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15-02-2017 Versión imprimir

 
El lujo del olvido
 
 
Se cumplen 25 años de ‘Beltenebros’, la película de Pilar Miró sobre la novela de Muñoz Molina que se convirtió una de las mejores fusiones españolas entre cine y literatura
 
 
JAVIER OCAÑA
“Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”. La frase inicial de Beltenebros ha quedado como uno de los mejores comienzos de la literatura española contemporánea. El misterio de una acción, de unos ideales y de un compromiso político se encerraban en unas palabras que luego darían paso al inolvidable personaje del capitán Darman, un exiliado político en Inglaterra tras nuestra Guerra Civil. En realidad es agente secreto de una organización antifranquista al que encargan, como ya hizo tiempo atrás, que vuelva a eliminar a un traidor entre sus compañeros.
 
   Beltenebros se publicó en 1989 y se convirtió en un fenómeno literario, así que el avispado productor Andrés Vicente Gómez pensó en ella en términos de película y se la confió a una mujer que poco antes hubo de dejar la política: Pilar Miró (Madrid, 1940-1997). Veterana realizadora de televisión y directora de cine, en dos etapas se había involucrado en la Administración, primero como directora general de Cinematografía (1982-85) y luego como directora general de RTVE (1986-89). Miró llevaba cinco años sin rodar y había dimitido tras la acusación de utilizar para vestuario un dinero público que ella consideraba de representación. Fue absuelta en un juicio y vio en el ofrecimiento del productor una gran oportunidad para hacer lo que más le gustaba: colocarse tras la cámara. Y así legó a la posteridad una cinta pulcra, creativa, de gran poderío visual, madura, inteligente, de cine negro de corte clásico y abierta al tema de la memoria histórica.

 
   A ella se unen en la escritura del guion Mario Camus y Juan Antonio Porto, que cambian el punto de vista por el descarte de la primera persona. Rodada en inglés con intérpretes internacionales, Beltenebros se abre con un plano secuencia de tres minutos que ya homenajea al negro americano, a la manera de Sed de mal. Y a partir de ahí, cabalgando entre dos épocas distintas, los años cuarenta y los sesenta, se articula un filme protagonizado por el inglés Terence Stamp, muy creíble a los cuarenta y tantos y a los sesenta y tantos. El intérprete gozaba de absoluto reconocimiento por sus trabajos en películas mayúsculas como El coleccionista (de William Wyler), Lejos del mundanal ruido (John Schlesinger) o Teorema (Pier Paolo Pasolini), además de por dar vida a uno de los villanos de Superman y Superman II. Era dueño de un rostro y una mirada tan inquietantes como atractivos.
 
Ruegos a Hopkins
Lejos habían quedado las primeras intenciones de Miró de contratar a Anthony Hopkins, al que llegó a enviar una carta de ruego que aparece completa en las páginas de Pilar Miró: Nadie me enseñó a vivir (Diego Galán). Entre otras cosas, aquel texto decía: “He analizado tanto tu trabajo que podría imitar tus gestos (...). Cuando nos vimos en Londres solo necesitaba saber si nos entenderíamos por encima del idioma”. Para encarnar a la prostituta Rebeca Osorio contó con la también cantante Patsy Kensit, solvente como artista de cabaret, pues en una escena debía entonar el mítico Put the blame on Mame de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946). Esa secuencia la planificó Miró de forma idéntica a la Vidor en su obra hollywoodense, que también era cine negro clásico. “Es una copia literal, pero no por el gusto de copiar, sino porque el espectáculo en el que trabaja Rebeca es una copia de una película que en aquella época estaba marcando a este país”.
 
   Miró no hablaba inglés y se preparó para una filmación quizá difícil. Pero una vez más demostró su personalidad. Durante el rodaje aclaró a su traductor, Owen Thompson, que su consistía en decir “exactamente” lo que ella fura diciendo en cada momento: “Nada de diplomacia británica. Si digo ‘Vete a la mierda’, di exactamente eso en inglés, no suavices nada”. Y Thompson tuvo que hacerlo. Como cuando en la escena del tango de Kensit con Stamp, este no acababa de cogerle el hilo pese a haber recibido clases. Miró ordenó al protagonista que pegara su cuerpo al de la mujer, sin un centímetro de separación, por lo que se adoptó un tono explícito al hablar a su paciente traductor: “Dile que esta chica debe gustarle tanto que se le ponga gorda. Díselo sin refinar nada”. Así era Miró: en vena.

 
   Trasladar al celuloide a un gran autor, y Muñoz Molina empezaba a serlo, no era nuevo para Pilar. De hecho, antes de la llamada de Andrés Vicente Gómez, su pretensión era rodar El temblor de la falsificación, una adaptación de la novela de Patricia Highsmith que había escrito junto a Antonio Larreta. En tiempos anteriores ya llevó al cine nada menos que a Émile Zola (La petición) y Goethe (Werther), mientras que en pequeña pantalla rubricó entregas de Estudio 1 tan importantes como Deseo bajo los olmos (Eugene O’Neill) y adaptaciones de grandes títulos de la literatura al modo de los telefilmes actuales: Humillados y ofendidos (Dostoievski) o La feria de las vanidades (Thackeray).
 
   “Cuando Muñoz Molina leyó el guion le pareció aceptable, cuando vio el primer montaje no puso ninguna objeción y al final me dijo que esa era su novela”, declaró la directora. “Hay casos felices en los que el escritor no solo admira sin reservas la película que han hecho de su libro, sino que además llega a reconocerlo en ella (...). Cuando escribo no imagino las caras de mis personajes (...), pero en cuanto se apagaron las luces en aquella sala de proyección en la que Pilar Miró estaba sentada en silencio muy cerca de mí y vi a Terence Stamp, supe que el suyo era el rostro del capitán Darman”, reflexionaba el novelista jiennense en un texto que incluía el programa de mano de los cines Renoir de Madrid.
 
Premios y regustos amargos
Presentada con excelentes críticas en el Festival de Berlín, obtuvo un Oso de Plata a la contribución artística y a la calidad cinematográfica. Seguro que tuvo mucho que ver el deslumbrante –por sombrío y adecuado– trabajo de Javier Aguirresarobe al frente de la fotografía. Beltenebros acumuló también 10 candidaturas a los Goya y materializó las de fotografía, montaje y efectos especiales. Las estatuillas más codiciadas se las llevó aquel año Amantes. “Este premio significa mucho para mí”, afirmó Miró en Berlín, “porque hace que mi vuelta a lo que considero mi verdadera vocación sea más firme. He hecho una película de género, pero no elegí para hacerla el camino fácil. Ahora compruebo que no me arriesgué en vano”. Los sinsabores políticos habían dejado un regusto amargo que ahora comenzaba a desaparecer.
 
   “Olvidar es un lujo, Darman”, podría haberle dicho el comisario Ugarte, ese cazador tranquilo que carece de pasado y al que interpreta José Luis Gómez. Miró, con el corazón grande y enfermo, moriría de un infarto seis años después.
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