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20-05-2016 Versión imprimir

 

Fernando Esteso

 
“El destape de hoy es violento; el de entonces, meramente cómico”


Se alejó un tiempo de las pantallas, pero no lo hicieron sus trabajos. Una generación de jóvenes creadores se interesa hoy por el adalid, junto a Pajares, de aquel “cine del destape”



FRANCISCO PASTOR
En el cine que acompañó y siguió a la Transición española, las actrices se desnudaban, sin mayor ceremonia, frente a Fernando Esteso. Pero él niega que sus papeles estuvieran relacionados con el machismo: “Era un pillín, inocentón. Antihéroe, llamémosle”. Con 71 años y décadas después de dejar atrás el llamado destape, protagoniza Re-emigrantes, un largometraje cómico sobre una familia que busca trabajo en el campo. Allí comparte elenco, entre otros, con Aless Gibaja, un youtuber conocido por alojarse en las antípodas de la masculinidad. Y Esteso insiste, entre risas, en que a él no le tocó nunca “el papel de machote”.
 
   Aunque el zaragozano tocó el cine aún en la dictadura, fue en los ochenta cuando llegó a rodar cinco películas por año, muchas de ellas de humor, a las órdenes de Mariano Ozores y junto a Andrés Pajares. Al llegar los 90 desapareció de las salas, aunque sí presentó algún concurso para la televisión. Y se entregó al negocio inmobiliario de su familia, cuenta el actor, desde la cafetería de un hotel de Madrid. Él viaja mucho: cuando promociona algún trabajo, como las entregas de Torrente en las que ha actuado para Santiago Segura, y cuando le reclaman en la pequeña pantalla, hoy en calidad de invitado o, junto a José Mota, como humorista.
 
   El artista sorprende también en el mundo del cortometraje. En el reciente Trayecto encarna a un alcalde corrupto, pero al hablar de nuestros gobiernantes cuesta sacarle del “en todas partes cuecen habas”. El escándalo, anota el intérprete, es que llamen corrección política a las reglas no escritas del humor.
 
 
Con el resto del elenco de 'Re-emigrantes'
Con el resto del elenco de 'Re-emigrantes'
 
 
 
Madrid ¿es hoy más o menos divertida que cuando llegó a ella?
— Conocí la capital con 13 años, cuando me presenté y gané un concurso de artistas, y volví a los 17, ya para hacer carrera. Era una ciudad exultante, la Gran Vía estaba repleta de terrazas, la cola daba la vuelta alrededor de Galerías Preciados y la calle era un enjambre. Nos encontrábamos todos con todos. No sé si lo podré disfrutar como entonces; yo he conocido un Madrid muy comunicativo.
 
¿Y hay motivos para dejar la ciudad, como dice su último trabajo?
— ¡No queda más remedio! Interpreto a un padre viudo, con cuatro hijos que ya no son ninis, sino el no a todo. Tras padecer un desahucio se marchan al campo, a tratar de vivir de la tierra. Ellos nos hablan de los migrantes que viajaron a Madrid y hoy vuelven al pueblo, aunque allí tampoco haya trabajo. Todo ello desde el humor, llámalo negro, o de Berlanga. Los personajes nunca creen que estén haciendo comedia.
 
Después de estos años de cameos, ¿le ha sentado bien el protagonismo?
— Sí, siempre se agradece que nos den la batuta. El protagonismo es provocar los coros, lograr que los demás se vengan arriba. He trabajado con unos actores jóvenes [Álvaro Palomo, Zack Molina, José Agustín Paredes] que serán un descubrimiento para el espectador: divertidos y distintos. Me he visto, otra vez, al servicio de la historia; disciplinado y siempre llegando a un acuerdo con Óscar Parra, el director.
 
Le reclaman realizadores jóvenes, aquellos que no vieron sus películas en las salas.
— Quizá buscan una llamada, un empujón para que el producto pueda tener mayor relevancia. Luego se han sorprendido ante un actor que respeta mucho al creador. Quiero provocar la risa de la gente y prepararme todos los días para ello. El bagaje de los directores me da igual: me importan el entusiasmo y el conocimiento del medio.
 
 
Otra escena de la película en la que reaparece el actor zaragozano
Otra escena de la película en la que reaparece el actor zaragozano
 
 
 
Y hoy, ¿está el gremio tan mal como dicen?
— Antes también era muy difícil hacer películas. No había ayudas públicas y, desde luego, no para el cine comercial. Siempre he creído que habría que subvencionar, más que al proyecto, al espectador: que se le ayude a pagar la entrada. Echo de menos lo que veo en los Óscar, donde todos se llevan mal a rabiar, pero trabajan juntos por crear industria y espectáculo.
 
Se concedió un largo descanso del cine.
— Y al volver encontré un mundo en el que la cámara era mucho más pequeña. En mis tiempos, el negativo costaba un dineral, por lo que ni se podían repetir las tomas ni podíamos ver la proyección hasta el día siguiente. Para entonces, sobre todo si habíamos cambiado el escenario, había que dar por válido lo del día anterior. Eran tres semanas de rodaje y una de doblaje, quizá. También veo que se han unido la televisión y el cine: la cámara y los equipos son los mismos, cuando antes eran lenguajes muy diferentes. Y los focos, ¡cómo se sudaba! Pero también daban calor, gracias al cual sabíamos dónde nos teníamos que colocar para que nos diera el punto justo de luz. Era más misterioso.
 
— ¿Se puede conservar el misterio cuando se ruedan, como le ocurrió, hasta cinco películas por año?
— Eso era oficio. De otra manera no habríamos logrado alcanzar aquel feeling entre nosotros. Muchos elencos se repetían. Mariano [Ozores] sabía muy bien lo que quería y tenía a sus actores en dicha. Hoy no veo grandes personajes de reparto, pero entonces, sí: había unos secundarios increíbles que enriquecían la historia.
 
¿Es cierto que se medían los tiempos, para no crear rivalidades entre Andrés Pajares y usted?
— Desde Los bingueros (1979) fuimos muchas veces los, los, los. Pero llegamos a Yo hice a Roque III (1981) y claro, ahí solo había uno, que era yo. Para que nadie se sintiera mal, en los carteles pusieron el nombre de Pajares encima, a la derecha, y el mío, abajo. Veíamos la película y parecía mentira: contábamos con la misma cantidad de planos cortos, medios y largos. No era cosa nuestra, salía de Ozores.
 
 
Al recibir el Premio de Honor en los Simón del cine aragonés, el pasado 29 abril en la capital maña
Al recibir el Premio de Honor en los Simón del cine aragonés, el pasado 29 abril en la capital maña
 
 
 
¿Representó a la España de su tiempo, el cine del destape?
— Sí, se dio libertad para el juego en nuestro país. La gente se sentía identificada, se veía y se reía de estos dos pobres hombres: uno, un poco más tibio y el otro, más lanzado. Este es un tipo de cine que ha habido en todas partes, ese vodevil, esa comedia que aquí coincidió con una época de apertura. El destape de hoy es violento, pero el de aquel entonces era meramente cómico. No ofendía a la mujer ni ofendía los sentidos; ni de palabra, ni de obra.
 
¿Cómo se hace reír a la gente?
— Digan lo que digan, no nos gusta reírnos de nosotros mismos, ¡eso no hay quien se lo crea! Nos gusta burlarnos del otro. Pero hay que hacerlo de forma terapéutica, hay que ofrecerlo sin violencia: que nos podamos divertir, identificarnos un poco, sin llegar al “yo soy ese”, pero sí al “a mí me podría pasar eso”. Y esto no cambia: nos hacen gracia las mismas cosas que antes. Hay quienes me cuentan que se juntan con los amigos y unas cervezas y ven mis películas para reírse, porque ese humor es muy nuestro. Quizá no tan fuerte o malsonante como es ahora, eso sí. Re-emigrantes, incluso, me ha escandalizado un poco.
 
¿Alguna vez le han pedido que hiciera de sí mismo, que hiciera lo de otras veces?
— No, en cada rodaje había algo nuevo. A lo de siempre, sin más, me habría negado. El actor, sea cual sea su personalidad, nunca debe imponerse al personaje.
 
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