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24-10-2012

'El Secreto de Puente Viejo'

Mario Martín, Iago García y Alejandra Onieva, en un momento distendido

Mario Martín, Iago García y Alejandra Onieva, en un momento distendido

Cruce de sueños y destinos
en la España novecentista 
Esplendor lingüístico para las tardes televisivas de Antena 3
 
NURIA DUFOUR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Cuando en febrero de 2011 Antena 3 estrenó la producción seriada El secreto de Puente Viejo sabía que estaba ante una apuesta arriesgada. La cadena lo había probado casi todo en el horario vespertino. Una franja que se resistía al respaldo de ratings y shares. Antena y productora (Boomerang TV) jugaron fuerte programando un serial rural ambientado en la España de 1902 con caras poco conocidas, algunas debutantes, un castellano depurado y tramas abordadas sin premura, en las que referencias a hechos relevantes en diálogos o primeras planas de diarios contextualizan aquel recién llegado siglo.

Acertaron. Hoy, superados los 350 capítulos, El secreto de Puente Viejo se ha asentado en la parrilla con una audiencia media del 15 por ciento, tres puntos por encima de la de la cadena, y alrededor de dos millones de espectadores. El éxito lo confirma el reciente lanzamiento literario de La canción de Alba, novela que rastrea en las raíces de la protagonista y el último tercio del XIX.

La historia de Puente Viejo es la historia de Pepa Balmes (Megan Montaner), una joven analfabeta de personalidad adusta y carácter emprendedor que, huyendo de un pasado dramático, se instala en el pueblo como partera, el oficio que vio ejercer a su madre. Allí conoce a Tristán (Álex Gadea), el primogénito del adinerado clan Montenegro, y la pareja se enamora. Pero como en todo feuilleton, un impedimento se interpone entre ellos. La imperiosa Francisca Montenegro (María Bouzas), dueña y señora del lugar, dirige los designios de unos y otros ejerciendo con vara de hierro su dominio. La actriz que la interpreta se acercó al personaje primero desde lo físico, poniéndose una faja en la zona lumbar que le ayudara a trabajar la altanería a la vez que la moderación gestual y psicológicamente huyendo del cliché de “la mala” para construir una personalidad compleja “en la que la frialdad y la agresión forman parte de una fachada defensiva que oculta una realidad insospechadamente frágil”.
 
De semanal a diaria
En los orígenes, la actual ficción diaria de Antena 3 tenía un destino semanal y así se había planteado el desarrollo argumental. Su autora, Aurora Guerra, y el equipo de guion que coordina tuvieron que transformar tramas y subtramas para adaptarlas a la emisión que la cadena pedía. “Lo de pasar la serie a diaria lo cambia todo, desde los costes hasta generar unos ámbitos donde se desarrollen unos personajes que no se contaminen con otros; es decir, plantear unas tramas más o menos estancas”, explica Benjamín Zafra, el guionista de plató. Sin embargo, a nivel de estética, los decorados mantuvieron la apariencia de una semanal. Por ello, afirma Pablo Guerrero –director de la serie, en cuyo departamento trabajan cuatro directores más–, “todos son corpóreos, cuatro paredes, casi nada es cartón. El referente visual era conseguir un tono cálido que apoyara la historia, que endulzara el producto”.

Una pared de hormigón con gomaespuma divide una superficie de 1.600 metros cuadrados en dos platós con el objetivo de sacar diariamente 40 páginas de guion. “Se decidió trabajar con dos unidades simultáneas para que en nueve días laborables estuviesen listos diez capítulos”, dice Álex Moreno, jefe de producción. Y un día a la semana, parte del equipo sale a grabar en exteriores naturales ubicados en los alrededores de Madrid cinco o seis secuencias. “La serie tiene que respirar”, añade Pablo. Los guionistas distribuyen el 80 por ciento de las acciones de un episodio entre ambos estudios y el 20 restante en localizaciones naturales. “Cuestión de milimétrica”. Además, “el hecho de que los personajes pasen por todos los decorados da viveza a la serie”, subraya el director.

Puente Viejo
partió con 18 enclaves fijos y ahora supera la treintena. Coque Gordo, el decorador, calcula que en el tiempo que llevan grabando habrán montado unos 80 decorados y nos cuenta que las calles siempre dan trabajo extra. “Hay que tapar mucho cable, mucha farola, mucho cartel y mucha ventana nueva. Llevamos camiones enteros llenos de atrezzo”. En un par de días el equipo de arte levanta y atrezza un decorado. Hasta doce estancias diferentes han llegado a emplazar en el dormitorio principal de La Casona, y en el Jaral, una de las construcciones más recientes, tres tipos de habitaciones.

