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24-04-2014 Versión imprimir

 

Carmen Machi
"La fama es siempre excesiva; nunca está equilibrada"


La madrileña confiesa que no es espectadora de comedia; "lo que más me va es el drama"


 
Eduardo Vallejo
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Madrid, febrero de 2010. Una versión reducida de esta entrevista se publicó en el número 22 de la revista AISGE ACTÚA (ene-mar 2010)
 
Nos hemos citado con Carmen Machi (Madrid, 1963), la añorada fregona en Aída y sin par concejala antropófaga en el corto de Pedro Almodóvar, para hablar de su vida y su profesión. Ha querido que nos veamos en El Parnasillo, un rincón bohemio del madrileño barrio de Malasaña “que es como mi segunda casa”, nos dirá mientras contempla su interior como el que vuelve al hogar después de un largo viaje. Dentro hace calorcito, suena suave música de jazz y el terciopelo rojo de los asientos invita al juego de las confidencias.
 
   Carmen Machi se subió al escenario por primera vez a los 17 años, en los tiempos en que iba al instituto en Getafe. Su primer papel fue de novia en Bodas de sangre. Y es que ella se veía de actriz desde bien pequeñita: “En mi familia casi todos son músicos, así que el mundo artístico no me era ajeno. Mi hermano Carlos, gran amante del cine, me influyó mucho. Me descubrió los clásicos en blanco y negro, y con él compartía la emoción de las interpretaciones sublimes, como la de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Que algo tan alejado de la realidad pueda ser creíble es mágico. Esa es la magia del cine”. Pero el momento en que todo hizo clic y nació su vocación fue viendo a Elizabeth Taylor en Jane Eyre. “Debía de tener siete u ocho años, más o menos la edad que tiene ella en la historia antes de morir. Me mandaron a mi habitación porque era una película de dos rombos. Allí en mi cuarto, delante del espejo, me imaginaba que era ella cuando le cortan el pelo y reproducía todo el drama. Veo pocas comedias; lo que me va es el drama. Luego volví a ver a la actriz en otra película y me di cuenta de que no se moría de verdad. Me encantó más todavía. Jugar a tener emociones es un placer, y que te paguen por ello aún me parece increíble”.
 
 

 
 
 
   Sin embargo, su carrera no despegó del todo hasta cumplida la treintena. Siguió entregada al arte dramático pero de manera semiprofesional y sin una formación académica convencional. “Hasta que entré en el Teatro de la Abadía con José Luis Gómez estuve 14 años en la compañía Taormina, de Getafe. Teníamos una continuidad increíble: estrenábamos una función cada pocos meses y en toda esa época llegué a los 60 montajes. Fue el gran máster de mi vida, mi gran escuela, porque, aunque me presenté a las pruebas tres veces, no conseguí entrar en la RESAD”, explica. Cuando le sugerimos la comparación con los suspensos que le caían a Amenábar en la Facultad de Imagen, ella no puede evitar la risa antes de continuar: “Por aquella época se empezó a descuidar el teatro que podríamos llamar de texto en beneficio de la performance, de un teatro más gestual, más físico. Pero a mí no me cabe en la cabeza otra cosa que la interpretación a partir de la palabra. Esta compañía era un refugio para el teatro que me gustaba. Por fin, en 1994, hice las pruebas para entrar en la Compañía-Escuela de la Abadía. Entré porque buscaban a gente de entre 25 y 35 años que tuviera experiencia teatral y porque además estudié mucho. Hasta entonces yo no terminaba de entender que un actor se podía formar; creía que la interpretación es algo que o te sale o no te sale. Hoy estoy solo en parte de acuerdo con esa idea. En la prueba hice un monólogo de mi hermano Carlos y un fragmento de Fuenteovejuna. También canté una copla; como le digo, me encantan los dramones y la copla está llena de ellos”.
 
 

 
 
 
   En este momento aparece por el café un excompañero de la Abadía. Se lanzan besos al aire y con un gesto cómplice quedan para verse después. Carmen rememora a sus colegas de aquella primera promoción: Pedro Casablanc, Felipe Vélez, una jovencísima Lola Dueñas... Fueron años de mucho trabajo en las tablas y de intensa formación “con maestros que venían de todo el mundo”, aclara.
 
Y llegó el ciclón Aída
En 2000 Carmen Machi hizo su primer papel episódico en televisión. “Estaba haciendo El mercader de Venecia con la Abadía y Luis San Narciso me procuró una aparición en Siete vidas, una intervención episódica como la que hacían muchos de mis compañeros. Me resultó muy cómodo porque era como una pequeña obrita, con público y con gente de teatro como Amparo Baró, Javier Cámara o Blanca Portillo. Luis tuvo mucho que ver en la incorporación de actores teatrales al medio audiovisual. En esa aparición ya tuve la impresión de que me iba a quedar. Paulatinamente el personaje se consolidó y finalmente surgió el spin-off de Aída, algo que se hacía por primera vez en España”. Sobre el éxito de la serie razona: “Hay que atribuirlo en primer lugar a los guiones. Es asombroso, pero a este personaje lo reconoce y lo respeta todo el mundo: desde amas de casa a altos ejecutivos. Es una serie sobre gente que trata de llegar a final de mes; con un menor homosexual, una prostituta, un exyonqui y un ama de casa separada y maltratada. Es fuerte. Son perfiles tremendos, muy dramáticos, pero en un marco cómico y han calado en la gente. La prueba es que ahí sigue con altísimos niveles de audiencia”.
 
 

 
 
 
   La actriz habla con pasión de un personaje al que ama, pero al que tuvo que decir adiós para seguir creciendo: “La popularidad es siempre excesiva, raras veces está equilibrada. No es un problema del público, sino mío. Menos mal que Aída era un personaje querido, porque si la hubieran odiado, tendría que haberme ido del país. No temo al encasillamiento porque estoy muy acostumbrada a variar de papeles. Necesitaba salir de Aída para hacer otras cosas porque la serie exige muchas horas de dedicación. Un actor se alimenta de las emociones de sus distintos personajes; entregarse solo a uno no es bueno. Sin embargo, que nadie piense que hice televisión solo por dinero. Era un trabajo de una intensidad y complejidad que difícilmente se repetirán”.
 
   Cambiamos de tercio y hablamos de cine. “No soy muy ambiciosa, la verdad, y quizá por eso nunca pensé que llegaría a trabajar en cine”. Intervino en Hable con ella y Los abrazos rotos, de Pedro Almodóvar, y protagonizó su corto-divertimento La concejala antropófaga. Para el manchego solo encuentra buenas palabras. “Si te entiendes bien con él, es como subirte a una barca y navegar. Lo pasamos bomba haciendo el corto, que es una barbaridad maravillosa. Ojalá la vida nos vuelva a juntar en algún momento”.
 
 

 
 
 
   En 2010 estrena La mujer sin piano, de Javier Rebollo, un filme con escasos diálogos pero muy rico en gestos y miradas, que constituye su debut como protagonista en un largo. Aunque ella le resta importancia a este hecho: “No ha habido una responsabilidad extra porque el verdadero protagonista de la película es la luz. Yo solo tenía que estar en el mismo código que el plano. En el fondo esta película tiene mucho texto, pero corporal. Puro teatro. El trabajo que hice para La mujer sin piano tiene una deuda impagable con mi maestro Arnold Taraborelli (por el que han pasado generaciones de actores), que fue quien educó mi cuerpo y me enseñó que las manos hablan y que hasta la espalda habla”. Sobre el director, con el que ya trabajó en Lo que sé de Lola, su anterior largo, nos aclara: “Le sorprendía que la gente me saludara porque él no ve la tele y no es consciente de lo popular que soy”. 
 
   En un 2009 frenético, Carmen Machi también rodó otras dos películas bien conocidas: Pájaros de papel, de Emilio Aragón, y Que se mueran los feos, de Nacho García Velilla. “En Pájaros... hago de cupletista. Estoy en la parte más festiva y luminosa de la película. Jamás pensé que un día cantaría en el cine. No solo yo, cantamos y bailamos todos: Lluís Homar, Imanol Arias... Emilio es listo y muy generoso. Compone cosas para ti y te hace creer que tú le estás enseñando a él. La película tiene una factura maravillosa, está basada en experiencias y anécdotas reales de la propia familia Aragón y en personajes que existieron de verdad”. Fuera parece que va escampando y Carmen lo celebra con una amplia sonrisa. “El rodaje de Que se mueran los feos fue muy divertido: en el Pirineo, con mogollón de vacas, estiércol, risas, amigos. Una gozada”.
 
 

 
 
 
   El imaginario círculo de su carrera se cerró con su regreso al Teatro de la Abadía interpretando La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga, que le granjeó un Premio Max. “Combinaba la gira de la obra con la última temporada de Aída y fue extenuante. No volveré a hacer algo así. Mucha gente esperaba encontrarse a la señora de la limpieza en el escenario, con el consiguiente chasco. Mi tarea consistía, como siempre, en hacer un trabajo de composición y traer el público a mi terreno. Contaba con un texto magnífico y en esta obra quizá hay un compendio de todo lo que me encanta del teatro: cuerpo y palabra en armonía”. Y promete que no le da la espalda a nada.
 
– ¿Y lo de hacer de columnista para la revista del Real Madrid? Porque usted es merengue hasta los tuétanos...
– Ya lo creo. Si la cosa se pone fea…, me haré columnista de la revista del Real Madrid.
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