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Ilustración: Luis Frutos
La palabra dicha

ELVIRA LINDO
Tal vez fueran aquellos diez años en la radio, del 81 al 91, una década en la que yo tenía la edad para formarme y hacerme una persona adulta, de los 19 a los 29, los que influyeran en mí hasta el punto de que ya no soy capaz de escribir sin pensar en cómo sonarían esas palabras al ser leídas en voz alta. Todo lo que se escribe para la radio ha de ser dicho: desde las frases que conforman un boletín de noticias hasta la entradilla con la que presentas a un personaje. Yo tuve la suerte, además, de incorporarme a ese trabajo cuando aún no se había liquidado del todo el universo de los seriales y pude colaborar con los viejos actores de los dramáticos radiofónicos para que interpretaran pequeñas historietas que a mí me gustaba inventar. Mis primeros escritos remunerados fueron aquellos que estaban pensados para ser leídos e interpretados, y eso me inculcó una disciplina estricta, una especie de humildad en el uso de lenguaje que me ha impedido siempre ser verbosa.
        
   No hay nada por lo que me pueda sentir más halagada que cuando un actor o una actriz me dicen que mis diálogos son gustosos de interpretar. Para mí, por otra parte, es un regalo que un buen actor los ponga en su boca. Es como el milagro de convertir un líquido en sólido: las palabras adquieren, cuando son interpretadas, una cualidad material que te hace escucharlas como si jamás hubieran sido inventadas ni escritas sino que tuvieran como único propietario aquel que las pronuncia mientras se le van ocurriendo en el momento.

   El camino de mi vocación ha sido muy azaroso pero, ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que en ese azar había una misteriosa coherencia. De escribir palabras para la radio pasé a escribir palabras para televisión y ese paso fue el que me hizo pensar seriamente en el cine y en el teatro. Escribí una comedia teatral sin pretensiones y tuve la suerte de que un productor se interesara pronto por ella y que finalmente se representara en el Teatro Alfil. La noche del estreno estaba escuchando a los actores entre cajas (eran Laura Cepeda y Joaquín Climent) y creo que nunca he sentido tanta emoción física como en esos primeros diez minutos. Se me fijó un dolor insoportable en los riñones que solo fue aliviándose cuando hasta mis oídos llegaron las primeras risas de los espectadores. No es un texto del que me sienta especialmente orgullosa y se ha quedado muy atrás en mi evolución literaria, pero tengo que reconocer que fue el primero que me hizo experimentar el vértigo que provoca la reacción inmediata del público. Algo no comparable a la lenta respuesta que genera una novela.

   Han sido muchas las veces que he sentido que diversificar mi trabajo, escribir tanto para un libro como para una película, me hacía sospechosa, a ojos de la crítica, de no tomarme en serio una carrera literaria y restaba valor a mi compromiso como novelista. Al principio, esta desconfianza que sin duda provocaba en ciertos universos literarios me dolía enormemente, hasta el punto de tratar de restarle importancia a mi trabajo como guionista cuando presentaba un libro. Por fortuna, los años te restan juventud pero te ofrecen a cambio una gran perspectiva y ahora no se me ocurriría renunciar a un proyecto dramático por la simple razón de que se me tomara más en serio. Los años me han hecho entender también la profundidad del consejo que me dio el gran Azcona y que me repito a mí misma tantas veces: “haz lo que quieras y no des tantas explicaciones”.

   Construir una historia en imágenes, con palabras escritas para ser dichas, es una de las tareas a las que no pienso renunciar, siempre y cuando tenga la suerte de que mi manera de dialogar y mis historias sigan interesando. Teniendo presente, por supuesto, que hacer cine en España, o teatro, se ha convertido en un oficio heroico. Aún no sabemos cómo reaccionar ante esta intemperie desolada a la que las instituciones nos están arrojando. Para defender nuestra labor se suele decir que el público necesita que le sigan contando historias, que no hay país que progrese sin verse alimentado por la ficción, que no hay progreso sin actividad cultural. Es cierto, no trabajamos en vano, la cultura es un alimento necesario, tiene una función social, pero a mí me interesa más observar el asunto desde otro punto de vista: ¿sentimos nosotros la imperiosa necesidad de crear una obra y ponerla a disposición del público? Yo sí. No es solo por que no sepa hacer otra cosa, es que necesito escribir para seguir viviendo, y siento que esa necesidad me ayuda a superar el pesimismo inevitable que nos está invadiendo.

   En estos momentos de mi vida, del país, de la situación concreta de la cultura, veo frívolas aquellas dudas que me asaltaban sobre si debía de centrar mi oficio en las novelas o en los guiones. Hoy no renunciaría a un trabajo colectivo, aunque del cine o del teatro me sobren la palabrería, el mundo de los estrenos, los besos excesivos o la sobre interpretación del cariño. Escribir para que los actores pongan voz a lo que tú creaste es uno de los consuelos que encuentra este oficio mío tan solitario. Aunque ya se sabe que el guionista es ese trabajador al que todo el mundo halaga y persigue hasta que el guion pasa a manos del director, yo me hago la ilusión de que pertenezco a un equipo y de que sobre la base de mis palabras y mis imágenes se construye un mundo que, con un poco de suerte, parece de verdad.

   ¿Lo hago por los demás? Decir que sí suena generoso y solidario, pero he de reconocer que lo hago por mí, porque es un vicio que tengo desde los nueve años y que seguiré practicando me quieran o no me quieran.
 
Elvira Lindo es escritora y ha diversificado su talento en los ámbitos de la literatura, el guion cinematográfico y el artículo periodístico. Además de su celebrada serie sobre ‘Manolito Gafotas’ y de otras obras para el público infantil y juvenil, ha publicado novelas como ‘El otro barrio’, ‘Una palabra tuya’ o, la más reciente, ‘Lo que me queda por vivir’
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