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CHINO DARÍN

“Yo soy mi punto débil,
mi propio enemigo”

Hijo ilustre. Novio famoso. Orador volcánico, talento en canal y fotogénico a rabiar. El joven Darín se apresta a vivir su gran año. Papá no le da consejos: “Él solo se siente bueno como peluquero y conductor” 

FERNANDO NEIRA (@fneirad)
Reportaje gráfico: Pau Fabregat

Avanza Ricardo Mario “Chino” Darín (Buenos Aires, 1989) con paso resuelto por el corazón del Eixample barcelonés, eludiendo con llaneza las miradas de soslayo que, como guapo y como famoso, le dedican los transeúntes a su planta esbelta y estilosa y a ese caminar casi huracanado. “No es para tanto”, aduce, “y sería peor que me calzase gafas y visera. Entonces la gente sí que se voltearía”. Así es él: un tipo decidido, una personalidad volcánica, un ejemplo de naturalidad. Y, como viene pisando fuerte, los ojos que se voltean a su paso no pararán de multiplicarse a lo largo de esta temporada. Todas sus biografías empiezan señalándole como primogénito del ilustrísimo Ricardo Darín, el actor argentino al que no se le conoce una interpretación poco memorable. Al tiempo, todas las crónicas sociales advierten de su vinculación sentimental con Úrsula Corberó, alma gemela (actriz, joven, guapa y de talento arrollador) que en estas mismas páginas provocó una polvareda un par de años atrás por hablar con espontaneidad y franqueza de lo que es normal entre personas adultas. Pero todas las páginas en torno al Chino están abocadas a orillar las conexiones familiares y afectivas para centrarse en él, que es un torbellino. Atiendan: este tipo llegó para quedarse.

   Darín resulta ser generoso con todo. Con el tiempo. Con el verbo. Con la vocación. Viene de debutar como presentador en la televisión española con Dame veneno, singularísimo espacio sobre alimentación para Movistar + que le resultó “extenuante y complejo”, pero en el que hacía gala –esa mirada, ese desparpajo‑ de su incontestable capacidad de seducción. Vela armas ante un año que se promete excepcional, con los estrenos sucesivos de Las leyes de la termodinámica (la nueva joya de Mateo Gil), Memorias del calabozo y El Ángel, y el rodaje junto a Adriana Ugarte de Mirage. Una película en la que, ya avisamos, adopta un deje sorprendente e inédito, y disculpen que no nos permitan desvelar más detalles…

    Con el cielo por todo límite conocido, a Ricardito solo le falta ya aprender a ser un poco menos inflexible consigo mismo. Le acabará advirtiendo, socarrón, al periodista que las preguntas le parecen una sesión (amateur) de psicoterapia. Pero también terminará anotando que él es, y sigue siendo, su crítico más demoledor y severo.

 

 

 – Empecemos por el principio. ¿Quién y cuando comenzó a llamarle Chino?

– Mi padre. A los cinco o seis años, calculo. A él le dio por lo de Chinito y mis compañeros de fútbol y el colegio lo fueron expandiendo por todas las esferas, así que decidí adoptarlo mucho antes de que me asistiera cualquier intención pública. Hasta el mismo rector del cole acabó llamándome así. ¡Un tipo revestido de autoridad! Que te sancionaran diciéndote Chino tenía su gracia…

– ¿Y eso sucedió muchas veces?

– No, no creo que más de un par de ellas [primera de las muchas sonrisas traviesas de la tarde]. Tampoco fui mal alumno, aunque en las dinámicas grupales de niño haces cosas que puedes herir, sin que ello quiera decir que llegase al bullying con nadie. Con el tiempo supe que un compañero se había cambiado de curso porque lo molestábamos, y me sentí en parte responsable.

 – ¿Por qué no le agradaba la escuela?

– Porque nunca me gustaron las instituciones, supongo. Vendrá de familia. Mi abuela es una revolucionaria de toda la vida y a mí me salió así la onda: algo revolucionario e indisciplinado. Es una actitud. Nunca contravengo las normas básicas de convivencia, por supuesto, pero siempre tengo en cuenta que existen otras alternativas diferentes a las previstas o previsibles.

– ¿Hay alguna “norma básica” que le suponga un incordio en el desarrollo de su trabajo?

– Supongo que lo más incómodo es la promoción, que siempre realizas como algo adyacente a lo que de veras te interesa. Y es necesaria, aunque… puedes o no estar de acuerdo con esa necesidad… Hay espacios contra los que te rebelas, aunque luego busques un término medio.

 

 

 – De pequeño, cuando aún era Chinito, ¿ya se ponía a hacer el ganso frente al espejo? ¿Jugaba a ser otros?

– Nunca fui muy narcisista en ese sentido. De hecho, es lo que más me costó a la hora de convertirme en actor: la exposición, ese juego público de seducir o asustar. De pequeño no estaba particularmente obsesionado por verme, sino que era más de jugar con autitos o con amigos. Y, sin llegar a ser muy independiente o solitario, sí supe construirme mi propio mundo en mi cuarto. Era un pequeño maduro.

 – Es decir, se sentía más a gusto consigo mismo de niño, en la soledad del cuarto, que un poco después. Cuando le tocó exponerse.

– ¡Ja! ¡Sería buen psicólogo! En cuatro o cinco frases me va definiendo bien.

 – ¡Nah! Es palabrería.

– La psicología es un poco palabrería también [risas] Pero vaya, es cierto. De crío me sentía muy a gusto en mi pellejo y no pretendía ser actor. Conocía bien los contras y no era consciente de los beneficios. A mi padre lo trataban como la excelente persona que es, pero yo no dejaba de ser consciente de la invasión de la vida privada por parte de quienes sienten que cenan con vos cada noche, porque desde el televisor te cuelas en su salón, y se permiten una cierta hermandad. Incluso mi hermana era aún un bebé en el cochecito y la gente se acercaba queriendo tocarla. Pero mi padre es un cachondo y siempre nos ayudó a llevar todo esto de la manera más relajada posible.

 – Algunos admiradores no siempre les entienden bien cuando mencionan estas objeciones a la popularidad.

– No, para nada reniego de la calidez del público. Haces las cosas para que la gente te vea y se emocione, que nadie me tome por desagradecido. Simplemente, constato que ahora puedes ser fan de alguien por Instagram y decir “Le conozco”, aunque no tengas puta idea de qué cosas haga el tipo en su vida. O que la frase “No le quería molestar, pero…” implica que sí, que igual te están molestando. Pero por lo general me tomo como un honor que se te acerquen a saludar.

 

   Así te toque rodar con Monica Belucci, no podrías disfrutar de esa escena como uno fantasea.  Cuanto más te guste esa otra persona, cuanto más carga tenga como sueño de tu vida, peor irá

   Mi viejo nunca se ha sentido un catedrático de la actuación. Se toma la profesión con la humildad de quien considera que no existe solo una verdad, y ni mucho menos la suya

 

– El caso es que usted, cuando acabó la secundaria, se matriculó en un curso de Dirección. ¿Por qué no se acabó colocando detrás de la cámara?

– Fui muuuuy mal estudiante de Dirección [nueva mirada pícara]. Acabé abandonándolo al año y medio habiéndome presentado a dos exámenes solo. ¡Con un promedio de 9, eso sí! En paralelo había emprendido un taller de teatro y, aunque tuviese que encargarme de aspectos de la producción, me terminaban eligiendo también para actuar. Luego llegaron algunos castings y eso ya me infundió mucho respeto. No quería salir herido, nunca estaba seguro de mí. Bueno, a esa edad casi nadie está seguro de nada… Me servía de esa adrenalina que te mantiene en movimiento, pero era todo inseguridades.

– La cuestión es dudar…

– Es que mi puesta en duda de las instituciones se extiende también a las personas y sus facultades, empezando por mí. Y ya sé que el proceso de duda enriquece, pero también traba. Es un arma de doble filo: profundizas en las cosas al tiempo que te pones palos en la rueda. Luego acabé comprendiendo que la interpretación no es matemática sino materia emocional, y que no hay una sola manera correcta y ponderada de abordar tu trabajo. Afrontas con cada personaje un mar de descubrimientos. Y se trata de no naufragar en él, de saber siempre por dónde queda la superficie.

