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28-12-2016 Versión imprimir

 
Elisa Matilla

“Desde el derrotismo
no se crea nada bueno”
 
 
Es historia de la televisión de estas tres últimas décadas, aunque algunos la tengan a estas alturas por eterna promesa. Y se aferra al pensamiento positivo: “Veneno, en esta profesión, no”
 
 
 
Texto: ROBERTO PÉREZ TOLEDO
Reportaje gráfico: ENRIQUE CIDONCHA 

Actriz imprescindible e incombustible, la trayectoria de la sevillana Elisa Matilla irradia cine, teatro y televisión desde hace tres décadas, cuando la vimos convertida en Ofelia, aquella limpiadora del plató del programa de TVE ¿Pero esto qué es? La suya es una de esas carreras en las que el adjetivo 'todoterreno' no suena a tópico, sino la manera más fiel de clasificar un recorrido ecléctico que se caracteriza por el esmero, la pasión y la verdad como denominadores comunes. Actualmente tiene por estrenar el largometraje Como la espuma, donde tuve la fortuna de dirigirla. Encima de los escenarios deslumbra con el monólogo Gibraltareña, escrito y dirigido por Juan Luis Iborra, quien creó expresamente para su arrolladora energía el personajazo de la prostituta Lola. Y también se puede disfrutar de ella en el Teatro Lara madrileño, convertido en la peluquería de la comedia negra Lavar, marcar y enterrar. Siempre imprevisible.
 
¿Recuerda el momento en que pronunció por primer vez las palabras “Quiero ser actriz”?
– No sé si dije esas palabras como tales, pero siempre estuvieron presentes. Aunque en mi familia no había referentes artísticos, me llevaban mucho al teatro desde pequeña. Y recuerdo que fue viendo un montaje de Anillos para una dama, de Antonio Gala, cuando sentí que quería estar en ese escenario. Con 16 años entré en la Escuela de Arte Dramático de Sevilla, algo que en aquel momento a mis padres les parecía parte de una formación general. Yo no era muy buena estudiante en el instituto y la Escuela me centró. A partir de entonces, todo se fue dando de manera natural. Estuve tres años formándome en mi ciudad y me vine a Madrid para asistir a clases con Miguel Narros. En la capital comencé a hacer pruebas. Me presenté incluso al casting de azafatas del Un, dos, tres
 
– ¿Y que pasó?
– Me echaron en la prueba de baile. De baile siempre he estado cortita [risas].

 
– ¿Cuándo llegó el debut profesional?
– De vuelta a Sevilla, interpreté en la obra Leoncio y Lena un personaje masculino, el del mendigo Valerio. La representamos en un teatro que ya ni existe. Por primera vez sentí estar involucrada en algo profesional: me vieron mis padres y, a partir de ese día, me apoyaron más. También en Sevilla hice El pelícano, con María Galiana. Y mientras tanto seguía acudiendo a audiciones en Madrid. A finales de los ochenta hice una prueba para presentar un programa que ultimaba TVE, ¿Pero esto qué es?, y en el aquel proceso había que improvisar una especie de sketch. No me llamaron para presentadora, pero sí para hacer el personaje de Ofelia, que era la limpiadora del plató. 
 
– Creo que esa fue la primera vez que la vi en televisión. Vestía una bata azul.
– Sí. Estuve una temporada encarnando a Ofelia y luego pasé a conducir el espacio junto a Jacqueline de la Vega y Carlos Mata. ¡El de Cristal!

– Supongo que, en aquel momento, su popularidad en la calle era descomunal…
– Imagínate. Aquello lo veía todo el mundo los viernes por la noche. La gente por entonces no tenía móviles para pedirte fotos, pero tal vez lo de firmar autógrafos era peor... ¡Se tardaba más! [risas]. Solíamos llevar en el bolso unas tarjetas con nuestra foto, firmábamos ahí y ya está. Eran como cromos de uno mismo.

 
A Elisa se le vuelve a escapar una carcajada. Será una constante durante toda la conversación, ya lo comprobarán. Por mucho que el día, en el centro de Madrid, se haya levantado perruno.
 
– Y de ahí, al cine. Su primera película se tituló Yo soy esa, con Isabel Pantoja, ni más ni menos.
– Me llamó directamente Víctor Manuel, el productor, para ofrecerme ese rodaje. Fue muy mediático. Recuerdo que Isabel era muy curranta y que hacía gazpacho y lo traía al catering para todo el equipo.
 
– ¡Gazpacho Pantoja! En los noventa comenzó usted a trabajar sin descanso en cine, teatro y televisión, como actriz y presentadora. Todo junto.
– Iba adonde me llamaban. Que me proponían Juegos sin fronteras, pues me pasaba seis meses por Europa; que me elegían para un concurso infantil como Supertrén, pues también lo hacía. No tenía la consciencia de pensar: “Debo construir mi carrera sobre esto y no lo otro”. Era trabajo que venía, y punto.
 
