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24-02-2015 Versión imprimir

 
 
 
COSECHA PROPIA / 1
Los títulos más emblemáticos del cine español, diseccionados y redescubiertos por Héctor Martín Rodrigo

 
 
‘La ciudad no es para mí’ (Pedro Lazaga, 1966)
El gran triunfo del humor baturro


Artefacto para el lucimiento de Paco Martínez Soria, la cinta más taquillera de los sesenta sirvió también de trampolín para actores como Sancho Gracia o Alfredo Landa
 
 
 
¿Quién no se ha sentido alguna vez abrumado por la idiosincrasia de las grandes urbes? Enmarañadas redes de metro, peatones que caminan a toda prisa, tráfico incansable en las avenidas… Con semejante panorama se topó en 1966 el paleto Agustín Valverde, uno de los personajes más emblemáticos que ha dado nuestro cine, encarnado magistralmente por Paco Martínez Soria a golpe de boina y porrón. Pero no solo le dio vida delante de la cámara. El actor zaragozano llevaba por entonces unas 2.000 funciones del montaje La ciudad no es para mí, con lleno absoluto en el teatro Eslava madrileño durante tres temporadas y un éxito igual de rotundo en distintos puntos del país, reconocido mediante el Premio de la Crítica en Barcelona (1961) o la Medalla de Oro al prestigio escénico en Valladolid (1962).
 
   Con toda su atención puesta sobre el escenario, llevaba una década sin representar papeles principales en películas, desde su trabajo para una historia de Ignacio F. Iquino titulada El difunto es un vivo (1955). Ese mismo cineasta ya había propiciado su salto a la gran pantalla con Sereno… y tormenta (1934) y dirigido bastantes títulos de su currículum, de entre los que destaca por su peculiar contexto Diego Corrientes (1937), rodado en Barcelona mientras estallaba la Guerra Civil. Pues bien, tanto tiempo en el banquillo hizo que algunos le creyeran perdido definitivamente para el séptimo arte, sin sospechar aún su inminente bombazo.
 
 

 
 
 
Lecciones de moral para la vida moderna
El argumento arranca cuando el anciano Agustín abandona su pueblecito aragonés, Calacierva, a cuyos habitantes ayuda constantemente: compra una tricotadora a una joven impedida, regala sus animales a los más necesitados, recupera con partidas de tute el dinero acumulado por el temido recaudador de contribuciones… Emprende viaje para visitar a su único hijo, residente en Madrid, donde a su llegada ofrece esa estampa inolvidable que inspira el cartel del filme: lleva un cesto de pollos en un brazo y el retrato de su difunta mujer bajo el otro. Sin embargo, ni las aves ni el cuadro son bien recibidos en la lujosa vivienda, ya que las primeras terminan volando terraza abajo y el segundo rivaliza con un valioso Picasso por presidir el salón.
 
   El abismo entre el mundo rural y el urbano en esa España desarrollista no solo se aprecia en la ignorancia del baturro, que no sabe cómo funciona un semáforo, nunca ha visto la cofia de una criada y se apaña mal incluso con el teléfono. Las sucesivas secuencias dejan entrever también, ya en tono de crítica contra la vida moderna, un desapego del vástago triunfador (Eduardo Fajardo) respecto al anticuado progenitor: hace años que no va al pueblo, la nieta (Cristina Galbó) apenas conoce al abuelo, la estirada nuera (Doris Coll) se vergüenza de los toscos modales de su suegro… Es más, ella oculta su origen humilde ante sus amigas aristócratas, hasta que el viejo la desenmascara en un momento hilarante: “Esta fue modista en el pueblo. ¡Cuánto trabajaba! Era la más guapa, pero en su familia pasaban más hambre que el buzón de correos. ¡Pobrecicos! Su padre no era ingeniero, sino zapatero remendón. Y muy bruto, el pobre. Como mucho era ingeniero de punteras, tacones y clavos”. Así planta cara a las falsas apariencias y la ostentación que se estilan en la gran ciudad, aunque tampoco escapan de sus dardos el culto al trabajo o la desunión familiar provocada por un creciente individualismo.
 
 

 
 
 
   La moral católica de la época impregna muchas páginas del guion. Acostumbrado a hacer el bien en Calacierva, en la capital encuentra misiones inesperadas que ponen de manifiesto su rectitud. La primera consiste en salvar el matrimonio de su hijo y su nuera. Ella está a punto de cometer una infidelidad porque él dedica todo su tiempo a su trabajo de cirujano. Y quien la ronda es nada menos que el atractivo ayudante de su esposo en el hospital (Sancho Gracia). Dispuesto a finiquitar la situación, Agustín recurre a una cantinela muy escuchada hoy, pero cuanto menos curiosa en boca de un pueblerino de la España franquista: “Uno se casa para toda la vida. Parece que tú te has olvidado de que tienes una esposa y de que hay que cuidarla y atenderla. Llegan unos años en los que el marido se pone lacio y la mujer pachucha. Si el hombre no tiene gracia y salero para inventar otra vez lo que ya cansa, todo se va al cuerno”. El prestigioso médico se pone las pilas gracias al consejo, la aburrida señora olvida sus inadmisibles intenciones tras recibir una reprimenda del suegro, el pretendiente tira la toalla y todos contentos.
 
   Otra que le da quebraderos de cabeza es la sirvienta (Gracita Morales), de carácter tan irreverente como el suyo, a quien encubre cuando la acusan de haber robado 3.000 pesetas en la casa. Y efectivamente, ella es la culpable. Se ha quedado embarazada de un huevero que representa teatro en su tiempo libre (Alfredo Landa), pero el caradura se desentiende, así que necesita dinero extra por su futura condición de madre soltera. Los jóvenes ven resuelto tal entuerto al celebrarse de inmediato la boda forzada por el viejo.
 
   Pese a que la familia entera termina agradeciendo su visita, regresa a su localidad cuando se entera de que van a dedicarle una calle. Y se queda definitivamente porque allí está su casa y porque… la ciudad no es para él.  
 
 

 
 
 
Nervios antes de hacer historia
El productor Pedro Masó se había gastado cinco millones de pesetas en la película y albergaba serias dudas sobre su funcionamiento en las salas. De hecho, con motivo del estreno en el Palacio de la Prensa, el dueño del local le abroncó porque consideraba esa comedia poco más que basura. La preocupación le llevó a vivir un episodio curioso: Martínez Soria, habituado a las ovaciones en los teatros gracias a la obra homónima, veía tan clara una buena acogida entre el público que se ofreció a pagarle la elevada cantidad invertida para quedarse con los derechos. Aquella propuesta no prosperó, y por suerte para Masó, se cumplió el vaticinio del intérprete: casi 4,3 millones de espectadores convirtieron al largometraje en el más visto de la década y su recaudación superó los 73 millones de pesetas. El protagonista también se llevó su ración de gloria, pues no solo cobró 250.000 pesetas, sino que además fue elegido por el diario Pueblo como el actor más popular del año.
 
 

 
 
 
   “Tenía ya 60 años y era sobreactuado, histriónico, pero la labor del director fue notoria y todo resultó natural. Había que contenerle, atemperarle”, dijo el productor sobre el veterano cómico aragonés en una ocasión. Tal desafío salió bien a base de tacto, según ha contado José Sacristán, cuyo personaje fue el alguacil de Calacierva: “Hacer las cosas mal con ese realizador resultaba imposible. La recuerdo tan paciente, tan educado, tan correcto… ¡Era San Pedro Lazaga! Ensayaba tanto que, aunque Paco viniese del teatro, no se podía confundir”. Así se forjó el tándem Martínez Soria-Lazaga, que despachó una decena de títulos a lo largo de 12 años, entre ellos ¿Qué hacemos con los hijos? (1966) o Estoy hecho un chaval (1976).
 
 

 
 
 
El anecdotario
 
El filme es la adaptación de una comedia teatral del mismo título escrita por Fernando Ángel Lozano, pseudónimo que usó Fernando Lázaro Carreter para su publicación, pues el tono de esa obra no encajaba demasiado con el prestigio académico que le confería por entonces ser profesor en la Universidad de Salamanca. Más tarde estuvo al frente de la Real Academia Española y alertó sobre el mal uso del idioma en los medios de comunicación.

Sancho Gracia había regresado del exilio en Uruguay en 1963 y La ciudad no es para mí fue una de sus primeras apariciones cinematográficas. En aquellos comienzos su voz no convencía mucho, así que el personaje de Ricardo Torres fue doblado por Simón Ramírez, encargado también de poner acento español a intérpretes tan aclamados como  Gary Cooper Sean Connery.

Una de las imágenes que acompañan los créditos iniciales muestra el enorme cartel con el que el cine Coliseum de la Gran Vía anunciaba La familia y… uno más, un largometraje producido precisamente por Pedro Masó el año anterior.

La modelo Patty Shepard, hija de un militar estadounidense, pasó por Japón e Inglaterra antes de instalarse en España a los 18 años. La ciudad no es para mí le brindó su debut y poco después de casó con el actor Manuel de Blas, aunque alcanzó la popularidad como musa del fantaterror, un género que cultivó intensamente entre 1970 y 1988. De tan escalofriante filmografía sobresalen sus papeles en El techo de cristal o La noche de Walpurgis, está última junto al alabado Paul Naschy.      

Los hipermercados Pryca que todos conocimos durante los años ochenta y noventa ya habían existido en España con un formato más pequeño a mediados de la década de los sesenta, pero la empresa acabó echando el cierre tras acumular una deuda de 69 millones de pesetas. En uno de sus centros grabaron una secuencia Paco Martínez Soria y Gracita Morales, partícipes (quizá sin saberlo) de lo que en estos tiempos sería una estrategia de emplazamiento de marca.
 
 

 
 
 
PEDRO LAZAGA
De combatiente cinéfilo a director pluriempleado 

Este tarraconense nacido en 1918 aterrizó en el celuloide con una vida de película a las espaldas. De su intervención en la Guerra Civil a favor del bando republicano rememoraba los 24 kilómetros que a veces recorría para ver un filme y satisfacer así su cinefilia. El conflicto terminó mal para los suyos e ingresó en un campo de concentración del que salió tras tomar una decisión desesperada: actuar contra sus principios y alistarse en esa División Azul que defendió el fascismo en la Europa de la Segunda Guerra Mundial.
 
   Su bautismo en la dirección le llegó cuando ya había cumplido los 30 gracias a Encrucijada (1948), aunque su nombre sonó con fuerza a raíz de Los tramposos (1959), fruto de una acertada alianza con el productor José Luis Dibildos. Esa comedia es una de las mejores que se han gestado en el país hasta la fecha, como recordó el Festival de Málaga al otorgarle en 2006 la distinción Película de Oro del Cine Español.
 
   “Tal vez es Lazaga quien más trabaja detrás de la cámara, uno de esos realizadores que ruedan un largometraje en 20 días. De todos es sabido que es un hombre muy requerido por los productores porque es capaz de recuperar en poco tiempo el dinero invertido”, rezaba la crítica de La ciudad no es para mí en ABC. Por ese motivo completó una extensa trayectoria de casi 100 títulos (llegó a dirigir hasta siete a la vez) en la que cultivó todos los géneros: bélico, musical, taurino, drama, comedia… Sus trabajos fueron galardonados en numerosas ocasiones por el Sindicato del Espectáculo y algunos tuvieron la calificación de Interés Nacional. Permaneció al pie del cañón hasta que un tumor cerebral se le llevó con solo 61 años.
 
 

 
 
 
PACO MARTÍNEZ SORIA     
Vivir para levantar el telón 

La localidad zaragozana de Tarazona le vio nacer en 1902, pero con cinco años puso rumbo a Barcelona, donde habían trasladado a su padre como funcionario. La vocación artística le sorprendió en su niñez, cuando ya destacó  en espectáculos infantiles. Luego, mientras trabajaba de dependiente en una tienda de maquinaria, se incorporó al teatro universitario. Y acabó de curtirse con grupos de aficionados antes de estrenarse profesionalmente gracias al texto El infierno (1938), montado por el también actor Rafael López Somoza, para quien trabajó solo unos meses.
 
   Y es que ambicionaba su propia compañía, un sueño que hizo realidad en 1940 y mantuvo durante cuatro décadas, lo que supone un récord inalcanzable para cualquier intérprete. “Lo principal en su vida era su profesión. Incluso en casa, el poco tiempo que estaba, hablaba de teatro. No descansaba nunca a lo largo del año, solamente un par de días obligatorios en Semana Santa”. Fue un amigo quien le prestó 7.500 pesetas para que alquilase una sala donde representar la comedia Tu mujer no es cosa mía, la primera de otras muchas por las que desfilaron José Sazatornil, Rafaela Aparicio o Antonio Garisa. En 1950 dio un paso más al comprar con Ignacio F. Iquino el teatro Talía del Paralelo barcelonés, que reformaría en 1960, ya como único propietario. Tanto amaba el oficio que, aprovechando el entreacto de sus espectáculos, cruzaba esa famosa avenida para ofrecer un breve sketch junto a Mary Santpere en otro escenario.
 
   Falleció a principios de 1982 casi entre bambalinas, justo antes de asistir al ensayo de Guárdame el secreto, Lucas en La Latina. A pesar de que pronto iba a soplar las 80 velas, hacía poco tiempo que había reducido sus dos funciones diarias a una sola. Interpretó su último papel en la obra ¡Qué mala sangre tienes!, con la que abarrotó el teatro Apolo madrileño.   
 
 

 
 
 
La frase
“Toda mi vida he hecho felices a todos los que se han acercado a mi lado. ¿Sabes el gusto que da tumbarse en la cama todas las noches, mandar una pierna a Francia, la otra a Inglaterra y quedarse dormido como un tronco sin remordimientos de conciencia?”.
 
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