twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Foto Fija
Versión imprimir
Foto: Moisés Fdez. Acosta
Foto: Moisés Fdez. Acosta
 
Carlos Serrano
 
“Mi sueño sería trabajar con Scorsese, aunque fuese llevándole el café”
 
 
HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
Alicantino. Cosecha del 89. Solo había asistido un día a clases de Periodismo cuando le admitieron en la RESAD. Hizo las maletas con destino Madrid… y hasta hoy. David Menkes y Alfonso Albacete le ofrecieron mientras estudiaba un discreto debut cinematográfico: una figuración con frase en la trepidante Mentiras y gordas, la película española más taquillera de 2009 gracias a un cóctel veraniego de fiesta, sexo y playa con numerosas estrellas televisivas. El elenco reunió ante las mismas cámaras a Mario Casas, Ana de Armas, Hugo Silva, Ana María Polvorosa, Maxi Iglesias, Miriam Giovanelli, Alejo Sauras… Del largometraje se pasó al formato corto con la pieza bélica Pictos, sobre la dura batalla entre esa tribu escocesa y la de los nortumbrios allá por el siglo VII. Tras sumar Juego de niñas a su currículum, el año pasado participó en Ejecución, donde prestó su voz a un banquero que amenazaba con desahuciar a una mujer desempleada pese a tener un bebé a su cargo. Filmado para recalcar la necesaria iniciativa legislativa que impulsó la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), los autores permitieron su libre difusión con el objetivo de que calase en una sociedad ya crispada por los sucesivos desalojos.
 
   Nada más empezar 2012 se estrenó en televisión con aquella serie histórica de Antena 3 titulada Toledo, que le trasladó hasta el siglo XIII para vivir en la agitada corte de Alfonso X el Sabio. Dio vida al oscuro y altanero Humberto Miranda, hijo del conde de Miranda (Fernando Cayo), estrechamente relacionado con el monarca (Juan Diego) y el arzobispo Oliva (Rubén Ochandiano). Esa pertenencia a la nobleza brindaba al joven total impunidad tras violar a una tabernera y capitanear una trama corrupta que libraba a hombres de la guerra a cambio de dinero. Sus sentimientos más sinceros los acaparaba Blanca (Beatriz Vallhonrat), la hija del intachable magistrado, pero la conquista no le resultaba fácil: el hermano de la chica (Maxi Iglesias) y otro pretendiente (Adrián Expósito) se empeñaban en alejarla de él. La cosa se complicaba todavía más después de que compartieran una noche de amor, lo que daba lugar a rumores que arruinaban la reputación de ella en la ciudad.

 
 

 Solo tuvo que esperar hasta julio de ese año para incorporarse a El secreto de Puente Viejo, la telenovela vespertina de esa misma cadena, en la que permaneció hasta el pasado 2014. Su Fernando Mesía vivía atormentado por la muerte de su madre, una tragedia que achacaba a su padre, empeñado en enviarle a ese pueblo castellano de principios del siglo XX. Allí se encontraba a una conocida de la infancia llamada María (Loreto Mauleón) y entablaba amistad con Gonzalo (Jordi Coll), hasta que se percataba de la especial relación que unía a los otros dos vértices de ese triángulo sentimental. Estaba perdidamente enamorado de la chica, pero ella solo sentía aprecio por él y mantenía la distancia, lo cual le llevaba a violarla en un establo. A fin de no parecer sospechoso, empleaba su ingenio para inculpar a ese antiguo amigo convertido ya en rival, salvado del garrote vil por los pelos. Como nadie en la localidad le creía capaz de semejantes fechorías, su amada aceptaba su propuesta de matrimonio, aunque casi convencida de la infelicidad venidera. Y es que a él solo le interesaba erigirse en heredero de la fortuna de su familia política y no tardaba en desfogarse con otras mujeres. No saciado con tanta infidelidad, forzaba sexualmente a su esposa. Y atajaba el hartazgo de ella con una doble estrategia: la retenía en casa bajo vigilancia de un ama de llaves y la amenazaba con hacer daño a Gonzalo. Su retorcido carácter terminaba de ennegrecerse cuando perdía su puesto de gerente en la fábrica textil y la herencia de su padre se le presentaba inalcanzable. La audiencia dejó de verle después de que la Guardia Civil le arrestara para que pagase por todo.
 
   Antes de que acabase 2013 pasó por El tiempo entre costuras, aunque no se le vio en pantalla, pues se encargó de dar acento español a Ramiro Arribas (el personaje que encarnó Rubén Cortada). Unos cinco millones de espectadores guardan hoy poco aprecio a ese vendedor de máquinas de escribir que se cruzó en el camino de la costurera Sira Quiroga (Adriana Ugarte), la sedujo, la convenció para instalarse en Tánger poco antes de la Guerra Civil y la dejó tirada tras huir con todos sus ahorros.