– Algo sí habrá rechazado…
– Rechacé un anuncio de detergente donde aparecería con uniforme de limpiadora. Pensé: “Me costará quitarme el personaje de Ofelia”. Pero no tenía en cuenta la proyección de mi carrera o si algo me perjudicaría. Antes tampoco se te linchaba como ahora por aceptar un trabajo que los demás consideran erróneo. Como presentadora nunca terminé de sentirme cómoda y dejé de hacerlo en 1995 o 1996. Notaba que tenía muchas carencias, era malísima entrevistando.
 
– En esos años intervino en Los ladrones van a la oficina. Me habría encantado verla grabando esa serie.
– ¡No sabes cómo eran los parones del rodaje con tanto actor mítico por allí suelto! Yo hablo mucho, pero allí estaba callada, escuchando, aprendiendo… Hice dos capítulos y me ofrecieron un personaje fijo. Lástima que ya estuviera comprometida con Vecinos, otra serie de Antena 3 que no funcionó.

 
Un matrimonio efímero
– Pero ha participado en numerosas series emblemáticas: Médico de familia, Todos los hombres sois iguales, 7 vidas, Aquí no hay quien viva
– He picoteado en todas. 7 vidas me encantó por la forma de trabajar, con público en plató, como en el teatro. Allí hicimos la primera boda gay de la televisión en España. Yo era una militar y me casaba con el personaje de Anabel Alonso. Duramos cuatro capítulos y luego nos divorciamos [risas].
 
– Y entre tanto trabajo, ¿cómo se llevan los parones cuando llegan? Porque alguno habrá tenido…
– Claro que los he tenido. ¡De hasta dos años sin hacer audiovisual! Todo el mundo te va avisando de que los parones llegan, pero cuando te pasa a ti, te asustas, te preguntas qué has hecho mal. Como cuando te deja una pareja. Una compañera me dijo una vez que esta profesión es como un embudo: se estrecha a medida que te haces mayor. Es un oficio muy caprichoso. ¿Cuántos personajes femeninos de mi edad hay en cada serie? ¿O en repartos de cine? Por suerte, en los parones de audiovisual siempre he tenido teatro. Y alguna vez sí he rechazado cine o tele por estar representando una obra. Por eso digo que siempre he sido fiel al teatro, y quiero pensar que él también me es fiel a mí. Puede que no suene inteligente, pero me guío más por lo que me dice el corazón.
 
– ¿Cuál es el secreto para ejercer esta profesión con la mayor felicidad posible?
– Primero pregúntate qué quieres de verdad. Vivir de esto es complicado, y aunque hay compañeros que lo consiguen, no tienen la sensación de triunfar. Para mí el éxito consiste en poder vivir de actuar. Tengo más ambiciones, pero mi felicidad no depende de ellas.

 
– Pero ahora se malvive como actor. Al último estudio sociolaboral de AISGE me remito…
– Claro que se malvive. Antes vivías de esto, por poco que trabajaras. Ahora nos está costando porque todo ha cambiado: las condiciones económicas, la inestabilidad de los proyectos… Pero te digo esto con una sonrisa, porque desde el derrotismo no se crea nada bueno.
 
– Positividad siempre.
– Lleva tiempo entender que esto no es algo personal y que depende de muchas cosas. Cuando el teléfono deja de sonar, todos creemos que el problema está en nosotros. Te preguntas si tenías que haber hecho esto o lo otro.
 
– ¿Se has arrepentido de alguna decisión laboral?
– No me arrepiento, aunque a veces pienso: “Debí hacerlo mejor”. En ocasiones aciertas mucho, parece que todo cambiará a mejor, pero no cambia. Y otras veces lo haces fatal y te llaman enseguida. Por eso destaco lo caprichoso de esta profesión, que nunca es dos más dos. A mí me gusta aprenderme incluso las críticas malas, como una que decía que estuve “desacertada en todo”. ¡En todo! [risas].
 
– ¿Y qué espera del futuro, de lo que viene?
– Seguir viviendo de esto, que a mi edad, a ver qué hago si no... Fíjate los años que llevo escuchando que soy una promesa. Soy una eterna promesa. Y continúan haciéndome pruebas, algo que siempre me va a parecer bien, porque no miden tanto tu valía, sino tu idoneidad para un proyecto. Este año he hecho tres.
 
– ¿Qué le diría a una joven actriz con ganas de comerse el mundo inmediatamente?
Le diría que, vaya mejor o peor, se replantee las cosas en el momento en que esto le suponga amargura. Veneno, en esta profesión, no. Estar infeliz con aquello a lo que has decidido consagrar tu vida es un fracaso.
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