twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
16-11-2015 Versión imprimir

 
 
El interés social de un artesano del cine


Hace cien años nacía José Antonio Nieves Conde, insigne autor de ‘Surcos’ y falangista que irritó a la dictadura con sus temáticas valientes
 
 
 
JAVIER OCAÑA
Año 1951. Reunión de la Junta Superior de Orientación Cinematográfica, organismo heredero de la Junta Superior de Censura Cinematográfica, creada en 1938 con el objetivo de “fiscalizar moralmente el cine en sus aspectos religioso, pedagógico y castrense”. Dos bandos, ambos representantes del franquismo, aunque uno de ellos más pendiente del arte y la calidad, se debaten en una fratricida lucha dialéctica. A un lado del ring, José María García Escudero, director general de Cinematografía y representante de un cierto aperturismo del régimen, que consolidaría más tarde, en la década de los 60. Al otro lado del cuadrilátero, el reverendo padre Antonio Garau Planas, censor eclesiástico, famoso pocos años después por advertir del peligro comunista internacional cuando vio Traidor en el infierno, de Billy Wilder, y sobre todo por  arremeter contra la “degeneración moral” de Con faldas y a lo loco. Ambos bloques enfrentados discuten sobre una película. Una más en una tarea lamentablemente diaria; aunque no cualquier película, al menos visto desde el presente. Se trata de Surcos.
 
 
 

 
 
 
   Como desvela el historiador Imanol Zumalde en Antología crítica del cine español, los del bloque de García Escudero están convencidos de que, vista la película, Surcos es “técnica, artística y moralmente excepcional”. Para los integrantes del bloque del religioso, en cambio, se trata de “pura inmoralidad, susceptible de ser prohibida sin posibilidad de arreglo”. Tiene mérito hacer una película que provoque semejantes disensiones entre los miembros de un organismo dependiente de una dictadura como el de la Junta Superior. Se ha pasado del término “Censura” a “Orientación”, pero como ambas denominaciones provocan semejante sarpullido se demuestra que poco había cambiado España desde aquel 1938. Aunque lo más sorprendente es que los artífices de aquella película están lejos de ser peligrosos anarquistas, revolucionarios, comunistas, socialistas, republicanos; en definitiva, rojos. Los creadores de Surcos son José Antonio Nieves Conde, director; Eugenio Montes; autor del argumento original, y Natividad Zaro y Gonzalo Torrente Ballester, coguionistas. Falangistas todos ellos.
 
   La hoy anécdota, entonces trágica discusión al borde del esperpento, no solo muestra bien claro que la famosa unidad del régimen era más propagandística que real, sino que se consolida como ejemplo perfecto de lo que supuso la personalidad de Nieves Conde (Segovia, 1915 – Madrid, 2006), su trabajo en el medio cinematográfico y su ideario político-social, no pocas veces sorprendentemente cerca de los más desfavorecidos en sus películas. Con un gran dominio de su oficio y una densidad narrativa por encima de la media de sus coetáneos, Nieves Conde (dos apellidos, aunque a veces firmara sus películas con guion: Nieves-Conde), del que en estos días se cumple el centenario de su nacimiento, fue eso que los americanos tenían tan claro y a veces se olvida en el cine de hoy: un artesano, capaz de narrar con semejante solvencia y aplomo un drama moral y una intriga psicológico-criminal; una farsa crítica alejada del costumbrismo y una comedia popular.
 
   Así fueron obras como Balarrasa (1951) y Los peces rojos (1955); El inquilino (1957) y Don Lucio y el hermano Pío (1960). Un hijo de padre militar, combatiente en el bando franquista en la Guerra Civil Española, que pasó por el periodismo de prensa y el radiofónico, y hasta la crítica de cine, antes de empezar a ejercer la profesión como ayudante de dirección. Así supo forjar una carrera que solo decayó a partir de los años sesenta y sobre todo en los setenta, cuando los jóvenes productores dejaron de contar con él, quizá por su fama (cierta en lo privado, ambigua en lo cinematográfico) de afín al régimen franquista. En aquella época, como confiesa en la entrevista incluida en el fundamental Tragedia e ironía: el cine de Nieves Conde, libro coordinado por José Luis Castro de Paz y Julio Pérez Perucha, el director lo pasó mal económicamente y se vio obligado a aceptar encargos de películas alimenticias que poco le interesaban.
 
 

 
 
 
Tres ministros y ‘El inquilino’
En realidad, Nieves Conde no solo tuvo problemas censores con Surcos. Volvió a sufrirlos con El inquilino, en 1957, película sobre la especulación inmobiliaria y las dificultades para encontrar un hogar, que provocó incluso una reunión aún más extraña que la de Surcos: la de un ministro de Vivienda (José Luis Arrese), otro de Información y Turismo (Gabriel Arias-Salgado) y un ministro secretario general del Movimiento (José Solís Ruiz), que debían decidir si prohibir la exhibición de la película. E incluso realizó una interesantísima película sobre el derecho a la segunda oportunidad y a la rehabilitación de los presos: Todos somos necesarios (1956), relato en el que los pasajeros de un tren ejercían de microcosmos de una sociedad en el que todos  los estratos sociales estaban representados. Los tres protagonistas eran, precisamente, otros tantos hombres recién salidos de la cárcel. “Olemos a presidio, nadie nos quiere, apestamos como los muertos”, decía uno de ellos, luego convertido en uno de los héroes de la película mientras algunos de los miembros de los escalafones más altos, como el de una cierta burguesía industrial demasiado dada a la corrupción, quedaba por los suelos.
 
 

 
 
 
   Eso sí, tras una primera película (Senda ignorada, 1946) triste y literalmente perdida, y una intriga psicoanalítica de corte americano, Angustia (1947), la tercera, Balarrasa (1951), es una de las que más marcó a Nieves Conde, sobre todo para que durante bastante tiempo se le tuviera casi como uno más de los ejecutores de una política nacional-católica-militar expresada en términos cinematográficos. Protagonizada por Fernando Fernán-Gómez (como también El inquilino), Balarrasa era una historia moral centrada en un soldado con remordimientos que, casi caído del caballo como Saulo de Tarso, pasaba del regimiento a la iglesia para ejercer como sacerdote de la noche a la mañana. Más allá de su fondo, en la forma y en la narrativa estamos ante una de las mejores construcciones dramáticas del cine de los años cincuenta. E incluso en lo social estaba lejos de ser una obra de brocha gorda con buenos y malos encuadrados en los habituales bloques del cine del régimen. “Lo que me interesaba de Balarrasa no era lo religioso, sino lo social”, declaró el director con cierta razón, pues también se le daba un buen repaso a la burguesía corrompida por el poder.
 
 

 
 
 
   Este aspecto social se agudizaría en Surcos, su película señera junto a la desgraciadamente poco conocida Los peces rojos, con un maravilloso guion de Carlos Blanco. Una historia sobre el éxodo del campo a la ciudad, en la línea de lo que luego supondría Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960), que se atrevía a hablar de estraperlo, mercado negro, la escasez de vivienda, el paro o la prostitución. Una historia que encendió al régimen, a los que se suponía que eran los suyos. La historia inmortal de un nombre esencial de nuestro cine.
 
 
 
16-11-2015 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio