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31-07-2017 Versión imprimir

 

David Verdaguer
 
"Cuanto más trabajamos, más nos olvidamos
de que este trabajo
es un juego”
 
 
IRENE G. PÉREZ
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
Tras coprotagonizar 10.000km, No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas y participar en el reparto de 100 metros, David Verdaguer (Girona, 1983) ha vuelto a la gran pantalla con Estiu 1993, de Carla Simon. La película, que ganó el premio a mejor ópera prima de la Berlinale y premio ex aequo Generation Kplus, narra la historia de una niña de seis años que deja Barcelona y se va a vivir al pueblo con sus tíos después de que sus padres murieran a causa del sida. Al actor catalán también se le ha podido ver recientemente en Nit i Dia, una serie noir protagonizada por Clara Segura y emitida por TV3 que ha sido un éxito de audiencia, y le tendremos a partir de septiembre en el teatre Poliorama de la capital catalana. Desde hace dos meses y medio es también, como le dijo un conocido, alguien importante: ha sido padre. Quedamos en la Plaça Reial, que a pesar de ser uno de los sitios más concurridos de Barcelona (y más en una tarde de julio), resulta un lugar perfecto para mantener el anonimato: la mayoría de los transeúntes son extranjeros.
 
–En alguna entrevista le he escuchado decir que Estiu 1993 era una película “necesaria”. ¿Por qué?
– Necesaria porque creo que es una muy buena película, y no hay tantas pelis que traten como Estiu 1993 el tema de la pérdida, pero que además lo traten tan bien. Y encima con niños a los que se les trata como adultos. Todo esto para mí es muy importante, casi necesario.
 
– ¿Cómo fue el tema de trabajar con una directora que, al fin y al cabo, estaba dirigiendo una película autobiográfica?
– Eso es bastante fuerte. Que fuera su primera peli me daba igual porque creo mucho en la gente que empieza, porque empieza con una ilusión que no tienen quienes llevan muchos años haciéndolo. Por un lado te entra el pánico, porque yo conocí al padre de Carla –a su tío, ahora padre–, y esa es una responsabilidad: me parezco más o menos, él es más alto que yo pero Bruna Cusí es bajita, las niñas también, así que ya cuela... Y, sobre todo, cogí la energía, porque yo tengo más energía que él y me fijé en cómo fumaba, cómo apoyaba la mano, todas estas paranoias, pero llegó un momento en que me olvidé. Lo bueno es que creo que Carla está muy contenta porque ha conseguido exactamente lo que quería hacer, y le aseguro que trabajar con niños no es fácil, pero, viendo el resultado, te quedas muy impresionado. Es maravilloso lo que hacen. El final es muy fuerte. No sé cómo lo hizo Laia Artigas [que interpreta el papel de Frida], porque yo no sé hacerlo. El otro día la estaba doblando al castellano y volví a llorar.
 
 

 
 
 
– ¿Por qué es difícil trabajar con niños?
– Es difícil porque ellos siempre tienen verdad. La niña pequeña, con ese tono con el que hablan los niños, te podría decir que un ovni la ha secuestrado y le ha hecho unas abducciones en el cerebro, y te la creerías. Y la mayor, claro, no se aprendieron nunca el texto, entonces tú siempre tienes que estar siempre a predisposición. Está muy bien porque, como actor, te olvidas de tu ego y estás ahí jugando con ellas. Las niñas tenían muy claro que era un juego, y es muy importante recordar que es un juego, y a veces cuanto más trabajamos, más se nos olvida que este trabajo es un juego, que tampoco es tan importante, no estamos operando a corazón abierto. Y los niños te obligan a jugar y a recuperar lo que hacías cuando te apuntaste a teatro y hacías Els Pastorets. Yo creo que es una maravilla porque tienes que estar ahí de verdad, te despreocupas de ti y de mirarte desde fuera, simplemente estás ahí con las niñas. Es un ejercicio que creo que me ha ido muy bien y del que he aprendido mucho.
 
– Esteve, su personaje, tiene una carga emocional muy fuerte (ha perdido a su hermana y tiene la responsabilidad, que acepta de buena gana, de criar a su sobrina), pero todo va por dentro. ¿Cómo trabajó esta parte?
– Es muy a la catalana eso. Yo soy de madre andaluza y padre catalán, y soy de sacarlo todo afuera. Había alguna escena más, que al final por montaje cayó, en la que sí se veía más su dolor, la importancia de la pérdida de su hermana, cómo la sufría; pero viendo la película, creo que es bastante mejor cómo ha quedado porque explica cosas pero no remarca ni subraya, sino que están ahí. Se trata al espectador de manera activa e inteligente. El carácter de mi personaje lo trabajé hacia adentro, sabiendo que me tenía que encerrar en el taller, fumar y pasar mi pena como pudiera. Pero es sobre todo Marga [Bruna Cusí] quien se come el marrón, y además un marrón que no es directamente suyo. Y lo maravilloso es que no sale la palabra sida en toda la película. Carla me explicó que, de pequeña, no sabía que sus padres se murieron de sida, sino que se enteró cuando tenía 15 o 16 años. Y es una palabra que no sale, y está muy bien que no salga, pero está presente.
 
– Es cierto, no se pronuncia, pero hay un par de momentos en los que se da a entender que podría ser eso. Por ejemplo, cuando se hace una herida y la madre de una de las niñas con las que estaba jugando le dice que no la toque.
– Sí, fruto del desconocimiento y el miedo que había en la época, en los 90: no hace tanto.
 
 

 
 
 
– En Cataluña estábamos acostumbrados a verle en televisión en un registro cómico y, de repente, nos brinda el dramón de 10.000 km, ópera prima de Carlos Marqués-Marcet. ¿Cómo llegó a esa película?
– Haciendo un casting. Yo acababa de romper con una pareja y eso me vino muy bien, porque la tristeza la tenía integrada en mi cuerpo muy fuertemente. La suerte fue conocer a Carlos; ahora estamos grabando la tercera película juntos, así que más contento no puedo estar. Él estaba estudiando en Los Ángeles por aquel entonces y no tenía ni puta idea de actores de aquí. De hecho, me descubrió en un vídeo en YouTube donde imitaba a Faemino y Cansado con un amigo; quería mirar a mi amigo, pero dijo: “¿y este tío?”. Y los productores le dijeron que actor, pero de comedia y él pensó que si era actor podía hacer de todo. Me hizo la prueba y nos enamoramos. Hicimos primero un teaser con Patrícia Bargalló para conseguir dinero, pero Patrícia se quedó embarazada y no pudo hacer la película, finalmente. Así apareció Natalia Tena en nuestras vidas, y ahora tengo una amiga, así que estupendo. Lo fuerte de 10.000 km es que, de golpe, en España era solo un actor dramático y en Cataluña todo el mundo me conocía como actor cómico y, después de la peli, “ah, pues mira, este chaval también sabe llorar...”.
 
– Y llora muy bien.
Sí, sé llorar muy bien. Fumar y llorar, lo clavo. El auténtico drama de la película es que el personaje de Natalia no se corre en ninguna escena. Ella nunca llega al orgasmo y yo sí. Aquí está la tragedia. A ver si Carlos me pone una escena donde pueda dar placer real.
 
– ¿Qué fue lo más difícil de grabar 10.000 km?
– Lo más fácil fue el plano secuencia, porque lo que más hago es teatro. Durante 15 minutos haces algo y es como un microteatro, además con Carlos no hay marcas en el suelo para los actores. Lo repetimos varias veces porque él quería ajustar algunas cosas, pero en ningún momento hubo fallos técnicos. ¿Lo más difícil? Actuar con un portátil no es fácil; acabas la secuencia, estás allá solo, porque quedábamos tres en la casa cuando no estaba el equipo y hacíamos las escenas de Skype. No puedes hablar con tu compañera para ver cómo ha ido ni echarte unas risas.
 
 

 
 
 
– Para finales de año está previsto el estreno de la segunda película de Marqués-Marcet, Anchor and Hope, que también coprotagoniza. ¿Qué nos puede avanzar?
– Es un peliculón. Duraba cuatro horas cuando la montaron, porque Carlos, para explicar sus historias, necesita tiempo. Y eso es muy guay porque también destina mucho tiempo a los actores. Y las películas de Carlos te pueden gustar o no, pero los actores no están mal, y eso sobre todo es mérito suyo. Te dice: “esto no lo estás diciendo bien; seguramente no está bien escrito”. No te cuestiona nunca. Es mi primera película en inglés y ha sido un gustazo. Hago de un tío de Barcelona recién llegado a Londres. Y trabajar otra vez con Natalia, Oona Chaplin y Geraldine Chaplin es un sueño. Vi el otro el montaje día final, que dura una hora y cincuenta minutos, y está muy bien. No sé si gustará más o menos, pero creo que es más película que 10.000 km.
 
– En 10.000 km quizás influyera que mucha gente se sintiese identificada con el tema de la relación a distancia. ¿Quizás no sea el caso de Anchor and Hope?
Todos los directores tienen temas recurrentes, y en el caso de Carlos son las relaciones. No se trata tanto del qué, sino del cómo y el cuándo. Esta segunda película empieza siendo más comedia y se va oscureciendo. Es una pareja de lesbianas donde una quiere ser madre y la otra no, y yo ando por ahí en medio para dar mi esperma. Como todo en la vida, empieza siendo más comedia, pero cuando tienes que tomar decisiones y asumir más responsabilidades, todo se acerca más al drama. Supongo que le ha pasado a muchas parejas que uno quiera tener hijos y el otro no. También es el texto que más me he estudiado en mi vida, porque soy muy rápido aprendiendo, pero no muy fluido en inglés. Y yo, tras currármelo, llego al set y Carlos dice: “vale, improvisemos, y sé gracioso”. Lo he pasado mal, pero he hecho de la desventaja una virtud. He tenido que volver a aprender a actuar, he hecho lo que hacemos cuando estamos en el extranjero y no hablamos bien, que gesticulamos más. Me lo he pasado muy bien haciéndolo. Lo bueno es que hago la tercera con Carlos, así que de momento no me ha expulsado de su vida...
 
 

 
 
 
– ¿Y de la tercera nos puede contar algo?
– Sí, La buena espera (o La gente se muere, no está claro cómo se va a llamar todavía) es la historia de una pareja que se conoce desde hace poco, ella se queda embarazada y deciden tener el hijo. La cosa curiosa es que hemos grabado un embarazo real y que los actores que interpretamos estos personajes somos pareja en la vida real, pero no somos nosotros, no es un documental. Yo hago de un abogado, que es la cosa más sosa del mundo, y María [Rodríguez] encarna un personaje mucho más de barrio. Tenemos que rodar muchas cosas todavía. Es una peli más punki. 10.000 km era un experimento perfecto de matemáticas de dos espacios, dos cámaras, dos actores, doble secuencia, continuidad de relaciones, todo más cerrado. La segunda película de Carlos es algo más grande, con muchos exteriores y personajes. Y esta vuelve un poco a la reducción, pero mucho más punki: cámara en mano, más como documental sin serlo. Es como el final de una trilogía de las relaciones.
 
– ¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con su pareja real?
– Muy bien, muy fácil. Nos conocimos trabajando, de hecho. Ella es muy buena actriz. Nos reímos mucho.
 
– ¿En qué formato se siente más cómodo?
– Donde más me gusta trabajar es en el teatro. Sin duda, además. Empecé haciendo teatro, me gusta mucho que se ensaye, tomármelo con la calma, poder evolucionar, que cambie cada noche. Ahora tengo dos obras previstas, en el Poliorama con Mar Ulldemolins y en el Nacional con Miki Esparbé, de quien soy muy amigo e incluso llegamos a vivir juntos, y ahora que ha vuelto después de hacer 36 películas en Madrid, tengo ganas de verle y hacer teatro con él, que es algo que no hemos hecho nunca juntos. Al mismo tiempo, cada vez me da más miedo hacer teatro. Como decía antes, se te va olvidando que es un juego. Y cada vez tengo más nervios. En cambio, en el cine, como es todo muy nuevo, lo estoy como descubriendo; no conoces tanto las reglas y eso mola. En la tele también me lo paso muy bien y ahora me gustaría probar con el doblaje. Me atrae hacer un poco de todo y hacerlo bien.
 
 

 
 
 
– ¿Qué registro le gusta más?
Los perdedores me gustan mucho. No sé si sé perder en la vida, yo creo que sí, pero en la interpretación mola mucho. ¡Los antihéroes son tan guays! Luego me obsesiona bastante lo de los cambios de imagen. No he hecho ninguna película con bigote: hice una con barba y en No culpes al karma llevaba perilla. Me obsesiono mucho con los cambios de imagen y ya no sé qué más hacer, a menos que me rape las cejas...
 
– ¿Le atrae trabajar en alguna producción extranjera?
– Sí. Y algo que me gustaría muchísimo es una serie de gran presupuesto tipo HBO o Netflix, o aquí en Movistar Plus. Pasa que en este momento de mi vida quizás no me va muy bien irme mucho tiempo a rodar, no sé, a Colorado. Pero una serie de estas que acabas haciendo diez películas de 50 minutos me gustaría mucho, con una evolución del personaje. Ahora bien, tendría que hacer de latino, y por el momento me faltan el cuerpo de latino, el tatuaje y el tríceps...
 
– Además de en teatro, cine y televisión, participó en Les coses grans, la webserie de Roger Coma. ¿Le gusta el formato?
– Sí, porque es el tipo de serie que nunca podrías hacer en la televisión, porque ahí siempre te piden que tus personajes cumplan determinados perfiles, que no digas "subnormal" o que evites hablar de pajas. En Les coses grans no pasaba nada, pero pasaban muchas cosas. Y yo me río muy poco leyendo un guion, pero cuando me pasaron el texto reí mucho. No tenía que hacer nada, solo permanecer serio y hacer las frases con un punto al final. Mi personaje iba de gurú, pero es un perdedor también. Era una cosa de autor que no tenía por qué gustar a nadie y acabó gustando mucho. Hicimos dos temporadas y ahora con Roger estamos grabando otra cosa que creo que se llamará Les molèsties. Con él también es aquello de "Si tú me dices ven, lo dejo todo".
 
 

 
 
 
– ¿Qué tipo de cine le gusta más?
– Me gusta bastante todo. Es decir, puedo ver Mustang o El Hijo de Saúl y llorar mucho y emocionarme. Pero tengo dos pelis favoritas: Annie Hall y Señora Doubtfire. Me flipa el cine familiar bien hecho que se hacía antes. O también las de superhéroes, quizás porque es un cine que yo sé que no podré hacer nunca. Y pagaría por poder interpretar un superhéroe que volara y que mi hija me viera volar en pantalla. O los thrillers de acción. Pero, si no tengo ni carné de coche, ¿cómo voy a hacer un derrape? Tengo cuerpo para hacer de zombie, pero no para matarlos. No me veo en una pelo de acción, pero, sobre todo, no me ven.
 
– ¿Cuándo decidió que quería ser actor?
Yo de pequeño quería ser médico, pero pensé en la sangre y, como soy muy aprensivo y siempre creo que me voy a morir, decidí que no. Empecé a hacer teatro a los 9 o 10 años, y la verdad es que desde pequeño lo tenía muy claro. Con siete ya había visto en Malgrat de Mar una versión amateur de El enfermo imaginario, de Molière, y pensé: “estaría bien hacer esto”. Sobre todo, quería un trabajo que no fuera repetitivo y que me permitiera relacionarme con la gente. Lo de estar en una oficina encerrado me parecería muy difícil. Hay una parte de timidez y otra de egocentrismo en este trabajo, creo.
 
– ¿Y a usted cuál le atrae más?
– Creo que el equilibrio interesante es no dejar de hacer nunca lo que crees que tienes que hacer, pero no creerte lo que haces: la mezcla justa entre "lo que estoy haciendo está bien" y no mirarte el ombligo. Igual es algo muy Paulo Coelho lo que acabo de decir, pero es esta combinación.
 
– ¿En casa tenía referencias artísticas?
– No, mi madre es profesor de yoga y mi madre. contable. Mi abuelo hacía mucho el tonto y yo me reía mucho con él. Cada domingo me llevaban a ver teatro, pero soy el primero de la saga.
 
– Su hija, en cambio, es hija de actores.
– Seguramente, con el nombre que tiene, acabará trabajando en La Caixa. Me parece muy bien que acabe trabajando en La Caixa. Que haga lo que quiera, eso está clarísimo.
 
 

 
 
 
– ¿Le apoyaron cuando dijo que quería ser actor?
– Totalmente. Tenía miedo porque me apoyaban mucho, y pensé: "y si no sale, ¿qué hago?". Pero he tenido la suerte de poder malvivir y vivir bien de este trabajo desde los 21 años. Y tengo 33, así que me doy con un canto en los dientes.
 
– ¿Qué le gusta hacer cuando no trabaja?
– Cosas muy triviales. Soy hombre de costumbres, y como el trabajo no lo es mucho, me gusta ir a tomar el café al mismo sitio, leer el diario en el mismo sitio, esta cosa casi aburrida, me gusta repetir patrones, tener una vida tranquila. Lo que me vuelve loco y donde a veces se me va el dinero es en comer bien. Me flipa. Estar con amigos, la conversación, los bares donde puedes tomar algo y hablar. Antes leía mucho, pero, para ser sincero, hace como dos años que no leo cosas que no sean del trabajo y me tengo que poner las pilas, porque yo antes me lo leía todo. Josep Pla decía que el que leía novelas después de cumplir los 30 o los 40 años –no lo recuerdo– era imbécil, y no me queda tanto para los 40. También me gusta mucho coleccionar libros de teorías del humor, que relacionan el humor con la filosofía. Y la magia también me gusta. Como soy hijo único, cuando me aburría de pequeño leía libros de magia e intentaba hacer trucos. Luego descubrí la masturbación y dejé la magia; la prestidigitación pasó a ser otra
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