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08-09-2016 Versión imprimir

 
CONSUELO TRUJILLO

“El teatro tiene que ver con la sanación”
 
Se sabe una artista intensa: vive la interpretación como un viaje. Y sus destinos se antojan cada vez más ilimitados. Porque rebusca en el arte las claves de la vida
 
 
TEXTO: JUAN FERNÁNDEZ
REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA
 Hay actores que viven su trabajo como una forma como otra cualquiera de ganarse la vida y quienes se acercan a este oficio persiguiendo la trascendencia –y el placer- de encarnar otras existencias sin abandonar la propia. En esa experiencia se producen situaciones mágicas. Consuelo Trujillo pertenece a la categoría de intérpretes que afrontan su labor como una búsqueda interior y un camino de perfección. No hay más que ver el acento espiritual que adopta explicando su trayectoria para comprobarlo: una hoja de ruta sin brújula, pero con olfato, que la llevó desde una revelación actoral adolescente hasta convertirse en actriz de método tras pasar por el CAT, y desde las tablas de los teatros hasta la docencia que aprendió al lado de Carlos Gandolfo en Buenos Aires y que impartió junto a Juan Carlos Corazza. Para esta maestra de actores volver a los escenarios supuso seguir siendo lo que ya era: alguien que rebusca en los vericuetos del arte las claves de la vida.
    
   Últimamente le han sido reveladas unas cuantas: su Nodriza de Medea (premio Ercilla) casi ha coincidido en el tiempo con su trabajo en Cuando deje de llover (premio Unión de Actores) y su participación en la película La novia. Mientras tanto, anda enredada en Criatura, donde ejerce de autora, productora, intérprete y alma mater. Pero nada de esto es para ella trabajo. Para alguien que se dedica a buscar, cada nueva obra es “un viaje”.
 
- Se le acumulan los reconocimientos. ¿Tiene la sensación de estar viviendo un momento dulce en su carrera?
- Parece que los dioses del teatro se han fijado en mí últimamente. Fue un regalo hacer Cuando deje de llover, la obra más revulsiva y transformadora que he hecho en mi vida. Lo fue para todos los que estábamos en el escenario y también para el público, que abandonaba la sala con lágrimas en los ojos. En la puerta nos esperaban para hacernos confesiones muy personales, como si les hubiéramos tocado una fibra de muy adentro. ¿Qué mejor fin para una representación teatral? Pero también me ha marcado ser la criada de La novia. Por algo le debo a Lorca ser actriz.
 
- ¿Ah sí?
- En séptimo de EGB la profesora de Lengua me propuso recitar en público varios poemas del Romancero gitano. Recuerdo que me los aprendí en un santiamén: "Preciosa, corre, preciosa, que te coge el viento verde". Y aquello de "Antonio, quién eres tú. Si te llamaras Camborio, hubieras hecho una fuente de sangre con cinco chorros". Lorca me impresionó: tan visceral y a la vez poético, tan de la tierra y a la vez del aire. No había sentido nada igual. Me dije: "¡Yo quiero hacer esto el resto de mi vida!". Estoy muy agradecida a Federico. Me ha guiado en mi recorrido como actriz, como artista y como persona.

 
- ¿Tiene alguna teoría de por qué han llegado estas obras ahora a su vida ahora?
- Cuando cumplí 45 años pasé una enfermedad muy dura y me preguntaba qué había hecho yo para merecer aquello, hasta que borré de mi mente eso de la causa y el efecto. Una enfermedad no tiene que ver con que hayas hecho cosas malas. Del mismo modo, estos proyectos tan bonitos de los dos últimos años tienen que ver con mi recorrido, pero a la vez son regalos, y los regalos hay que aceptarlos sin más. Solo sé que esto me reafirma en mi criterio artístico y en el sentido de mi vocación.
 
- ¿Cuál es ese sentido?
- Mi búsqueda en la vida tiene que ver con mi búsqueda en el arte. Quiero pensar que cuando enseño y actúo, estoy ayudando a que este mundo terrible mejore. Viendo la reacción del público en Cuando deje de llover, sentí que estaba haciendo aquello para lo que he sido llamada, y esa es una sensación preciosa. Para mí el teatro tiene que ver con la sanación. Me interesa el arte que nos hace mejores personas. No hablo de buenismo. Hablo de seres humanos más plenos, más conscientes, más integrados en nuestro corazón y nuestro instinto, más abiertos a la vida y más comprometidos con el mundo que habitamos.
 
- ¿Cómo ha llegado a esa noción de su oficio?
- A fuerza de idas y venidas. He vivido muchas crisis, muchos momentos de desazón, mucho paro, mucha inquietud y desconfianza en mí misma, de no saber si sirvo o no para esto. Cuando tenía 27 años, haciendo La marquesa Rosalinda en el María Guerrero sufrí mi primera gran crisis vital con la interpretación. De pronto, me sentía seca, no fluía, nada florecía en mí. Me dije: "No es esto lo que quiero hacer". Intuía que había algo más, pero no sabía qué era. A aquella sensación se sumaba una crisis amorosa, que suelen afectarme mucho porque soy muy sentimental y romántica. Así que abandoné la compañía, dejé el trabajo y me fui a Argentina a estudiar en la escuela de interpretación de Carlos Gandolfo. Allí logré unir mi búsqueda vital con la del arte y empecé a vislumbrar la actriz que quería ser.

 
- ¿Allí nació la Consuelo maestra de teatro?
- Lo mío con la enseñanza ha sido curioso. Al llegar a la universidad empecé Pedagogía, pero no le presté atención. En ese momento solo pensaba en ser actriz, y si acabé la carrera fue porque se lo había prometido a mi padre. Años más tarde, tras volver de Argentina cargada de conocimiento, Juan Carlos Coraza me propuso dar clase en su estudio. Él tuvo ese pálpito, a mí no se me pasaba por la cabeza. El caso es que durante los 14 años siguientes, lo más importante de mi vida fue la enseñanza. Fue una época especialmente nutritiva, tanto para los alumnos como para mí misma.
 
- ¿Qué le enseñó la experiencia de enseñar teatro?
- He aprendido mucho ayudando a otros a encarar un personaje, a resolver bloqueos, a ser libres, a conectarse vivamente con la inspiración, a que cogieran confianza. Esos años fueron como un retiro espiritual, como una investigación de este oficio, un auténtico viaje. Me cuesta ayudarme a mí misma. En cambio, desde el principio sentí que tenía muy desarrollada la capacidad para ayudar a los demás, que valía para eso, quizá porque para ayudar al otro tienes que dejar de verte a ti. Me vino muy bien volcarme esos años en la enseñanza y dejar reposando mi lado de actriz. Luego he hecho laboratorio de actores por mi cuenta y he seguido con mi investigación y mi sistema de trabajo.
 
- ¿En qué consiste?
- Soy el resultado de todos los viajes que he realizado, y no hablo de medios de transporte. Uno de los más importantes fue mi acercamiento al maestro Claudio Naranjo, que trabaja sobre el carácter, la personalidad y la espiritualidad en el arte. Desde Sófocles, el teatro se hace las preguntas clave de la existencia: quién soy, para qué estoy aquí, cuál es el sentido de la vida, para qué nos enamoramos, actuamos, tenemos hijos, nos encontramos, nos peleamos... Lo mío con el teatro va por ahí.

 
- ¿El teatro da respuestas a esas preguntas?
- No da respuestas, pero a mí me sirve para preguntarme más a fondo y para conectarme con la belleza de la existencia. Y eso ya es un gran alivio. Aunque no aparezca la respuesta, está el bálsamo de saber que la vida, aún en lo más doloroso, encierra belleza, y que el arte te permite buscarla. Pero sobre si he encontrado la respuesta, la respuesta es no, no la he encontrado. Continúo en la búsqueda y cada día tengo más preguntas. Procuro que cada vez sean más profundas, que me pongan en movimiento, que no me paralicen. Criatura tiene que ver con eso. Es mi última creación, aunque en realidad se trata de un proyecto de investigación. La primera frase de la obra es: "¿Y tú de dónde vienes?".
- ¿Esa investigación da más frutos en un escenario o en un set de rodaje?
- Me encanta el cine, pero he tenido pocas experiencias completas. La novia ha sido una. Trabajar con Paula Ortiz es la hostia. Es muy sensible, muy lista, muy culta, muy profunda, y en esa película estaba tocada por la inspiración de Lorca. Yo creo que Federico se le apareció en algún momento. Ha sido un auténtico viaje. El cine te ofrece la posibilidad de desnudarte ante la cámara. Esto es muy bello para un actor, pero dura muy poco, tienes que estar muy atenta para darlo todo en un instante. En el teatro tienes más tiempo, están los ensayos, está el día a día con el público, puedes investigar más. Adoro representar muchas veces una función, porque ir escupiendo cada día tu personaje te permite llegar a su esencia.
- ¿Un personaje cambia de la primera a la última función?
- No le quepa la menor duda. Me ha pasado en Medea. Estrenar la versión de Molina Foix en el Teatro de Mérida, con sus piedras llenas de voces de todos los que han pasado por allí a lo largo de los siglos, fue una experiencia casi psicodélica. Pero estar después un año entero masticando a la Nodriza me ha servido para que el personaje se me abriera. Eso no podría haberlo conseguido haciendo la obra solo cinco días en Mérida.
 
- ¿Distingue a estas alturas entre su trabajo y su persona?
- Va todo junto, por fortuna. El teatro me llevó a encontrarme más a mí misma, y encontrarme a mí misma me ha servido para ser mejor actriz. Pero esta no es una fórmula mágica. Simplemente, ha sido la mía. Por ahora.
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