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29-05-2015 Versión imprimir

 

COSECHA PROPIA / 2
Los títulos más emblemáticos del cine español, diseccionados y redescubiertos por Héctor Martín Rodrigo
 
 
 
‘El verdugo’ (Luis García Berlanga, 1963)

 
El enterrador pusilánime que sepultó su moral para engordar la cartera


Pilar Prades Expósito. Tal nombre no tiene nada de particular hasta que uno descubre que engrosó la crónica negra como ‘la envenenadora de Valencia’ y fue la última mujer condenada a muerte en España. Corría el año 1959 y el garrote vil acabó con ella después de que la acusaran de asesinar con arsénico a la dueña de la casa en la que servía y de otros dos homicidios frustrados. Luis García Berlanga supo de ello a través de un amigo suyo, quien además le relató la curiosa anécdota ocurrida durante la ejecución: el justiciador, Antonio López Guerra, sufrió un ataque de nervios. Le habían tenido que llevar a rastras hasta la sala y suministrarle calmantes para que pudiera soportar los gritos de la rea. A partir de esa imagen, que precede al desenlace, se construyó el resto de la película.
 
   ¿Por qué El verdugo? El cineasta valenciano acometió un alegato contra la pena de muerte porque le aterraba pensar en la posibilidad de cometer un delito y terminar muriendo con un frío tornillo tras el cuello. Le descomponía la violencia. Tan contento quedó con esta oscura criatura fílmica que siempre la destacaba (junto a La escopeta nacional y Tamaño natural) como la mejor de su trayectoria. En ella combinó los ingredientes típicos de toda su obra: tono tragicómico, ciertas dosis de crítica social y personajes con mala suerte. Y es que padecen una existencia penosa, avanzan aparentemente hacia la resolución de sus problemas y acaban en una situación mucho peor que la inicial por las jugarretas del destino.
 
 

 
 
 
   El largometraje denuncia la hipocresía de una sociedad que sostiene a un régimen capaz de aplicar la pena de muerte y gratificar sobradamente la macabra labor de los matarifes, pero que al mismo tiempo mira a esos funcionarios con recelo y los considera personas abyectas. Son continuos los desprecios que Amadeo (Pepe Isbert) soporta cada día. Tiene más de víctima que de verdugo. La seguridad que le ofrece su empleo público se ve empañada por cierto pesar en su fuero interno. “La gente ha de morir en su cama, pero si existe la pena, alguien tiene que aplicarla. Siempre la misma historia: somos unos incomprendidos”, lamenta.
 
   La cámara subraya en varias ocasiones el rechazo que el anciano produce allí donde va. El guardia que custodia la sala de su último ajusticiamiento le afea que coloque el maletín de siniestros utensilios al lado de su desayuno, el sepulturero José Luis Rodríguez (Nino Manfredi) se envuelve la mano con su abrigo para coger dicho maletín y devolvérselo cuando se lo deja en su camión, después toma un café con desagrado mientras el viejo saca el instrumental en pleno comedor… La más explícita en su aversión hacia él es la insoportable cuñada del joven (María Luisa Ponte), horrorizada ante el vínculo familiar que los une a raíz de una boda: “¡Yo no me voy a sentar en la mesa con ese monstruo, somos personas decentes!”.
 
   Favorece la empatía del espectador con Amadeo el hecho de que se le dibuje como un personaje de salud endeble por su edad y carácter entrañable. Se ha resignado tanto a su profesión que lo ejerce con naturalidad pasmosa: en el salón de su casa cuelga el retrato de un reo al que quitó la vida y que le dejó además un reloj de recuerdo. Y pregunta a los empleados de la funeraria si han encontrado los cadáveres en buen estado.
 
 

 
 
 
Amor a la sombra de la muerte
“Soy muy desgraciada. Los chicos siempre me dejan cuando se dan cuenta de que soy la hija de un verdugo”, se queja Carmen, justo antes de que su pretendiente se solidarice con ella: “A mí me pasa igual. Todas se marchan tras decirles que soy enterrador. ¡Tenemos la misma enfermedad!”. Incluso su cuñada le reprocha que “ciertos trabajos dejan unos olores que no hay quien los aguante”. La amargura de esas confidencias vespertinas en el pantano se desvanece con un baile al son de la música que emite una radio cercana, hasta que los dueños apagan repentinamente el aparato para llamarlos gorrones a voz en cuello. Entonces se conforman con sus propios silbidos.
 
   Amadeo los sorprende en su casa a medio vestir y la única solución a tan  intolerable afrenta es pedir la mano de su hija. El sino de José Luis, deseoso de emigrar a Alemania para aprender mecánica, se tuerce sin remedio al descubrir el embarazo de su novia. “Nieto de un verdugo… Si nace con el instinto del abuelo, sería mejor que no naciese”, sentencia delante de ella. Y como nueva muestra de patetismo, toma una flor de una corona fúnebre y se la entrega para disculparse. La boda, inspirada curiosamente en la de Berlanga, no resulta menos lúgubre: se casan al concluir un enlace de boato, al tiempo que los monaguillos (capitaneados por Alfredo Landa) retiran sin pudor la ornamentación, paran la música y dejan la iglesia casi a oscuras. El vestido, por supuesto, es alquilado… y a precio especial gracias a un amigo.
 
   El tormento definitivo llega cuando el protagonista debe postularse a ejecutor para conservar el piso público que le han asignado a su suegro, pues lo perderán en el momento en que este se jubile si nadie se anima a heredar su puesto. Una vez obtenida la plaza procura sofocar cualquier altercado que ve por la calle para evitar trágicas consecuencias y así no tener que ajusticiar luego al culpable. Hasta revisa la prensa a diario por si nuevos crímenes generan condenas a garrote vil. Finalmente le citan para matar a un preso Mallorca, un traumático viaje que el matrimonio aprovecha como improvisada luna de miel a orillas de un mar que todavía no conocían. Y en aquella cárcel insular sucede lo inevitable pese a sus intentos de dimisión y huida.
 
 

 
 
 
 
Autoridades desfasadas y vidas parsimoniosas
A lo largo del metraje no dejan de volar los dardos. También contra los funcionarios de cualquier índole, que cumplen a regañadientes sus horarios y combaten el tedio con curiosos rituales cotidianos, como las partidas sobre pequeños tableros ajedrez. El cajero que se ocupa de pagar nóminas, por ejemplo, solo atiende la ventanilla fuera de hora si le dan un puro a cambio. Y no cabe duda de la conciencia social forjada en torno a esta cuestión, pues según narra Amadeo, un sentenciado se excusó así antes de su castigo: “Perdone que haya tenido que molestarle a estas horas”.
 
    El hermano con el que José Luis comparte semisótano, Antonio (José Luis López Vázquez), se presenta como “cortador eclesiástico militar” para decir que es sastre. Tal definición deja entrever un país en el que solo los cargos de la Iglesia y el Ejército pueden costearse trajes a medida. Precisamente esos dos estamentos rigen la vida del ciudadano, ya que expiden expedir los dos certificados de buena conducta necesarios para un empleo en la Administración.     
 
 
Emma Penella
Emma Penella
 
 
 
SU RELACIÓN CON LOS ACTORES
Un director de pocas palabras
“He escrito para los actores todos mis guiones”, aclaraba Berlanga, “enseguida les he puesto caras reales. Si por alguna razón me veo forzado a cambiar a alguno, estoy jodido. Si debo cambiarlos a todos, es una catástrofe”. No llegó a tanto la cosa en El verdugo, aunque sí encontró razones para la queja. La presencia italiana en la producción hizo que el galán Nino Manfredi se ocupara del personaje principal de José Luis, al cual ya habían renunciado tanto su compatriota Alberto Sordi como el galo Charles Aznavour. Los artífices de la historia habrían confiado el protagonismo a López Vázquez, relegado en cambio al papel secundario de Antonio, hermano del sepulturero.
 
