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06-05-2013 Versión imprimir

 
 
Carmen Conesa
 
“Casi fui niña prodigio,
pero mi madre me mandó a natación”

Núria Espert y ‘Amar es para siempre’, últimos hitos 
 en la carrera de una barcelonesa siempre polifacética
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Había amanecido un clásico día de frío madrileño, ese frío crudo que utiliza un sol radiante y un cielo raso como señuelos para aterirte a traición. Ella llega con la mirada oculta tras unas gafas oscuras y las manos heladas pidiendo a gritos abrazar una taza caliente. Será un té verde, que beberá mientras posa para la cámara. Delgada, ojos verdes, densa cabellera rubia, tejanos ajustados y jersey de pico azul, Carmen Conesa (Barcelona, 1960) se enseñorea con desparpajo del café de la Casa de América durante la sesión fotográfica. “Siempre he sido desinhibida. Una ‘sinvergüenza’, en el buen sentido”.

– Cuentan que de niña quería ser ventrílocua. ¿Otra víctima de José Luis Moreno?
– Bueno, más de Herta Frankel, la perrita Marilín y el Topo Gigio. Por edad, son los que me tocan.

– ¿Tuvo sus propias marionetas?
– Tuve un payés catalán con barretina, que era casi tan grande como yo. Me llamaron de la radio e hice una minigira por Cataluña. Tenía once años.

– Una niña prodigio.
– Usaba chistes que me contaba mi padre, pero lo gracioso era ver a una quinaja actuando con aquel muñecote. Salvador Escamilla [gran locutor catalán] quiso ficharme, pero mi madre dijo que ni hablar, que a hacer natación. Allí acabó mi primera aventura artística.

– Su padre trabajó duro en la construcción. ¿Fue un ejemplo?
– Lo fue. Empezó de albañil y acabó de constructor. Además, por hobby, era inventor. Tenía un taller con sus cachivaches, y allí me iba con él a pintar, que era mi afición. Estudié Bellas Artes, danza y canto lírico.

– Pero lo dejó todo por un cásting para ‘Historia de un caballo’.
– Fue lo que me metió en el teatro profesional. Vino la compañía de José María Rodero a Barcelona, necesitaban caballos y acudieron a nuestra escuela de danza. Jamás había estado en un escenario...

– Porque su madre la metió en la piscina.
– Eso es, pero una vez en las tablas, junto a Rodero, ya nunca quise bajarme. 

 
   Tras la crucial experiencia con Rodero, comenzó a trabajar con regularidad en Barcelona: teatro con Puigcorbé; un papel en Peer Gynt; cabaret en la transgresora Cúpula Venus... Hasta que en 1986 su rostro saltó a la pequeña pantalla catalana de la mano de Josep Sandoval en Roba neta, roba bruta, un programa de entrevistas ambientado en un domicilio particular ficticio.  

– ¿Cuál fue el momento más hilarante con Sandoval?
– La coreografía con corazones de cartón que le hicimos a Antonio Banderas o los playbacks a 45 revoluciones de Manhattan Transfer. La visita de Almodóvar y su tropa también fue desopilante.

– ¿Quién la trajo a Madrid?
– Mi amiga Mireia Ros. Estuve una semana y me presentó a un montón de directores: Trueba, Colomo, Méndez Leite... No conseguí trabajo, pero al poco me llamó Colomo para hacer figuración en El caballero del dragón. Hacíamos gracia las dos, tan catalanas, tan simpáticas y tan monas.
 
‘First Manhattan, then we take Madrid’
– Eso tiene un sospechoso parecido con ‘Las chicas de hoy en día’, la serie que protagonizó con Diana Peñalver. Dos actrices primerizas y emigrantes buscándose la vida en Madrid...
– Es que se inspiraron en mí y en otras como yo, supongo. Yo tenía una beca de un año para estudiar en escuelas de teatro de Manhattan: Actor’s Studio, Uta Hagen... Me llamaron porque Colomo estaba haciendo pruebas para televisión. Durante dos horas (¡dos horas!), él y Mariano Barroso me acribillaron a preguntas delante de una cámara; y conté muchas cosas que después estaban en el guion.

– ¿Cómo se lo tomó?
– Diana me decía: “¿y tú por qué no cobras por esto, niña?” [con el acento de la actriz sevillana]. Pero a mí me daba igual. La serie avanzaba y los guionistas –Colomo, Oristrell y Febrero– me traían cruasanes a casa y me plantaban la grabadora delante. Yo les contaba mi vida, las historias de Nueva York, mis novios, todo. Siento que Las chicas... es en parte mi biografía.

– ¿A qué atribuye el éxito?
– A la ilusión de que aquello era el comienzo de algo. Era feliz, no calculaba nada y estaba llena de espontaneidad, igual que Diana. Además la serie acertó en el retrato de la joven urbana, moderna y emancipada. Es muy de su tiempo. Dicen que se ha convertido en un objeto de culto ochentero.
Al parecer, problemas de derechos impiden la comercialización de la serie, privándonos de momentos impagables, como las gozosas charletas entre la Nuri (Carmen Conesa) y la Charo (Diana Peñalver), el número de Echanove cantando en una fiesta al modo de Johnny Rotten o la rabieta del actor despechado (Carlos Hipólito), novio del director de moda (Joaquín Climent).

 
– Desde entonces, ¿en qué ha cambiado como actriz?
– No lo he reflexionado porque me da miedo. Un amigo actor que me había visto en la serie de Las chicas... me dijo que creía que había perdido. Y quizá duele más porque yo pienso lo mismo. He perdido en belleza, en juventud, en espontaneidad.

– ¿Lleva mal el paso de los años?
– Es imposible llevarlo bien. Tratamos de convencernos de que somos más sabios, pero en el fondo nos acercamos a un punto que no interesa a nadie. No por las arrugas o los michelines, sino por el margen de tiempo y la ilusión perdida.
Aunque la entrevistada sonríe con estas reflexiones y el entrevistador se aferra a su jovialidad, en el aire y en las sonrisas queda un regusto de tristeza.

– Protagonizó ‘Chicago’; triunfó con ‘Te quiero, eres perfecto’; la vimos en ‘Follies’; va a dar un curso sobre ‘Sweeney Todd’ en AISGE... ¿El musical es adictivo?
– Mucho. Te hace feliz como actor, segregas una adrenalina diferente de la que se tiene con el teatro de texto. Para mí, Kurt Weill y Stephen Sondheim proponen los espectáculos más completos que se pueden ver sobre un escenario.

– Sabemos que colecciona perfumes. ¿El olfato ayuda a preparar un personaje?
– Intento evocar qué perfume llevaría. El olor es una fuente inagotable de memoria sensorial y emocional.

– Es madre e interpretó a una madre en ‘Münchhausen’. ¿La maternidad cambia a la actriz?
– La mujer madura y crece cuando se hace madre. Y la actriz, que es su reflejo, adquiere calma, un poso que no tenía. Se ensanchan las caderas y se ensancha la persona. Pesa más.

– Hace de hija de Núria Espert en ‘La loba’. ¿Cómo es esta matriarca de actrices?
– Una mujer sabia, frágil y de gran humildad. Si hay confianza, se muestra totalmente transparente, no se esconde.
 

 
 
La pintora en el taller de inventos
– ¿Qué tiene ahora entre manos?
– Quedan algunos bolos de La loba, ruedo la serie Amar es para siempre y, en paralelo, desarrollo con una coreógrafa y una pianista un proyecto de investigación que podría desembocar en montaje. Y algo de teatro.

– ¿Qué papel cumple la pintura en su vida?
– [Reflexiona unos segundos] La pintura siempre está presente. He hecho exposiciones, pero exhibir o vender mi obra no es lo fundamental; la pintura es mi diálogo interior, mi terapia en soledad.

– Lo que el taller de inventos era para su padre.
– Justo. Mi taller espiritual.

– ¿Y la música? ¿Su ‘big band’?
– Mover la banda es complicado porque cuesta mucho dinero llevarla de bolos, por eso hago cuartetos de vez en cuando. No puedo vivir sin música, pero también me hace daño. En momentos de tristeza o vulnerabilidad, cualquier tipo de música me resulta insoportable. 
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