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30-01-2015 Versión imprimir

 
 
CARMEN RUIZ


“Soy un poco kamikaze”



Madrileña de pura cepa. No le tembló el pulso cuando se pasó de Telefónica a la actuación. Por eso hoy vive ansiosa de retos artísticos
 

 
ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Cuando habla, sus manos se mueven con la elegancia y precisión de los pasos de una bailarina. No en vano, su cuerpo lleva encima miles de horas de clases de danza. Y de muchas cosas más: esgrima, técnica vocal, corporal… Está sentada en la cafetería de una sala de teatro alternativa, Nave 73, en el populoso distrito de Arganzuela, su barrio de toda la vida. Este es su ambiente por partida doble.
 
   Hemos mencionado la elegancia de una bailarina, pero podíamos haber enunciado la de un gato, porque Carmen Ruiz (Madrid, 1974) es “gata, pero gata de verdad”: hija y nieta de madrileños. Su gran referente vital es su abuela materna, Manolita López: “Una mujer de las de antes, valiente y luchadora, de las de sacar a la familia adelante”. Esta actriz no proviene de un linaje de artistas. Su madre fue peluquera y su padre, pintor de brocha gorda. Ambos están jubilados. De Manolita ha heredado la osadía, porque Ruiz hizo la FP de administrativo y módulos de informática, trabajó siete años en Telefónica y, cuando por fin la hicieron fija, dejó ese puesto seguro para finiquitar su formación como actriz: “Salté sin red, y gracias a eso, tomar otras decisiones ha sido más fácil”.
 
 

 
 
 
   Lleva más de una treintena de trabajos en teatro, cine y televisión. Imposible olvidarla como Julia en Mujeres (2006) o Toribia en Mortadelo y Filemón (2008); y más recientemente como Eli en Con el culo al aire’ (2012-2014) o Inés en el clásico Las dos bandoleras. Pero no baja la guardia y no deja de pergeñar nuevos proyectos. “Nadie tiene el futuro asegurado. Quien piense lo contrario no sabe en qué mundo vive”, asevera, ejecutando un leve tirabuzón con el dedo índice.
 
¿Qué le dijeron sus padres cuando a las veintitantos años deja usted un trabajo fijo en una gran empresa? ¿No se subían por las paredes?
Lo único que me advirtieron fue: ‘Vete en buenas condiciones de Telefónica, porque nosotros no te podemos ayudar’. Jamás me han dicho “estás loca” o “dónde vas”. Y ahora que trabajo mucho están encantados. Imagínate. Tienen mucha sensibilidad, aunque no tengan vocación artística. Mi hermano también. Es un crack: producía música electrónica y construye motos clásicas.
 
¿Pero no vieron venir su inclinación desde niña?
– Es que mi vocación fue tardía. Además, tengo bastante sentido del ridículo y no me gusta ser el centro de atención. Hasta los 24 no decidí terminar mi formación en Arte Dramático y dedicarme a esto.
 
 

 
 
 
¿En qué momento se dio cuenta de que iba a vivir de esto?
– Cuando hice la obra La cantante calva, con Yllana, y la serie Mujeres, con Félix Sabroso y Dunia Ayaso. No pensé lo de “voy a vivir de esto”, porque eso nunca se sabe. Tengo los pies en la tierra. Pero sí me dije: “Me lo tengo que currar de verdad porque esto me gusta mucho y siempre un trabajo llama a otro. Es una siembra constante”. Me acostaba por la noche diciendo: “¡He trabajado en lo que más me gusta!”.
 
¿Y continúa sintiéndose así?
– Me sigue emocionando mucho. Mi padre me comentó un día: “Hagas lo que hagas, tienes que ser humilde y sencilla, hacer con cariño tu trabajo, como si es pintar una pared o tapar un zócalo”. Si me faltaran la pasión y las ganas, si se me pasaran los nervios, si este oficio se convirtiera en algo mecánico… me preocuparía. Tengo claro que no puedo perder esa niña interior que tengo, por la que me gusta tanto ser actriz. Por esa niña interior la gente me dice que no parece que tenga 40 años. ¡Y los tengo!
 