   El trato entre Berlanga y Manfredi resultó complicado: al primero le parecía un hombre demasiado guapo para la idea que él tenía en mente y el segundo necesitaba conocer las motivaciones que guiaban el comportamiento de su personaje para encarnarle. A fin de evitar que el intérprete estuviese todo el día interrogándole, el astuto realizador se rodeó de allegados que le interrumpirían con cualquier excusa si se le acercaba. “Era muy bueno”, reconoció en su día, “pero hacía muchas preguntas. Se angustiaba porque no le daba indicaciones. Por las noches me perseguía para que repasáramos el texto y yo me escabullía como podía. El pobre se sintió muy abandonado”.
 
   A Emma Penella la ficharon tras ver la representación de Micaela en el Teatro Lara de Madrid. “Yo tenía gira con esa obra”, recordaba la actriz, “así que fue un disgusto para ellos. Terminé un miércoles y el jueves viajé a Palma de Mallorca, donde me puse a estudiar el guion a toda prisa, ya que el rodaje iba a comenzar el lunes”. Como le sucedió a su marido en la ficción, ella también se sintió desanimada por la inexpresividad del valenciano. Así describió el mal rato que pasó: “En un descanso me fui a dar un paseo por el malecón porque estaba preocupada y no quería que nadie viese que se me caían las lágrimas. De pronto me tocó el hombro Berlanga. Me preguntó por qué lloraba y le dije que no sabía si estaba satisfecho con mi labor. Contestó que, si no me había comunicado nada, era porque estaba perfecto”.
 
   Al margen de ese malentendido, la madrileña solo tenía halagos para quien le daba órdenes desde detrás de la cámara. “Parecía que no se enteraba de nada. Y estaba en todo. Nunca le vi ni ir al baño. ¡Era incansable! Le costaba arrancar, pero ya no paraba cuando se ponía en marcha”, explicaba.
 
 

 
 
 
AUTÉNTICO TERREMOTO POLÍTICO
La censura perdió la batalla
Los censores suprimieron del guion pasajes en los que varios funcionarios montaban el garrote vil y se sentaban en la silla para probarlo entre bromas. El verdugo fue seleccionada en 1963 para el Festival de Venecia, el embajador Alfredo Sánchez Bella la vio en un pase privado y se indignó tanto que envió una carta a Madrid, en cuyo texto hablaba de “maniobra comunista contra el régimen de Franco” perpetrada por un “tonto inútil”. La reacción del dictador no se hizo esperar: “Sé que Berlanga no es comunista. Es algo peor, un mal español”. El diplomático citó en Roma a José María Escudero, director general de Cine, con la intención de retirar el filme del certamen. Y aunque no lo logró, sí forzó su dimisión.
 
   La transgresora propuesta se llevó el premio de la crítica pese a no contar con el respaldo de una delegación española, pero antes ya había dado algún disgusto de más a los artistas del equipo. Quisieron sacarlos casi a escondidas para evitar posibles altercados con quienes clamaban contra Franco sin saber muy bien de qué iba todo aquello, una idea que consiguió ofuscar incluso a la tímida Penella. “Una actriz española jamás se va por la puerta de atrás”, aclaró a quienes la rodeaban, “siempre sale por donde entra”.
 
   La versión definitiva llegó a las salas en febrero de 1964 con 17 cortes en el metraje y cinco minutos menos de duración. Semejante tijeretazo no favoreció su explotación comercial, pues las presiones de las autoridades precipitaron su salida de la cartelera a las dos semanas.
 
