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Quinquis y ‘civiles’ en Euskadi
 
 
JAVIER OCAÑA
Principios de los años ochenta. Una parte de la España recién democratizada, que aún resopla tras el intento frustrado del golpe de Estado del 23-F, se desangra no por culpa de la política –que quizá también–, sino de la droga. Es época de quinquis y “de cucharas impregnás de heroína”, que decía la canción. Es el momento en el que el guipuzcoano Eloy de la Iglesia, consciente de que los jóvenes españoles están demandando otro tipo de cine, tiene el atrevimiento no solo de retratar ese mundo, sino de aderezarlo, además, con ciertos toques sobre el llamado conflicto vasco. El resultado es El pico, película de 1983, algo más que cine social: una mezcla de insólito entretenimiento y llamada de atención político-pública, que se convirtió en un éxito de público: un millón de espectadores.

   La credibilidad del lenguaje y el realismo de los actores, que compensaban sus carencias interpretativas con torrentes de agresividad verdadera, conformaron una película donde, para más inri, los personajes protagonistas eran, respectivamente, hijos de un guardia civil y de un líder político de la izquierda abertzale. Su clamoroso éxito provocó una secuela, El pico 2, al año siguiente y también dirigida por De la Iglesia, uniéndose así ambas a una serie de producciones sobre la marginalidad y la droga rodadas en esos años: entre otras, la saga de Perros callejeros, de José Antonio de la Loma, y Deprisa, deprisa, de Carlos Saura.    
 
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