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18-06-2014 Versión imprimir

 
 
Chete Lera


“¿El teatro
cambia cosas?
Rotundamente, sí”


El actor galaico-madrileño, un autodidacta de libro, repasa su carrera desde la escena alternativa madrileña de los 80 hasta su consagración en filmes como ‘Familia’ o ‘Smoking Room’


 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Nació de casualidad hace 65 años en A Estrada (Pontevedra). “A mi madre le pilló el parto en casa de su hermana, pero soy de Corcubión, de la ría”, aclara. Con los años y ya en Madrid, llegó, por este orden, a ingeniero aeronáutico, piloto de aviación, empleado de banca, estudiante de psicología y finalmente actor. Tardó en encontrar su camino, pero cuando lo hizo, no dio más bandazos. Nos lo cuenta sentado a la mesa de su casa, encadenando pitillos delante de un café.
 
Un aeronauta sin rumbo
– ¿Cómo nació su vocación de actor?
– Es tardía. A los 26 o 27 años tenía trabajo estable y buen sueldo, pero pasé una crisis personal y matrimonial. Decidí estudiar psicología, en parte porque me habían dicho que esa facultad estaba llena de chicas...
 
   Al decir esto, ríe despreocupadamente, con la franqueza de quien se ha formado al margen de correcciones políticas y otras zarandajas. Su discurso es tan elevado o tan chocarrero como requiera la ocasión.
 
–... Contacté con un grupo que se reunía los fines de semana para hacer lecturas, del cual surgió el grupo de teatro Espacio Cero. Lo que empezó como una disculpa para ocupar el tiempo libre se convirtió en mi principal actividad. Por fin había encontrado mi sitio.
 
 

 
 
 
– Esto ocurrió en 1978. ¿Algún compañero siguió sus pasos hacia el profesionalismo?
– Pepo Oliva, que era mi socio. Nos habíamos conocido años antes trabajando para una constructora y compartíamos piso. Cayó a saco, después que yo.
 
– Eso, sin haberse formado previamente.
– Realmente éramos unos advenedizos, ni veníamos de familia teatral, ni de ninguna escuela de arte dramático. Sencillamente nos interesaba el teatro y empezamos a movernos y a estudiar y leer mucho.
 
– ¿Cuándo se hicieron, digamos, más profesionales?
– En el verano de 1981 nos contrataron para una adaptación de Los carboneros, de Aristófanes, a cargo de Agustín García Calvo, aquel loco maravilloso. Era un montaje divertido y rompedor. En él conocimos al director argentino Roberto Villanueva, con el que estuvimos dos o tres años. Montamos El Plauto, de Carlos Trías, y José Luis Alonso, a la sazón director del CDN, oyó hablar de este montaje, nos pidió que le hiciéramos un pase una mañana en el María Guerrero y nos contrató. Fueron años muy fructíferos. Nos mantuvimos casi hasta 1990.
 
 

 
 
 
– ¿Qué hay de bueno y de malo en forjarse en el circuito amateur?
– A los chicos que salen de las escuelas de arte dramático les digo que no se hacen una idea de lo que se aprende cuando uno no sabe nada. Al principio despreciábamos hasta la palabra. Nuestros primeros espectáculos eran puramente mímicos y guturales, en la línea del living theatre de la época. Luego comenzamos a estudiar el teatro pobre de Grotovski, el de la crueldad de Artaud, etcétera.
 
El teatro cambia cosas
Disuelta la compañía, Lera entró de lleno en el circuito teatral, donde ha ido acumulando un dilatado currículum trufado de grandes títulos, como La vida es sueño, Largo viaje hacia la noche o Cara de plata. La pasada temporada se le pudo ver en Subprime, un ácido retrato de la corrupción política y financiera que, por su propia naturaleza, no gozó del viento a favor de las administraciones. “Hubo presiones, se cayeron algunas funciones, faltó publicidad adecuada...”, enumera el actor, “pero el teatro está, entre otras cosas, para decirle al poder, artísticamente, lo que no está bien”.
 
