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27-09-2013 Versión imprimir

 
 
Dunia Ayaso y Félix Sabroso

“Nuestra casa fue un hostal: 
siempre se quedaba alguien a dormir”


Pareja creativa y afectiva, habían hecho del debate hogareño el aliño de su éxito. Se quitaban la palabra para darse la razón y el halago
 


 
Esta entrevista, celebrada el 11 de junio de 2013, se publicó en el número 35 de la revista AISGE ACTÚA. El mundo del celuloide recibió con dolor y rabia este pasado 28 de febrero la noticia del fallecimiento de Dunia Ayaso, mujer arrolladora, encantadora, imparable. Imparable hasta que la enfermedad la doblegó. Tenía 52 años y muchos proyectos todavía en mente. Sirva esta página como sincero homenaje de AISGE a la desaparecida realizadora y a toda su gente más cercana. 




JAVIER OLIVARES
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Como Las Palmas se les quedaba pequeña, sucumbieron al reclamo del efervescente Madrid del 92. “Aquello era el rococó de los 80”, resume Félix Sabroso, pareja de Dunia Ayaso, oriunda como él de los 60 y de Canarias. Se involucraron en el grupo de teatro Diabéticas Aceleradas y tomaron la noche madrileña por el neón del cabaré. Semejante desparpajo les abrió la puerta grande a la troupe de Almodóvar. Su segundo largo, Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí, fue un taquillazo. Seis películas, dos series, algunos cortos y varias obras de teatro después, es hora de hacer balance.

– ¿Tienen más influencias de la calle que de otros directores?
Dunia. Sin duda. Nuestra primera película, Fea, refleja lo que vimos en aquellos 90. El bombero, el del guardarropa, el camarero… todos decían ser actores.
Félix. Todo lo que tenía que ver con la sociedad del éxito, los Juegos Olímpicos y la Expo, el interés por el cine y los directores jóvenes… era un nutriente de lo que queríamos contar. Hoy, como entonces, nuestra casa es un hostal: siempre se queda alguien a dormir, siempre hay una cena o una fiesta. Imposible no empaparse de todo.

– Dicen que sus rodajes son también fiesteros.
D. Solemos divertirnos. En Perdona, bonita… nos reímos mucho. Nos encantó que apostaran por nosotros, ¿sería la felicidad del provinciano? En el de La isla interior, rodada en Canarias, íbamos todo el equipo a la playa, cenábamos juntos, tomábamos un vino…
F. Esa película fue intensa emocionalmente: se cruzó la muerte de mi padre, costó años sacarla y la rodamos en escenarios de nuestra vida. Salían casas y familiares, incluso. Era como un hijo. La adrenalina de los rodajes, solo por verte en el ajo, ya es motivo de celebración. Cuando llama un productor, nunca nos lo creemos hasta que empezamos. Ahí soy feliz.

 

– ¿Discuten mucho en el trabajo?
F. Muchísimo. Somos muy dispares. Yo soy metódico y Dunia se queda inmersa en la creatividad, sin controlar los tiempos. Así hay que ser. No medir…
D. Sí mido…. Me sorprende que digas eso, estoy en lo que estoy. Ha habido días catastróficos que hemos debido dejar la secuencia para otro día.
F. De estas divergencias nacen los proyectos. Casi nunca estamos de acuerdo. Siempre cede uno o uno convence al otro. Y eso lo sufre el equipo en directo.
D. Se dice que Canarias está vinculada a Venezuela, y es cierto: gritamos como en las telenovelas.

– ¿Alguna vez han necesitado separarse físicamente?
F. Al acabar el rodaje y Dunia me odia, se va a Canarias. Pero en un par de días hablamos por teléfono y nos acercamos: o yo voy o ella se vuelve.
D. Durante el rodaje o el montaje es duro. En la obra La Gran Depresión [con Bibiana Fernández y Loles León] éramos tres mujeres de carácter; amigas nuestras, pero con criterios estéticos o actorales distintos.
F. En casa seguíamos discutiendo. Y eso no podía ser. Hay que poner distancia.
D. Yo me desgasto con ese día a día. Pero hemos llegado a un consenso: hacemos trabajos creativos, no solo para comer. Si alguna vez no hago lo que me gusta, abro una tienda de perritos calientes en Las Palmas y se acabó. O me voy a hacer documentales al sur de la isla. No puedes ofrecer al público cualquier cosa.

– ¿La crítica de ‘El grito en el cielo’ fue demasiado dura?
D. Nos hirieron mucho, porque éramos muy primaveras. A alguien le molestó el éxito de Perdona, bonita...
F. Me dieron en el epicentro de la autoestima y la inseguridad. No sabía por dónde tirar. Pero nada viene mal: hicimos más teatro, impartíamos cursos, colaborábamos en prensa, hicimos la serie Quítate tú pa’ ponerme yo… Al regresar al cine con la película Descongélate, producida por El Deseo, éramos otros.  

 

– Su última obra de teatro, ‘Lifting’, cuenta con actrices televisivas.
¿Alguna ley no escrita obliga a tener alguien de la tele en el reparto?
F. Hay una relación directa con el patio de butacas, que responde mejor. Pero últimamente existe una tendencia a meter a personajes del Sálvame. En The Hole han puesto a Rosa de Benito cantando, y llenaba. Eso tiene un peligro, claro.
D. No lo creo. Hay gente para todo. Debes contar con la complicidad del público. Calderón, Lope y Shakespeare tenían como eslogan “Prohibido aburrir”, pero eso no está reñido con los hermanos Álvarez Quintero y su crítica social, su fondo.
F. Hay grandes obras que no son ligeras, pero tampoco densas. Mira David Mamet.

– ¿La crisis agudiza la creatividad?
F. Sin duda. Son ejemplos el Microteatro, espacios como La Casa de la Portera… o gente que rueda sin mucho dinero, como Isabel Coixet o Cesc Gay. Otros ruedan para Internet. Son vehículos alternativos para expresarse, si pueden autofinanciarse. Caminamos hacia algo que sucedió en los 80 con la música. Las discográficas no diseñaban al grupo; se acercaban a los más seguidos: Radio Futura, Alaska...
D. Los productores deberían mirar ahí: gente que hace crowdfunding, teatro en pequeñas salas, sketches colgados en Youtube… Si no, el personal se va a dar cuenta de que por amor al arte no merece la pena trabajar.

– Los monólogos, de los que ustedes fueron pioneros con Antonia San Juan, se han convertido en una churrería.
D. Efectivamente. Hay canales enteros consagrados a ello. Y son monólogos porque habla una sola persona. Pero hay anónimos que lo hacen mejor en el bar.

– ¿Trabajar a medias potencia la psicología actoral?
D. Sí, sí. La fortalece. Nos tiramos tres horas hablando de cómo debería hablar un personaje, por ejemplo.
F. Y somos intolerantes con el filtro excesivo del productor. Nos ponemos a la defensiva. Dunia es peleona, yo tiro más del piloto automático. Si quedas en silencio, le desarmas.

– ¿Otros hermanos como los Coen o los Wachowski se reparten el trabajo como ustedes?
D. Los Coen han terminado dirigiendo uno y produciendo el otro. A pesar de que su sentido de la estética es el mismo.

– ¿Conocen a otras parejas de colegas?
F. Hay una serie americana en la que él escribe y ella dirige. Como nosotros: yo me oriento cada vez más a la escritura y Dunia, a la dirección. Ella es feliz en un plató y yo ante el ordenador.

– ¿Cobran caché doble?
D. Desgraciadamente, no. Me pongo cabezona al negociar. Sé qué tipo de producción lleva cada cosa y los precios del mercado, con toda honestidad. Sin contar que somos dos, que viene Hacienda, y que la promoción y los festivales requieren vestuario y disposición para no hacer otras cosas en ese tiempo.
F. Ella negocia bien.
 

 
 
 
ETIQUETAS Y PROYECTOS

Una referencia arcoíris
A Dunia Ayaso le molesta que pongan el apellido petarda a alguna de sus comedias. “El primero que lo dijo lo hizo con intención peyorativa. Y era algo facilón. En Canarias, petardo es sinónimo de absurdo”, exclama Dunia. “El término se acuñó como algo ligero, colorista, cercano al mundo gay, pop”, puntualiza Félix. De la obra de estos canarios cuelga por extensión la etiqueta de referencia gay. “Tenemos mucho público heterogéneo, y nosotros somos muy maricas en la forma de hablar. Nuestro compromiso es con el esteticismo”. Una vez más, sus objetivos se complementan: Dunia Ayaso está loca por volver al cine. “Al menos en Canarias, algo haré, sin mayor pretensión que rodar. Tengo amigos con productoras”. Félix sigue escribiendo: estrenan en el teatro Alfil un espectáculo con textos breves de diversos autores, con cuatro piezas. “Y no paramos de depurar ideas”. No hace falta llamar al notario. Damos fe.
 
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