– ¿Todas esas dudas, razonables y juveniles, se disiparon algo cuando tuvo la oportunidad de participar en una obra tan extraordinaria como El secreto de sus ojos?

– Esa película me pilló en un momento de capa caída en la carrera, cuando estaba más perdido y buscando un asidero. En uno de esos periodos antisistema, digamos. Surgió a través de mi viejo la oportunidad de ser meritorio de producción, mantuve una entrevista con Federico Posternak (¡que hoy es mi socio en una productora!) y… nunca trabajé tanto en mi vida. Años después, Federico le reveló a mi padre que, con las planillas delante, yo era la persona que más horas le había dedicado a El secreto de sus ojos de todo el equipo técnico. Y esa película fue determinante en mi vida… porque a la semana siguiente de acabarla me desinscribí en la Facultad de Cine. En aquellos tres meses descubrí el valor del trabajo, me pude sentir útil y responsable. Y decidí que, si algo iba a aprender de cine, sería desde abajo. En la escuela te impartían horas y horas sobre semiótica o historia del cine, pero muy poca de trabajo con una cámara.


– ¿Pero fantaseaba con otros caminos vitales ya antes de emprender su carrera como actor?

– Mucho antes. Con mi primera novia, allá por los 15 años, ya fantaseaba con ser zoólogo en, como muy cerca, Madagascar. Me imaginaba mundos radicalmente distintos y sopesaba tirar por la medicina (hay muchos antecedentes en mi familia) o centrarme en la física y la química, porque siempre me apasionaba saber cómo funcionan las cosas. Y siempre queda la opción de trabajar como instructor de esquí. Una de las cosas que más me gustan en la vida es esquiar, así que es una posibilidad que no relego. A veces debemos escapar de nosotros mismos, tirar el ancla y cambiar el rumbo.

– A día de hoy, no serían poco los alumnos encantados con que les impartiera clase Chino Darín. Y no digamos ya las alumnas…

– ¡Uhm, en algún momento me podría haber interesado eso! [risas] ¡Una nómina de candidatas para llevar por la montaña a esquiar! Pero ya estoy grande para eso. Estoy retirado en esa faceta de mi vida…

 

Un debut valiente y arriesgado

De momento, para nuestra fortuna, sigue vigente el plan A. Y sorprende constatar que el primer papel protagónico del joven Darín, con apenas 23 años, fuera el policía gay de Muerte en Buenos Aires. Un encargo nada exento de riesgos, aunque él los minimiza.

– Era un desafío muy grande, pero no tenía muy claro que fuera un papel poco convencional. Nunca me paré a pensar si se trataba de un personaje atípico, extraño o difícil. Simplemente, me subí a la emoción que latía en ese proyecto, un filme casi de cine negro, con una estética muy ochentera de luces de neón.

 


 

 – ¿Le resultaron difíciles o engorrosos aquellos pasajes de carácter más explícito?

– Durante el rodaje me di cuenta de que había escenas más… complicadas de ejecutar, porque tenían que ver con cuestiones físicas a las que no estamos acostumbrados algunos. Pero las escenas de cama, sean homosexuales o heterosexuales, se correspondan o no con tu gusto propio, en general son siempre difíciles. No, no te dan particular alegría. En general te sientes expuesto cuando reproduces momentos íntimos ante un equipo de 70 personas… y que después verá mucha más gente.

 – Habrá casos y casos…

– Ni aunque estés enamorado y te toque compartir plano con tu mito sexual de toda la vida. Así te toque rodar con Monica Belucci, no podrías disfrutar de esa escena como uno fantasea. A veces hay extrañas excepciones, cuando tienes mucha confianza y amistad profunda. Te permite quitarle hierro al asunto y poder divertirte, estar de cachondeo en una situación que suele ser tensa. Se me viene a la cabeza algún nombre, pero no mencionaré a nadie.

 – ¿Monica Belucci estaría entre las excepciones?

Cuanto más te guste esa otra persona, cuanto más carga tenga como sueño de tu vida, peor irá. Sería bueno coincidir con ella, conocerla y tomarte un café. Pero si usted se hiciese actor y le tocara una escena de sexo con Monica Belucci, le aseguro que no tendría el rendimiento que uno espera…

 

 

 

 – Con ella de momento no ha compartido reparto. Pero debutar en el cine español junto a Penélope Cruz no parece mal comienzo…

– Y más con los Trueba, amigos de mi padre y gente admirable. Todo empezó en una comida con Cristina Huete en Buenos Aires. Llegados al café, me confió que tanto Fernando como ella estaban muy de acuerdo en ofrecerme el personaje de Leo para La reina de España. Y sí, me vine loco.

 – ¿Le duele que esa película se asocie siempre con el intenso boicot de que fue objeto?

– Viví todo aquello con mucha tristeza, y no solo por mi participación en el elenco de la película. Era un ataque frontal contra nuestro cine, ese que tanto esfuerzo nos cuesta. La reina de España completaba una historia memorable [La niña de tus ojos] de un tipo que ha hecho mucho por este país. ¿Por qué desprestigiar de esa manera su imagen? Me cuesta mucho entender los fanatismos de lo que sea, a favor o en contra.

 – ¿Habría triunfado La reina de España sin todo aquel jaleo?

– Eso no lo sé. Solo puedo asegurar que los Trueba lo vivieron con mucha tristeza y que cualquiera que conozca en persona a Fernando sabrá de su sensibilidad, criterio e ingenio. ¿Sabe una cosa? En el móvil le tengo guardado como El Centro del Universo. Es como le llama mi hermana, y me hizo tanta gracia que lo utilicé. Fernando Trueba es tan magnético, tiene tanto humor y carisma… No conozco nadie que sepa más de él no solo en cine, sino en literatura, música e historia latinoamericana.

 

– Lo cierto es que el filme acabó por abrirle las puertas en España y ahora le vemos como un hombre joven, brillante, talentoso, guapo y con éxito. ¿Se le conoce algún punto flaco?

– ¡Yo soy mi punto débil! Soy mi propio enemigo. Tal cual. Le confesaré algo. Casi todos los días ando con una mochilita encima en la que guardo un neceser, medicamentos, pasta de dientes, un libro, tecnología, una cámara, auriculares, una camiseta… y una Leatherman [navaja multiusos], fundamental: con su lija he llegado a cortar un candado de la maleta en algún viaje en que había perdido la llave. Creo que todo esto tiene que ver un poco con mi espíritu de catástrofe, siento que puede pasar algo y necesito tener a mano estos útiles de primera necesidad. Incluso a veces sueño con que me estrello en un avión y necesito estar preparado para poder sobrevivir luego. Hay algún tema extraño en mi cabeza. Luego soy muy apañado, pero, no sé, ¡tendré algún trauma de algo!

 – ¿Y algún fetiche?

– Este colgante con una cruz chacana [incaica andina] que conservo de un viaje que hice con mi familia al Machu Picchu, en 2011. Es la síntesis de la cosmovisión andina desde el contexto filosófico, religioso y civil.

 

 –¿Siente que vive inmerso en una vorágine?

– [Largo silencio] Uf, por momentos sí. Entramos y salimos de la vorágine y somos parte de ella, no sé vivir el día a día con parsimonia. Pero tomo conciencia de esa agitación y busco algún viaje cultural para desconectar. Me ha servido de mucho conocer gente que vive y piensa de una forma distinta, en Perú, Kenia, Japón o Corea. Contrastas con otras culturas y ganas en perspectiva. Pienso en ir a Marruecos para seguir aprendiendo en ese sentido. Yo de chico me crié en el campo, montando a caballo, afilando palos. Vivía entre primos y animales, que por momentos eran la misma cosa [risas]. Y descubrí que la montaña despeja la cabeza y te pone el foco en lo físico. A veces es necesario agotarte desde la mañana y que en cuanto anochezca no tengas más opción que irte a dormir.

 – La vorágine, en 2018, se traduce en cuatro proyectos. El primero, Las leyes de la termodinámica.

– Sí, de Mateo Gil. Un proyecto desenfadado y el gusto de quedarte en Barcelona rodando en septiembre y octubre, con el clima bonito, y más siendo mi chica catalana… Es una película muy singular y cálida en la que, además, me dejaron hacer al personaje argentino. Todo llevadero. Una gozada.

 Memorias del calabozo.

– En la piel de Mauricio Rosencof, el periodista y autor del libro original, y con Antonio de la Torre en el papel del que luego sería presidente de Uruguay, José Mujica. Una película dura y un rodaje tormentoso en lo personal.

 – Y El Ángel.

– Con el director Luis Ortega, el mismo de la serie Historia de un clan: un absoluto talento en bruto. Su mente puede ser más oscura y truculenta que los personajes que retrata, y eso me encanta. El filme reconstruye la historia de Robledo Puch, el asesino en serie más célebre de nuestro país; una especie de Charles Manson a la argentina que en la década de los setenta, teniendo él 22 años, asesinó a 11 personas. Le decían El Ángel porque era un rubio de pelo rizado, particularmente encantador y luego capaz de cometer semejantes monstruosidades. Dieron con el protagonista, Toto Ferro, después de un largo casting y yo encarno a su amigo del colegio, el que le introduce en el círculo criminal.

 – Roberto era un villano sobrevenido.

– A todos los actores nos suelen atraer los villanos, dan mucho jugo. Y este cuenta con el atractivo de que no lo era en origen. Es, de partida, una persona tan normal o reprobable como cualquier otra.

 – Y acabará el año con Mirage, junto a Adriana Ugarte.

– Ando en pleno rodaje y es el proyecto más difícil que he tenido delante. Pero es una constante en mi vida, imagino. Creces exponencialmente, llegas a España y te coinciden una serie y una película, luego otra película aún más compleja… La vida, ya se sabe, se suele ir complicando.

 

 


LA ARGENTINIDAD A 10.000 KILÓMETROS 

– ¿Cómo respira un argentino por estas tierras?

– Extraño cada día a mis amigos, a mi hermana, a mi perro y un poco de Buenos Aires, una ciudad también con mucha vorágine pero que te genera un cierto mono. Porque yo me siento argentino siempre, ya sea en España o en la República Checa. ¡Hasta en Uruguay! Es algo de lo que no puedes renegar. Por mucho que te acostumbres a cada idiosincrasia, no se puede dejar la cosa de lado.

– No le he preguntado específicamente por su padre. Permítame solo una curiosidad. ¿Los consejos se los da motu proprio o solo cuando usted se los ha pedido?

– Pues fíjese que no es de dar muchos consejos, la verdad. Mi viejo nunca se ha sentido un catedrático de la actuación. Se toma la profesión con la humildad de quien considera que no existe solo una verdad, y ni mucho menos la suya. Así que alguna vez surge conversar sobre actores, pero no nos gusta regodearnos en ello; preferimos discutir (¡y discutimos muchísimo!) sobre la vida en general. Él se siente catedrático como peluquero, sobre todo, pero también en la conducción, jugando a las cartas, al tenis… Cada tanto le agarran así unos aires en las cosas más insospechadas.

 



melómano en día grande

Chino siempre presume ante sus allegados de melomanía. Es un gran aficionado a la música popular, y por eso quisimos saber qué tema escogería como banda sonora para un día grande de su vida. Por ejemplo, el de su boda. Y aceptó el reto de contestar, aunque… tras un silencio eterno durante el que no paró de darle vueltas a su respuesta. “Me ha venido a la cabeza un tema supercursi, More than words, pero no creo que fuera buena idea. Ni siquiera lo sería Stairway to heaven, aunque al menos es de Led Zeppelin, que me fascinan”, advirtió. Y de pronto, la solución: “Depende de cómo me sienta y con quién me case, trataría de poner King of Bongo, de Manu Chao, y entrar muy chulo [risas]. Pero sería un poco machista y desagradecido, así que tendría que haber un segundo tema para ella. No creo que a la novia le haga mucha gracia que elija King of Bongo y entre en la ceremonia con gafas de sol...”,

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