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22-09-2015 Versión imprimir

 


Carmen de la Maza


"Actuar era como tirar
del colchón y dejar que saliese toda la espuma
de dentro”
 
Debutó a los 18 años sobre las tablas y ya no las abandonó, a pesar de que fue la televisión, con 'Estudio 1' y 'Juncal', la que le concedió una fama que ella nunca buscó
 
 
BÁRBARA ESCAMILLA
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Asegura que la casualidad ha marcado su carrera, pero lo cierto es que su entorno familiar, libre y artístico, propició que su deseo de actuar se hiciese realidad. Encontró en el teatro “su medio natural”, aunque alcanzó mucha popularidad en el espacio televisivo Estudio 1 y en la serie Juncal, que recuerda con mucho cariño y aún más carcajadas. Con la satisfacción de haberse dedicado a una aventura apasionante, esta gran dama de la escena dice ahora que solo quiere presumir de nietos. Y de ejercicio.
 
–Así que ahora su cita semanal no es con el escenario, sino con pilates.
– Voy tres veces por semana, sí. ¡Es que una mengua! Y el pilates estira.
 
   Lo dice, efectivamente, erguida, sentada en un sillón que da la espalda a una pared repleta de libros, cuadros, dibujos (de Alberti), fotografías, cartas enmarcadas (de Lorca) y mil recuerdos. “Me quiero cambiar de casa, para estar cerca de mis nietos”, asegura esta donostiarra nacida en 1940, barriendo con la mirada hasta el último rincón. “Pero mis hijos me dicen que qué voy hacer con la almoneda, así llaman a toda esta cantidad de recuerdos”. Se ríe, asumiendo que tienen razón. Pero sabiendo también que los recuerdos caben todos en su cabeza. Hay una luz suave de media mañana y música de piano de fondo. “Siempre hubo música en mi casa”…
 
 

 
 
 
– Su padre fue el concertista de guitarra clásica Regino Sainz de la Maza. Pero no fue el único apunte artístico de su familia: su abuela (Concha Espina), su madre (Josefina de la Maza) y su tío (Víctor de la Serna) fueron todos escritores. Además del talento propio, ¿le influyó crecer en un entorno así?
– Tuve una educación muy libre y abierta, sí. En el plano artístico y también en el moral y humano. Pero para mi fue algo natural. Fui consciente de ello cuando ellos ya se hubieron ido. Ahí entendí el privilegio de haber mamado ese talento, esa fuerza. Y me siento muy afortunada.
 
– ¿Fueron ellos sus primeros espectadores?
– No, no. Fue una modista madrileña, mayor, muy graciosa, que teníamos en casa. Recuerdo que, con diez años, me sentaba a su lado y le contaba historias que me inventaba. Cuando he tenido necesidad de tirar de mi memoria para sacar de ese pozo de recuerdos mi primer deseo de actuar siempre llego hasta ella. Candela se llamaba.
 
– Y le entraron ganas de seguir…
– Claro. Empecé con funciones en el cole, y ya con 14 o 15 años, cuando se acababa el curso, echaba mano de unas amigas, con las que coincidía cada verano en Luzmela (Cantabria), donde mi madre tenía una casa. Montábamos obras, yo dirigía y actuaba…
 
– Y cantaba.
– Sí, sí, sí. ¡Cómo me gustaba! Recuerdo que mi hermana Paloma sacaba unas notas fantásticas, escribía versos, tenía unos tirabuzones perfectos, era el orden personificado. Y yo era la gitana más disparatada. ¡Yo quería ser Conchita Piquer! Así que cuando terminábamos esas funciones en Luzmela, yo me ponía una bata de lunares y me marcaba un cuplé. Todo aquello me fascinaba.
 
 
 

 
 
 
– ¿Recuerda cómo consiguió su primer papel?
– Un poco por casualidad. Yo estaba ya en una pequeña academia de la calle San Bernardo dando clase de verso con Manuel Dicenta; y colaboraba también con un grupo de teatro, Los juglares, del que salió Pepe Sacristán y otros muchos. A esas funciones que hacíamos iban críticos como Alfredo Marqueríe. Salí bien parada. Y un buen día llamaron a mi padre para decirle que Andrés Mejuto y Alberto González Vergel estaban buscando a una actriz joven para la obra Ejercicio para cinco dedos, de Peter Shaffer. Yo tenía 18 años. Mi padre accedió con una condición: en ningún caso saldría de gira. Estuvimos representando la obra en Madrid durante tres o cuatro meses y tuve muy buenas críticas. No pude ir de gira, pero para mi fue toda una aventura.  
 
– ¿El teatro ha sido su medio natural?
– Sin ninguna duda. El cine no lo entendí nunca, ¡empezaban a contar la historia al revés! [risas], unas cosas muy raras. Nunca me gustó y nunca moví un dedo, la verdad. Y eso que he trabajado con gente muy interesante como Mario Camus [en Los pájaros de Baden-Baden], Pedro Olea [Más allá del jardín] o Juanma Bajo Ulloa [Airbag]. Pero el teatro… Me enamoré desde el primer momento de la manera de hacer sobre el escenario: Don Juan Tenorio, El burlador de Sevilla, El rey Lear, Anatol, Pisito de solteras… El teatro ha sido mi medio natural y mi liberación. Yo era muy tímida. Así que convertirme en otras a través de mis personajes fue fantástico. Como tirar del colchón y dejar que saliese toda la espuma de dentro.
 
– Sin embargo, en la televisión no le fue nada mal. Estudio 1, donde hizo La dama boba, Mariana Pineda o El divino impaciente, entre otras, fue un éxito.
– Sí, sí, hay que tener en cuenta que era la única televisión que había. Nos metíamos en la casa de la gente.
 
