twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
18-01-2016 Versión imprimir

 

El plan B de los actores
(O cómo sobrevivir cuando las oportunidades se resisten)
 

 
 
 
ROBERTO PÉREZ TOLEDO
Texto y fotos
“Esto es como cualquier adicción, lo mejor es no empezar”, me dice entre risas María Vigil. Es una metáfora recurrente entre muchos actores y actrices, pero también directores, guionistas, artistas en general y de cualquier disciplina. La adicción al arte bien podría compararse con una droga, con el veneno de un bicho que no te permite escapar tras la picadura. Es lo que llaman “el gusanillo”, ese deseo ferviente por hacer algo, cueste lo que cueste, contra viento y marea. Porque hay gusanillos que se deslizan por terrenos especialmente complejos.

   Cuando hablamos de sueños apasionados, cuesta darse de bruces con una realidad que no siempre alimenta esos sueños, sino que más bien les pone la zancadilla cada día. ¿Cuál es el camino correcto para dedicarse a la interpretación? ¿Cómo se convierte la vocación en una forma tangible de vida? Ojalá existiera un manual de instrucciones o una receta mágica.
 
   “Tener una carrera ideal en este oficio y que te toque el Euromillón son hipótesis parecidas”, me asegura Jaime Astuy. Llegar y besar el santo es un milagro al alcance solo de unos pocos suertudos que encadenan trabajos o varias temporadas en una exitosa serie de televisión. La realidad para muchos otros es que las oportunidades tardan en llegar o se encuentran espaciadas en el tiempo. Por eso el camino acaba ofreciendo constantes desvíos para abandonar y buscar tareas más realistas, de esas con cierta estabilidad y sueldo a fin de mes.
 
   ¿Es posible afrontar una trayectoria actoral sin tener un plan B? ¿Y cuál es el modus operandi ante un segundo y paralelo plan de vida? Las colisiones no se hacen esperar. Si uno está trabajando en un restaurante o una tienda para sobrevivir, se vuelve arduo formarse al mismo tiempo o acudir a pruebas. Casi imposible optar a un personaje episódico para el que solo se necesitan una o dos sesiones en jornadas concretas e inamovibles en un plan de rodaje. En caso de dedicarse exclusivamente a esta profesión, la supervivencia en una gran ciudad se complica. Y también la posibilidad de seguir pagando un entrenamiento en una escuela. El gusanillo que se muerde la cola. ¿O era la pescadilla?
 
   Sobre planes B he charlado con tres actores y tres actrices inmersos en la veintena y la treintena, los seis afincados en Madrid capital y expertos en buscarse las castañas para mantener muy vivos sus verdaderos sueños.

 
 
Déborah Guerrero, 32 años
“Cuando tenía cinco años”, recuerda, “me disfrazaron de rockera para que cantara un tema de Mecano. Si la gente aplaudía, yo sería actora”. Y así fue. Apenas cumplidos los 20 se trasladó de Palma de Mallorca a Madrid, donde le esperaba la Fundación Shakespeare. “Enseguida me puse a trabajar en la hostelería, en un bar de nueve de la noche a seis de la mañana, para poder compaginarlo con el curso”.
 
   Sus primeras experiencias ante la cámara llegaron con cortometrajes realizados por estudiantes de la escuela Septima Ars. Luego también vinieron los anuncios: “He hecho una decena. El primero fue un spot de Tampax con Elisa Mouliaá, pero me aburrí de ir a castings de publicidad, no me aportaban nada”. En televisión ha aparecido en series como Herederos, La familia Mata o El barco. Desde entonces su currículum ha sumado la película independiente Los encantados y más cortos, uno de ellos escrito y dirigido por ella misma. Hablamos de Simbiosis, donde también hace de protagonista. “Ante la falta de curro me nace escribir, y me lo propuse en serio. Me lo planteé como una experiencia para una vez, pero ya he terminado otro guion que quiero dirigir, esta vez sin actuar. ¡En Simbiosis tuve tantas preocupaciones en la cabeza que no me sabía ni mi propio texto!”.
 
   Prioridad: ser proactivos ante la sequía de proyectos y mantener la cabeza ocupada. “He tenido muchos momentos de frustración”, reconoce, “de esos en los que te preguntas por qué no te cogen si lo has hecho bien. Al principio no lo entendía. Ahora sé que intervienen muchos factores y que la mayoría no depende de ti. Parece que siempre trabajan los mismos, pero luego ves que no es cierto. De pronto se estrena una serie como Mar de plástico y dan la oportunidad a compañeros que llevan intentándolo tanto tiempo como tú”.

   Ahora Déborah capta socios en las calles para Greenpeace. “Los horarios son flexibles para poder seguir optando a castings. Y lo que hago no se me da mal, quizá porque siempre he tenido una sensibilidad especial por la naturaleza y creo en lo que comunico”. ¿Y el futuro? ¿Se plantea uno tirar la toalla y asumir el plan B como plan A? “Solo pensé en dejar esto una vez. Acudí a un curso sobre marketing de actores, sobre cómo promocionarte a ti mismo. Allí me dijeron que un actor tiene su propia empresa, que es uno mismo, y que debe dedicar sus 24 horas a esa empresa. Ya sea formándose, yendo al gimnasio o leyendo Fotogramas. Vamos, que se te exige dedicación plena. O estás a saco o lo dejas. Me pregunté si realmente valgo para esto, pero la duda me duró poco”, relata con una sonrisa.

   Ella misma llega a una apasionada conclusión que no admite réplica: “Creo que puedo sobrevivir con otros empleos y al mismo tiempo estar comprometida con mi carrera actoral. Ser actriz forma parte de mi vida. A veces estoy agotada y pienso en lo desalentador que es esto, pero que nadie me mate las ganas. El camino me encanta, incluso con todas las piedras con las que tropiezo”.
 

 
 
Manuel Enríquez, 33 años
“De niño escuchaba a mi abuela decir que siempre quiso ser actriz o locutora de radio. Yo aún estaba empezando a estudiar Bellas Artes cuando murió, pero me gustaría que ahora me viera intentando lo que ella siempre deseó”, me cuenta este extremeño de Fuente del Maestre (Badajoz).
 
   Enríquez cursó la carrera en Cuenca, donde se curtió como actor en los ejercicios audiovisuales. Ahí nació un gusanillo que se expandió con el tiempo. “A los 22 me vine a Madrid y empecé Arte Dramático en Cuarta Pared. Al terminar mi formación, la escuela seleccionó a varios alumnos para trabajar en dos montajes de modo profesional, cobrando un sueldo a fin de mes. Fui uno de los elegidos. Entonces pensé que esto sería fácil”. Pero luego atravesó una larga temporada de inactividad: “Se terminó la buena suerte que pensaba que tenía. Conseguí un representante y no me movía. Fui recadero en un estudio de arquitectura y aprovechaba esos recados para hacer algún casting. Después trabajé en la tienda del Museo del Prado, en los buses turísticos, me fui a Alemania de guía… Mi curro más delirante consistió en vender entradas en la taquilla del Real Monasterio La Encarnación. Las monjas me decían que rezaban por mí para que me saliera trabajo de actor”. Actualmente es vendedor en la tienda del Reina Sofía.
 
   “He tenido épocas de mucho agobio, de ver que pasa el tiempo y acumulo trabajos que no me gustan solo para seguir apostando por esto, a menudo sin dinero para poder hacer una vida normal. Intentas encontrarle sentido a las cosas. Y cuesta. No tener trabajo como intérprete afecta a tu seguridad y a tu autoestima, no sabes si lo realmente importante es el físico y los contactos. Hay días que te levantas con la sensación de que tienes todo lo necesario para esta profesión y días en que no lo ves nada claro”, revela.
 
   ¿Hay una alternativa posible para Manuel? “Me parece fundamental saber de varias cosas. Pinto y diseño escenografías de teatro, pero no contemplo la posibilidad de dejar mi vena actoral. Intento crear mis propios proyectos convenciendo a gente que conozco, como ocurrió con Árbol, un texto que escribió un amigo a petición mía y que representamos en Espacio Labruc”.
 
   El entrevistado termina contándome su receta actual: “Cuando haga poco, lo disfrutaré mucho, y cuando haga mucho, lo disfrutaré más aún. Cada vez que llega un proyecto se te olvida la depresión anterior, ese agobio, esa agonía por no saber cómo enfocar tu vida. En ese momento todo vuelve a tener sentido”.
 

 
 
Natalia Sprenger, 26 años
“Me encantaba Julia Roberts y me obsesioné con La boda de mi mejor amigo a los siete años. En ese momento les transmití a mis padres mi deseo de ser actriz y ya no paré de repetirlo”. Con 15 hizo su primer casting, del cual salió como presentadora de Zona Disney, un programa que se emitía en Disney Channel y TVE. “Estuve hasta los 18 y me curtí muchísimo. No solo presentaba, también hacíamos sketches, videoclips…”.
 
   Con la mayoría de edad ya cumplida, Sprenger inició su formación interpretativa en Cinema Room, Bululú y Arte 4. La compaginaba con sus estudios de Comunicación Audiovisual: “Pensé que si no me dejaban estar delante de la cámara, podría estar detrás”. Y mientras tanto le ofrecían nuevos trabajos como conductora en Insert Coin o Fotogramas TV y como actriz en las series Planta 25 o La pecera de Eva. Más otras muchas ocupaciones que no precisaban cámara: animadora de hoteles, camarera, recepcionista… Actualmente presenta en Non Stop People, el canal juvenil de Movistar +. ¿Presentar es su plan B? “No. Siempre he llevado ambas facetas en paralelo y no quiero elegir. Me apasiona más la interpretación, para mí es más desafiante. Echo mucho de menos hacer algo como actriz”, explica.
 
   “Cuando de niña soñaba con ser Julia Roberts, a mi edad actual ya debería tener un Oscar o un Goya”, sonríe, “pero con el tiempo aprendes a gestionar la frustración y la ansiedad”. Tampoco se escapa a esa lista de habilidades forzosas la de lidiar con la rabia: “En varias ocasiones he quedado finalista para un buen proyecto, compitiendo solo con otra actriz, y al final no ha sido para mí. Te preguntas qué tiene esa compañera que no tengas tú y te vas dando cuenta de que esto no depende únicamente de ti y tu talento. Puede que las cosas ocurran por algo”. ¿Qué ocurre si surge ese sentimiento tan humano de la envidia? “Me esfuerzo para que no aparezca. Es muy venenosa. A veces ves cómo triunfa alguien que consideras que no se lo merece, pero quizás esa persona tiene algo que tú no valoras precisamente por la envidia”.
 
   ¿Somos adictos a lo complicado? “A menudo me he reflexionado sobre por qué quiero ser actriz, con la de negativas que te dan, con lo que luchas sin ser garantía de éxito. Lo curioso es que te percatas de lo peliagudo del oficio que has elegido, y sin embargo, no puedes parar”. Y es que hasta de los sinsabores extrae Natalia lecciones de enorme valor. “He descubierto que la felicidad no son solo los logros, sino conocerte, entenderte, respetarte… La interpretación me ha ayudado mucho en ese sentido. Aunque en el futuro no trabajara como actriz, seguiría entrenando y asistiendo a clases, porque esta profesión me hace mejor persona. Aprendo tantas cosas de mí misma y de la vida… Me aporta demasiado como para dejarla”.
 

 
 
Sergio Guzmán, 23 años
“A veces voy a pruebas y me dicen que no deje de formarme. Pero… ¿cómo me pago la formación? Y si trabajo de otra cosa, no tendré tiempo para ello. Es una encrucijada constante”, concluye Sergio, mallorquín con base en la urbe desde hace dos años.
 
   “Mi madre me apuntó a teatro como actividad extraescolar porque era muy tímido. En clase no hablaba. De adolescente me escogieron como protagonista para una función de Grease y me enganché a la reacción del público. Ya estaba perdido”, rememora mientras ríe. Al cumplir la mayoría de edad dio el salto a la escuela de Nancy Tuñón en Barcelona, de donde surgió su primer trabajo profesional. Se trataba de una figuración con opción a frase en la serie La Riera, emitida por TV3, aunque la frase nunca llegó. Esperaba que en Madrid se materializara rápido su sueño americano en versión cañí: “Llegas y crees que va a ser muy sencillo, que te cogerá un representante y te elegirán en el primer casting. Lejos de eso, me contrataron con una jornada de 40 horas semanales en El Corte Inglés, sin tiempo para nada más. Aguanté solo un mes”.
 
