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31-01-2017 Versión imprimir

 

Emilio Gutiérrez Caba, la inabarcable trayectoria de un hombre que abrazó la magia



La Medalla de Honor propicia el discurso más emocionante y sentido en la noche de los CEC
 
 
NANO AMENEDO
Fotografías: Enrique Cidoncha
El momento más emotivo de la 72ª edición de las Medallas del CEC llegó justo al final, cuando toda la ristra de trofeos en disputa ya reposaban en las manos de sus distintos ganadores. La entrega de la Medalla de Honor de este año se concibió casi a la manera de un epílogo para la ceremonia, pero la intensidad y autenticidad en las palabras del homenajeado disparó más de una glándula lagrimal en el patio de butacas de los Palafox. Unas butacas, por cierto, próximas a desaparecer: los nuevos tiempos de la exhibición en la era digital han abocado a esta mítica sala a emprender una reforma integral en sus instalaciones.
 
   El consejero de AISGE y patrono de su Fundación Emilio Gutiérrez Caba había recibido ya sendas medallas del CEC por sus papeles en Nueve cartas a Berta (1965) y La comunidad (2000). Gracias a esta obtuvo, además el primero de sus Goyas, al que un año más tarde sumaría un segundo por El cielo abierto. Miembro de una familia dedicada a la interpretación desde hace un siglo y medio, cuando vio las primeras luces su bisabuelo Pascual Caba, su inabarcable currículum sigue sin concederle tregua. Acumula títulos históricos como La caza o La colmena, podemos descubrirle en numerosas españoladas y para televisión ha encarnado a personajes tan dispares como San Juan de la Cruz o Sabino Fernández-Campo. Se metió en la piel del autor de Don Quijote para darle la réplica a José Coronado en Cervantes contra Lope, y en los últimos tiempos le hemos visto en El hombre de las mil caras y en la miniserie Lo que escondían sus ojos, además de haber recibido estos días en Mallorca el premio del certamen Films Infest por el documental Bienvenido, Mr Heston.
 
 
 

 
 
 
   Echar la vista atrás propició recuerdos hermosos y sentidos en el discurso del hermano de Julia e Irene Gutiérrez Caba, además de tío abuelo de la joven y ya multipremiada Irene Escolar. “Me he entregado a las emociones y palabras de otros, y ha valido la pena. Aunque haya renunciado a muchas cosas, también he llenado de magia muchos días de mi vida”, confesó con la voz quebrada por la emoción.
 
   El premiado evocó a aquel joven Emilio que, 51 años antes, se anudaba con pulso tembloroso la corbata frente al espejo, justo antes de acudir a los Premios CEC que en aquel 1966 se entregaban en el Real Cinema de la madrileña Plaza de Isabel II. “Me sentía el hombre más feliz del mundo. Conseguí aquella medalla y yo mismo me preguntaba: ‘¿Y ahora, qué’? Hoy, medio siglo después, creo saber la respuesta. Ahora, la vida. A veces me pregunto si lo que he hecho, lo que he entregado a los demás, ha merecido la pena. Con esta Medalla de Honor hoy ya conozco la respuesta…”.
 
   El hombre que debutó en el cine bajo los auspicios de Jesús Franco (El llanero, 1963) no quiso eludir una cita poética antes de abandonar el escenario del Palafox. Pablo Neruda fue el poeta elegido con aquel bellísimo verso de su Tango del viudo: “Qué noche tan grande. Qué tierra tan sola”. Emilio Gutiérrez Caba tragó saliva y resumió ante los cientos de asistentes: “Hay que seguir. A pesar de todo”. 
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