 
 

 Desde los 15 años moldeó su vocación interpretativa sobre las tablas como miembro de un grupo de aficionados en su tierra natal. Allí representó el clásico Mucho ruido y pocas nueces, ambientado por Shakespeare en Italia, cuyos enredos de alto copete conducían a un feliz desenlace: cuatro personajes casados en dos románticas bodas y la detención del emponzoñador. Luego fue el turno de La venganza de don Mendo, la famosa comedia en verso de Pedro Muñoz Seca, que le aproximó a la España medieval a través de una muchacha que se debatía entre el amor hacia su humilde amante y el chollo de un matrimonio por interés con un rico. Alternaba ambos compromisos con dificultad, así que el conflicto entre los dos hombres estaba servido…Esa temprana experiencia teatral prosiguió con carácter académico en la RESAD, que le dio la oportunidad de representar El zoo de cristal justo antes de licenciarse en 2011. Para ese título de Tennessee Williams puso cara al entrañable Tom, que necesitaba huir del ambiente opresor de un hogar donde convivía con una madre casi esquizofrénica y una hermana coja a la que ningún hombre quería, pero también abandonar su empleo de zapatero para dar rienda suelta a su faceta poética. Junto a otros compañeros de estudios engrosó la compañía Ataraxia, premiada en varios lugares del país gracias al montaje A solas con Marilyn. Su argumento tomaba como protagonista a una cajera de supermercado abandonada por su marido y rescataba los sucesivos mitos de la mujer despechada, desde la sacerdotisa griega Medea a la inolvidable actriz Monroe, claros ejemplos del dolor por el ego herido y la posterior sed de venganza.
   
   Su gran oportunidad encima del escenario le sorprendió en verano de 2011, cuando Mauricio García Lozano le llamó para formar parte de aquella Antígona que encabezó Marta Etura en el Teatro Romano de Mérida, una multitudinaria tragedia capaz de congregar también a Blanca Portillo o Alberto Amarilla. El calvario de ese mito femenino es bien conocido: se rebeló contra la voluntad del despótico rey de Tebas, pues antepuso la ley divina a la humana al dar un entierro digno a su hermano Polinicies, motivo suficiente para recibir una condena a muerte. Efectivamente, pereció. Y el monarca acabó pagando su injusticia con el suicidio de su hijo Hemón, amante a su vez de la contestataria joven. En mayo de 2014 empezó a llenar la sala alternativa La Trastienda con cada función de la peculiar obra La casa de huéspedes. Regentada por un misterioso hombre que se enfrentaba a los demonios de su pasado, en sus habitaciones se alojaban clientes con historias muy dispares, así que cada espectador elegía a cuál de ellos acompañar durante el recorrido. Ya en el mes de septiembre dio el salto al Teatro Español con El loco de los balcones, un texto de Mario Vargas Llosa que le permitió recrear la Lima de los cincuenta en la piel de Diego, un arquitecto ajeno al fracaso porque siempre había tenido de todo gracias a la potente constructora de su familia. En el lado opuesto se encontraba Ileana (Candela Serrat), hija de un profesor de Historia del Arte (el mismísimo José Sacristán) dedicado a salvar los viejos balcones coloniales de la ciudad ante su inminente sustitución por altos edificios. La joven pareja pasaba por el altar y ella, quizá seducida por los jugosos efectos del boom inmobiliario en la cartera de su marido, abandonaba la misión de su padre por considerarla absurda e inmoral en un país con tantos problemas como Perú. Tal decisión sumía en una profunda depresión al anciano, que incendiaba el almacén donde acumulaba sus preciosos tesoros arquitectónicos e intentaba suicidarse, pero fallaba.
 
¿Recuerda el momento particular en que decidió ser actor?
− No lo recuerdo, fue un proceso lento. Probé el veneno de pequeño, cuando vi El silencio de los corderos. Quería hacer de Hannibal Lecter. La interpretación empezó como un juego que cada vez me exigía más tiempo. Y poder dedicarme profesionalmente a ello ha sido fruto de un puñado de circunstancias y de la suerte de que se me fueran abriendo puertas.

− ¿Quién fue la primera persona a la que se lo contó?
− La gente cercana se lo olía, no fue una sorpresa para nadie. A veces pienso que ellos lo tenían más claro que yo.

 


− ¿Cuál ha sido el mayor golpe de suerte que ha recibido hasta ahora en su carrera?
− Ser aceptado en la RESAD. Me obligó a centrarme y a dedicarle todo mi tiempo. Los primeros meses fueron duros, pero me hicieron creer en este camino como posible forma de vida.  
 
− ¿A cuál de los personajes que ha encarnado le tiene especial cariño? ¿Por qué motivo?
− A Fernando Mesía, de El secreto de Puente Viejo. Un personaje en una serie diaria durante dos años te da la oportunidad de que lo exprimas en todas las circunstancias. Desde sus inicios hasta el final, cuando ya no daba más de sí, fue un abanico enorme de emociones. Por no hablar del aprendizaje que proporciona un formato diario a lo largo de tanto tiempo.
 
Si el teléfono dejase de sonar, y ojalá que no, ¿a qué cree que se dedicaría?
− Intentaría sacar adelante proyectos relacionados con esto. Escribirlos o dirigirlos. Me gustaría escribir, y no hablo únicamente de guiones, ¡yo iba para periodista!
 
− ¿Ha pensado alguna vez en tirar la toalla?
− En tirarla no, pero sí en cambiarla. Me planteo si realmente valgo para esto. Me va bien, de acuerdo. La suerte está haciendo su trabajo. Ahora bien… ¿estoy capacitado para seguir con la actuación el resto de mi vida? Parece que en este oficio al final deciden las inseguridades y cómo uno se enfrenta a los miedos y fracasos.
 
¿En qué momento de qué rodaje pensó: “¡Madre mía, en qué lío me he metido!”?
− En una grabación no, ya que hay que hacerlo todo rapidito, en un tiempo muy determinado. Luego puede que te arrepientas o no sepas siquiera lo que has hecho. Por el contrario, en teatro siempre me llega ese momento: después de unas primeras semanas amables de ensayos no sé por dónde tirar. Me pierdo. Es mi crisis particular. Es entonces cuando peor lo paso y más cosas encuentro.
 
− ¿Cuál considera que es el principal problema del celuloide español y qué solución se le ocurre para paliarlo?
− El problema es que a la gente se le ha hecho creer que la calidad de nuestro cine es bochornosa. No puede haber mayor mentira que esa. Y muchos se abrazan a ella y no consumen películas simplemente porque son españolas. Este año, sin embargo, parece que la taquilla va a ser agradecida: Ocho apellidos vascos, El Niño, Torrente 5, La isla mínima, Magical Girl… Tampoco ayuda el nulo apoyo por parte de quienes manejan el cotarro. Las salas se abarrotan de espectadores que incluso hacen cola en las calles cuando hay una promoción a 2,90 euros, mientras que nadie va cuando las entradas cuestan 9 euros. Eso demuestra que sí queremos cine, pero no se pueden tolerar esas cantidades. ¿La solución? Reducir los precios, ofrecer abonos mensuales, generar tarifas alternativas… En Londres existe una tarjeta con entradas ilimitadas por 15 euros al mes. 
Foto: Moisés Fdez. Acosta
Foto: Moisés Fdez. Acosta
 


− ¿Cuál fue el primer intérprete que le conmovió hasta la lágrima?
− Roberto Benigni en La vida es bella. Era niño, intentaba disimular en el sofá, pero me resultó inevitable.
 
− ¿Qué filme ha visto en tantas ocasiones que se sabe los diálogos completos de alguna escena?
Un tranvía llamado deseo y El Padrino. 
 
− ¿Nos cuenta alguna anécdota que haya vivido como espectador en un cine?
− Recuerdo una sala llena de niños que veían Toy Story 3. ¡Salté y aplaudí con ellos al terminar la escena de la máquina de residuos!
 
− ¿A qué serie de televisión está enganchado?
House of Cards me tuvo loco. La devoré en muy poco tiempo y ahora espero con ansia la tercera temporada. No hay palabras para explicar lo de Kevin Spacey…
 
− ¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado alguien cercano para ejercer esta profesión?
− El que José Sacristán me dio un día mientras daban el aviso al público y bajaban las luces de la sala: “Mi padre me decía que hay que hacer las cosas lo mejor posible. Así luego tendrás derecho a defender lo tuyo”.
 
− ¿Cómo titularía la autobiografía de lo que lleva vivido hasta ahora?
Con la suerte en los talones.
 
− ¿A qué lugar del planeta le gustaría teletransportarse mañana?
− A cualquiera con chiringuito y playa.
 
− Adelántenos, ahora que no nos escucha nadie… ¿Cuál es el siguiente proyecto que se va a traer entre manos?
− ¡No me importaría que nos escucharan si al menos hubiera proyecto! [Risas].
 
− ¿Qué sueño profesional le gustaría hacer realidad?
− Me encantaría vivir de esto. Y puestos a pedir, trabajar junto a Scorsese, aunque fuese para llevarle el café.
 
− ¿Qué canción simboliza el momento actual de su vida?
Ballads, de John Coltrane y su cuarteto.
 
− ¿Qué titular le gustaría leer en el periódico de mañana?
− “El Gobierno da marcha atrás con el 21% cultural”.
 
− ¿Qué otra época de la historia elegiría para nacer?
− Soy bastante hijo de mi época, en el peor de los sentidos… ¡Como para andar dando tumbos por la Edad Media!
 
− Díganos qué le parece más reseñable de AISGE y en qué aspecto le gustaría que mejorásemos.
− La accesibilidad al día a día de la entidad, ya sea a través de las diferentes sedes, de los continuos correos electrónicos, las publicaciones… Mejoraría el tema de las redes sociales, aunque acabáis de estrenaros.
Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio