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10-05-2016 Versión imprimir

 
 
 
El interés humano
de José Bódalo


Nacido en marzo de 1916 e hijo de cómicos, fue ejemplo de personalidad sobre las tablas y un emblema en el cine de Garci. Su papel en ‘Volver a empezar’ bien habría merecido un Óscar, según el presidente de la Academia de Hollywood
 
 
JAVIER OCAÑA
Una noche del año 1981, en el Teatro Bellas Artes de Madrid, una obra se desarrolla en tiempos complejos. Solo unos días antes, un grupo de guardias civiles ha asaltado el Congreso mientras ese fascismo que siempre se niega a desaparecer del todo suspira agazapado, esperando su momento. La pieza, del Centro Dramático Nacional, es La velada en Benicarló (Manuel Azaña), escrita en 1937, entre trincheras y odio, por el que fuera presidente de la República. La ha adaptado José Luis Gómez y en el escenario se encuentran, entre otros, Agustín González, Fernando Delgado y José Bódalo. De pronto, en medio de una noche aún inquieta, una voz en cuello se desgañita entre el patio de butacas: “¡Viva Tejero!”. Casi al instante, desde la otra esquina alguien le replica: “¡Viva la libertad!”. Ante la incredulidad de los asistentes, una voz mucho más fuerte y desgarrada, como salida de ultratumba, con calma pero con firmeza, sin necesidad de imposturas ni gritos, se expulsa desde el escenario. Es el vozarrón de Bódalo: “¿Puedo seguir ya?”.
 
El aplauso de la platea es estruendoso y la letra de Azaña se abre paso de nuevo entre la intolerancia y sus gritos libertarios de respuesta. Eso era Bódalo: naturalidad, espontaneidad sin dobleces, personalidad. Entonces tenía 65 años y la fuerza del que lo ha experimentado todo en el oficio. En marzo se cumple el centenario de su nacimiento, el día 16 de ese mes de 1916, en Córdoba (Argentina), donde sus padres, José Bódalo y Eugenia Zúffoli, con compañía de teatro propia, trabajaban en lo suyo y en lo que posteriormente también sería lo de su hijo.
 
 
 

 
 
 
   Bódalo lo había mamado desde siempre, pero no se decidía: aunque había actuado ya muchas veces, no lo vio como una profesión hasta los 25 años, cuando se unió a la compañía teatral de su madre. En medio de la duda, llegó a cursar tres años de Medicina. Lo dejó en cuarto, cuando ya había empezado a tener éxito en la radio como locutor, autor y actor en Radio Caracas.
 
   Y lo que vino después fue una carrera en toda regla. La de uno de los grandes. Dotado de un físico muy particular, grandote; levemente narizotas, aunque atractivo gracias a su porte, a su voz, a su mirada. Pepe, como todos le llamaban, empezó como galán en la compañía teatral de Tina Gascó y, más tarde, en la de Amparo Rivelles. Y se fueron acumulando los papeles. En teatro y también en cine, tras el debut en Alhucemas (José López Rubio, 1948). En palabras del insigne crítico Eduardo Haro Tecglen, aprendió tres normas que practicó toda su vida: “El sentido de la distancia con los otros actores del escenario (escuchar, atender, servir a quien habla), el del conocimiento del texto que interpretaba (la finalidad, el contenido de la obra) y el que tantas veces parece mágico de la incorporación del personaje: desde que pisaba el escenario para el primer ensayo era el que tenía que ser”.
 
 
 

 
 
 
Verdad frente a imposturas
Solo con su presencia ya conectaba. Incluso sin abrir la boca. Ahora bien, abriéndola entraba en una nueva dimensión. Por su verdad. Él llamaba “la verdad” a desprenderse en buena parte del poso intelectual del personaje para abrazarlo desde una especial espontaneidad radicada en el bagaje, la experiencia y la intuición. No como la de ahora, con demasiadas penosas dicciones, y sí de la de los cómicos de siempre, con cada letra, sílaba y palabra perfectamente diferenciada, en su énfasis justo. Eso que para otros sería el piloto automático, para él era una red de seguridad que le hacía evadirse de las imposturas. Bódalo tenía fama de llegar al primer ensayo con el personaje ya moldeado, con cada texto equilibrado a su gusto, exquisito y perfecto. Por eso quizá le molestaban los largos tiempos de ensayos, que para él eran innecesarios y peligrosos, pues la reiteración de lo ya perfecto le llevaba a una incomodidad con la que los resultados pasaban a ser peores.
 
   En una entrevista de 1980 para el Centro de Documentación Teatral, el actor desplegó todo su catálogo de saberes: “La base del teatro son la dicción, la vocalización y el conocimiento de los movimientos, que es algo distinto de la expresión corporal: es la capacidad de observación y la vivencia para saber cómo se debe mover un determinado personaje”. Esa “vivencia” era una de las claves. Quizá por ello afirmaba que no se llega a ser un actor cuajado hasta que no se alcanzan los 40 años: “Has amado, has sufrido, has padecido durante alguna época, has sufrido reveses económicos, puede que hayas tenido hijos. Quizá no es definitivo, pero sí es importante para ser actor”.
 
   Y así, desde los 40, fue forjando una extraordinaria carrera. En el teatro: El jardín de los cerezos, de Chéjov; Panorama desde el puente, de Arthur Miller; Rinoceronte, de Ionesco; El rey se muere, más Ionesco. Muchas veces dirigido por el insigne José Luis Alonso. También en la televisión, con más de 500 papeles, en esa época en la que cada noche había cultura en horario de máximo audiencia: Tío Vania, otra vez de Chéjov; Misericordia, de Galdós; Un enemigo del pueblo, de Ibsen; o aquella mítica 12 hombres sin piedad, de Reginald Rose, dirigida por Gustavo Pérez Puig y emitida el 16 de marzo de 1973, que ponía el vello de punta, y en la que estaba acompañado por José María Rodero, Luis Prendes, Pedro Osinaga, Manuel Alexandre, Ismael Merlo... Palabras mayores, y en uno de sus papeles más desagradables, mezclando aparente fortaleza y enorme soledad.
 
 

 
 
 
   En cine quizá estuvo más desaprovechado y mezcló los personajes insignes con los puramente “por dinero”. Con fama de padrazo de sus dos hijas y profundamente enamorado de su esposa, Alicia Fernández, ajena al mundillo, su familia era esencial. También el fútbol: socio del Real Madrid desde 1928, fue futbolista y futbolero a ultranza. Tanto que una leyenda urbana, siempre desmentida por él, afirma que llegó a salir a escena con un auricular para escuchar los partidos al tiempo que recitaba sus textos; que le cantaban los goles, el apuntador o alguien de tramoya; que lo primero que hacía tras los mutis era preguntar por el fútbol. Una afición con la que no dudaba en criticar a esos presuntos intelectuales de la época que denigraban la mezcla de la cultura y el fútbol: “¡Unos snobs!”.
 
   Eso sí, a pesar de la desigualdad de sus papeles en cine, casi siempre secundarios de lujo, hay unas cuantas cimas: La colmena, de Mario Camus, y cuatro grandes papeles para José Luis Garci: Sesión continua, El crack, El crack II y Volver a empezar. Sobre todo esta última, la que incluye la mejor escena en cine de Bódalo, esa en la que el protagonista, Antonio Ferrandis, su amigo, le comunica que se muere. Como ha contado Garci varias veces, Robert Wise, director de West Side Story, presidente de la Academia el año en que Volver a empezar ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1982, llegó a decir a decir al director madrileño que si la película hubiera sido americana, “el actor que hacía de amigo del protagonista hubiera ganado el Óscar al mejor actor de reparto”.
 
   Iba a hacer de Shylock en El mercader de Venecia, papel que ya había interpretado en los años 60, pero sus problemas de salud se lo impidieron Falleció, a los 69 años, el 24 de julio de 1985, entre el máximo respeto de sus colegas y del público. En sus propias palabras: “Para ser actor tienes que tener un interés humano”.
 
 
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