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24-02-2017 Versión imprimir

 
 
 
Cipriano Rivas Cherif, el ‘cuñadísimo’ de la escena


La represión franquista cercenó el camino de este revolucionario del teatro, pariente de Azaña, que acabaría escribiendo miles de páginas entre rejas


ALEJANDRO TORRÚS
El franquismo tuvo su cuñadísimo: Ramón Serrano Súñer. Cuñado de la esposa del caudillo, fue mano derecha de este entre 1938 y 1942, durante la etapa filonazi de la dictadura, hasta el punto de que llegó a reunirse en Berlín con Heinrich Himmler para negar la condición de españoles a los republicanos que permanecían presos en los campos de concentración alemanes. Pero la II República también había tenido años antes su propio cuñadísimo. Muy diferente, eso sí, del mencionado. Su nombre era Cipriano Rivas Cherif, cuñado del presidente Manuel Azaña, quien contrajo matrimonio con Lola Rivas. Pero fue mucho más que eso. Su trayectoria le encumbró como el primer director de escena de España en el sentido moderno de la palabra.
 
   Rivas Cherif pensaba que el teatro podía ser un “arma política” sin perder ni un ápice de su calidad artística, y dedicó su vida a situar la escena de este país a la altura de los grandes escenarios europeos. Todo ello sin contar con las grandes “empresas explotadoras” que acababan con la vida del teatro español: “Hay que crear la escena, organizar espectáculos al aire libre, fundar cooperativas de cómicos y autores en sustitución de las empresas explotadoras del negocio teatral, reeducar al cómico y al espectador para que se liberen de los hábitos adquiridos en una rutina ayuna de ideal”.
 
   Su vida sirve para ejemplificar el recorrido y destino de una generación de artistas excepcionales, que trataron de llevar la cultura española a la primera línea y acabaron siendo asesinados o recluidos en un exilio interior o exterior. Su ascenso fue fulgurante. Con solo 16 años publicó un primer libro de poesía bajo el título Versos de abril, a los 26 estrenó la Fedra de Miguel de Unamuno en el Ateneo madrileño, con 29 ya se encontraba al frente de la revista literaria La Pluma junto a Manuel Azaña. Y así continuó hasta el final de sus días. En 1926 creó en casa de los hermanos Baroja un pequeño teatro llamado El Mirlo Blanco. Sus aspiraciones de transformar la escena española, si bien habían alcanzado cierta fama a nivel teórico, en la práctica aún quedaban lejos del ideal descrito. Ya en los tiempos de la II República, con la fundación del Teatro Escuela de Arte y sus trabajos para la compañía Margarita Xirgu, llama la atención del mundo de la cultura tras readaptar las obras y la propia estética de la propia Xirgu. Cabe recordar que esta se había convertido en una de las actrices más importantes del país. Si no la más.
 
 

 
 
 
Público carcelario
Rivas Cherif llevaba el teatro dentro. Descendiente del emperador de Marruecos, que renunció a la corona en 1769, ya desde pequeño comenzó a experimentar su enorme afición. Él mismo recordaba en sus escritos que a los cinco años se entretenía mientras encarnaba los personajes de sus guiones en escenarios que solo estaban en su mente. Así recibió sus primeros aplausos, aunque procedían de un público aún ficticio. Cuando estudiaba el bachillerato en El Escorial, a los 10 años, participó en la representación de una zarzuela con un papel femenino.
 
   Quién le iba a decir por entonces a ese niño que volvería a interpretar a mujeres sobre las tablas cuatro décadas después. Fue en El divino impaciente, una obra de José María Pemán, tras superar un largo periplo carcelario. Deambuló por un total de 15 penales de toda España. Cipriano había alcanzado la madurez creativa entre barrotes y ante un público integrado mayormente por presos políticos republicanos. A él le había detenido en Francia la policía franquista junto a agentes de la Gestapo nazi. Corría el 10 de julio de 1940 y el cuñadísimo de Franco era ministro de Asuntos Exteriores. Le juzgaron rápidamente y le condenaron a muerte el 21 de octubre de aquel año. Afortunadamente para él y para el teatro, le computaron esa pena por 30 años de cárcel, de los que solo cumpliría seis.
 
 

 
 
 
   Comenzaba entonces un recorrido casi interminable por las prisiones del Estado, donde retomaría un proyecto emprendido tiempo atrás, cuando España disfrutaba de su primera experiencia democrática y él aún vivía en libertad. “Nunca pensé que en un lugar como aquel recuperaría el espíritu del Teatro Escuela de Arte, que echó a andar en 1933 en el María Guerrero”, explicaba. Durante tres años ese grupo ofreció en las cárceles textos clásicos (El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, Hamlet), comedias de Arniches, zarzuelas, espectáculos de variedades… Un total de 45 representaciones. La capacidad creativa que caracterizó a Rivas Cherif le permitió construir dentro de prisión, únicamente con planchas de metal, una réplica de la Cúpula Fortuny, un sistema para dar impresión de luz natural que había descubierto en la Scala de Milán.
 
   Pero estas historias nunca terminan bien. La llegada de un nuevo alcaide al penal trajo consigo un fin abrupto para el teatro. Acusaron a Cipriano de ser el promotor de un complot revolucionario internacional y permaneció encerrado durante ocho meses en una celda de castigo. Desde allí escuchó cómo destrozaban su cúpula a martillazos, un paralelismo (o metáfora) de cómo las armas franquistas habían destrozado la ansiada democracia.
 
 

 
 
 
   Tampoco en tan severo cautiverio perdió el tiempo. A lo largo de esos meses alumbró El Teatro Escuela de El DuesoApuntes para una historia, cuyas 562 páginas ilustraban su experiencia al frente de una compañía teatral entre barrotes. Su otro escrito lo tituló Apuntes de orientación profesional en las artes y oficios del teatro español, que constituiría su legado teórico y didáctico. “He hecho la cuenta un poco grosso modo, pero sin exageración, quizá calculando de menos. En estos meses he llenado 38 cuadernos como este, que hacen un total de 1.520 páginas. He leído en el mismo tiempo 150 volúmenes, es decir, unas 45.000 páginas de letra imprimida me he metido en el cuerpo”.
 
   Cirpriano abandonó el penal de El Dueso en julio de 1946 y regresó a la escena en 1947. Pero ya nada era igual. Ni España, ni el público ni el propio Rivas Cherif. Recluido en un exilio interior, aprovechó la primera oportunidad para escapar de la gran cárcel en que se había convertido el país. Se dirigió a México, donde fallecería en 1967. Su muerte fue natural. Antes, en 1939, se había producido otra. Y la definitiva llegaría en 1978, cuando la joven democracia no declaró nulos los juicios y sentencias del franquismo. 
 
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