twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
31-08-2015 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
Lo que sale de dentro


La directora, guionista y exministra inaugura la temporada con una loa al trabajo de los actores, aquellos capaces de “reproducir la conducta humana como en un laboratorio”


 
ÁNGELES GONZÁLEZ-SINDE
Es el trabajo del actor y de la actriz parecer que no se trabaja. De ahí la singularidad de este oficio para el que uno se prepara mucho con el fin de que parezca que nada preparó. No hay muchos empleos en que el afán máximo sea parecer que no se está haciendo gran cosa, pero el actor tiene que desaparecer para estar presente. Eso convierte su profesión en una tarea casi de ilusionismo o, si me apuran, de espiritismo: que el cuerpo propio sea vehículo de la trasmutación de otras almas, dando a entender que no hay esfuerzo alguno y que no hay ni actor ni actriz, sino unas personas por allí pululando que nosotros los espectadores tenemos la suerte de poder espiar por el ojo de una cerradura. Fisgar en las vidas ajenas gracias al objetivo de una cámara es el sentido del cine. Recientemente, en una clase sobre diálogos, un alumno observó que no había mucha diferencia entre mi definición de la tarea de un guionista o un director y la de un antropólogo. Para mí no la hay, ambos estudian y describen el comportamiento humano. Por eso me gustan los actores, porque me parece una tarea muy sofisticada observar y luego reproducir como en un laboratorio la conducta de la especie humana.
 
   Y es que el cine habla de lo invisible a través de lo visible. Los diálogos, la palabra que tanto pesa en el teatro, en el cine es mucho menos importante, no ya que en las tablas, sino que en la vida. Del mismo modo que nuestros hijos cazan al vuelo las contradicciones entre lo que les decimos que hay que hacer y lo que verdaderamente hacemos, así el espectador, por el lenguaje del cuerpo, las miradas, las actitudes, se percata inmediatamente de los verdaderos pensamientos e intenciones de un personaje, independientemente de sus palabras. Explicaba yo así a aquel descreído alumno que la desgracia del guionista es que pesa más cómo se dicen sus frases que lo que literalmente dicen, lo cual es a la vez muy hermoso y mágico, pues hace difícilmente calculable el alcance de unas líneas. Puedes pasarte o quedarte corto o puede ocurrir, como a mí me ha ocurrido varias veces, que durante el rodaje de esa secuencia de la que no esperabas nada, una vez puesta en boca de los cómicos broten las lágrimas de la script y el sonidista, que son quienes más cerca suelen estar de la emoción del actor.
 
   Por eso la actriz y el actor en su aprendizaje tienen antes que nada distinguir muy bien entre lo que hacemos y lo que decimos los humanos, y comprender que a menudo, queramos o no, son cosas muy distintas.
 
   Quizá sea esa una de las razones por las que cuesta que la cultura sea tomada en serio por quienes no se dedican a ella, porque parece que es algo natural que hacemos simplemente, únicamente por placer. Seamos pintores, escritores, músicos o bailarines, debe parecer que no hay ni esfuerzo ni artificio en el empeño, sino solo naturalidad. Que el arte nos sale de dentro, vaya. Ni que decir tiene que yo detesto esa expresión “le sale de dentro”, porque da a entender que extraer cosas del interior de uno es coser y cantar, actividad que se hace sin sentir. Sin embargo, ni coser bien ni cantar bien se logran sin enorme dedicación y muchas horas de exigente entrenamiento. Que se lo digan a Balenciaga o a la Caballé. Los que afirman que nuestro trabajo “nos sale de dentro” ignoran que un gran artista es solo un tipo o una tipa muy estudioso que lo oculta.
 
   Otra conclusión que se desprende de este “le sale de dentro” es que, al no requerir esfuerzo, tampoco tiene coste material, lo cual termina por rematar la rebaja que a menudo se adjudica a nuestras profesiones creativas. Como es algo que nos sale de dentro, es decir que haremos arrastrados por nuestro temperamento cobremos o no, ni es necesario que ganemos buenos jornales ni que tengamos las condiciones o la consideración de otros trabajadores, los que sí dan muestras externas de que trabajan.
 
 

 
 
 
 
   No obstante, hará cosa de cuatro años se prohibió con gran alharaca fumar sobre los escenarios. Yo me froté las manos. Era la ocasión que estaba esperando. Al fin podría desmentir, con la legislación en la mano, toda esta podredumbre e interesado desprecio de quienes ni conocen ni aman nuestros oficios. Aunque en España se prohibió fumar en los espacios públicos en 2005, no fue hasta seis años después cuando alguien en el Ministerio de Sanidad se coscó de que sobre los escenarios se fumaba y corrió a impedirlo. Desde enero de 2011 dejó de ser posible que los personajes fumasen en las funciones de teatro. A partir de entonces, cuando en un teatro se enciende un pitillo, los espectadores de las primeras filas notamos un extrañísimo olor que oscila entre el herbolario y la sacristía. No es que los actores se droguen en escena, no; es que sin sucedáneos la ley caería sobre ellos con todo su peso.
 
   Durante aquellos días a principios de 2011, el asunto no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. Porque ¿acaso para las autoridades sanitarias no había una diferencia evidente entre la vida y la representación de la vida? Parece ser que no, que actor y personaje eran una misma cosa, que si fumaba el uno, fumaba el otro. Hasta entonces se venía opinando lo contrario, que quienes fuman en personaje no son los mismos que fuman unas horas después cuando se han lavado la cara y se han quitado el vestuario. Son otros. Y es cierto. Son gentes que durante años estudian y se preparan para eso, para ser otros. La prueba es que si hacen muy bien lo de ser otros se les dan incluso premios, llámense Goyas, Max, Premios Nacionales o Medallas al Mérito Artístico. Suelen ser individuos que ya desde niños quisieron ser otros y representar la vida para los demás. Que se ponían una colcha a modo de capa o de bata de cola, se subían a la mesa de la cocina y decían “mírame, mamá, mírame”. Que quisieron convertirse en cazadores de la atención ajena y disparar perdigones certeros en forma de ideas o de emociones, lanzar a los mirones sentimientos y dudas que nos invadieran y nos cambiaran la manera de percibir el mundo que ellos, los actores y actrices, representaban esa tarde, en ese momento, en un escenario o en una pantalla grande o chica.
 
   En enero del 2011 lo que nos dijo el Ministerio de Sanidad es que todo ese trabajo que parece que sale de dentro, que no cuesta nada, lo hacen unos trabajadores, unos ciudadanos como los demás con su cuerpo y sus pulmones. Que no era fingimiento, ni impostura. Que sobre los escenarios y en los platós, entre decorados, ocurren cosas reales y que los que se juegan el tipo son señores de carne y hueso. Y, sobre todo que, lo que parecía tan fácil, cuesta muchísimo esfuerzo y se paga con sangre.
 
   Era la ratificación formal de que el artista se juega la vida representando la vida, y, sinceramente, lectoras y lectores, me pareció un momento histórico para el antiguo y maltratado oficio del comediante. Por eso, si alguna vez alguien argumenta que ustedes no trabajan, sino que les sale de dentro, saquen la Ley Antitabaco de 2011. Es irrefutable.
 
 
Ángeles González-Sinde (Madrid, 1964) es directora de cine y guionista, presidió la Academia de Cine (2006-2009) y fue ministra de Cultura entre 2009 y 2011. Obtuvo el Goya al guion original por ‘La buena estrella’ (Ricardo Franco, 1997)
 
31-08-2015 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio