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18-04-2017 Versión imprimir

 
 
Carlos Santos

 
“Roldán me produjo mi primer ataque de pánico”

El actor murciano que dio vida al policía novato de 'Los hombres de Paco' cierra un ciclo de 20 años de carrera con el Goya al mejor actor de reparto por su Luis Roldán en 'El hombre de las mil caras' y encara nuevos retos en teatro y televisión


EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Carlos Santos (Murcia, 1977) era un imberbe menor de edad apasionado de Kenneth Branagh y el arte dramático cuando visitó por primera vez Madrid. Acabada la función de fin de curso, a medianoche, un autocar iba a llevarlos a él y a un amigo rumbo a una de las pocas ciudades del país donde se podía ver en gran pantalla el Hamlet del actor británico. Seis horas de carretera y cuatro horas de proyección después, el actor, hasta entonces convencido, ya era un actor en marcha. Aquel era su lugar en el mundo.
 
   Ocurrió en el cine Palafox, una de las mayores pantallas de la capital en aquel momento, hoy en vías de reconversión. Santos, tan joven entonces que casi contaba como menor acompañado, lo cuenta mientras apura el cigarrillo en una azotea madrileña y con un brillo en la mirada que seguramente contrajo en aquella maratoniana sesión en compañía de Shakespeare y Branagh.
 
   Veinte años después, vino a verlo un personaje con categoría de pionero en el panteón de la corrupción política más castiza y moderna, Luis Roldán. Santos fue escogido por Alberto Rodríguez (Grupo 7, La isla mínima) para dar vida cinematográfica en El hombre de las mil caras al exdirector general de la Guardia Civil, célebre por su largo periodo de fuga entre 1994 y 1995 y por su rocambolesca captura en Bangkok.
 
 

 
 
 
– En la reciente gala de los Premios Goya nos puso un nudo en la garganta con la dedicatoria a su hermana Laura. Ante todo, ¿cómo está?
– Bien. Me alegro de que me lo pregunte. Con los nervios, igual no fui todo lo claro que era necesario. Laura padeció una leucemia hace años que justo reapareció poco antes de la gala de los Goya, tuvo que ser hospitalizada y por eso no pudo asistir. Ya tenemos un donante de médula, que es mi hermano mayor, y esperamos que pronto esté recuperada. Mucha gente entendió que había fallecido, incluido algún medio importante...
 
– ¡No me diga!
– Sí, “Carlos Santos dedica el Goya a su hermana fallecida”. Pone los pelos de punta.
 
– Todos tenemos que ir a trabajar con preocupaciones a cuestas. Sin embargo, el trabajo del actor es dejar de ser quien es. ¿Cómo se sale uno de sí mismo cuando le rondan problemas graves como este?
– Esto es tan vocacional y pasional que simplemente lo consigues. En mi caso, el trabajo es capaz de absorberme y hacer que me abstraiga de todo para estar en el aquí y el ahora en estado más o menos puro. Quizá si trabajas fabricando calzado o atendiendo al público en una tienda sea más difícil olvidarse de los problemas. Luego los problemas regresan, claro, pero entretanto se para el tiempo. De hecho, a veces nos escondemos en nuestro trabajo para refugiarnos de las preocupaciones, o mejor dicho, para usarlo con fines terapéuticos.
 
 

 
 
 
MACHÍN EN LA BARBERÍA...
– Después hablaremos del Goya y de Roldán, pero antes rebobinemos un poco. Estudió Arte Dramático en Murcia. ¿Se ha preguntado alguna vez de dónde le viene la vocación?
– Tenía muchas y variadas vocaciones de chiquillo.
 
– ¿Todas escénicas?
– No necesariamente, pero sí artísticas. Escribo desde los ocho años y canto desde poco después. Me subí antes a un escenario para tocar y cantar mis canciones con una banda que para interpretar.
 
– ¿Eso con qué edad?
– A los 14 o 15 años. No mucho más tarde me subí para hacer teatro.
 