En términos de emisión se materializan diariamente, en jornadas de diez horas, alrededor de 45 minutos. La razón de grabar cada día la duración de algo más de un capítulo permite al equipo disponer no solo de unas semanas de descanso, sino de un colchón suficiente para trabajar a gusto. Porque tras el rodaje, hacen falta otros veinte días más entre montaje y postproducción para terminar de componer el puzle y entregárselo a la cadena.
 
Optimizar el tiempo
El equipo técnico prepara luces y cámaras para dar inicio a la grabación de una de las secuencias más conmovedoras de la jornada. El set: el dispensario de la protagonista. Una camilla en mitad de la sala, con Paquito desangrándose ante la impotencia de la doctora, delata la tragedia que está a punto de filmarse. Gonzalo Kindelán, el actor, nos contará luego con un punto de nostalgia que es su último día en la serie tras seis intensos meses de trabajo. Pero se despide contento: “mis compañeros han sido muy generosos porque se han preparado la secuencia mucho”.

Mires a donde mires, la actividad no da tregua. Varios actores ultiman con Jorge Elorza, el coach, los ensayos de la siguiente escena. En una serie diaria el tiempo se optimiza al máximo –generalmente van a tres, cuatro tomas– y cualquier momento resulta idóneo para pasar texto. Megan Montaner, que prepara una media de diez secuencias al día, intenta descubrir “la línea de pensamiento que une las réplicas”, y ahí es donde encuentra las motivaciones y estados por los que pasa Pepa, su personaje. Al no haber tiempo material para realizar este trabajo en profundidad, la actriz necesita “estar muy relajada para reaccionar con espontaneidad a lo que te aporta el resto de actores”.

Por su parte, María Bouzas encuentra “de agradecer” que los ensayos técnicos se planteen como ensayos de intenciones y emociones. A juicio de Ramón Ibarra, que da vida a Raimundo Ulloa, el tabernero, lo ideal sería dedicar una hora de ensayo a cada secuencia. Pero como eso no es posible, aprovechan al máximo el breve tiempo de que disponen mientras se ultima el decorado. “A veces nos queda como si hubiésemos ensayado toda la mañana”, destaca.

Fernando Coronado –Alfonso– reconoce haber seguido un proceso de adaptación grande, sobre todo al tratarse de una serie donde las tramas son fundamentalmente dramáticas. “Tener a veces ocho secuencias al día de un alto nivel emocional hace que uno deba estar preparado más allá de saberse el texto al dedillo. Te quieres morir”. Por ello, Iago García, el pérfido Olmo, prioriza la importancia de entender el personaje. El suyo le gusta y le divierte “a pesar de la naturaleza negativa que lleva consigo”. Jonás Beramí –Juan–, neófito en producciones diarias, valora Puente Viejo como “una escuela brutal”. Y lo fundamenta con un cómputo rápido: “en año y medio llevo grabadas unas mil secuencias”.

¿Se está sintiendo la crisis? “Intentamos que afecte lo menos posible”, confirma el responsable de producción. “Es verdad que ahora se hacen productos más baratos, pero la calidad es mejor. Lo importante es saber bien qué quieres contar”. Ello implica grandes desafíos. En palabras del jefe de dirección, la serie es ambiciosa y al estar en una franja horaria tan difícil “necesitamos echarle mucha carne en el asador para que la gente siga enganchada. Esta serie tiene un tono, una forma de hablar, un registro muy homogéneo, que es lo que le da valor. Ha sido un proceso muy bonito y uno de sus logros”.

El lenguaje es sin duda una de las señas de identidad de Puente Viejo. Sentarse a media tarde frente al televisor y escuchar el castellano con el que se expresan sus protagonistas es todo un privilegio para el espectador. No debe de ser nada sencillo conseguir que diálogos con construcciones y léxico prácticamente en desuso suenen tan naturales. Cuando Álex Gadea leyó el primer guion, el lenguaje le asustó, pero los directores, “estupendos”, entendieron muy bien el código de la serie. Además, el coach, al que todos atribuyen el mérito, “ha naturalizado el lenguaje”. Adelfa Calvo –actriz procedente del teatro malagueño con cuatro años como entrenadora de actores en la teleserie andaluza Arrayán– resalta la dificultad de aprender y decir las líneas, “pero te haces y en tu vida normal te ves utilizando ese vocabulario”. Para Selu Nieto, Hipólito, “el lenguaje es tan poético que ayuda a crear imágenes de lo que estás diciendo. A mí me ha servido mucho”.
 
De ‘Novecento’ a ‘Orgullo y prejuicio’
Al tratarse de una serie de ambientación histórica, algunos actores y técnicos buscan referentes en la literatura y el cine. A Mario Zorrilla (Mauricio) la cabeza se le fue al capataz de Novecento, aunque, al tratarse de una serie de televisión, rápido se dio cuenta de que no podía haber una investigación tan profunda de las clases sociales como en la cinta de Bertolucci. “Mi trabajo ha sido empatizar, comprender al personaje sin juzgarlo, dejarme llevar, entender las situaciones y resolverlas con honradez”, resume. Para el director, la novela decimonónica –Galdós, sobre todo– era el modelo en cuanto a contenidos: “la idea era hacer un folletín clásico”. Patrón que inspiró a Carlota Baró, quien se decantó por una de sus autoras favoritas, Jane Austen, y por la adaptación de Orgullo y prejuicio. “No me fijé tanto en la época, sino en el personaje. La sensibilidad que para mí había en Mariana estaba en ese libro”.

Megan Montaner tomó de espejo la realidad. “Casi todas las mujeres han tenido que luchar mucho para intentar mejorar dentro de una sociedad como la nuestra”.

Como en todas las series diarias, los actores no solo se enfrentan a un ritmo de trabajo a menudo extenuante, sino también a encontrar capítulo a capítulo novedades en el personaje con el que conviven casi las 24 horas del día. Alejandra Onieva, que se estrena en televisión dando vida a la joven adinerada Soledad Montenegro, no era capaz de imaginar cuánto más podría pasarle a Soledad después de un año ininterrumpido de sabores y sinsabores, pero le han seguido ocurriendo cosas, “algunas que ni te esperas”. Mario Martín, el cura don Anselmo, las descubre día tras día. El actor apela al afán “que le pongas” y se declara feliz: “llevo ya cuarenta años en la profesión y estoy como un niño”. Por su parte, Selu Nieto señala que siempre hay un detalle que le sirve, una palabra nueva, un personaje que se incorpora, una trama. “Todo te hace redescubrirte e ilusionarte”. Y María Bouzas se muestra encantada con la variedad de facetas que los guiones plantean sobre los personajes. “Esto estimula la creación continua. Es una suerte”.
 
 
 
 
CONTEXTO HISTÓRICO
Caciquismo
No deja de ser llamativo que el vocablo “caciquismo” (incorporado a la RAE en 1884) y sus connotaciones se presenten cargados de vigencia más de un siglo después. Aunque el término vino de América, resulta sencillo rastrear su esencia a lo largo de nuestra historia. Las relaciones feudo-vasallas heredadas de la Edad Media, siguieron imponiéndose entre la población mayoritariamente rural y analfabeta. La supuesta seguridad que las oligarquías garantizaban en términos de protección del territorio y de recursos, fue la excusa perfecta de unos pocos para justificar sus privilegios político-sociales y su opulencia a costa del sometimiento de una mayoría sin derecho a réplica a la que le empezaban a llegar, en los tiempos que Puente Viejo refleja, los ecos aún leves de los movimientos obreros que se fraguaban sobre todo en las poblaciones de la cornisa cantábrica y en Barcelona, epicentro del movimiento libertario. Quizá parte del éxito de las producciones televisivas que actualmente construyen historias de la Historia –ahí están el “cacique” Lobo en Tierra de lobos, la “cacica” Doña Teresa de Gran Hotel, el “tirano” Colmenero en Aída o la “déspota” Lucrecia de Águila Roja– se deba, también, a que el espectador encuentre hoy similitudes de ese ayer. 


 
 
El reparto
 
Una veintena de actores integran el plantel principal de El secreto de Puente Viejo. Cada 65 capítulos –tres meses de emisión–, nueva biblia para otras 65 entregas, nuevas tramas e incorporación de cuatro o cinco personajes, además de colaboraciones episódicas (María Adánez, Cuca Escribano, Sara Ballesteros, Francisco Vidal) y figuración. Más de mil extras han pasado por el set de Puente Viejo, un pueblo, por cierto, que no hace referencia a una localización concreta de nuestra geografía, aunque sí hay pistas en los diálogos para suponer su ubicación en algún lugar del centro-norte peninsular.

El elenco lo completan Enric Benavent, Maribel Ripoll, Sandra Cervera, Pablo Castañón, Leonor Martín, Andrea Duro, Raquel Quintana y Sergio Caballero, a los que se han sumado en los episodios actuales Israel Rodríguez y Aloma Romero.

Gonzalo Kindelán, en la camilla del médico

Gonzalo Kindelán, en la camilla del médico

Megan Montaner repasa su guion

Megan Montaner repasa su guion

María Bouzas, con un miembro del equipo de dirección

María Bouzas, con un miembro del equipo de dirección

Álex Garea, en su papel de Tristán

Álex Garea, en su papel de Tristán

Alejandra Onieva, con una de las maquilladoras

Alejandra Onieva, con una de las maquilladoras

Selu Nieto, frente al espejo

Selu Nieto, frente al espejo

Mario Zorrilla, en vestuario

Mario Zorrilla, en vestuario

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