– ¿Qué personaje le ha costado más poner en pie y por qué?
– Señalaría especialmente al Edgar Allan Poe de ¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás? [2007-2008], de Alfonso Sastre. Me identificaba bastante con él y me daba cierto miedo. La obra cuenta su periplo por la ciudad de Baltimore, enfermo por la bebida y esclavo de ella porque la necesita para escribir. Me tuve que meter en un terreno muy duro, pero la apuesta salió bien.
 
– ¿Y lo más insólito que le ha pasado sobre un escenario?
– Hace años unos amigos montamos una cosa muy menor llamada El cabaré castizo, una auténtica patochada con el único fin de meternos con Ángel Matanzo, un concejal bastante montaraz del distrito Centro de Madrid. Lo encarné yo vestido de Clint Eastwood y con estrella de sheriff. No tenía ni pies ni cabeza; nos dedicábamos a cantar, bailar y meternos con este personaje. Como buen miura que era, entró al trapo y nos cerró el Teatro Alfil. Para qué quieres más. Apareció por allí una patulea de artistas indignados por el cierre, y se lió la de Dios. Consecuencia: íbamos a estar una semana y estuvimos dos meses a teatro lleno. En el ínterin, Matanzo fue destituido. Constaté dos cosas: ¿La función era una maravilla? Rotundamente, no. ¿El teatro puede servir para cambiar las cosas? Rotundamente, sí.
 
 

 
 
 
   Interrumpen la charla los ladridos de China y Pindo, los perros de Lera, que tienen sus más y sus menos con un congénere que pasa al otro lado de la puerta. El dueño manda callar y los animales acuden meneando la cola.
 
En la sala de fumadores
– ¿Qué trabajo le convenció de que su incursión en el cine no sería pasajera?
Familia [1996] me abrió las puertas al cine. Yo ya era un profesional con experiencia y cierta edad, dispuesto a dejarlo y volverme a los escenarios si el cine podía conmigo. Me avisaron de que había una prueba y, supongo que porque atravesaba un buen momento, fui muy confiado. Apareció Fernando León de Aranoa con el papel de Ventura para Familia y yo le dije que no buscara más, que Ventura era yo.
 
   Después de Familia vinieron Abre los ojos (1997), Flores de otro mundo (1999), Plenilunio (2000), Smoking room (2002)... Chete Lera ha trabajado con muchos directores de renombre, pero quien más le ha impresionado es casi un desconocido. “Se hace llamar Raúl Vega, pero su verdadero nombre es Manolo Castelao. Hice con él una película llamada Arde amor [2000]. Me enterneció que empeñara hasta los gayumbos para hacer la película y diera todo por ella; que rodara con los pocos medios que consiguió y sin siquiera un combo que le permitiera un seguimiento mínimo. Él no vive de esto, es profesor de lingüística, pero está enamorado del cine”, relata un Lera genuinamente conmovido.
 
 

 
 
 
– ‘Smoking room’ [J. D. Wallovits-R. Gual] se llevó el Goya a la mejor dirección novel y la Biznaga de plata para todo el elenco, un hecho singular. ¿Cómo le llegó el papel?
– Un día sonó el timbre de mi casa y aparecieron estos dos chicos con el guion bajo el brazo. Me avisaron de que no tenían dinero, pero que iban a estar Juan Diego, Antonio Dechent y más. El guion era fabuloso. Empezamos a llamarnos entre los actores y acordamos sacarlo adelante en cooperativa: un 3 por ciento de los beneficios a cada uno. Recuerdo lo que decía Dechent, un tipo espectacular [entre risas y con el tono cazallero del actor sevillano]: “Bueno, yo ya he hesho mi treh por siento, así que me voy”. Es una película de diálogos, silencios, miradas... y ninguna banda sonora. No tiene desperdicio.
 
– ¿Qué opinión el merece el ministro Wert?
– Este señor es un impresentable que está haciendo mucho daño a la cultura y a la educación. ¡Nada menos! Al margen de lo cual, si yo tuviera que subir a recoger un premio en los Goya, por ejemplo, casi seguro que no haría mención de él.

– Entonces, ¿qué inquieta a Chete Lera?
– La situación de muchos compañeros muy queridos que no pueden trabajar. Esa condena al vacío es muy injusta.
 
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