   Ahora es camarero en un restaurante de la cadena Tommy Mel’s, que le brinda horarios más flexibles. “Trabajo lo justo para mantenerme y pagar un curso en el Centro del Actor con Lorena Bayonas. Voy muy apretado, tengo que privarme de todo”, lamenta. ¿Piensa en otro camino para el futuro? “Siempre he tenido un plan A y he evitado los planes B. Me muevo sin representante, y claro, mi acceso a pruebas es más limitado. Continuaré formándome y buscando proyectos, estaré ahí para que me vean y me den una oportunidad. El éxito es vivir de esto, no ser famoso, pero esa fórmula de que talento más trabajo es igual a éxito falla por todos lados.
 
   El chaval admite sus debilidades sin pudor. “No sé hacer otra cosa. No se me da demasiado bien la venta y soy muy malo como camarero. Se lo digo a mi madre: ‘Espero que me perdones, pero no me imagino siendo feliz con otra cosa que no sea transmitir en un escenario o ante la cámara’. Si dentro de cinco años aún no han llegado las buenas oportunidades, seguiré insistiendo”. Y cita un ejemplo para defender su tenacidad: y añade: “Coincidí con Alain Hernández en La Riera y le salen oportunidades ahora. ¡Con 40 años! A veces me pregunto si yo aguantaré hasta esa edad”.
 

 
 
Jaime Astuy, 27 años
“No concibo ser actor sin una alternativa”. Así de tajante suenan las palabras de Jaime Astuy, natural de Aguilar de Campoo (Palencia). “Estudié Imagen y Sonido en Valladolid porque no me atrevía con la interpretación. Aunque me atraía mucho, no lo veía realmente viable. Pero hice prácticas en una tele local y, casi sin querer, terminé de presentador y actor. Vieron que tenía soltura y se me daba bien”.
 
Y se ve que, una vez más, la adicción cumplió su papel. “Empecé a asistir a clases de teatro en una asociación cultural vallisoletana y vine a Madrid para dejar mis fotos en la agencia Penélope. Un día me llamaron para decirme que me había salido una frase en la serie El internado, y aquello terminó convirtiéndose en el personaje de Tomás, pequeño pero recurrente. Lo alternaba con mi puesto de locutor en Radio Aguilar”, explica. La carrera de Astuy se mueve desde entonces entre esos dos frentes, la interpretación y los medios, pues ahora se gana la vida en Radioset.
 
   “Acudo a todos los talleres y charlas de actores y directores que puedo. Siempre llego a la conclusión de que esto es muy complicado, somos muchos para el trabajo que hay. Tendrían que producirse 1.000 series y 2.000 películas al año para que todos pudiéramos trabajar. Por eso es importante tener un plan B o un plan A Plus, llámalo como quieras”. Él lo ha encontrado en las emisoras, aunque nunca se le cayeron los anillos por hacer otras cosas: “Fui hasta caddy, de los que llevan los palos de golf a un señor. Y hace poco tiempo, mientras se emitían los 15 o 20 capítulos de Amar es para siempre que grabé, era dependiente en un Pull&Bear”.
 
   Pasión versus cordura. ¿Quién gana la batalla? Él lo tiene claro. “Tras una época de mucha ansiedad”, relata, “me di cuenta de que esto consiste en una balanza de trabajo y vida que hay que equilibrar. Sé que soy actor, sé lo que hago bien y lo que hago mal, pero tengo una vida que no quiero parar por el hecho de que no me salga curro en la interpretación. Algunos ponen la profesión por encima de la persona, algo que me llama la atención en cualquier sector. Y todavía más en el nuestro, con tan poco empleo. Me parece de lo más dañino pasarte los días pendiente de las pruebas que hacen tus compañeros y generando energía negativa. Todos tenemos en casa a alguien que nos dice que lo buenos que somos, pero eso puede llegar a volvernos locos”.
 