– En el instituto, se supone.
– Sí, claro. Y aquello me gustó mucho. Me quedé enganchado a las tablas. Al final nuestra vocación viene de la necesidad de encontrar vías de expresión. Creo que si hay algo común a todos los actores es ese afán por expresarse, por sacar fuera lo que llevas dentro y perder el pudor. En cierto modo es, como le decía antes, terapéutico. De hecho, cada vez se usa más el teatro y la interpretación con fines clínicos.
 
 

 
 
 
– ¿Había antecedentes artísticos en la familia?
– Realmente no. Mi madre es muy cantarina. La recuerdo los domingos por la mañana pasando la aspiradora, con el tocadiscos a todo trapo y acompañando a Marifé de Triana.
 
– Es coplera.
– Bueno, le gustaba la copla, pero también otras cosas. Se escuchaba mucha música de los setenta. Por casa había una de esas fotos típicas de cena de empresa de fin de año en que aparecía mi madre con un micro. Siempre le pedían que cantara. Esa foto me obsesionaba. La dirección del colegio la llamó con cierta alarma porque, decían, “su hijo ha puesto en un cuestionario que usted es cantante y no nos consta; tal vez fantasea demasiado”. De niño yo creía que mi madre era artista.
 
   El actor heredó esa disposición y a los 14 años ya tocaba sus propias canciones con una banda. Hurgando en la memoria familiar, también nos cuenta que su abuelo regentaba una conocida barbería en Murcia, donde “después de echar el cierre, se daba cobijo a las juergas de los artistas que pasaban por la ciudad, desde Antonio Machín hasta los hermanos Tonetti”. “Esos son todos mis antecedentes”, concluye Santos entre humilde y orgulloso.
 
– No es mal precedente, casi premonitorio.
– Y no olvidaré nunca mi primera visita al teatro. Vi a [Carlos] Hipólito y [José María] Pou en La verdad sospechosa en el Teatro Romea de Murcia. También estaba Emilio Gutiérrez Caba.  
 
 

 
 
 
... Y SANTOS EN EL MANZANARES
– ¿En qué momento decidió que era necesario mudarse a Madrid?
– Había estudiado interpretación durante tres años en Murcia y ya había estado en Madrid brevemente en alguna ocasión, incluso visitando a un señor para que nos hiciera fotos y poder tener representante. En fin, había sembrado mínimamente y comprobado que la gente que se había venido no lo pasaba especialmente bien en términos laborales. Pensé que estaría bien estudiar el último año de Arte Dramático en Madrid e ir preparando el terreno y haciéndome a la ciudad. Eché currículums en todas las cadenas de comida rápida y bocadillerías que pueda imaginar, pero en octubre de 1999 ya estaba ensayando mi primera función profesional, apenas dos meses después de llegar. Tuve una inmensa fortuna.
 
   El recién llegado consiguió meter la cabeza en el montaje de Una mujer sin importancia, de Oscar Wilde, en el papel del hijo de Silvia Tortosa, “nada menos”, apunta él, que describe la sensación de ver su nombre en la cartelería como “un sueño”. Estuvo un año de gira. Hoy esto sería un chollo, pero en aquella época todavía más, ya que no existía la red de salas alternativas en que actualmente se curten los actores que empiezan.
 
– Es cierto. Hoy, si quieres trabajar, o mejor dicho, si quieres estar ocupado (para mí trabajar es algo remunerado), puedes hacerlo, hay muchas opciones, pero en aquel invierno de 1999 no existían esos pequeños teatros alternativos.
 
– ¿Se sintió bien acogido en Madrid?
– Me aclimaté rápidamente. Fue amor a primera vista. Madrid es una ciudad con los brazos abiertos. Puedes estar en una reunión de diez o doce personas en la que, si empiezas a preguntar, te das cuenta de que nadie o casi nadie es madrileño. Hay andaluces, gallegos, catalanes, vascos, valencianos... Eso hace que la ciudad sea tan generosa con el que viene de fuera. Conozco quien no ha encajado, pero en general creo que son más los casos de acogidos que los de rechazados. Yo quise vivir en un barrio desde el principio. Quería estar cerca del centro pero hacer vida de barrio, conocer al panadero y al mecánico del taller de abajo al que saludas todas las mañanas. Quería poder ir a la Gran Vía o a Lavapiés a disfrutar del bullicio, pero poder volver a mi barrio todos los días.
 
– ¿Dónde se instaló?
– Siempre me he movido en un radio de no más de 600-800 metros, con el río Manzanares y el estadio Vicente Calderón como centros gravitatorios. Como soy del Barça... Al principio vivía muy cerca del Viaducto. Allí me acogió Pedro Segura, un amigo de la escuela de Murcia que se me había adelantado un año. De allí pasé a Marqués de Vadillo y luego al Parque de San Isidro. Me duele que el estadio se vaya del barrio porque siempre fue mi punto de referencia, es como algo mío. Estaba a punto de hacerme del Atleti.
 
 

 
 
 
UN AGENTE CON TETAS
A Carlos Santos se le conocen trabajos episódicos en series de televisión desde que era un tierno principiante de 24 años. Entre 2001 y 2004, de la mano del ubicuo director de casting Luis San Narciso, pasó por Policías, Periodistas, 7 vidas, Un paso adelante, El comisario... De pronto, en 2005, sonó el teléfono y San Narciso al otro lado le dijo: “Ya tengo el personaje fijo que andaba buscando para ti”. Acababa de ver la luz el agente Povedilla, el policía torpe e inseguro de la telecomedia Los hombres de Paco que fue enseguida adoptado por los espectadores y cuyo rostro quedó para siempre pinchado en el mapa de la audiencia.
 
– ¿Cómo se encontraron usted y Povedilla?
– Como ocurre casi siempre en esta profesión, hay personas determinantes. Todos los papeles episódicos que había hecho me habían llegado a través de Globomedia y, por ende, a través de Luis San Narciso, un excelso director de casting al que muchos debemos buena parte de lo que somos. Lo conocí por una película para la que él iba a seleccionar actores. Luego aquello no fructificó, pero me quiso hacer una prueba para tenerme fichado por si surgía algo. Al poco tiempo me llamó y estuve dos o tres años haciendo episódicos, si bien bastante potentes, como un condenado a muerte, por ejemplo. Eso me permitía darle profundidad al trabajo, aunque fuera para un episodio. Él cuidó mucho de mí en aquellos años. Incluso hice teatro por él.
 
– ¿Como qué?
– Pues, por ejemplo, le habló de mí a Sergi Belbel para hacer de hijo de Blanca Portillo en el montaje del CDN Madre (el drama padre), de Jardiel Poncela, y también le habló de mí a Fila 7, una productora que andaba buscando a un actor joven para hacer Almacenados, de David Desola, con José Sacristán. Con él pasé año y medio de gira.
 
   Como ven, hay gente a la que le cunde el tiempo. Carlos Santos estaba aún lejos de cumplir los treinta y, entre el Jardiel de 2001 y el mano a mano con Sacristán en 2004-2005, ya había tenido el rodaje que le dan a los automóviles de alta gama. En la última estación de este trayecto le esperaba San Narciso con Povedilla bajo el brazo.
 
– Exacto. Fue al final de la gira con Pepe. Se habían acabado los episódicos, aunque Povedilla en su primer episodio no decía ni mu. Creo recordar que solo saludaba tímidamente con la mano.
 
– Típico de Povedilla. ¿Siempre se llevaron ustedes dos bien? ¿No acabaron cansados el uno del otro?
– No, jamás. Estuvimos juntos 5 años y 117 capítulos. No me importaría retomarlo si se hiciera una miniserie con alguna trama de Los hombres de Paco, y estoy seguro de que la audiencia respondería. Respecto del cansancio, era prácticamente imposible cansarse de Povedilla porque tuve la suerte de dar con unos guionistas muy locos, enfermos incluso, que me ponían un reto o una sorpresa en cada episodio. “¿¡Que en esta entrega me ponéis tetas!?” “Sí, estás en un operativo para atrapar a un cirujano clandestino y acabas en la mesa de operaciones. Tus compañeros se quedan viendo el fútbol y llegan tarde a rescatarte. Estarás un par de episodios con ellas. Luego te las quitamos” “¡Ah, qué bien!” Era todo así de disparatado. Fui enterrado vivo; me violaron en la cárcel; me apareció un hermano gemelo... [Santos va mostrando dedos con los que contabilizar barbaridades y usa las dos manos]. Hoy es difícil tenerle miedo a nada. El miedo ya lo pasé en Los hombres de Paco. Fue un periodo de formación muy intenso y de expansión de mis límites. Descubrí muchas cosas de mí como actor que hoy no conocería si no hubiera sido por esta serie. Debo mucho a aquellos guionistas y a Globomedia. Crecí como persona y como actor. Y el gran público me ubicó.
 
 

 
 
 
– Era un personaje muy querido, que presumiblemente nació en pañales y al que hubo que dar forma.
– Sí, ya digo. Al principio era casi mudo. El estereotipo de policía novato que sigue el manual al pie de la letra. Obviamente, ese estereotipo fue desarrollándose. La gente se reía con él, pero lo cierto es que el personaje lo pasaba fatal. El arco interpretativo era tan grande que cabían la comedia hilarante, casi slapstick, y el drama más tremebundo, como en el episodio que le he mencionado de la cárcel.
 
– ¿Y no sería que San Narciso lo estuvo preparando en los años previos para un personaje así?
– Creo que el desarrollo de las cosas a veces depende de chispazos inesperados. Si en el capítulo 2 Paco Tous no se hubiera acercado a mí, me hubiera dado un cachete y me hubiera dicho con tono de advertencia “¡Povedilla, Povedilla!”, si eso no hubiera pasado, todo habría sido distinto. Después de una hora de tomas falsas, el director tuvo que vaciar el plató y dejar solo al equipo imprescindible porque era imposible evitar las risas de la gente.
 
 

 
 
 
ATAQUE ENTRE EL SENA Y NOTRE DAME
– Da la impresión de que es usted un actor tranquilo, que los nervios no van con usted.
– Eso pensaba yo.
 
– ¿Pensaba?
– Sí, me tenía por tranquilo, hasta que pasó lo de El hombre de las mil caras.
 
– Por favor, cuente.
– Soy un actor que vive muy en el presente. Si hay aluvión de trabajo, procuro centrarme y no abrumarme por el peso de lo que se me viene encima. Si tengo un estreno, me pongo nervioso en el último momento, es decir, momentos antes de la función. No vivo todo el día o la semana anterior en un estado de nervios. Ni mucho menos.
 
– Ya, pero algo pasó con Luis Roldán, ¿no?
– Pues sí. Siendo como soy, no podía imaginarme que me pasaría lo que ocurrió. Habíamos ensayado secuencia por secuencia durante un mes.
 
– ¿En mesa italiana?
No solo así, también simulando posiciones e improvisando atrezo. Con cuatro sillas podíamos ir en un coche Eduard Fernández, José Coronado y yo, por ejemplo. Estaba todo muy preparado, algo característico de Alberto Rodríguez. Él quería que llegáramos lo más preparados posible para que la vorágine del rodaje no nos perjudicara. Y, de hecho, mis compañeros me decían que tenía al personaje ya “machacado”, masticadito, vamos.
 
– Nos tiene usted en ascuas.
– Tras un primer día de rodaje en París con una escena de trámite saliendo de un coche, llegamos al segundo día, en que rodábamos una secuencia con mucha más enjundia. Era la escena nocturna junto al Sena en la que Paesa me deja en manos de una supuesta organización. Llegué con el coche de producción al set. Estaba atardeciendo. Conforme iba caminando a orillas del río, podía ver el equipo de rodaje y todo preparado, con Notre Dame al fondo, maravillosamente iluminada por Álex Catalán. Y en ese momento empiezan a temblarme las piernas incontroladamente. A medida que me acercaba, me temblaban más. Alberto quiere dejar la escena marcada antes de ir a maquillaje. Nos metemos en el coche, él empieza a dar indicaciones y a mí no me brota la voz. Estoy mudo, aunque quiero hablar. Mi rostro palidece y amarillea a la vez, y la tiritona va a más. Debió de notárseme, claro, porque Alberto dejó de dar instrucciones y me pidió que saliera del coche.
 
– ¿Era la primera vez que le ocurría?
– En mis 37 años no había experimentado nunca nada parecido. Estaba como paralizado y sin saber exactamente qué me pasaba. Alberto sí lo sabía. Me llevó a dar un paseo. Nos encendimos un pitillo. Seguía sin poder articular palabra. “No te preocupes. Sé que no puedes hablar ahora, pero no pasa nada. El personaje lo tienes más que hecho. Camina y relájate”, me dijo. Y, en efecto, fui recuperando el habla y el pulso. Había tenido el primer ataque de pánico de mi vida. No soy dado a los numeritos, pero ya ve, tuve que esperar a mi personaje más importante para montar uno.
 
– ¿Cómo reaccionaron sus compañeros?
– Eduard [Fernández] y Jose [Coronado] enseguida me preguntaron. Se lo conté y ellos fueron los que le pusieron nombre y apellidos a aquello. “¿Nunca te había pasado? Pues bienvenido al club”. No le dieron mayor importancia, porque ya conocían de sobra la experiencia. Quizá me pudo la presión de saber que me habían escogido siendo el último actor que la gente hubiera imaginado en la piel de Luis Roldán, de rodar en París a la orilla del Sena... No sé.
 
 

 
 
 
EN LA PIEL DE ROLDÁN
–¿Ha tenido oportunidad de hablar con Roldán o de saber su opinión sobre la película?
– No. En un primer momento los productores se plantearon hablar con él, cosa que descartaron después. Poco antes del rodaje, a través de alguien de su entorno, Roldán pidió tener una charla con los responsables de la producción, pero el guion y el plan de rodaje estaban ya muy atados y hubo miedo de que se trastocaran. Yo ya había acordado con Alberto, al inicio del trabajo, que no era necesario conocer al personaje hoy. El Roldán del año 95 poco tenía que ver con el de 2015, tras doce años en la cárcel, diez de ellos incomunicado. Creo que alguien intentó ir con él al cine a ver la película para hacer algún reportaje de prensa, pero lo rechazó. Tengo la impresión de que no quiere saber nada de todo aquello. Imagino que no tendrá ganas de removerlo, aunque igual ahora que al actor que lo interpreta le han dado un Goya, tal vez se anime. Al final, por muy delincuente que fuera, es la vida de alguien que ya pagó la deuda que le impuso la justicia y, según se ve en la película, parece que los millones que desaparecieron no los tiene él.
 
– ¿Hubo que competir por el puesto con pruebas y demás o su nombre estaba ya decidido?
– El papel me vino por Eva Leire y Yolanda Serrano, que son dos personas que han marcado los diez últimos años de mi carrera, lo mismo que Luis San Narciso marcó los diez primeros. Me conocieron en Los hombres de Paco. Creo que son unas directoras de casting peculiares, con una imaginación extraordinaria y capaces de hacer elecciones en absoluto convencionales. Sorprenden. Hacia 2007, se les ocurrió llamarme a mí, al que solo se me conocía por Povedilla, para estar en proyectos tan dispares como Mataharis, de Icíar Bollaín, y el Mortadelo y Filemón de Miguel Bardem. Luego llegaron También la lluvia, Miel de naranjas, El tiempo entre costuras, Lo que escondían sus ojos, Villaviciosa de al lado...
 
– ... y ‘El hombre de las mil caras’.
– Eso es. “Vamos a llamarte porque es una película llena de hombres”, me dijeron. Así es, me probaron para un personaje que tenía que hablar en varios idiomas, un personaje más pequeño. Pero esa misma tarde me convocaron para probarme como Roldán. Me caí de culo, pegué cuatro gritos y me puse a currar.
 
– O sea, que en principio iba a ser un secundario.
– Sí, un personaje menor. Luego he sabido que había cierto atasco a la hora de encontrar un actor que hiciera de Roldán. Es un personaje emblemático en la historia de este país. Su cara es más conocida que la de Paesa incluso, y además montó un buen pifostio con su fuga de un año. Supongo que Eva y Yolanda volvieron a echarle imaginación.
 
 

 
 
 
– Además de un trabajo muy serio de caracterización e interpretación. Tuvo que engordar varios kilos y raparse la cabeza, ¿no?
– Peor que eso. No era un rapado completo, era solo el casquete, la coronilla. Me tenía que dejar un “rodapié”, como decían mis amigos. Pasé un verano acompañado de gorras. Y tuve que engordar con la supervisión de Ángela Quintas, una nutricionista con mucha experiencia en el trabajo con actores. Además preparé los mimbres del personaje indagando en la vida y obra de Roldán y Paesa. Fui viendo entrevistas y quedándome con tics. Es un personaje que te permite ser completamente otro porque no tenemos nada que ver. No solo tenía que transformarme físicamente a base de vestuario, maquillaje y nutrición. Estos expertos te dan la piel del personaje y tú le das el alma. Tenía que cambiar por completo mi forma de hablar, de caminar y de moverme en general.
 
– ¿Qué fue lo que más le costó?
– Engordar. Me puse a dieta con unos batidos especiales y un régimen de comidas pantagruélico. Tras una semana de estricta dieta hipercalórica, cebándome como un pavo antes de Navidad, conseguí... ¡adelgazar un kilo!
 
– Mucha gente pagaría por ese resultado.
– Ya, ya, pero no era mi caso. Mi cuerpo no se hacía. Suelo pesar 65 kilos y me costó un imperio llegar a los 75. Al final llegas a ese peso e inevitablemente en el proceso has ido cambiando tus gestos, tu forma de hablar, los movimientos de tu cuerpo. Empiezas a ser otro.
 
– ¿Alberto Rodríguez marcó mucho el resultado o es más cosecha propia?
– Él lo marca todo. Es el director más meticuloso con el que he trabajado nunca. Está en el combo fijándose no tanto en la iluminación o en detalles técnicos como en lo que hacen sus actores, hasta el punto de que se fija en el menor gesto. Puedes haberte tocado el pelo de una forma que él quiere corregir y tú niegas haberlo hecho. Entonces te lleva al combo y te lo enseña. “¿Ves?” Y es verdad. Se da cuenta de todo. Capta hasta lo más sutil. De hecho, su mantra es “Ese gesto, más pequeño. Menos. Más pequeñito, más contenido”. [Santos imita la voz nasal del realizador sevillano con un realismo desternillante]. Yo, en broma, le digo que La isla mínima empezó siendo La isla máxima y que él fue reduciéndola hasta dejarla en una islita. Esa manera de trabajar da una seguridad tremenda a los actores; eso y el equipo técnico, que lleva toda la vida con él y son como su familia, la cofradía de Alberto Rodríguez.
 
– Sin embargo, Rodríguez suele variar mucho su equipo artístico.
– Cierto. Y además es bastante puñetero porque si tú le dices: “Alberto, yo quiero seguir trabajando contigo”, él te responde: “ya sabes que yo no repito actores”. Ya en serio, para cada personaje hay un actor. Es bonito que el director confíe siempre en ciertos actores, pero también lo es que sea un estudioso del comportamiento humano y conozca nuevos intérpretes. Trabajar con Alberto es una experiencia inigualable.
 
 

 
 
 
HELADOS EN ZAMORA Y LECCIÓN EN VALENCIA
– Hemos hurgado en viejos currículums suyos y aparecen nombres poco conocidos. ¿Quiénes son Blas López, Germán Egido y César Bernat?
– Germán Egido es el compañero de escuela con el que me vine al Palafox a ver Hamlet. Blas López fue mi profesor de Literatura en el instituto y la primera persona que me subió a un escenario (con la que, además, monté un par de obras estando ya en la Escuela de Arte Dramático). César Bernat me dio clase en la Escuela y con él viajé mucho como parte del TEU de Murcia. Tengo que actualizar esos currículums porque veo que está hasta lo que hice en el instituto.
 
   Santos habla con cariño de sus orígenes en el oficio y se nota el agradecimiento a sus maestros y a su representante, Susana Trenor, a la que lleva unido desde sus primeros pasos profesionales con 22 años. En concreto, revela cómo surgió su primera incursión en un montaje teatral cuando Blas López propuso a su clase un serio dilema: hacer una redacción o montar unos entremeses. “Como es lógico, la clase votó aplastantemente por hacer la obra”, rememora el actor. “Muchos se lo tomaron a guasa, pero a mí me picó el bicho y me lo tomé tan en serio que me embroncaba con ellos. Hacíamos El viejo celoso, y aunque en el reparto inicial tenía un papel pequeño, sin querer acabé protagonizándola y medio dirigiéndola”.
 
– Hablando de maestros, ¿Cómo fue su relación con José Sacristán en la larga gira de Almacenados?
– ¡Uf! Es jodido mi Pepe. Fue una relación buenísima al principio (al fin y al cabo, él mismo me escogió para el papel, o por lo menos bendijo mi participación) y luego se resintió. Estuvimos juntos un año y medio, viajando y subiéndonos los dos solos al escenario todos los días. Imagínese, por ejemplo, después de una función en enero en Zamora, con un frío que pela, y los dos cogidos del brazo a cenar. Aprendí mucho de gastronomía con él, pero, como es natural, aprendí de su trabajo lo que no está escrito. En una de esas 350 funciones, nos regaló a mí y al público el momento más sobrecogedor que yo he vivido en un teatro. Un día en Valencia, los dos sobre las tablas, le vi interpretar como nunca he visto a nadie en un escenario. Ese día yo trataba de darle mis réplicas lo más rápido posible para seguir viéndolo y escuchándolo como espectador desde el escenario. Fue sublime.
 
– Pero tuvieron sus más y sus menos.
– En un periodo tan largo da tiempo a que pasen muchas cosas. A veces veíamos aspectos del trabajo de forma diferente. Yo soy muy cabezón. Si estoy convencido de algo, me cuesta doblegarme, incluso si el que está al otro lado es nada menos que don José Sacristán. También es verdad que si con sesenta y tantos años te embarcas en una aventura teatral como aquella, con gira por localidades de todo el país, es para hacerlo como te gusta. Si no, te vas a tu casa. En fin, lo importante es ese año y medio de relación intensa; a día de hoy le tengo un cariño inmenso y él a mí también.
 
 

 
 
 
– Después de compartir tablas con actores como Portillo, Sacristán...
– Y Luis Merlo, al que siempre he admirado mucho. Los de mi generación teníamos grabado en VHS su Calígula como objeto de devoción. Es la primera, y creo que la única, persona a la que he parado por la calle. Él se acuerda. Nos tomamos una cerveza y, al cabo de unos años, trabajamos juntos en Don Juan Tenorio. Perdone, que le he cortado, me hablaba de...
 
– Háblenos de colegas con los que ha trabajado mucho, como Paco Tous o Karra Elejalde.
– De mayor quiero ser como Paco Tous. Envidio su saber estar, su mano izquierda, su templanza, su buen rollo. Él fue casi como mi padre adoptivo durante los años de Los hombres de Paco. Me corrigió y me aconsejó en lo profesional y en lo personal. Supo atemperar lo que él llamaba mi “exceso de celo”. Aquella serie no hubiera sido lo mismo sin él. Era el capitán, un hombre que con 25 años de teatro a las espaldas y una sabiduría impresionante afronta su primer protagonista en televisión. De Karra Elejalde, qué le voy a decir, es un enfermo de esto. Nos hicimos muy amigos en También la lluvia. Tiene la pasión del niño pequeño; para Karra cada personaje es un juguete nuevo, y se mete en él como si no existiera un mañana...
 
   Santos reproduce los consejos que le daba Elejalde, “Mira, Carlitos, en esta segunda he pensado que podías decirlo así...”, de nuevo imitando su voz y con la entonación acelerada característica del actor vasco. Es como tenerlo delante, pero con la cara de Santos. Fantástico. Lo borda.
 
– ... Karra es un torbellino que nace desde la generosidad y la entrega. Y me gustaría destacar también a Eduard Fernández.
 
 

 
 
 
– Está usted en su casa.
– Quiero hablar de él porque es mi socio y mi amigo. Un cómplice. Además, he aprendido en vivo y en directo cómo se trabaja desde la inseguridad más absoluta. El Paesa de Eduard no tenía asideros en el guion. Es una creación genial y genuina, que parte de la inexpresividad y del enigma propios del personaje. Compartir con él todo ese proceso desde la incertidumbre hasta la solidez del espía manipulador que vemos en El hombre de las mil caras fue un privilegio. Eduard es el epítome en positivo de esa famosa frase que dice que “la comodidad es el cáncer del actor”. Nuestro toma y daca acabó además con una nota hermosa.
 
– ¿A qué se refiere?
– Es una pequeña anécdota con un gran significado. Tras el último día de rodaje, en el que todos los miembros del equipo lo celebramos y nos despedimos, a mí me quedaba grabar una pequeña secuencia al día siguiente, ya con un equipo muy reducido y sin el resto de los actores, en una nave perdida en el extrarradio de Madrid. Estaba fumando un pitillo en la puerta cuando veo aparecer a Eduard por la esquina. “¿Qué haces tú aquí?”, le pregunté. “Hombre, amigo. He venido a despedirte, no te iba a dejar solo en el último día de rodaje, ¿no?”. Le di un abrazo que casi lo crujo. Ese detalle define a Eduard y la relación que tenemos.
 
   La estela de El hombre de las mil caras se deshace poco a poco, pero el actor murciano ya está embarcado en nuevos proyectos. Por un lado, dirige la obra Un tonto en una caja, estrenada con éxito en el Romea de Murcia y que se puede ver en el Nuevo Alcalá de Madrid a partir de abril. Y por otro, prepara Ella es tu padre, una telecomedia que pronto veremos en Telecinco. Se trata de su primer protagonista en televisión, que Santos describe como “un roquero de vida disipada que pierde la custodia de sus hijos y, para estar con ellos, decide transformarse en la profesora de música de su colegio”. Como la señora Doubtfire, solo que esta se llama Avelina, un personaje que requiere sesiones maratonianas de maquillaje con la gente de DDT (El laberinto del fauno, Un monstruo viene a verme). Vamos, que promete. Aunque cuenta poco, sí revela que Rubén Cortada hará el papel de su hermano. “Necesitaban un actor que se me pareciera”, apunta guasón y plenamente consciente de su remoto parecido con el atractivo actor cubano.
 
 

 
 
 
Si todo esto parece poco, Carlos Santos también tiene una banda de rock a medias con miembros de los indies murcianos Second. Se llama Soundtrack y, como él dice, “siempre está ahí”. Así que, atentos, que cualquier día lo ven con la guitarra al hombro o cantando, como de hecho ya ocurrió el pasado marzo en un concierto de Second en la sala La Riviera de Madrid.
 
breve mapa musical del planeta santos: The Cure, David Gray, Josh Rouse... y Second, claro.
el concierto de su vida: The Cure en Zaragoza en 1996.
una interpretación impresionante: Anthony Hopkins en Lo que queda del día.
el libro que no podía dejar de leer: El conde de Montecristo, de Dumas.
el plato que le pone las pilas: Pastel de carne murciano.
su segundo rincón en el mundo después de Murcia: Tenerife.
 
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