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Ilustración: Luis Frutos
 
Lo que el viento se llevó


EDUARDO MENDOZA

Pregunta: ¿ha sido el cine lo que para mi generación ha condicionado nuestro modo de entender el mundo? A veces, al hacer balance, me lo pregunto.

   Como la mayoría de los seres humanos, la primera vez que fui al cine aún no había nacido. Fue así: a finales de 1942, muchos años antes de su estreno oficial en España, se proyectó en Barcelona, a puerta cerrada, para un grupo selecto, Lo que el viento se llevó. No sé por qué razón mis padres asistieron a esa memorable proyección; mi madre estaba embarazada y mi padre, que no era aficionado al cine, no pudo negarle ese capricho. Como la película se proyectó en versión original sin subtítulos, mi padre, que no sabía inglés ni había leído la novela, no se enteró de nada, se aburrió cuatro horas sin parar y salió diciendo que le había parecido un tostón cursi y estúpido. Por supuesto, a mi madre, que sí había leído a Margaret Mitchell y que idolatraba a Clark Gable (y a Leslie Howard, pero menos), la película le encantó. Cuando, años más tarde, fui por mi propio pie a ver Lo que el viento se llevó, comprendí a mi madre pero coincidí con mi padre. Luego la he visto infinidad de veces en la televisión, a trozos, distraídamente, y sigo pensando que sólo valen la pena unas cuantas escenas sueltas: el incendio de la estación de Atlanta, el juramento que acompaña la ingestión de un boniato crudo y poca cosa más.

   En un pasaje de sus diarios íntimos, Eva Braun, amante y esposa in artículo mortis de Adolf Hitler y apasionada del cine, como su ilustre pareja, dice haber visto, también en sesión privada, Lo que el viento se llevó. Conmovida hasta la médula, Eva Braun confiesa haber tenido ensoñaciones en las que se veía a sí misma como Scarlett O’Hara, febrilmente transportada escaleras arriba (al dormitorio, con lascivia) en los brazos de su amado Adolf, por aquellos días más ocupado por la blitzkrieg en Francia que por los arrebatos eróticos en Tara. No sé si sustituir a Clark Gable por Hitler le habría parecido una buena idea a David O. Selznick; pero lo interesante del caso sería averiguar por qué ni siquiera una persona con una vida tan intensa como Eva Braun pudo resistirse a la chulería de Rhett Butler. En el caso de mi madre, sumergida en la sombría e incierta vida de aquella España, y encima embarazada, una breve fuga al mundo de la fantasía se me hace más disculpable. Lo que me cuesta admitir es que dos mujeres en circunstancias tan distintas reaccionaran de la misma manera. ¿Tienen algo en común todos los espectadores (femeninos o masculinos, lo mismo da) o las películas se pueden ver de modos muy diferentes? La respuesta no me parece banal, en la medida en que determina el papel creativo o simplemente pasivo del espectador de cine que somos todos.

   No trato de buscar la respuesta en el testimonio fugaz de dos mujeres diametralmente opuestas, ya desaparecidas y que seguramente poco más podrían añadir a lo que dijeron en su momento, sino en mí mismo, y en relación con una película que valoro poco pero cuya dimensión emblemática no puedo ignorar. Y tampoco mi juicio es imparcial por muchas razones: el recuerdo de mi madre evocando aquel momento feliz del sórdido invierno del 42, con los gruñidos en sordina de mi padre; el momento en que vi por primera vez la película a sabiendas de que iba a ver un monumento de gran valor histórico; las sucesivas, fragmentarias y distantes visiones de la película en la televisión una tarde de domingo. Aunque no comparto el dogmatismo de los que repudian ver películas en la televisión, sí creo que la épica requiere espacios abiertos y sólo funciona en la sala oscura de un cine. La televisión, no tanto por sus dimensiones como por estar rodeada de muebles y objetos familiares, reduce las escenas a los individuos y sus acciones inmediatas.

   Volviendo al tema que nos ocupa: ¿le atraía a Eva Braun la idea de ser arrebatada por un macho sin más trámites o le atraía más la idea de ser el centro de atención de una sociedad racista y cómplice de un fulano como Rhett Butler, socio fundador del Ku Klux Klan, que simulando ir de putas con los amigos sale por las noches a matar negros? Puede ser una cosa, la otra o una suma de las dos. En cualquier caso, Lo que el viento se llevó no es eso o no es sólo eso. También es una historia de guerra sangrienta y paz difícil contada por una mujer, cuya conducta personal puede ser cuestionable desde el punto de vista ético, pero cuya repugnancia por el salvajismo de la guerra y la violencia masculina no deja lugar a dudas; una mujer que va a tener que luchar para reconstruir un mundo devastado por la guerra civil (americana o española, todas son la misma).

   Lo que antecede no es una crítica cinematográfica sino una reflexión sobre la trascendencia o, por decirlo en términos menos pretenciosos, sobre la forma en que el cine se cruza en nuestras vidas y en la historia de maneras curiosas e inesperadas. Una reflexión difícilmente lleva a conclusiones definitivas. Además, no quiero mentir: empecé a escribir este artículo a finales de 2012, cuando se cumplían 70 años de aquella memorable sesión a la que asistieron mis padres y, según cómo se mire, también yo. Ha llovido mucho desde entonces, y ahí siguen Scarlett O’Hara y Rhett Butler, diciendo y haciendo simplezas, ofreciéndonos los parámetros sobre los que vamos a construir nuestra visión del mundo.

 
 
Desde su primera novela, la innovadora ‘La verdad sobre el caso Savolta’ (1975), Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es uno de los autores más admirados y leídos en lengua castellana. Ha alternado siempre obras de calado (‘La ciudad de los prodigios’, ‘Riña de gatos. Madrid, 1936’, premio Planeta en 2010) con otros títulos de vocación satírica, como ‘Sin noticias de Gurb’ o la reciente ‘El enredo de la bolsa o la vida’ (2012), cuarta entrega de un detective anónimo y majara
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