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10-05-2018

Emilio Laguna

"Sin actores, el espectáculo no puede continuar"

Al vallisoletano le han endosado la máscara de maestro de la comedia pero su extensa y variadísima carrera en teatro, cine y televisión, así como su abigarrada vida, también está poblada de dolor y lágrimas. 88 años y mucho que contarnos


PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Quiso ser y vivir las mil vidas de los actores de la pantalla grande que llenaban su mirada y su cabeza, mientras su corazón se encogía de miedo y su estómago rugía de puro vacío. Y lo fue y todavía sigue viviendo personajes, “porque nunca dejo de actuar”. A Emilio Laguna (Valladolid, 1930) le sobra energía para seguir ejerciendo de actor. Y por supuesto para hablar, con locuacidad apabullante, de una carrera en cine, teatro y televisión que abarca muchísimo más que los personajes de mayordomo impertinente, “mariquita” o currante castizo que de ordinario le han endosado. Formado en el teatro clásico y de compromiso en sus tiempos de estudiante de Derecho, con los Coros y Danzas y la comedia se abrió paso en Madrid y durante más de medio siglo bregó en todos los frentes interpretativos. Ya fuera empotrado en las compañías de Juanita Reina o Lola Flores y en las más exitosas comedias de Ozores y Lázaga en cine; o en los imprescindibles Estudios 1, en éxitos contemporáneos como 5gays.com o dando vida a clásicos del mundo antiguo en el Festival de Mérida. Así cualquiera le replica a este hiperactivo  y sensible octogenario cuando sentencia a lo Luis XIV: “El teatro soy yo”.

 

- ¿Imagina cómo hubiera sido su vida ejerciendo el Derecho, la carrera que le obligaron a terminar sus padres como condición para ser actor?

- En lo que a capacidad de persuasión y de teatralidad ante un tribunal tiene un abogado, creo que me hubiera defendido. Otra cosa era la parte técnica del manejo de los códigos y de la literatura jurídica. Yo los estudié y aprobé la carrera, pero al mismo tiempo leía obras de teatro, que era lo que me gustaba en verdad. Por eso, nunca hubiera sido un buen abogado. Ni un buen médico ni un buen albañil. Quería ser actor con toda mi alma y lo he conseguido. Esa es la mayor fortuna de mi vida.

 

 

- Y sin antecedentes familiares ni viviendo cerca de la profesión, ¿cómo sintió una llamada tan fuerte?

- La verdad es que llegue a este mundo por el hambre y las privaciones que pasé en la Guerra Civil. La pasamos en Murcia, donde mi padre estaba destinado como ferroviario. Y nos consiguió para mi hermano y para mí un pase en el Cinema Iniesta. Y allí nos pasábamos con una botella de agua desde las cuatro de la tarde hasta la hora de dormir, porque no teníamos qué cenar. Gary Cooper, Loretta Young o Judy Garland y directores como Billy Wilder, Frank Capra o William Wyler se hicieron casi de la familia. Y viendo en aquellas películas las casas en las que vivían, los coches que conducían, las mesas de los restaurantes llenas de comida; enseguida sentí el deseo de hacer películas, y olvidarme del hambre, las privaciones y el miedo tan grande que pasaba.

 

- Y usted, que a nadie le quita el cartel de actor de comedia, empezó a hacer teatro con textos de Lorca, Olmo o Sastre. 

- Fue en la universidad y la verdad es que era un teatro muy comprometido y serio. Con buenos mimbres, con grandes autores, es fácil hacerlo bien. Pero aprovecho la pregunta para romper una lanza por el teatro frívolo. El teatro puede ser profundo, comercial, didáctico, lo que quieras, pero jamás puede ser aburrido.  Y digo más: no hay nada que le guste más a un actor que una carcajada del público. El aplauso es un premio, un reconocimiento formal a tu trabajo. Pero una carcajada es algo visceral y espontáneo, una conquista enorme. Y también aprovecho para decir que lo verdaderamente difícil es levantar una obra y llenar la sala con un mal texto. Y eso lo he hecho yo muchas veces, como actor o reescribiendo el texto.

 

- ¿Cómo fue el salto a la televisión y el cine?

- Parecerá mentira pero lo primero que yo vi en televisión fue mi cara. Cuando fui al paseo de La Habana con los Coros y Danzas y grabamos, apareció un plano mío con una pandereta en alto. Estaba predestinado. En televisión coincidía con otros actores, y empecé a recorrer los teatros con mis cartas de recomendación. Todo el mundo me decía que estaba loco, que cómo me iba a dedicar a esto siendo abogado. Pero yo lo tenía claro. Y de un teatro a otro acabé en uno donde estaban montando Camino Real, de Tennessee Williams, y allí me dieron el papel que no quería nadie, el de un personaje gay. Y yo me atreví con él. Y lo bordé. Hasta Marsillach o Fernán Gómez me felicitaron

 



 

- Más allá de esos arquetipos que le tienen encasillado, ¿qué otros papeles menos conocidos recuerda con cariño?

- En Valladolid hice una obra de Sastre llamada Escuadra hacia la muerte. Yo lloraba como un niño haciendo a aquel soldado. Aún recuerdo mis frases y lo guardo en el corazón. Recuerdo también el papel de conductor en Nuestra Ciudad, de Thornton Wilder, o cuando hice el zorro de El Principito de Saint-Exupéry que dirigió Fernández Montesinos en el María Guerrero, con música de Bernaola, un figurín de Vitin Cortezo, un texto maravilloso y rodeado de compañeros como María Asquerino, Mara Goyanes, Emilio Gutiérrez Caba… 

 

- Tampoco le ha dado mucho vuelo a los problemas que tuvo con la censura.

- ¿Para qué? Sí, he sufrido el escarnio y la bota de la censura, me han dado muchos palos y me han puesto muchas multas. Algo estúpido y terrible. Lo peor lo pasé con el equipo que hacíamos La tortuga perezosa en televisión cuando fuimos a hacer una función a un colegio mayor. Yo hice una parodia de la mujer de Franco, al estilo Gila, con el teléfono,  y me echaron de televisión. Lo pasé tan mal que me costó una úlcera y unas ojeras que aún me duran. Me costó horrores que repararan esa injusticia. Después de recorrer un montón de ministerios, de hablar con todo el mundo, todo se arregló tomando una copa en un banquete. Así es España, mi España, un brindis vale más que mil instancias y papeleos administrativos. Pero no guardo rencor.

 

 - Ha mencionado La tortuga perezosa, un programa de humor de mediados de los 60 en el que, además de actuar, desarrolló otra de esas facetas que el gran público apenas conoce de usted, la de escritor. ¿Cómo le dio por ahí?

- Yo creo que lo heredé de mi padre, que escribía maravillosamente. Y en el colegio todos los premios de redacción eran para mí. Me gustaba reescribir muchas obras de teatro. E igual que siendo actor siempre he cobrado lo que me correspondía, como escritor reconozco que me han chuleado mucho, y que he dejado que no apareciera mi autoría en textos que firmaban otros. Pero no me ha importado, porque eran textos que interpretaba yo y que sabía que mejoraba con mi escritura. No me quejo, porque yo no quería bolígrafo sino mueca. Eso sí, los que me han chuleado, si leen esto, que sepan que lo sé.

 

 

- ¿Sigue al tanto de lo que se hace en teatro, cine y televisión?

- Sí, me rodeo de gente más joven que yo para ir al teatro o al cine. Y llego a la conclusión agradable de que el teatro no se va a acabar. O que el musical está en auge; o que el teatro clásico tiene mucho público. Veo más pobre y repetitivo el cine. Y a esos amigos más jóvenes, les enseño películas de los años 30, 40 y 50, de esas que me conozco diálogos enteros. Y alucinan. Eso era cine, un cine de actores y actrices.

 

- ¿Cree usted que la generación actual tiene presente a las hornadas anteriores?

- Desde luego hay excepciones, pero se conoce muy poco de la gente que estuvo antes que ellos, que impartieron magisterio. Y están más centrados en cosas prácticas que en el arte. No sé, creo que la vocación no se siente tan fuerte como la sentíamos en mi generación. Parecen más importantes la técnica o la imagen, que lo que lleves dentro. El talento de un actor tiene que ver con el instinto, con el don de la vocación, con el saber sentir y el saber estar.

 

- ¿A quién reconoce usted como maestro o maestra?

- No ha habido nadie como Alberto Closas. Recuerdo una función suya, Una muchachita de Valladolid, en la que había un monólogo, y cada día iba el público a ver qué decía, porque improvisaba, lo alargaba, le añadía cosas, nunca era igual. Eso no eran morcillas, como se dice despectivamente, es talento puro. También adoraba a Fernán Gómez, no se podía ser más grande. El común de la gente se ha quedado con su mal humor, pero no sabían de su gran cultura, de su elegencia, de su sensibilidad… Y diría lo mismo de Rodero, de Marsillach, de Irene Gutiérrez Caba y de muchos otros

 

 - ¿Cuánto echa de menos su profesión?

- No la echo de menos, porque yo no dejo de actuar. En esta entrevista sin ir más lejos lo estoy haciendo. Hablo con el tono y la velocidad que quiero. Cuando voy a mi pueblo, no dejo de cantar, de recitar poemas o de relatar anécdotas. O si salgo a la calle, y me encuentro con amigos y vecinos, enseguida hago una parodia o cuento un chiste. Mientras haya actores y gente que escuche, siempre existirá el teatro. Y si además hay directores y autores, aún será mejor. Pero sin nosotros, sin los muñequitos, el espectáculo no puede continuar.

 

 

 

La cultura no es imprescindible; el instinto, sí

Laguna defiende a ultranza que el actor ha de nutrirse más de las emociones que de los conocimientos: “Este oficio tiene que ver con un instinto especial, con un sentimiento único, con una sensibilidad innata e inexplicable; la cultura y la educación son buenas, está claro, pero no son imprescindibles para ser actor”.  Y suele ilustrar esta reflexión con lo que le sucedió a Ana Adamuz, una popular actriz del teatro y en el cine del primer tercio del siglo XX: “Estaba interpretando un texto de Benavente y en un momento dado tenía que soltar un monólogo muy encendido. Y al público le encantaba ese pasaje y aplaudía a rabiar. Cuando llevaban varios días con la función, Ana le preguntó al dramaturgo: “Realmente, padrecito, qué quiere decir este monólogo con el que la gente me aplaude tanto, porque no acabo de entenderlo”. Y don Jacinto le explicó que tenía que ver con el abuso del rico sobre el pobre, con la necesidad de la justicia y la importancia de la democracia. “Ah, ahora lo entiendo”, dijo ella. Pues bien, volvió a hacer ese papel pero desde aquel momento nunca más le aplaudieron ese monólogo”.

 

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