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28-04-2017 Versión imprimir

 
 
El periplo iniciático 
de Francisco Ortiz
por Argentina

 
El actor madrileño relata el viaje de mayor impacto emocional: en 2007, con su madre y hermano por el cono sur
 

Fue un viaje organizado que surgió por iniciativa de mi madre, que tiró la casa por la ventana para llevarse a sus dos hijos a todo trapo. Mi padre había muerto pocos meses antes y nos daba vértigo pasar aquí las primeras Navidades sin él. Como esa ausencia lo invadía todo, pensamos en Argentina porque figuraba entre sus destinos pendientes, fue una especie de homenaje.
 
   Nunca había cruzado el Atlántico antes. El recorrido fue precioso, ¡con nueve vuelos para cubrir las distancias! Ahora que me he movido por mi cuenta, hubiera hecho las cosas de otra manera, puesto que la aventura acabó siendo muy cara. Pero mi madre quería llevarlo todo hecho. Y se lo agradezco: fuimos de la manita de unos guías que trabajaban con rigor.
 
 

 
 
 
   Aquel 2007 entré en la RESAD, así que a los 21 años mi vida ya estaba orientada a la interpretación, por eso me fascinó tanto el ambiente artístico de Buenos Aires. Vi el Teatro Apolo. Y también El Ateneo, un antiguo coliseo que hoy es cafetería y librería, la típica resurrección entre el delito y el acierto [risas]. La capital es la otra cara de un país agraciado con las mayores expresiones de belleza natural que uno imagine. Los porteños están jodidos. La desigualdad social me pareció abismal: a un lado de la calle ves a una niña descalza con los pies en un charco y en frente aparca su Ferrari el cliente de un restaurante. En ese contexto impacta cómo aman la vida los argentinos, su sentido del humor, la frivolidad a la hora de hablar sobre ciertos temas…
 
   Dejamos la ciudad con rumbo a la Península Valdés, una reserva famosa por reunir desde leones marinos a ballenas. Me acuerdo con especial cariño de una zona llamada Punta Tombo, hábitat para una comunidad de pingüinos cuyas familias permanecen unidas de por vida.
 
 
 

 
 
 
   Otro avión nos llevó después a Ushuaia, la ciudad austral por antonomasia, en el archipiélago de Tierra del Fuego, un lugar para desterrar a presos en el pasado. Pero más me interesaba El Calafate, donde se ubica el Perito Moreno. Me gustó tanto que me marché con tristeza por pensar que no lo vería de nuevo. En la carretera hacia famoso glaciar pasamos con la furgoneta por la Curva de los Suspiros, conocida así con motivo, pues justo en ese punto te topas de frente con la lengua de hielo tras un buen rato de expectación. El lugar me trasladó al origen, a los tiempos de los dinosaurios, me pareció un viaje en el tiempo. Y uno se siente intruso ante esa bestia inmensa que se mueve y expresa muy lentamente.
 
   Celebramos la Nochevieja en una zona vacacional de Bariloche, entre los bosques que cubren las faldas de los Andes al sur del país, donde la gente esquía en los meses de invierno. Ese mismo día hicimos rafting en el río Manso. El cambio de año fue diferente a los demás: no hubo manera de comprar uvas, la cuenta atrás apareció de pronto en una pantalla del comedor con la cena sin terminar… Me parecía un poco friki pasar esa noche en un hotel, junto a turistas de muchas partes del globo que nada tenían que ver conmigo. Pero trabamos amistad con dos mujeres maravillosas que formaban la primera pareja homosexual que se casó en Galicia. ¡Salieron en el periódico! Tenían un bagaje vital y una cultura impresionantes. De esa gente con la que te irías al fin del mundo o con la que volverías hasta el fin del mundo. Al aterrizar el primer día cruzamos cuatro palabras y eso bastó para hacer juntos el circuito entero.
 
   El periplo concluyó en las cataratas de Iguazú, que sobrevolamos en helicóptero. El río discurre por la selva con un color rojizo debido a los materiales que suelta la propia tierra. ¡Parecía Apocalypse Now! [risas] Todo el rato tuve la impresión de que estaba en una película, inmerso en algo con lo que siempre había soñado. ¿Lo malo? Que el vuelo es demasiado caro para una vivencia tan efímera. Te gustaría estar ocho horas y a los 20 minutos te han soltado. Uno de los recorridos peatonales tiene una pasarela que te deja justo en el centro de las cascadas, sientes que se te viene encima tantísima agua con esa fuerza apabullante. En ese instante se activa un sexto sentido que trasciende los demás.
 
 

 
 
 
    El retorno a España fue un estrés de la leche por culpa de los retrasos. En dirección al aeropuerto de Buenos Aires vimos las consecuencias de un atropello que me marcó, ya que la policía mantenía al descubierto el cadáver en una postura antinatural. Jamás había visto carne así de retorcida y quemada por el roce del asfalto de aquella autopista tan ancha y con semejante barullo de coches. Se parecía a las de EEUU. La imagen se me quedó grabada de por vida, quizá porque a raíz de la pérdida de mi padre me venía abajo enseguida.
 
Huella de una Cuba nada paradisiaca
Si tienes el objetivo desmedido de conocer el planeta en que has nacido, más allá de tu país, es inevitable que se convierta en una frustración. Aunque gustosa, eso sí. Yo me siento más hijo de esta tierra que padre de ningún hijo, por lo que ahorraré dinero con afán sobre todo viajero. Ya me he buscado la vida con amigos en destinos lejanos, pero siempre hemos seguido rutas asociadas a un calendario. Ahora me apetece moverme sin un rumbo claro y poder quedarme en un sitio durante una temporada. Tal vez me vaya con mi novia por toda Sudamérica para rematar luego con formación interpretativa en Buenos Aires. ¡Esos actores saben mucho y no nos enteramos!
 
 
 

 
 
 
    Si hay un viaje comparable al de Argentina, es el de hace dos años por Cuba con mi chica. Aquel me sirvió para contemplar paisajes; en este cambié mi perspectiva vital junto a quien amo de verdad. Entramos en contacto con las dos caras de la realidad autóctona: gente a la que le benefició la Revolución y gente a la que le perjudicó, por qué los españoles fuimos a allí y por qué los cubanos vienen aquí… El dueño de un bar cercano a mi antiguo domicilio de Madrid nos ofreció la casa de su propia madre en el barrio habanero de Miramar para alojarnos. Y la señora nos trató de maravilla, todos los días nos despertaba con un mango y un café. Se lo agradecimos comprándole una túrmix en la única tienda de electrodomésticos que encontramos; así podía sustituir la que ya tenía rota.
 
   Salíamos a patear las zonas menos turísticas, La Habana de a pie, llena de vecinos con ganas de contarnos por qué viven así. La carta de racionamiento incluye en torno a una libra de aceite, medio pollo al mes y un kilo de leche en polvo, lo cual se torna dramático en el caso de ancianos sin la fuerza necesaria para la picaresca. Los jóvenes se pasan el día inventando trucos para poder conseguir cosas. Esa gente vive el presente de verdad, solo tiene en mente la supervivencia.

 
Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo 
 
 
 

 
 
 
(*) Quienes revivieron los episodios más truculentos de nuestra historia reciente a través de la serie El Caso. Crónica de sucesos (TVE) recordarán a Francisco Ortiz en la piel del policía Miguel Montenegro, que ayudaba al periodista Jesús Expósito (Fernando Guillén Cuervo) mientras realizaba sus investigaciones para la cabecera por antonomasia de la crónica negra. Pero la exitosa irrupción televisiva de este madrileño se produjo en 2014 (El secreto de Puente Viejo). Próximamente estrenará la película Golpe maestro, donde le acompañan Antonio Garrido, Ingrid García Jonsson, Felipe García Vélez, Marian Aguilera… De orígenes teatrales, en 2011 optó a mejor espectáculo revelación en los Premios Max por su primer montaje, Naranjas exprimidas. La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico le fichó para iniciar su andadura con La noche toledana y renovó su confianza en él cuando Lluis Pasqual dirigió El caballero de Olmedo. Hasta febrero descifró con el Centro Dramático Nacional los secretos familiares de Los Gondra (una historia vasca).
 
 
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