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04-10-2017 Versión imprimir
Estampa invernal con indumentaria de esgrima sobre el lago helado del parque de Charlottenburg Schloss
Estampa invernal con indumentaria de esgrima sobre el lago helado del parque de Charlottenburg Schloss
 
Ciro Miró
 
 
Más allá de la punta de ese iceberg que es Berlín
 
 
 
De los estudios de cine Babelsberg a las fiestas en los lugares más insospechados. El actor nos habla de la vida cotidiana en la ciudad lejos de los puntos turísticos
 
Vivo entre Madrid y Berlín. Tomé la decisión de irme allí porque me lo recomendó Jürgen Prochnow al confesarle mi apego hacia el cine alemán durante el rodaje de La conjura de El Escorial. En aquel momento era una ciudad barata que atraía a profesionales de la industria por brindar un montón de localizaciones urbanas. Con el poco dinero que había ganado en aquella película me embarqué en un viaje sin tener ni puñetera idea de lo que me iba a encontrar. La primera semana me dio depresión: salía de casa y únicamente veía solares hasta el siguiente edificio, por la noche las farolas estaban apagadas o apenas daban luz, era pleno febrero de 2008 y hacía frío, en los bares estaba yo solo con mi cerveza tibia y el camarero mirando el WhatsApp… No hay calles como la Cava Baja o cualquiera de las de Malasaña, tan llenas de gente y para ir de un garito a otro. Ese ambiente sí se da los domingos en torno al mercadillo del Mauerpark. Muy curiosos son los puestos que ponen en el Treptower Park, donde puedes encontrar desde esquís de los años treinta a trajes de esgrima. Es más, esta temporada he sido campeón de ese deporte en Berlín, tengo incluso el título de profesor. La afición se la debo a mi personaje inicial en La conjura, el maestro de la princesa de Éboli en el manejo del florete, aunque al final me cambiaron el papel.

Instituto Húngaro de Cultura
Instituto Húngaro de Cultura
 
 
   Empecé de camarero en un restaurante español que regentaba casualmente el exmarido de una conocida mía en Las Palmas. Estudié la carrera en Madrid al mismo tiempo que me sacaba un dinero como DJ en discotecas de Torre Europa o los bajos de Argüelles, y una compañera chilena de la cocina que se sabía mis peripecias me habló del Café Zapata. Se encontraba en el edificio Tacheles, okupado desde la caída del Muro y la RFA en 1989, en cuyas plantas había estudios para los pintores. Se podía entrar a verlos y comprar sus obras. Arriba funcionaba un cine alternativo y abajo una sala de conciertos en la que yo pinchaba dos veces por semana. Con eso pagaba los 220 euros del alquiler de mi habitación, aunque el sueldo también me daba para la compra de material de pintura. Acabé pintando en el restaurante del Instituto Húngaro de Cultura mientras la gente comía y el tranvía pasaba por delante del ventanal. Me encandiló que Berlín fuera el nuevo París de los años veinte: repleto de artistas sin un duro pero que no morían de hambre ni de frío.
 
   Y había facilidades para actuar. Te topabas con salas en todas partes porque los dueños preferían ceder sus locales a cualquier actividad cultural antes que tenerlos cerrados a la espera de un alquiler. Todavía quedan sitios como el Teaterhaus Mitte, un antiguo colegio con espacios de ensayo y posibilidad de arrendar su teatro de 70 butacas: cobran 100 euros por ocho horas con técnico de luces y sonido e impresión de cartel y entradas. En la ciudad no se gana dinero, pero te desarrollas como artista, es un escaparate perfecto.
Observado por las cámaras del Museo del Espionaje Alemán
Observado por las cámaras del Museo del Espionaje Alemán
 
 
Vestigios cotidianos con significado
Todos los rincones componen un museo vivo de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En cada esquina te cuentan una anécdota de lo que ahí ocurrió. Por las aceras hay multitud de pequeñas placas doradas para recordar a los judíos deportados o asesinados. Antes identificabas si estabas en la zona comunista por el muñeco con sombrero de los semáforos o las farolas de hormigón. En las inmediaciones de Prenzlauer Straße llaman la atención los bloques comunistas sin esquinas para evitar en su día el peligro de los francotiradores. Y los tabiques de los apartamentos en el céntrico barrio de Mitte los hacían tan finos para escuchar perfectamente al vecino y delatarle en caso de criticar al régimen. Aún siguen siendo así, lo he padecido en primera persona…
 
   Durante unas semanas me instalé en casa de un colega húngaro cerca de la iglesia-memorial del Káiser Guillermo. ¡En aquel edificio había residido Goebbels! El suelo del hall era una obra de arte, de mármol y con mosaico, pero en las esquinas conservaba esvásticas. Una escalinata tremenda subía a unos salones abandonados. Pensaba en soldados trotando para arriba y para abajo. Se da la paradoja de que el distrito de Charlottenburg, pese a haber sido zona aliada desde el fin del nazismo hasta 1989, en la actualidad acoge una nutrida colonia de rusos millonarios. Ahí tengo ahora una casita desde donde veo tanto la Funkturm [Torre de la Radio] como la Fernsehturm [Torre de la Televisión] de Alexander Platz
 
   De entre los museos, me quedo con el del Checkpoint Charlie, sobre la desesperación de los habitantes de Berlín Este en tiempos del Muro. Exhibe sus inventos para huir: un coche con compartimento bajo el asiento para meter a alguien, una avioneta construida con una silla que emprendió un vuelo filmado en Super 8, dos tablas de surf unidas en cuyo hueco cabía una persona…
 
   Los Babelsberg fueron los primeros grandes estudios de cine del mundo. Como en el rodaje de las películas se utilizaban materiales inflamables, ardieron dos viviendas, un motivo de peso para trasladar la actividad de la Deutsche Bioskop a una fábrica de flores artificiales cerca de Potsdam. En 1912 cayó allí la primera claqueta con el filme El baile de la muerte. Ocho años después llegó la UFA a rodar El ángel azul, Metropoli… hasta que el ascenso de los nazis forzó el exilio de aquellos cineastas y crearon en Hollywood lo mismo que ya tenían en Alemania. Goebbels incluso instaló su oficina allí. El régimen de Hitler urdió en esos platós obras propagandísticas y coproducciones como La niña de tus ojos. Los comunistas no iban a ser menos: tras la llegada del Ejército Rojo en 1945, la UFA se convierte en la DEFA para despachar 1.000 títulos en 40 años. Fue el grupo francés Vivendi el que inyectó dinero una vez caído el Muro para que los Babelsberg mantuvieran su proyección gracias a Spielberg, Polanski… ¡Cuánta historia ha vivido ese sitio!
 

 
 
La cara B de lo 'underground'
Se respira un ambiente muy decadente. Las cosas no funcionan bien por el exceso de burocracia, Berlín es la única excepción a la eficacia alemana. Cayó una tromba de agua y mi ascensor sigue roto después de cinco meses. Comprar un billete de tren a otra ciudad no te garantiza un asiento, que se se paga aparte, lo cual disuade a la gente de reservarlo. A veces los trenes van llenos y tienes que sentarte en el suelo o buscar hueco en la cafetería. Tercermundista total. Aquello es un libertinaje tremendo. En la vestimenta todo vale, hasta el punto de ver a un tío con tutú de ballet y botas militares, pero como nadie se da la vuelta… Perdieron el norte en cuanto a qué es molón y qué no, casi parece que van al desván de su abuela y cogen prendas vintage sin criterio. Como Pippi Calzaslargas cuando abría el baúl y se ponía un bombín con una boa. Y van a otro ritmo: ¡Berlín es Cuba! [risas].
 
   Sorprende mucho su diversidad cultural. Acoge a la mayor comunidad de turcos en el extranjero, los inmigrantes crearon allí el kebab. A un berlinés se le reconoce porque suele ir con el morro para abajo y se muestra esquivo por desconfianza. Mi vecino no me ha saludado en todo un año.


 
 
Joyas invisibles del ocio
Para un visitante es factible un fin de semana en Berlín cenando bien, saliendo a bailar, tomando copas y viendo teatro, pero debe llevarte a los sitios un insider [alguien de la ciudad]. Un vecino me indicó que el grafiti de una nave de un polígono industrial escondía una puerta en la que un portero me pediría el mensaje de móvil que me enviaron con una invitación. Y ahí había gente que quizá llevaba días en esa rave. En mi barrio funcionó durante tres años el Rodeo Club, que hacía fiestones en la parte de arriba de unas obras. Pasabas por delante y jamás imaginarías semejante ambiente en ese sitio inhóspito. Lo que está a la vista es solo la punta del iceberg.
 
   Aún se puede ir a locales con ese espíritu de abrir el viernes por la tarde y cerrar el lunes por la mañana. En 2008 viví la época dorada del Bar 25, pero volvía a dormir a casa, no me pasaba allí el fin de semana. Eso sí, los domingos me cruzaba con tipos que seguían de marcha desde dos tardes antes, con la misma ropa… [risas]. Para salir en ese plan es necesario conocer demasiadas claves, porque los garitos normales cierran a una hora determinada, luego preguntas dónde ir pero nadie sabe. Y se percibe cierto rechazo hacia nosotros, ya que si en una cola hablas español, no te admiten.
 
   Sí estuve una vez en el club de tecno Berghain y aluciné. Te quitan el móvil en la entrada, no hay espejos, todo es de cemento… Aunque no bailes, el pelo se te mueve por el volumen exagerado de la música. En los momentos de subidón abren las ventanas para que los clubbers hagan un poco la fotosíntesis con la luz solar. Y el que sea vampiro, que la palme [risas]. Más fácil es tomarse algo en la Clärchens Ballhaus de la Auguststraße, un salón de baile frecuentado antiguamente por soldados. Hoy en día van muchos universitarios a bailar swing y pachanga. El bullicio del Kreuzberg se ha contagiado a Neukölln, donde se están estableciendo un montón de españoles. Antes nadie quería vivir en esa zona porque era muy turca y había bastantes yonquis por la calle, pero ahora se van abriéndose bares y negocios chulos.
 
   Los famosos grafitis de la East Side Gallery ocupan un tramo del Muro junto a Warschauer Strasse, y en el otro extremo del puente sobre el río Spree está Schlesisches Tor. Es una zona acogedora donde hay una sala de conciertos dedicada sobre todo a música balcánica y en un garito pincha el peculiar DJ Thomas Lobotomy. El tío pone pequeños vinilos con melodías conocidas pero tocadas por big bands de hace mil años. La gente baila a muerte. Su estilo me recuerda mucho al de DJ Momo, un cartero de Madrid al que atribuyen la mejor colección de vinilos de España, aunque con las mezclas sea un desastre…

Montaña de Teufelsberg, inspiración de David Lynch para 'Mulholland Drive'
Montaña de Teufelsberg, inspiración de David Lynch para 'Mulholland Drive'
 
 
El deporte y la comida... que no falten
Casi ningún turista se interesa por los numerosos parques y lagos que hay a las afueras. En algunos incluso ves casas flotantes. Hace poco participé en una competición de 18 kilómetros con etapas corriendo y nadando. A menudo monto en bici o paseo por el bosque de Grunewald o la histórica montaña de Teufelsberg. Se levantó con los escombros dejados por la contienda en 1945 y en su cumbre quedan varias torres de vigilancia del viejo centro de espionaje de los aliados. David Lynch se enamoró de esa colina y se inspiró en ella para Mulholland Drive. Cuentan en Internet que hasta la ha comprado para montar un centro de meditación profunda.
 
   Me encantan los desayunos en el Circus Hostel de la Kastanienallee, que ofrece un bufet baratito atendido por jóvenes. Subiendo esa avenida pasas por un par de edificios okupas con sus grafitis, y al final llegas al Prater Biergarten, un clásico entre las cervecerías al aire libre. Al lado sorprende la Kulturbrauerei, una vieja fábrica de cerveza con un patio interior muy chulo que tiene dentro espacio para actuaciones musicales, un multicine, locales… Si la idea es comer, en Charlottenburg recomiendo el Tomas-Eck, pues te sirven un schnitzel [escalope] enorme aunque lo pidas pequeño. Lo sirven acompañado de huevo frito y patatas. Y con el codillo ocurre lo mismo, tiene el tamaño de una cabeza humana [risas]. De ese restaurante me gusta además su ambiente casposo, con una clientela del barrio y muy mayor, habituada ya a lidiar con la antipatía de las camareras. En Doppio Pazzo hay que tomar café. También es espectacular el del Espresso Bar, que lo trae de Munich.
 
Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo


 
Una huida por amor al arte

Mi abuelo era catalán. Pertenecía a una familia burguesa de Sabadell que se dedicaba al textil, pero el quería ser pintor, así que se fugó cuando los suyos se opusieron a su vocación. Eso les parecía de gandules. En Ceuta conoció a mi abuela, hija de un coronel, con quien se casó. Juntos se marcharon a Canarias y allí comenzó su carrera: pintor, decorador de muebles, de interiores… En sus últimos años recibió el Premio Canarias de Bellas Artes y el Premio Montblanc. De ahí viene que yo también pinte. Mis abuelos nunca llegaron a comprarse una casa propia, vivían en casas muy luminosas, además de tener alquilada una casa-cueva de los aborígenes en Artenara. Ahí se retiraba cada fin de semana para consagrarse a la pintura. Luego la cambió por una casita de pescadores en Agaete porque a mi abuela le encanta el mar. ¡Y él no sabía nadar! [risas]. El precipicio de Tamadaba, el de mayor altura de Europa, a primera hora de la mañana proyecta sobre el pueblo una enorme sombra que va menguando a medida que sube el sol. Y los atardeceres son espectaculares. El artista Pepe Dámaso era su amigo íntimo, y también César Manrique, compañero habitual a la hora de filmar sus cortos en Super 8. Hace un año los recuperaron en un festival. En las islas hubo un movimiento brutal de cineastas a partir de los años sesenta.

 
Método vs. naturalidad

He sido un friki de Alemania toda la vida. En 2002 pasé un año estudiando el idioma en Hamburgo y tenía intención de actuar en musicales como Dirty dancing o El baile de los vampiros. ¡Lo dirigía Roman Polanski en persona! Conseguí un papel para el primero, pero renuncié a él por una serie española… que no llegó a grabarse. Los actores alemanes son metódicos, se ciñen a lo escrito en los manuales. Y eso a veces queda espantoso porque se pierde la naturalidad de dejarse llevar por una emoción. Pero me fascina la consabida máxima del menos es más, como sucede en el filme Sophie Scholl, donde el trabajo interpretativo no acaba acaparándolo de todo: la luz y la música son tan macabras que no requieren las lágrimas de la protagonista ni la expresión de sus nervios durante el interrogatorio.
 
Me enamoré del nuevo cine alemán gracias a Napola, de Dennis Gansel, cuya siguiente película fue la exitosa La ola. También me flipó una coproducción titulada Hermanas gemelas: dos chicas de Colonia y de buena familia que, tras la muerte de sus padres por tuberculosis, se separan porque una se va a Holanda con unos familiares judíos que son lutieres y la otra se queda con unos granjeros maltratadores. Todo ello ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias opuestas que puede tener para ambas el avance de Hitler.
 
(*) El currículum del canarión Ciro Miró deslumbra por los largometrajes que acumula. Sobre todo en los últimos años. En 2015 estrenó con pocos meses de diferencia Ma ma (aquella producción de Penélope Cruz con Julio Medem en la dirección) y Nadie quiere la noche (Isabel Coixet). Más ajetreo tuvo a lo largo de 2016, cuando a Acantilado (Helena Taberna) le tomaron el relevo las exitosas Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen) y 1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo). Su papel de Julio Carretero en La embajada supuso un hito para una andadura televisiva que incluye al inspector Cánovas de El comisario y apariciones recurrentes en Centro médico. Ya está inmerso en la grabación de una serie alemana en Colonia y en junio de 2018 representará la ópera Tango en la ciudad austriaca de Graz.
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