– Hubo un intento de recuperarlo. ¿Por qué no cuajó?
– Decían que salía carísimo y además lo relegaron a unos horarios imposibles, de madrugada. En fin, la cultura…
 
– ¿Tiene algún diagnóstico?
– Pues que la cultura está casi en la UVI, con ese gravamen brutal del 21 por ciento. Ahora, al menos, estamos en un momento de esperanza gracias a unos seres humanos que parecen tener sentido común. A ver si no nos roban. Porque luego nadie devuelve nada, caramba.
 
 
 

 
 
 
– Volvamos a la televisión. En 1989 se graba Juncal. ¿Cómo llegó ese papel a sus manos? Una andaluza con acento de San Sebastián…
– Tuve que ensayar, sí [risas]. Pero Jaime de Armiñán, con quien yo había colaborado en una película, En septiembre, junto a Amparo Baró, María Luisa Merlo, Álvaro de Luna…, tenía clarísimo que yo era la adecuada para dar vida a la esposa de ese torero destronado…
 
– ¿Cómo fue compartir plano y rutina con Paco Rabal?
– Algo inolvidable. Era cartagenero y conocía mucho a mi marido [Agustín Navarro, que falleció en 2001 y con quien tuvo 3 hijos], que también era de allí. Y esa forma de hablar, ese deje murciano sin erres, y esa forma de ser se me han quedado grabadas en la memoria. Salíamos de rodar a la hora de la comida y le esperaban cientos de personas para pedirle autógrafos. Y él se paraba con todas, firmaba hasta la calva de los viejitos, y luego apenas le quedaban diez minutos para comer. Era fantástico. Él y mi queridísimo Fernando Fernán Gómez. Cuando estás frente a un grande como ellos, tú te creces. Cuando estás frente a un mediocre hay que tener cuidado, porque tira de ti hacia abajo.
 
– Con otro grande vivió usted durante muchos años, José Luis López Vázquez. ¿Entre iguales la cosa es fácil o complicada?
– Fácil, fácil, nos admirábamos mucho. Lo de José Luis y yo fue otra casualidad. Hacía ya 3 años que había muerto Agustín y José Luis estaba haciendo en teatro Cena para dos, con María Fernanda D’Ocón. A ella le surgió algo y me llamaron a mí para sustituirla. Él estaba muy solo y yo estaba muy sola. Y esa admiración mutua y el estar constantemente juntos nos unió en lo que él llamaba “un amor tardío”. Fue muy bonito, muy normal, nos llenó ese vacío que ambos teníamos. Él estaba muy escarmentado de la vida y yo creo que yo le di, además de ternura, admiración y mucho cariño, una certeza: se creyó que yo le quería. Porque era verdad. Viajábamos, íbamos a estos sitios termales, con jacuzzi [risas], hacíamos ejercicio, paseábamos, me escribía muchas cartas… Nunca volvimos a hacer una función juntos ni montamos un negocio. Ni falta que hacía. Le acompañé hasta que cerró los ojos.
 
 
 

 
 
 
– ¿A estas alturas, ¿qué es para usted el éxito?
– Estar satisfecha conmigo misma. Cuidar una planta que está mal y hacer que reviva. Que un personaje me llene. Yo nunca busqué el éxito. He amado mucho el teatro, pero he sido poco ambiciosa. No he sido nunca de camarillas ni de buscar la amistad con nadie ni de coger el teléfono para llamar…
 
– ¿Lo dice con amargura?
– No, no. Tengo la sensación de haber hecho siempre lo que he querido. Y eso es un lujo. Tuve mi propia compañía teatral durante nueve años y escogí los proyectos que quise, títulos comprometidos; tuve a mi cargo un camión, unos decorados, una casa hipotecada, un reparto de 14 actores; he vivido la aventura de no tener dinero ni saber cómo iba a pagar las facturas. Pero todo lo he vivido haciendo lo que me gustaba, representando obras desde Almagro hasta Mérida, desde Europa hasta América. Estoy satisfecha con mi camino.
 
– ¿Volvería a la escena?
– ¿Qué me van a ofrecer ya que no haya hecho? No, no. Yo solo quiero estar ahora cerca de mis nietos. A ver si encuentro una forma de organizar esta almoneda.
 
 
 

 
 
 
'Juncal'


La obra: Jaime de Armiñán desarrolló la serie a partir de un capítulo de Cuentos imposibles, que había dirigido anteriormente. Juncal consta de 7 capítulos que se emitieron en TVE en 1989. Costó 400 millones de pesetas y necesitó 6 meses de rodaje y 7 de montaje.
 
El argumento: Paco Rabal interpreta a José Álvarez “Juncal”, un matador de toros al que una cornada le arrebató la posibilidad de mantener su exitosa carrera en los ruedos. Lleva 20 años viviendo con su amante (Emma Penella), pero al descubrir esta sus constantes infidelidades, le echa de casa y Juncal decide regresar a Córdoba para recuperar a su ex mujer (Carmen de la Maza), a la que abandonó tras tener dos hijos con ella. Rafael Álvarez “El Brujo” y Fernando Fernán Gómez completaron el reparto.
 
Una curiosidad: Algunas de las frases del protagonista han quedado para la historia. Carmen de la Maza tiene su favorita: “No puedo olvidar esa escena en la que va a comprar un ramo de flores y al decirle el precio, él exclama ‘¿500 pesetas? Ni que fueran pel-las’, así, sin erre. Ese deje murciano de Paco Rabal se me ha quedado grabado en la memoria”.
 
 
 
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