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22-02-2016 Versión imprimir

 
 
Daniel Grao

 
“Gustar al director y hacer los deberes está bien, pero encorseta”


Chico de la historia, que no galán. Protagonista ocasional con tablas de secundario. Y artista con discurso, más allá de las buenas rachas



FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Quizá porque le gustaría vérselas en un papel cómico, quién sabe si por falta de descanso, Daniel Grao encadena carcajadas mientras posa ante la cámara. Semanas antes de cumplir los 40, este natural de Sabadell cuenta con un pequeño personaje en la más que taquillera Palmeras en la nieve, junto a Adriana Ugarte, con quien también comparte reparto en la Julieta de Almodóvar. Ya le decían en la escuela de interpretación de Nancy Tuñón, en el barcelonés barrio de Grácia, que él acabaría trabajando para El Deseo…
 
 

 
 
 
   La mitad del elenco de La piedra oscura, montaje teatral sobre el amante de Lorca, apuntala su carrera también en la pequeña pantalla, un medio en el que “basta un momento para pertenecer a todo el mundo y también para dejar de hacerlo”. Grao pasó por la siniestra Luna, el misterio de Calenda, en la que tuvo que seducir a Belén Rueda, y estará en La sonata del silencio, con la que Televisión Española retomará la ficción histórica. Y más frutos de la carrera de fondo de este padre de dos hijos: Helena Taberna le confió al protagonista de Acantilado, su próximo largometraje.
 
Palmeras en la nieve conquistó la taquilla. En abril estrenará su primer trabajo con Almodóvar. ¿Está en el cielo de los actores o le falta algo?
Si existe el cielo en nuestro gremio, es una sensación ajena al contexto. Se trata de sintonizar, de vivir ese clic entre el actor y el personaje. Yo lo llamo estar en cacho, o volar, y es que haya una coherencia y una magia en el trabajo, haber entendido el texto y estar de acuerdo con el director. En Palmeras en la nieve había drones tomando planos aéreos, y saberse parte de eso pone, claro. En lo respectivo a la interpretación, me da igual que me encuadren una o cinco cámaras. Solo trato de encontrar mi papel. Julieta era grande, pero nuestra forma de trabajar era intimista, pequeña y entre actores. No había parafernalia ni efectos especiales.
 
 

 
 
 
— ¿Tenía una lista de cosas que hacer antes de los 40?
¡Y ha llegado todo, justo, a las puertas! La crisis de los 40 me provocaba curiosidad, pero ahora la entiendo mejor, quizá, por sugestión. Antes me causaba más ansiedad preguntarme si estaría llegando a donde yo soñaba, aunque no dependiera de mí qué proyectos alcanzaba. Hoy pienso en lo que quiero hacer, claro, pero también busco estar ahí, disfrutarlo y trabajar lo mejor que pueda, con los demás y conmigo. Sí me falta la comedia, y me encanta la obra de Daniel Sánchez Arévalo. Me gustaría encarnar a uno de esos personajes que se toman todo muy en serio, aunque desde fuera resulten cómicos: un loser, quizá.
 
— Su Manuel de Palmeras en la nieve es un personaje silencioso, muy contenido. ¿Pertenece a esa tradición de actores del menos es más?
Yo venía de ahí y ese uno de los cambios que quiero afrontar. Esa ansiedad que decía estaba relacionada con dar un buen resultado. Gustar al director y hacer los deberes está bien, pero encorseta. Después de años trabajando, tengo esa confianza en mí mismo, me siento capaz de entregarme a personajes más alejados de mí. La cámara nos capta el alma y no hace falta que cambie mi forma de actuar, pero quiero darme permiso. Digo sí al atrevimiento.
 
 

 
 
 
— ¿Se imaginó alguna vez rodando con Almodóvar?
Lo soñaba, y fue mejor de lo que esperaba. Al principio lo viví con miedo, pero él tiene sentido del humor, es cariñoso y, en lo creativo, un genio. A nosotros nos toca dejarnos llevar, ser dúctiles y permeables. Si el rodaje discurre por un camino inesperado, lo seguimos. No hay una improvisación, sino un sentido. Una vez llamé a Adriana Ugarte para ensayar y me dijo que no: las mejores propuestas llegarían con él, el mismo día del rodaje y ante la cámara. Tenía toda la razón.
 
— Se lo preguntan mucho a las mujeres y muy poco a los hombres. ¿Se puede preparar bien un papel con dos niños esperándole?
¡Es difícil! Aquello de llegar a casa y ponerme a estudiar es una utopía. Es cierto que los niños aportan mucho de cara al trabajo, porque me ayudan a posarme en el aquí y el ahora, en una realidad muy verdadera. Yo tengo ese punto workaholic, y si siento la tentación de dedicar el tiempo que me queda, entre rodajes y giras, a algún cortometraje, entonces sí: en casa me dan un toque.
 
— ¿Qué sabe ahora que no sabía cuando empezó en esto?
Aunque podamos afrontar el trabajo a partir de nuestras vivencias, debemos hacerlo desde el optimismo. Un actor feliz y cómodo es mucho más útil que un hombre atormentado. Hay técnicas basadas en el dolor, pero creo que están mal explicadas y mal entendidas. A mí la interpretación me salvó, es muy terapéutica y hasta llegué a recomendársela a todo el mundo, quisieran o no dedicarse a esto: los ejercicios de la escuela me permitieron convertir las sombras de la adolescencia en algo positivo. Eso es bueno; deambular por ahí en el papel del torturado, no.
 
 

 
 
 
—Tanto La piedra oscura como La sonata del silencio están enmarcadas en la guerra civil. Y hay quienes dicen que esa historia ya está contada.
La piedra oscura no trata sobre la guerra, sino sobre un encuentro. Habla de pasar el testigo, de que ciertas cosas no se olviden y no se pierdan. La obra nos pide que caigan las máscaras del ego y aflore el ser, que siempre nos va a unir, más allá del lado en el que nos encontremos. En La sonata del silencio ocurre algo parecido: acude a una historia muy concreta, cuenta lo que le ocurrió a un grupo de amigos antes y después del golpe, cómo estaban unidos durante la República y cómo vieron sus caminos separados. La estética de la serie es muy contemporánea en lo visual, aunque nos lleve al pasado. Es una apuesta muy valiente.
 
—Se le reconoce como un secundario, pero en Acantilado, de Helena Taberna, salta al primer plano. ¿Qué se lleva del protagonismo?
Los papeles principales ofrecen un arco completo, hay un recorrido y se tocan muchos colores. Veo más complicados los personajes puntuales: nos toca aparecer de la nada y pedir un café. Nadie nos da indicaciones y no sabemos cómo decir nuestro texto. ¿Pedimos ese café como lo haríamos nosotros mismos, en cualquier bar, o le damos una vuelta? Con los protagonistas hay ensayos, conocemos el papel y lo trabajamos con el director, como ocurrió con Taberna. Es un gusto, muy diferente.
 
 

 
 
 
—Hay quienes le han elegido de galán.
Pero no lo soy, para nada. No me veo de buenorro forracarpetas, ¡de esos hay muchos y mejores! Sí puedo llegar a ser el chico de la historia. Y aunque el romance aparezca en el guion, no enfoco el papel pensando en realizar una conquista, sino en trabajar bien el texto. Tengo una obsesión con la búsqueda de lo verdadero, de lo coherente. Que lo que cuente el personaje esté ahí, dentro de mí.



 
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