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14-01-2015 Versión imprimir

 
 
Emilio Martínez Lázaro
 
 “No esperaba esto”



El director de ‘Ocho apellidos vascos’, la película española más vista de la historia, vive un recurrente idilio con la taquilla. Cada poco la revienta con un éxito. Al último ya le buscan secuela mientras el responsable trata de dar con la fórmula mágica para repetir. Y en ello está desde los veintipocos, cuando iba para doctor en Físicas




Una entrevista de JAVIER OLIVARES LEÓN
Con fotografías de ENRIQUE CIDONCHA
Cuando nació el madrileño Emilio Martínez Lázaro, en 1945, se estrenaron películas redondas como Recuerda, de Alfred Hitchcock, o Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini. Casi 69 años después, el director se codea en la enciclopedia con los grandes hitos del cine, al menos en España: su Ocho apellidos vascos, el repentino blockbuster de 2014, es, después de Avatar, la película más vista de la historia, con nueve millones largos de espectadores.
 
   Hitchcock y Rossellini, sin teléfonos móviles, sin redes sociales, sin fibra óptica, administraban a su antojo la aureola que genera el éxito, algo que Martínez Lázaro consigue a duras penas. Por fortuna, para esta tarde de viernes, con la canícula en la nuca, solo le aguardan dos compromisos: el nuestro y una cita vespertina de amigos: “Y con ellos no hablaré de cine”, celebra.
 
   Con nosotros, sí. Solo interrumpen la conversación el loro de la familia (“se lo pasa en grande cuando escucha bullicio”) y las alertas del celular del cineasta. “Es un whatsapp de esos, no voy a contestar”, dice, mientras mira de reojo al artefacto. “Me envían propuestas de lo más variopintas”. Aguardamos su relato, Emilio.
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué tal se vive retirado?
– No estoy para nada retirado. Y si se refiere a las rentas, no es esta la película por la que más he cobrado, ni mucho menos. Supongo que luego vendrán los derechos de autor. Se han juntado muchas cosas, no esperaba esto.
 
– ¿Qué pesa más en el éxito: el boca-oreja o las redes sociales?
– He oído y leído de todo… pero no te puedes fiar. Si te atienes a lo que se dijo al principio, incluso en redes sociales, la película habría sido un gran fracaso desde el pase de prensa. Y las críticas fueron o tibias o malas, la mayoría.
 
– Usted empezó como crítico. ¿Desacredita el éxito de la película al gremio?
– No. Es muy difícil…  esta película se sale de lo común. La gente ha recibido con satisfacción que se hablara del asunto vasco con naturalidad, que se le quitara solemnidad… Quizá el crítico, al verlo solo, sin las risas contagiosas, sin ver las caras de la gente a la salida, transmite otra cosa. Pero los respetas, por supuesto.
 
– ¿Sigue usted la evolución de las cifras?
– En este caso, sí. Son espectaculares, y el fenómeno invita a saber qué ha pasado. Puse una alerta en Google, gracias a la cual he visto cosas sorprendentes. En Vitoria, por ejemplo, han sustituido cuatro u ocho tapas por las caras de los actores en el cartel de la película: “Ocho apellidos gastronómicos vascos”. Y, la última: “Los jóvenes de Lepe podrán ver la película Ocho apellidos vascos”. Al parecer el ayuntamiento va a organizar dos proyecciones a 3 o 3,5 euros. Y no es un chiste. Muy marciano todo.
 
– Una buena solución para la crisis del cine.
– Pero si esta película la han visto tantos millones de personas pagando, sin contar con las descargas… cuando la pongan en la tele habrá un momento en el que todos los españoles hayan visto la película.
 
– ¿Se peregrina a los lugares del rodaje, también?
– Sí, mire: en Leitza [Navarra], las agencias de viajes han hecho rutas de la película. Incluso la propietaria del caserío en el que rodamos lo enseña. Son cosas que crean gran movida alrededor, y la gente lo aprovecha.
 
– ¿Le han llamado de Leitza a usted?
–La directora de producción ha hablado con el alcalde o el concejal de Cultura. Quedamos en ir a una proyección en la plaza… en verano. Es un pueblo precioso, por cierto.
 
 
 

 
 
 
– ¿Nunca le dijeron algo feo por la calle, durante el rodaje?
– Nunca, jamás. Ni en Zumaia, ni en Guetaria… Nos acompañó el concejal. La señora del caserío, que ahora está encantada, entonces era reticente a alquilarlo para el rodaje. “Es bueno para el pueblo, Fulanita”, le dijeron, y la señora aceptó [risas]. El propio concejal nos abría las puertas. En Nueva York existe una policía del cine, que llama a las puertas para mostrar o localizar lugares. En Guetaria era el alcalde quien nos acompañaba. Todo fueran facilidades, incluso del Gobierno Vasco, que nos dejó la comisaría de la Ertzainza de Zarautz para rodar.
 
– El pobre Dani Rovira, el protagonista, se fue a Australia de vacaciones… “porque no puede soportar la fama”, escribieron.
– No es cierto. Se fue con su padre, que tiene un hermano que vive allí. Y sí, viajan a las antípodas.
 
– ¿Sabe? El día de su estreno coincidió con El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, y la esperada Non-stop, de Collet Serra.
– ¿Ah, sí? ¿Fue justo el mismo día? Es cierto… ha habido también superestrenos americanos que se diluyeron en este tiempo: Noé, Capitán América, Spiderman… han quedado laminadas. De hecho, Dani Rovira, Karra Elejalde y yo nos hicimos una foto en Zaragoza con el cartel de estas tres [risas].
 
¿Engorda destrozar a las superproducciones, Emilio?
– Hombre, es una pequeña venganza, la parte más satisfactoria del asunto. Esto no había pasado nunca…
 
– Su película supera en la lista de las más vistas de la historia a La muerte tenía un precio, No desearás al vecino del quinto, además de Avatar, Titanic y esas cosas.
– Españolas anteriores también estaba La ciudad no es para mí. Y eso que resulta difícil conocer datos reales de entonces, sobre todo económicos.
 
– ¿Por qué se entiende usted tan bien con la gente joven? El fenómeno de Los dos lados de la cama representó algo parecido…
– No lo sé, siempre me he juntado con gente más joven... No tengo edad. Realmente este ha sido un filme para todos los públicos, desde los 10 hasta los 80 años. Han acudido personas que no habían ido al cine desde los años 70. Y ahí está el enigma: ¿Por qué niños de diez años disfrutan de la película sin entender los chistes políticos? Y son los que más los disfrutan. Se ha juntado todo: la película es bien recibida, hay golpes graciosos y el enfoque es distinto.
 
 
 

 
 
 
– El acierto del reparto es cosa suya, como sucedió con el cuarteto de El otro lado de la cama.
– Sí, entonces sucedió algo parecido, hicieron pandilla. Incluso alguno, como Secun de la Rosa, pasó a ser protagonista claro en otras películas después de aquella.
 
– Verbeke, Toledo, Paz Vega… hoy estrellas, están en deuda con usted desde esa película. ¿Cree que rebajarían sus pretensiones económicas si les llamara?
– [Risas] No he tenido ocasión de comprobarlo. ¡Y eso no se comenta, claro!
 
– ¿Influyó la mala acogida de su última película, La montaña rusa (2012), para que se decidiera por la comedia?
– La montaña rusa, como todo el mundo sabe, fue muy mal acogida, en efecto. Pero me llamaron para hacer Ocho apellidos… Ya existía el proyecto de Borja Cobeaga y Diego San José, los guionistas. Me puse a leerlo y me gustó, me reí. Ya había hecho dos películas muy taquilleras con esa productora. Tengo muy buena relación con Álvaro Augustín [de Telecinco Cinema], aunque tuvimos otras cosas entre manos que no han salido.
 
– ¿Usted prefiere no participar en el guion de las películas?
Hombre, participo, me sumo a las reuniones de guion. Pero no firmo todos os guiones, como hace algún colega. Tengo claro que el director cambia en el rodaje lo que le da la gana, y que el tono es mucho más importante que lo que está escrito.. Pero lo que no puedes es inventar situaciones, que ya venían dadas por Borja y Diego.
 
– ¿Qué cree que aportó usted al brillante guion?
– La consistencia de los personajes. La evolución de los personajes, que pasan de ser algo retrasados a personas normales. Y luego, muchas cosas que se inventan.
 
– ¿El dúo Los del Río estaba en el guion?
Sí, incluso Los del Río estaban...
 
 
 

 
 
 
– ¿Sigue siendo La voz de su amo la favorita de sus obras?
– Sí, es una de las que me siento más orgulloso, como película. Pero esta [Ocho apellidos….] también, y Los dos lados de la cama. Y Amo tu cama rica. Y Carreteras secundarias... De las que he hecho, me quedo con cuatro o cinco hijas a las que quiero por igual.
 
– ¿Cambiaría cosas de su carrera?
Sí, en casi todas las películas. Incluso en las que me gustan. Digo: “Uy, esto está demasiado largo”. “Uy, qué pena ese pasaje del guion”. Pero al rato pienso otra cosa.
 
– ¿Hay películas que no ha vuelto a ver?
– Sí. Y otras en las que he querido revisar un actor, o un enfoque. O sencillamente porque estoy delante de la tele cuando la están poniendo.
 
– ¿Y se engancha?
– Sí, por lo inesperado. Y entonces me centro, sobre todo si estoy solo. “Ahí el actor está equivocado”. “Mira que lo elegí mal”. “Ahí metimos la gamba”.
 
– ¿Y la visión de esa gamba puede cambiar?
– Sí, mucho. Lo que no me gustó en el primer visionado en el quinto puede encantarme. Y es bueno que sea así.
 