 
Luis García Berlanga
Luis García Berlanga
 
 
 
LUIS GARCÍA BERLANGA
Una juventud adversa con final feliz
Nieto e hijo de políticos, las lecturas que más le apasionaban de niño no eran los tebeos, sino las sesiones del Congreso. Así descubrió las dos Españas. La contienda le pilló desorientado a los 15 años: con valores anarquistas y amigos falangistas. Intervino a favor del bando republicano en la Batalla de Teruel, donde ejerció como inexperto sanitario. Y es que le obligaron a manejar el bisturí sin tener ni idea. La derrota definitiva en 1939 hizo que su padre, diputado del Frente Popular, fuese detenido mientras se refugiaba en Tánger. La familia vendió todos sus bienes para pagar los millones que algunos militares pidieron a cambio de salvarle de una ejecución segura. Quizá por facilitar la liberación de su progenitor se alistó en la División Azul, que le enfrentó a la Segunda Guerra Mundial en Rusia.
 
   Cuentan que a Juan Antonio Bardem no le cayó demasiado bien cuando le conoció en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. ¿Por qué? Por su aspecto de señorito pijo, con sombrero incluido. No sabía entonces que con él daría sus primeros pasos cinematográficos en Esa pareja feliz y Bienvenido, Mr. Marshall, aventuras a raíz de las cuales empezó a llamarle ‘el fanfarrón negativo’ por su pesimismo: casi nunca admitía que algo estaba bien, y más difícil aún era que alardease de ello. Pero Berlanga se ganó luego otro apodo por parte del equipo que habitualmente trabajaba a su lado: ‘Mr. Cagada’. Al parecer, concluía cada toma al grito de “¡vaya cagada!”.         
 
 

 
 
 
PEPE ISBERT
La voz rota que remendó nuestro celuloide
No imaginaba este madrileño de raíces albaceteñas que de la mano de ese chaval inexperto que le dirigía en Bienvenido, Mr. Marshall (1953) iba a recorrer la etapa más gloriosa de su andadura cinematográfica. Y nada menos que a los 67 años. Aquella cinta ya le llevó hasta el Festival de Cannes, donde falsos billetes de dólar con su cara volaron por la calle como estrategia promocional. Poco faltó para que el equipo regresara a casa con la Palma de Oro. Otros dos títulos filmarían juntos durante la segunda mitad de los cincuenta, Calabuch (1956) y Los jueves, milagro (1958), antes de renovar el éxito internacional gracias a El verdugo. Fueron tiempos en los que su currículum también acogió producciones tan populares como Historias de la radio (con el mítico locutor Bobby Deglané), La pícara molinera (encabezada por Paco Rabal y Carmen Sevilla), Los ladrones somos gente honrada (comedia de José Luis Ozores)…
 
   Nadie dudaba del enorme talento que encerraba su pequeño cuerpo. “Era un monstruo. No fue un descubrimiento mío, desde luego, ya me gustaba muchísimo antes de la guerra. Jamás debí explicarle un personaje, lo cual era una ventaja para mí, que no sé qué decir a los actores sobre sus papeles. Y se amoldaba bien a mis improvisaciones, algo poco frecuente”, destacaba el cineasta de este genio de la interpretación. Falleció a causa de problemas cardíacos en 1966, exactamente ocho décadas después de su nacimiento, tiempo suficiente para aparecer en 120 filmes rubricados por un montón de directores: Florián Rey, Edgar Neville, Rafael Gil, José Luis Sáenz de Heredia, Pedro Lazaga… Toda España conserva en la retina su último trabajo de relieve, La gran familia, con esos gritos desesperados mientras buscaba a su nieto Chencho por la Plaza Mayor de Madrid en Navidad. Había debutado tardíamente en la gran pantalla, con el cortometraje mudo de 1912 Asesinato y entierro de José Canalejas, aunque por ese entonces ya acumulaba experiencia como primer actor de la compañía del Teatro Lara. Tantos aplausos recibió a lo largo de sus giras por España y Latinoamérica que en 1935 creó su propia formación.
 
 
 
Rafael Azcona, con Berlanga y Muñoz Suay durante el rodaje
Rafael Azcona, con Berlanga y Muñoz Suay durante el rodaje
 
 
 
CODO A CODO CON RAFAEL AZCONA
Una alianza infalible a dos plumas
El realizador buscaba nuevos colaboradores para sus películas entre los alumnos de la Escuela Oficial de Cinematografía, aunque se decantó por alguien ajeno a esa institución, un riojano de nombre Rafael Azcona instalado en Madrid a principios de los cincuenta. Suyo era El repelente niño Vicente del semanario humorístico La Codorniz y acababa de publicar la novela Los muertos no se tocan, nene (1956), por cuya adaptación se interesó Berlanga antes de tirar la toalla por la indecisión de los productores. La aventura conjunta empezó al fin cuando les surgió casualmente Plácido: se enteraron de que el productor Alfredo Matas quería financiar una cinta y se plantaron delante de él con un argumento basado en el encuentro que habían tenido esa misma mañana con unos chavales al servicio de la campaña navideña ‘Siente a un pobre a su mesa’. La idea convenció, propusieron hasta tres versiones y el largometraje llegó al público bajo el título Plácido, candidato al Óscar en 1962.
 
   Todas sus obras fueron fruto de largas conversaciones en cafés de la capital, como el California de la calle Goya, encima de cuyas mesas esbozaron El verdugo. “Hablábamos de cualquier cosa menos del guion”, rememoraba Azcona en 1996, “no tomábamos notas. Pasados unos meses, puesto que mi colega siempre esperaba que se nos ocurriera algo mejor, estructurábamos la historia con lo salvado del olvido. Entonces yo cogía el material bajo el brazo y lo escribía en casa”. El valenciano también tuvo que amoldarse a ciertas exigencias: el desenlace estaría claro desde el inicio y cada secuencia influiría en el desarrollo, no servían los diálogos y situaciones que no condujesen a ningún sitio.
 
 
 

 
 
 
EL ANECDOTARIO
La polémica muñequera y una mudez inoportuna 
□ Al tratarse de una coproducción con Italia, Ennio Flaiano se unió al tándem de guion. Su intervención produjo modificaciones en una secuencia final que consideraba demasiado desagradable, ya que José Luis le entregaba a Carmen el abultado sueldo de su primera ejecución mientras decía: “La próxima vez tendré que ponerme una muñequera”. Esa frase se sustituyó por el juramento de que no volvería a ejercer de matarife.
 
□ En la primera visita del protagonista a la casa de Amadeo, cuando los dos hombres debaten sobre la pena capital y Carmen plancha, la Penella olvidó dar la réplica porque estaba embobada con la actuación de Isbert. Y no fue la única deslumbrada por la maestría del veterano: a Berlanga también se le fue el santo al cielo y no gritó “¡corten!”.  
 
□ Isbert fue operado por un cáncer de laringe tras la filmación, lo que le dejó completamente mudo, un inquietante contratiempo a la hora de abordar el doblaje. Su característica voz era parte esencial de su tirón interpretativo. El equipo pensó en Pepe Alfayate, buen imitador del actor, para salir del paso. Pero murió. El actor finalmente recuperó el habla y se dobló.
 
□ La escena en la que José Luis separa a dos hombres enzarzados en una pelea contagió su tensión al rodaje. El ayudante de dirección, Ricardo Muñoz Suay, se enfrentó a su superior y paisano e incluso pidió a los productores la destitución de este.
 
LA FRASE
“Me hacen reír los que dicen que el garrote es inhumano. ¿Es mejor la guillotina? ¿Hay derecho a enterrar a un hombre hecho pedazos? Hace falta respetar al ajusticiado, que bastante desgracia tiene. ¿Y qué me dice de los americanos? La silla eléctrica son miles de voltios, los deja abrasados. ¡A ver dónde está la humanidad!” (Amadeo).
 
 
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