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21-12-2017

Conchita Bautista
 
“Fui una estrella con los pies en la tierra”
 
La sevillana forma parte de la historia de la canción española y del cine más popular de los 50 y 60. Hoy no deja margen a la añoranza en su sereno y lúcido retiro.
 
PEDRO PÉREZ HINOJOS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Hubo un tiempo en que Conchita Bautista (Sevilla, 1936) estaba en todas partes. Con la alegría que desprendían sus inmensos ojos oscuros y su sonrisa arrebatadora, presentaba programas de televisión, asistía a festivales internacionales de la canción, protagonizaba películas, hacía giras por el país  y hasta aparecía en anuncios publicitarios. El público la adoraba, la consideraba casi una más de la familia. Y ella lo sabía. Hoy Conchita solo está en su casa, un coqueto piso de grandes ventanales en un tranquilo barrio madrileño, donde disfruta en soledad de aquella gloria posada con delicadeza en decenas de fotos, trofeos y recuerdos. Hace ya más de dos décadas tomó la decisión de abandonar los escenarios y también la escena pública. Y desde entonces permanece fiel a ese retiro, lúcido y sereno, llevando una vida sencilla pero muy activa, que incluye acudir al gimnasio, conducir su coche, trastear con pericia por Internet, ir al cine si logra vencer a la pereza y no saltarse, si puede, el aperitivo.
 
   Solo se permite una ligera aproximación a aquella otra vida cuando sus amigos del alma Raúl Sender o Concha Velasco la llaman para ir a cenar. Pero ni siquiera en esos momentos las conversaciones se empapan de melancolía. “No soy una persona nostálgica. Estoy muy bien como estoy y no tengo necesidad de recordar”, afirma Bautista. Lo que no quita que posea una memoria cristalina y afilada. Es capaz de recitar minuciosamente los nombres, fechas, títulos y hasta el color del vestuario que aguardaban a aquella niña que empezó deslumbrando a sus paisanos cantándole saetas a la Esperanza de Triana, y que terminó por labrarse una carrera en la que no siempre escogió los caminos fáciles e incluso abrió algunos con el empuje de la pionera, caso de su famosísima e histórica participación en Eurovisión. “A veces fui un poco atrevida”, reconoce con la sonrisa aún inconfundible. Aunque lo cierto es que su biografía solo puede ser la obra de una mujer muy valiente.
 
 

 
 
- Usted iba para maestra. ¿Cómo acabó de cantante y actriz?
- No se me daban mal los estudios, y me gustaba enseñar, aunque empecé a estudiar comercio. Pero teníamos una tía, hermana de mi padre, que era muy aficionada a la música. Escribía letras de canciones y poemas y además regentaba una tienda y un bar que se llamaba Casa Bautista en el centro de Sevilla. Y yo cuando salía de la escuela francesa en la que estudiaba, me iba con ella a echarle una mano en la tienda. Yo cantaba desde chica y ella debió ver en mí aptitudes porque me pagó las mejores academias de cante y baile de Sevilla, como las de Adelita Domingo o Enrique el Cojo.
 
- ¿Nadie en su familia se había dedicado a esto?
- Pues no. Es verdad que madre cantaba muy bien pero solo en casa, nunca se dedicó a eso. Yo tuve la suerte, además, de que por el bar de mi tía pasaba mucha gente del mundo del espectáculo. Por ejemplo, Juan Solórzano, que llevaba las galas juveniles en el Teatro Álvarez Quintero. Y mi tía le habló de mí y así comencé, con quince años, a cantar y a hacer pequeñas obritas de teatro. Luego me eligieron para ir con la compañía de Pepe Pinto y me fui de gira por toda España con el espectáculo ‘Del corazón a los labios’. Y mi padre, que era agente comercial y trabajaba en una tienda de tejidos, tuvo que pedir permiso para acompañarme. Mi familia se tomó bien esta aventura. Fue un descubrimiento para ellos.
 
 

 
 
- Pero una vez que su carrera fue tomando cuerpo, no se conformó con seguir la deriva más cómoda, la de la copla o los aires más folclóricos, e intentó hacer algo más moderno, más pop. ¿Por qué?
- Yo entonces me definía como “cantante española moderna rítmica”, como para acordarse (risas). Realmente, aunque soy sevillana, nunca me he considerado una folclórica. Y tampoco he sido nunca una cantante estática, he procurado siempre vivir al día y adaptarme a los tiempos. Y supongo que por eso decidí hacer algo diferente.
 
- ¿Y le dio algún problema?
- No, nunca, siempre me han aceptado muy bien. En aquel famoso partido benéfico que se organizó en 1971 entre las finolis y las folclóricas, a mí me pusieron con las finolis (risas). Con eso te lo digo todo. Yo siempre he querido seguir mi propio camino, respetando siempre a los demás, y nunca me ha faltado el trabajo gracias a Dios.
 
- Y para hacerla aún más singular, la eligieron para representar por primera vez a España en Eurovisión en 1961. Y aun repitió en 1965. Aquello le dio mucha fama, pero ¿fue oro todo lo que relucía?
- Fue importantísima para mi carrera y nunca me causó ningún perjuicio. Ni siquiera en esa segunda vez en el 65, en Nápoles, cuando no me dieron ningún voto. Porque se hizo una campaña de promoción de la cantante y de la canción [“Qué bueno, qué bueno”] como nunca se había hecho, incluso internacional.  Y para mí fue una experiencia maravillosa. Luego, en el festival, todo el mundo estaba encantado la canción, pero ya sabemos las cosas raras que pasan en este festival.
 
- ¿Qué cosas raras vio usted?
- Fíjate si algo raro ocurría, que al final del concurso toda la prensa estaba agolpada en mi camerino, donde yo lloraba a lágrima viva, y la ganadora, France Gall, estaba sola en el suyo. Está claro que hay intereses de países que están por encima de la calidad de las canciones. Y es injusto, pero es así y sigue siendo así. Yo de hecho lo sigue viendo, pero como algo lejano y ajeno a mí.
 
 

 
 
- Cuando llegó usted a Eurovisión, su carrera musical iba paralela a otra muy prometedora en el cine. ¿Cómo aterrizó usted en ese mundo?
- Pues también por la gente que pasaba por el local de mí tía. Me hicieron una prueba y empecé a hacer las películas. La primera fue Fuego en la sangre, dirigida por Iquino, y con Marisa de Leza y Antonio Vilar, en 1953. No tenía ni 18 años. Y al poco vinieron La bella de Cádiz, con Carmen Sevilla y Luis Mariano; y La reina mora, con Antoñita Moreno y Pepe Marchena.
 
- Ese arranque tan potente prometía una filmografía extensa, pero apenas hizo una docena de películas. ¿Qué pasó?
- No he tenido demasiada suerte en el cine. Solo hice una película de protagonista, Feria en Sevilla (1960), con Pedrito Rico, pero no me llenó. Podría haber dado mucho más de mí. Pienso que tenía madera de actriz y además me aplicaba mucho, le ponía mucha dedicación. Pero no me supieron sacar ese potencial. En parte porque quizá no encontré a la gente que pudiera verlo y explotarlo y en parte también porque yo le dediqué mucho tiempo a la canción. Es difícil nadar entre dos aguas, si quieres ser responsable con el arte que ofreces a los demás.
 
 

 
 
- Su última película fue A mí las mujeres ni fu ni fa, con José Luis López Vázquez y Peret, en 1971. ¿No le ofrecieron más papeles después?
- Sí, pero no me convencían y yo estaba demasiado comprometida con la música, así que me fui alejando. Sin más. Pero creo que esa es la película a la que más cariño le tengo. No hacía un papel dramático, pero sí era un personaje muy simpático, muy divertido. Interpretaba a una mujer muy salada y muy lianta que se enamora de un psiquiatra, el personaje de López Vázquez, que tiene una novia preciosa, interpretado por Patti Shepard,  una chica guapísima, pero al final yo consigo llevármelo al huerto. Me lo pasé genial.
 
- En televisión sí tuvo más continuidad. Hasta el punto de que también le dan el papel de pionera como cantante-presentadora con el programa ‘Esta noche con…’, allá por el 69.
- Me dieron el Ondas a la mejor presentadora incluso. Lo dirigía Arturo Kaps y yo introducía el programa, presentaba al personaje invitado y le hacía una pequeña entrevista. Fue maravilloso, aprendí muchísimo. Pasaron las mejores figuras: Luis Mariano, Lola Flores, Paquita Rico, Carmen Sevilla, Juanito Valderrama… Incluso fuimos a París a hacer el programa con Maurice Chevalier, un privilegio que no olvidaré jamás. Yo creo que ha sido uno de los momentos que más me han marcado en mi carrera.
 
 

 
 
- Y mientras sucedía todo esto, existía una circunstancia en su vida personal de lo más común hoy en día pero que de lo rara y estigmatizante en aquella época: era madre soltera y no lo ocultaba. ¿Cómo logró llevarlo con tanta naturalidad?
- La verdad es que tuve muchísima suerte con mi familia, especialmente con mis padres, porque aceptaron sin problemas a mi hija María del Mar, la amaron con locura y nos cuidaron y nos protegieron con todas sus fuerzas. Igual que nuestros vecinos y amigos. Mi padre, el pobre, se enteró de la existencia de su nieta cuando llegué casa con ella en brazos. Me fui a dar a luz a San Sebastián acompañada por una hermana mía. Y a las pocas semanas, viajamos hasta Madrid y se la presentamos.
 
- ¿Y cómo logró que tampoco afectara a su carrera?
- Pues siendo natural, nada más. Yo nunca oculté a María del Mar pero tampoco venía a cuento sacarla a la luz pública . Solo cuando ella tuvo uso de razón, sí quiso darse a conocer y así lo hicimos en un reportaje publicado en una revista… Y al poco enfermó y murió.
-Ahí su carrera y su vida se frenaron en seco…
-No hay palabras para expresar lo que es eso.
 
 

 
 
- Pero reunió la fuerza y el valor para regresar y volver a cosechar éxitos en la música, hasta que a finales de los 90 dijo adiós a todo. ¿Por qué ese retiro tan radical?
- Me retiré y me retiré. No tenía necesidad de salir a la palestra para nada. No tenía discos o películas que promocionar y no creo que a nadie le interese nada de mí, aparte de lo que ofrecí al público durante mi carrera.
 
- Fue una carrera de éxito. Aunque usted asegura que no es una persona que se deje vencer por la nostalgia, los recuerdos pesarán lo suyo..
- Sí, fue una carrera de mucho éxito. Trabajé mucho y creo que llevé alegría a mucha gente con mi música y con las películas que hice. Estoy muy satisfecha con todo, y lo tengo muy presente en mi memoria y en mis sentimientos. Fui lo que se dice una estrella, pero siempre con los pies en la tierra. Por eso, no tengo ninguna necesidad de volver a ella, ni de estar recordándoselo a la gente. No siento ninguna añoranza, ni me torturo por lo que un día fui y ya no soy. O a lo mejor es que no he tenido tan arraigada la vocación.
 
- Entonces no hubiera tenido una vida artística tan larga y muy premiada. ¿Se siente bien reconocida por ella?
- Me he sentido muy reconocida con toda clase de premios y distinciones. Y tengo muchos admiradores que a veces incluso me envían por correo electrónico vídeos con mis actuaciones. Y veo lo guapa que era, y lo bien que lo hacía, y me siento feliz. ¿Para qué quiero más? Vivo bien y no echo en falta nada.
 
 


La tijera de Bardem y el romance con Alexandre
Conchita Bautista puede presumir de haber formado parte de la primera película española seleccionada para competir por los Oscar, La venganza, en 1958. Aunque podía haber presumido más si a su director, Juan Antonio Bardem, no se le hubiera ido la mano con el metraje. “Pasamos tres meses en La Mancha rodando la película. Era una historia muy dura y desgarradora de rivalidad entre jornaleros, con Carmen Sevilla, Raf Vallone y Jorge Mistral. Y yo tenía un papel pequeño pero precioso. Era una chica que trabajaba en el circo que pasaba por el pueblo y tenía un romance con Manuel Alexandre”. Pero del romance solo quedó “un revolcón con Alexandre y nada más”. “Bardem se entusiasmó tanto rodando que luego tuvo que empezar a cortar y yo fui de las que se llevó la peor parte”, se lamenta, no sin gracia, Bautista.
 

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