¿Qué más le dice la gente?
– De todo. La fama me parece de ciencia ficción. En realidad, en cuanto empiezas a salir en televisión, la vida te cambia de un día para otro. Eso una no lo termina de asimilar. Soy paciente y tengo buen talante. Pero es cierto que resulta un poco raro, por ejemplo, tener un club de fans.
 
 

 
 
 
Aunque no asuma eso de ser conocida, sí se presta a campañas solidarias…
– Hombre, ya que eres famosillo, igual que te paran hacerte una foto, pues que vean lo que ocurre con la violencia de género o el IVA. Que sirva de algo ser popular.
 
Es usted muy amiga de Elvira Lindo. No me diga que también escribe…
– Qué maja Elvira. Sí, escribo algunas cosillas, pero me da mucha vergüenza.
 
¿Dramaturgia, relatos?
– Mis tontunas.
 
Eso es que son poemas y no me lo quiere decir.
– Soy un poco poetisa. Mi referente es Gloria Fuertes. Y últimamente me he vuelto a enfrentar al folio en blanco. Ahora estoy leyendo un libro que me recomendaron, El camino del artista, de Julia Cameron. ¡Te obliga a escribir todas las mañanas tres páginas!
 
 

 
 
 
Se lo sigue currando mucho para continuar aprendiendo.
– Me he formado en diferentes métodos porque me gusta elegir de todo. No quiero quedarme anclada. Los personajes que más me gustan son los que menos tienen que ver conmigo. Soy un poco kamikaze. No hay un solo método valido, cada actor debe escoger el suyo. Hay cosas de Cristina Rota que me sirven a día de hoy, y de Fernando Piernas, José Carlos Plaza, Roberto Cerdá… También de Dunia Ayaso: me ayudó muchísimo porque, con todo el amor que ella tenía para decirte las cosas, te enfrentaba a tus miedos y te daba seguridad. De cada uno he ido haciendo mi propio método. Y cada vez me da menos miedo equivocarme. Puede sonar a topicazo, pero equivocarse es maravilloso para evolucionar.
 
¿Qué opina cuando un productor ve a un joven muy guapo por la calle y le da un papel protagonista?
– Hay gente que, sin ser intérprete, tiene mucho talento; pero yo creo que un actor tiene que estar en continua formación y reciclaje, a no ser que siempre te llamen para lo mismo. Mi sueño sería que me llamaran para un montón de cosas diferentes que no tuvieran nada que ver conmigo.
 
¿El personaje de sus sueños ya lo interpretado?
– Tengo muchos papeles de mis sueños. A veces me preguntan qué es el éxito para mí. Pues trabajar siempre como actriz. Y si puede ser, que me vayan proponiendo retos, cosas complicadas que a priori parezca que yo no pueda hacer. Que no me pongan etiquetas, porque yo no me las pongo. Sé cómo soy, sé cómo es mi físico y que tengo vis cómica, pero también puedo hacer un drama o un personaje más oscuro. Aunque está muy bien descubrir gente, en esta profesión hay demasiadas personas con un bagaje maravilloso y sin trabajar.
 
 
 

 
 
 
¿Por qué se encasilla a los actores cómicos?
– La comedia no está tan valorada como un buen drama. A veces parece un subgénero, cuando en realidad el humor es algo muy serio y hacer reír es muy complicado. Un actor de comedia puede hacer perfectamente un papel dramático.
 
¿Y quién ha confiado en usted, desafiando las etiquetas?
– Carme Portaceli. Nunca pensé que, si hacía un clásico, fuesen a proponerme que encarnase a la dama. Creía que me ofrecerían a la criada. En Bandoleras soy la dama y, además, lucho con espadas. ¡Y soy la guapa! Ella ha visto en mí cosas que otros no. Félix Sabroso y Dunia Ayaso apostaron mucho por mí en Mujeres: parece que en la cadena no me querían porque no era muy conocida ni muy guapa…
 
Eso de que no es guapa…
– ¡Es que lo de la belleza es tan subjetivo! Hay unos cánones, vale, pero hay que romper eso ya…
 
 
 
 
 
 
 
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