   ¿Y si pasan los años y no llegan más oportunidades? “Ya me buscaré la vida para hacer cosas como actor, ya sean cortos o grabar locuras con un colega. El año pasado grabé una webserie de tres capítulos titulada Singles. No gané un euro, pero recibí un chute de energía. Si nos dedicásemos a esto solo por dinero, tiraría la toalla casi todo el mundo”, concluye.
 

 
 
María Vigil, 36 años
“Cuando finalicé el instituto y planteé en casa la intención de estudiar Arte Dramático, mi padre me pidió que hiciera algo con lo que de verdad pudiera ganarme la vida y no quise decepcionarle”. Por eso emprendió una vida situada en las antípodas de la expresión artística: “Estudié Derecho y Empresariales a la vez pese a que no me gustaba nada. Enseguida conseguí un puesto de auditora en PriceWaterhouseCoopers y ganaba dinero. Hasta que lo dejé. Me comían por dentro las ganas de ser actriz. Aunque no está resultando fácil, puedo morirme hoy y he sido feliz, más que si me hubiera forrado como auditora. Tenía que probar suerte para no pasarme la vida preguntándome qué habría sucedido si hubiera sido valiente. Ahora sé que un aplauso en el teatro es mejor que ganar 100.000 euros”. Lo asegura María con ferviente convicción. Y sé que lo dice de verdad.
 
   De la consultoría saltó a la escuela Bululú. Junto a dos compañeros que conoció en clase formó la compañía Teatro Íntimo Teatro, con la que consiguieron poner en marcha varios montajes. Ya no había marcha atrás. Formación y más formación. Y una carrera más, la de Periodismo. Y un máster en community management, sector donde trabaja mientras crece como intérprete. “Mi currículum es de lo más marciano. Siempre he buscado la manera de poder ganarme la vida con un plan B flexible en horarios para seguir haciendo cursos y castings. Ahora mismo tengo la suerte de trabajar desde casa, así me organizo bien si me sale un personaje episódico como el que acabo de hacer para Águila Roja”.
 
   “He hecho todos los cursos que he podido con directores de casting. Me ha ayudado a que me conozcan, y también me ha servido para me propongan varios personajes episódicos directamente”, explica Vigil, quien también atravesó una época inicial de frustración ante la escasez de oportunidades: “No disfrutaba esto, estaba rabiosa, me petaba el corazón. Y esa ansiedad no te deja vivir ni te permite hacerlo bien en las pruebas. Ahora siento que estoy preparada. Cuando llega ese momento de aceptación, cuando esa frustración deja de removerte, casi todo lo disfrutas”. La satisfacción adquiere entonces tal magnitud que el gusanillo se vuelve inmortal. “Ya he asumido que no puedo dejar esto”, sentencia, “lo intenté una vez pero no lo conseguí. Será como la dependencia de un yonki. Me alegro cuando veo a mis compañeros trabajar, pienso que la siguiente quizá sea yo. Cualquier personaje que hago me da energía para otros siete meses de intentos. Al asumir tu ‘enfermedad’, aceptas lo que eres y no te peleas contigo misma, tiras hacia delante. De lo contrario, en este oficio te vuelves muy loco”.
 
   María me habla también sobre los entornos, de los amigos y familiares, que a veces resultan más que torpes con su voluntad ayudar. “Frases como ‘Si lo intentas con mucha fuerza, lo consigues’ o ‘Si resistes, ganarás’ solo sirven para frustrar más. No son verdad. A veces resistes y no ganas, por eso tienes que ser feliz con cada cosa que te va pasando”.
 
   Probablemente ella da con la clave: “Me ayuda tener otras cosas que me gustan. Aunque no tenga serie, tengo vida”. Vida, eso que a veces se nos olvida mientras perseguimos ávidamente nuestros sueños.
 
 
 
Roberto Pérez Toledo (Lanzarote, 1978), director y guionista, es una de las firmas con más seguidores en aisge.es y la revista AISGE ACTÚA. Tras 'Seis puntos sobre Emma', 'Los amigos raros' e innumerables cortometrajes, este año estrenará su tercera película, 'Como la espuma', con un reparto joven y coral de artistas emergentes.
 
 
18-01-2016 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio