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06-04-2017 Versión imprimir
Michael Jackson y su 'Thriller'
Michael Jackson y su 'Thriller'
 

Cuando la música se hace cine
 
Algunos de los mejores realizadores españoles e internacionales dieron sus primeros pasos con el videoclip. El género empezó como mero instrumento promocional, pero ahora aporta cada vez más arte cinematográfico
 
 
PEDRO DEL CORRAL
Allá por 1983, Michael Jackson estaba en la cresta de la ola. Su álbum Thriller ocupaba los primeros puestos de las listas de ventas de todo el mundo y sus dos primeros sencillos, Beat it y Billie Jean, copaban las televisiones y radiofórmulas. Sin embargo, el rey del pop buscaba algo diferente, algo con lo que romper los esquemas.  La película de John Landis Un hombre lobo americano en Londres le despertó la curiosidad por la imagen y desde ese instante quiso imprimir un sentido visual a sus letras. El disco había llegado a las tiendas un 30 de noviembre de 1982. Justo un año después, Landis recibió la llamada de Jackson para dirigir la historia de la canción que daba nombre al trabajo.
 
   “En Estados Unidos el videoclip representa una cantera, una escuela de aprendizaje con más libertad creativa y menos presión presupuestaria que la publicidad y el cine”, explica Jesús Hernández, director creativo de la productora Nysu. Muchos de los grandes directores del cine actual comenzaron así: pensemos en Michel Gondry, que dirigió a Björk para la canción Human behaviour; Sofia Coppola (Chloroform, de Phoenix) o David Fincher (Vogue, de Madonna). “Es como una formación continua donde aprendes a relacionarte con la industria”, abunda Hernández.
 
 
Madonna
Madonna
 
 
 
   Jonathan Demme afrontó El silencio de los corderos tras rodar The perfect kiss, de New Order; Brian DePalma, lo mismo con Los intocables, tras dirigir a Bruce Springsteen en Dancing in the dark. De igual forma, en España Juan Antonio Bayona se adentró en El orfanato tras Nunca debí enamorarme (Camela) o Isabel Coixet facturó Cosas que nunca te dije con la experiencia previa de Pisando fuerte, de Alejandro Sanz. “Todo había empezado con Queen y esas maravillosas idas de olla que proponían”, apostilla David Casademunt, realizador de Fitzcarraldo Films. “Es importante tenerlo en cuenta porque permite entender cómo el concepto audiovisual engrandece la canción y provoca en el espectador sensaciones y reflexiones totalmente nuevas”.
 
   Desde entonces, la evolución del formato se ha caracterizado por la pérdida progresiva de presupuesto. La crisis de las discográficas se tradujo también en recortes para las partidas extramusicales: los vídeos, el diseño de las portadas o las sesiones de fotos. “Esa bajada hizo que muchos directores abandonaran el género porque no podían rodar con presupuestos tan bajos”, continúa Hernández. Y ello favoreció los encargos a directores noveles, mucho más dispuestos a trabajar en modo low cost.
 
 
 
Una imagen de 'Oniria e insomnia', de Love of Lesbian
Una imagen de 'Oniria e insomnia', de Love of Lesbian
 
 
 
   De esta forma, los jóvenes realizadores pasaron a tomar los encargos como una posibilidad de desarrollar temas personales y probar nuevas técnicas. Veían el videoclip como una obra artística y conseguían que, con esas condiciones económicas, las exigencias comerciales de las discográficas fuesen menores. “Es una especie de acuerdo por el cual la empresa tiene su vídeo para mover por plataformas y el director ha podido trabajar con cierta libertad para formar su bobina”, argumenta Hernández. Y prosigue: “Por supuesto, hay géneros más mayoritarios en los que el videoclip sigue manejando un lenguaje mucho más promocional, pero el auge de la música indie y la importancia de generar contenido en vídeo para las redes ha permitido que el videoclip vuelva a tener una importancia capital en la promoción de un álbum”. Desde Nysu se han encargado de desarrollar proyectos de grupos tan atractivos en el circuito independiente como Bastille o Love of Lesbian. “Ahora”, suspiran sus responsables, “solo falta que también los presupuestos vuelvan a ser los de antes”.
 
   Lo que parece claro es que se ha llegado a este tipo de formatos porque el videoclip no deja de evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos y narrativas. Así lo considera Casademunt, para quien los consabidos “vídeos de cantante con el mar de fondo” ya se han quedado muy desfasados. “Muchas veces”, afirma, “no se arriesga por miedo a lo extravagante, pero es mejor tirarse a la piscina, con el peligro que conlleva, que conformarse con algo potable pero mediocre”. Y esa es la filosofía vigente en Fitzcarraldo Films, como demuestran sus trabajos de la mano de los cantautores Pablo Alborán o Andrés Suárez. “Si tienes suerte, una discográfica te propone una buena canción y, además, te concede libertad creativa, puedes llegar a crear una pieza muy potente desde el punto de vista cinematográfico”.
 
Conmovedor y aterrador
El proceso de creación se plantea de la misma forma que cualquier otro producto audiovisual. Aunque, eso sí, con la especial carga emocional externa que supone una canción. “Es conmovedor y, al mismo tiempo, aterrador”, bromea Casademunt. “Es muy interesante escuchar la letra, dejarte llevar por la melodía, absorber lo que la canción te transmite y, entonces, vomitar las ideas que te sugiere. También es divertido hacer el ejercicio de entender los códigos culturales que van arraigados al tipo de música. No son los mismos los asociados a un título indie que los de una canción del pop comercial”.
 
   Lo habitual es que la discográfica escoja a dos o tres directores para que, basándose en el tema y algún primer argumento, propongan una idea al respecto. Así, y a diferencia de publicidad –que ya viene determinada por un equipo creativo–,el director ejercer como guionista del proyecto en el videoclip, aunque casi siempre haya indicaciones por parte del artista. “Después de escuchar el tema 70 u 80 veces”, expone Hernández, “enviamos un dossier donde resumes el guion, el estilismo y la fotografía. Y todo, apoyado con referencias visuales aproximadas para que los músicos y discográficas se hagan una idea más precisa de cómo va a quedar”. A partir de ahí, el artista, el mánager y el sello deciden el director con el que trabajar. ¿Índice de éxito? “Normalmente, pasas las semanas escribiendo videoclips para diferentes grupos, de los que luego ruedas en torno al 30 por ciento”.
 
   Los dos profesionales consultados coinciden al recalcar que “un rodaje es un rodaje” y que, por tanto, sus claves son comunes al cine y la publicidad: lo importante es la historia por encima de todo. Lo único que cambia es el foco de atención y, sobre todo, los tiempos. Se suele trabajar más rápido porque la vida promocional de estas piezas es más corta y suelen formar parte de un entramado comercial, pero ese carácter efímero “está cambiando gracias a YouTube”, matiza Hernández. Una película depende de sí misma, pero un videoclip es una herramienta más dentro de un producto musical. Por eso, los músicos o el cantante no pueden dedicarle más de uno a tres días de atención. Moraleja: “Hay que rodar bonito, rápido y barato, y obtener un resultado visualmente impecable”.
 
 
Björk
Björk
 
 
 
   Por lo pronto, algunos festivales comienzan ya a reconocer ese trabajo que hay detrás de los videoclips, caso del español Scopifest o el polaco Camerimage. Hernández y su equipo de Nysu participaron en este último, sin ir más lejos. “Fue increíble ver una proyección en un teatro que se llenó hasta la bandera para disfrutar de clips disponibles en Internet”, revela. Además, el prestigioso MOMA neoyorquino expone varios videoclips al mismo nivel que obras de Damian Hirst, lo que deja entrever una cultura del vídeo musical ya muy desarrollada fuera de nuestras fronteras.
 
   En tierras ibéricas, en cambio, aún hay holgado margen de mejora. “Si ya el cine sufre un desprecio gubernamental y económico bastante importante, podemos imaginar lo que pasa con los géneros menores”, advierte Hernández. “Como siempre, en este país no es una cuestión de si el público ve o no ve cine, videoclips o lee libros; es una cuestión de la nula dedicación a la cultura en el sistema educativo”. “Quizá”, aporta Casademunt, “sea una cuestión de no etiquetarlo solo como producto promocional o cine. Si llegamos al punto en que se pueda definir como un mix de ambos conceptos, ya nos habremos anotado un éxito”.
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