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04-07-2019


 

El desenlace se escribía en la sala de montaje

 

Ocho alumnos y un mes de inmersión creativa bajo la supervisión de Fernando Franco. Todo ello, para aprender a levantar un personaje, desde la primera idea hasta la edición del material

 


 

FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Tras encontrarse en persona con los que serían sus alumnos en el Centro Actúa, el cineasta Fernando Franco se dispuso a hacerles una entrevista detallada. Uno por uno, en privado, mientras iba tomando notas. Así podría conocerlos mejor y alejarlos de aquellos roles concretos en los que se sintieran más cómodos. Ese fue el primer paso del taller de 64 horas lectivas con el que el cineasta enseñaría a ocho intérpretes a levantar un personaje para el cine. Eso implica acompañar al papel no solo durante las primeras ideas o la escritura del guion: hay que permanecer junto a él hasta el final, en la sala de montaje. “Nos hemos encerrado aquí todo un mes. La creatividad es un músculo, y hay que entrenarlo”, sonríe el director.

 

   Durante ese período los alumnos han ejercido de guionistas, operadores de cámara, auxiliares de producción e intérpretes. Se han visto cuatro días a la semana, en sesiones de cuatro horas. Este maratón creativo dejará tras de sí un valioso material: un cortometraje de siete secuencias en el que los artistas ponen carne y hueso a la historia que han escrito juntos y en el que actúan bajo la batuta del cineasta. Se trata de una pieza que tiene un pie en el género documental, por lo que los actores abordan en ella los conflictos presentes en su gremio. El argumento viene a hablar sobre lo difícil que resulta a veces para un cómico salir victorioso de una prueba.

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   La pieza está proyectada en la pared este último día de taller. Los alumnos la analizan y opinan sobre ella mientras Franco ayuda a dar las pinceladas finales. Sentado junto a los artistas y provisto de un portátil con programa de edición de vídeo, el profesor insiste en recalcar una realidad: la última palabra siempre está en la sala de montaje. A ella hay que llegar armado con un metraje impoluto. El verbo, fiel al guion. La expresión del rostro, cuidada hasta el detalle, también en aquellos planos en los que los intérpretes carecen de texto y su acción parece seguir la de otro de sus compañeros. La sucesión de los diálogos, limpia, sin tachones: se introduce un breve silencio antes de dar la réplica al interlocutor. Y los planos, bien cerrados. Al acotar la toma a la cara de los actores, se muestra hasta qué punto la cámara es capaz de capturar toda la información que manifiestan por sus rostros. Y también se toma conciencia de la manera en que el cine dota de significado y relevancia las muecas que habitualmente pasan inadvertidas en la vida real. 

 

 

   Pepa Gracia sonríe en la pantalla con cierta crueldad mientras deja hablar a quien tiene enfrente. Sus diálogos vienen precedidos de gestos con los que reacciona claramente a las palabras de su compañera. Ahora, durante la edición del material que están realizando en esta jornada Franco y sus pupilos, será cuando se decida cuánto peso van a aportar esas expresiones a la cinta. “Aquí estoy aprendiendo por primera vez a gestionar muchas herramientas que se activan o no en función del plano. Hemos trabajado a un nivel de profundidad e inmersión muy grande. Y eso no ocurre en talleres más breves”, resume Gracia. 

 

   El objetivo lo capta todo. Incluso si alguna de las intérpretes se ha mordido los labios o ha tragado saliva. Y antes de decir qué importancia conceder a cada plano, el maestro siempre plantea dos preguntas: ¿se está contando algo en él? ¿es eso lo que queremos contar? Los participantes responden a estas cuestiones. Aunque algunos prefieren alargar los contraplanos, otros son más partidarios de seguir siempre con la cámara a quien esté hablando. A veces son las popias limitaciones técnicas las que impiden montar con la libertad que la asamblea desearía.

 

   Durante uno de los soliloquios se ha colado una pausa que Franco prefiere extraer del metraje, puesto que intuye que no aporta nada. “Veo más significado en el gesto de la sonrisa que en ese respiro”, afirma. Los alumnos comienzan de nuevo a intercambiar opiniones, hasta que encuentran la forma de sacar dicho silencio de la secuencia. El director comenta: “Me gusta que los actores conozcan esta parte del oficio. Muchos trabajan frente a la cámara, pero no ven el material hasta que está encajado, convertido ya en una película”. En todo caso, el montaje es el final de un largo recorrido. 

 

 

   Después de aquellas primeras entrevistas con las que Fernando Franco dio la bienvenida a los intérpretes, siguieron largos ejercicios de improvisación expuestos individualmente frente al resto de la clase. También en esa etapa eran ellos mismos quienes señalaban qué les había parecido más interesante en los ejercicios de sus compañeros. “Siempre he sido autodidacta en la dirección de actores. Más allá de la experiencia que adquiero en los rodajes, talleres como este me ayudan también a mí a aprender de ellos”, admite el cineasta.

 

   Cada semana del curso se dio un paso adelante: escribir, ensayar, grabar, editar. En ese viaje los participantes dieron alguna vuelta por La herida(2013), la cinta que reportó a su profesor el Goya como director novel. Y Marian Álvarez se alzó gracias a ese título con el cabezón a la mejor actriz protagonista. Su papel de Ana padecía problemas de salud mental que nunca se mencionaban a lo largo del metraje. Porque este autor suscribe eso del “menos es más”: documentarse y perfilar bien el personaje, pero dejando gran parte de él bajo la superficie. “Me interesa ver qué nos pasa por dentro. Desde ahí, decido cuánto quiero esconder en el subtexto. Me gusta contar sin tener que decir. Y que sea el espectador el que descifre lo que está viendo”, apunta Franco. 

 

   En palabras de la actriz Rocío Suárez, presente en este taller, “los personajes tienen dudas, no lo tienen todo claro. Están vivos. Eso lo he aprendido aquí. Hay un giro muy interesante en el material que rodábamos: resultaba difícil apartar la realidad de la ficción”. Es la primera vez que la Suárez acude a un curso en el Centro Actúa, pero asegura que repetirá. A pesar de que, al salir de las largas jornadas de formación, le tocara preparar en casa los textos e improvisaciones del día siguiente.

 

 

Compromiso y exposición

Como suele ocurrir en los talleres del Centro Actúa, el propio responsable del curso escogió a quienes le acompañarían en la vivencia. Ante la perspectiva de tener que pasar un mes con ellos, Franco valoró que los ocho artistas tuvieran disponibilidad y pudieran comprometerse con el curso. Que no faltasen un solo día, como ocurriría en cualquier rodaje. Buscó también intérpretes experimentados, no solo por lo que pudieran mostrar ante la cámara, sino porque iban a estar expuestos a los comentarios de los demás alumnos. Así que nada de susceptibilidades. Y por último se fijó, claro, en el material audiovisual de los aspirantes, para asegurarse así un nivel similar entre todos los intervinientes.

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