de todos los ingredientes, el suflé no cuaja. También dependemos de la distribución. Miel de naranjas está ambientada en los cincuenta y recordaba a la nouvelle vague de espías, pero escuchábamos: “¡Otra vez la guerra civil!”. ¿Alguien le diría a un norteamericano que deje las películas de Vietnam o de la Segunda Guerra Mundial? Lo importante es contar una buena historia.
 
— Algunos de sus compañeros revelan estar cobrando hasta diez veces menos de lo que solían. ¿Se habían pasado antes o se están quedando cortos ahora?
— Diez veces, yo al menos, no, pero sí la mitad. Sobre todo, ya no digo que “me han cogido” para un proyecto, como cuando un papel significaba trabajo para un año, porque no sé si me van a echar a la mitad del primer capítulo. No creo que antes nos hubiéramos pasado: nadie nos habría pagado algo que no generásemos. Pero igual que hay empresas que convocan despidos colectivos, hay productoras y grupos mediáticos muy conscientes del contexto que nos rodea. La industria cultural ha aprovechado el discurso de la crisis tanto como las otras.
 
— ¿A través de qué prácticas concretas?
— Antes nos financiaban la temporada de una serie a partir de un proyecto. Ahora tenemos que hacer tres capítulos piloto, contratando a un equipo entero y poniendo en marcha una maquinaria entera durante dos meses, sin que nadie se comprometa a pagarlo ni emitirlo. O nos estamos volviendo locos o alguien no está haciendo su trabajo. La gente quiere ver ficción nacional y lo demuestra: ¡ que apuesten por ello!
 
 

 
 
 
— Las reivindicaciones que escuchamos aluden a las políticas públicas. ¿Se descuelgan más personas cuando las protestas tocan más cerca?
— De toda la vida: se convocan huelgas y encuentro teatros abiertos. Claro que hay personas que han dado pasos al frente, gente muy reivindicativa y combativa; y entonces nos dicen aquello de que, si no nos conformamos con esto, ya lo hará otro. Queremos cambiar algo y encontramos un encadenado entero detrás. Es cierto que nos gusta mucho nuestro trabajo y así es difícil negociar, lo reconozco. En cualquier caso, las peores luchas las llevaron las generaciones anteriores.
 
— Ha trabajado, esencialmente, la comedia. ¿Le gustaría salir de ahí?
— Me sorprende que todo el mundo me tenga por un cómico, cuando yo en la escuela era de Shakespeare y buscaba los papeles dramáticos. Y será falta de ambición, pero, en lugar de pensar en lo que podría llegar más adelante, disfruto del aquí y el ahora: La vida resuelta, la obra de teatro que me ha embarcado en mi primera gira.
 
— ¿Qué se pierde un galán que sí hayan vivido personajes como los suyos?
— ¡Yo estoy muy contento de no ser galán! Povedilla, de Los hombres de Paco, es uno de los personajes más ricos que me han escrito. Y la gente se reía conmigo, pero yo me pasaba la mitad de los capítulos llorando. Me enterraron vivo, me violaron en la cárcel, me casaron y me dieron hijos. ¡Son cosas que no se le pueden hacer a un caballero! Aprendí mucho, ya que me vi en un sinfín de situaciones en las que no sabía ni por dónde empezar.
 
 

 
 
 
— A la tercera nominación consiguió el premio de la Unión de Actores. ¿Cambia algo cuando, por fin, se tiene entre las manos?
— ¡Un hueco menos en la estantería! Y la ilusión de que me lo concedan mis compañeros, claro.
 
— ‘La vida resuelta’ trata sobre la insatisfacción y la felicidad. ¿En cuál de esos dos puntos se encuentra?
— Es una comedia sobre esa edad entre los treinta y los cuarenta, y habla de personas que se han regido por las pautas establecidas: la hipoteca, el matrimonio, los niños y el trabajo. Y luego, ¿qué? Cuando he pensado que llevaba todo en la mochila, la vida me ha sorprendido y me ha dicho que no. Me angustia la política, la crisis y que no salgan las cuentas, pero he pasado el punto de preocuparme por todo. Hasta diría que sé menos ahora que cuando iba a la escuela.
 
 

 
 
 
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