– ¿Qué era mejor en los 80 que ahora?
La financiación del cine. ¡Casi todo era mejor!
 
– ¿Con una sola tele vivíamos mejor?
– A mí me produce las películas Telecinco, por lo que no puedo opinar [risas]. En los ochenta hice dos series. Y todavía se está vendiendo La mujer de tu vida, de 1990. En Suiza, por ejemplo. Cobro derechos de autor como director y guionista. Por eso lo sé.
 
 
 

 
 
 
– ¿Le apetecería hacer algo en la tele?
– Sí. Pero seguro que no podría hacer comedia. Es más, preferiría que no fuera comedia. Pero una serie es imposible, porque todo lo que me proponen empuja a la secuela de Ocho apellidos vascos. Imaginemos que no hiciera la secuela, por la razón que fuera, y acudo a Antena 3, por ejemplo, diciendo que tengo en mente un drama del siglo XIX: me mirarían como un marciano.
 
– ¿Le han salido muchas novias por la fama?
– Sí, sí [piensa unos segundos]. Conferencias, charlas… un premio en el festival de Ourense… La película ha pasado de ser algo que promocionar a algo que promociona cosas. Esto es muy importante. Las tapas que decíamos con el nombre de la película, las visitas… sirven más que la publicidad turística. Procuro ir donde veo que el homenaje es sincero y sentido. Como lo de Lepe [risas]. En el País Vasco, las primeras 10 o 15 semanas pusieron la película en sitios oficiales. La diputación, el consejo… En espacios donde no hay cine, organizaban la proyección.
 
– Si se hubiera dedicado a las Ciencias Físicas, igual tenía usted otros ingresos por derechos… de patentes.
– [Risas]. Vaya usted a saber. No terminé, estuve hasta cuarto de carrera de Físicas, pero me gustaba más el cine. No fui a la Escuela de Cinematografía, pero estaba haciendo cine a la vez. Un par de guiones, por ejemplo. Y trabajaba como ayudante de dirección durante la carrera. Si hubiera tenido menos trabajo, sí habría terminado. Pero no veía salida profesional más allá de la investigación, que en aquellos tiempos… no me arrepiento, porque he sido feliz.
 
– ¿Intentó entrar en la Escuela Oficial de Cinematografía?
– Sí, sí. Dos veces, y me suspendieron. Empecé a hacer cortos.
 
 
 

 
 
 
– ¿Vivió el cine clandestino?
– Fui a París, a la Filmoteca… Veía cine americano y de otros países. Y, en Madrid, en la que hoy es plaza del Perú, en Príncipe de Vergara, ponían películas para los americanos de la base de Torrejón de Ardoz. No sé cómo me las arreglaba para entrar. Vi la segunda de los Beatles (Help), sin saber inglés ni nada. Tenía curiosidad, como la gente del teatro que va a Londres a ver a Shakespeare: aunque no sepas inglés, intuyes los diálogos.
 
– ¿Quién le marcó en esos comienzos?
– Trabajé con Jesús Franco en dos películas que rodaba a la vez. Yo reescribí el guión de una de ellas. Él me enseño a perder el miedo a la producción, a ingeniármelas para seguir adelante a pesar de las dificultades en pleno rodaje. Y conocí en TVE a Cecilio Paniagua, director de fotografía, ya con 70 años. Yo estaba entonces en Cuentos y leyendas: rodaba películas de una hora, argumentales, sobre un escritor, un cuento, una novela… a mis ventipocos, me dijo una serie de cosas prácticas que nunca se olvidan y que no se dan en las escuelas.
 
– ¿La primera que le viene a la cabeza?
– Estaba yo montando una escena, con los actores. “¿Por qué te vas tan lejos?”, me preguntó. Tardé en entender a qué se refería. Había un recorrido de la imagen sin ningún interés para el público, lejos de las personas que aparecían el fondo, en lo interesante. Claro, él sabía de todo, después de muchas películas, incluso con directores americanos. El encuadre, su ojo, me enseñó mucho. Era un profesor sin proponérselo.
 
– De esa mitología americana o francesa, ¿conoció a alguien en aquellos años?
– [Rememora]. He tratado a la actriz Jean Seberg [Al final de la escapada]… Al director de El marido de la peluquera, Patrice Leconte. Pero no soy nada mitómano.
 
– ¿Diría que hay mucho talento desaprovechado por aquí?
– Mucho, esto se está viniendo abajo. Yo estoy en la recta final de mi carrera y tengo un final feliz, profesionalmente hablando. Pero ves a la gente joven y ¿qué hacen? Está todo cegado.
 
 

 
 
 
– De los jóvenes, ¿quién le gusta?
– Son cosas delicadas… prefiero no citar ninguno.
 
– Su hija Clara, de 30 años, es también cineasta. Esa le gustará…
– Se reúnen y ruedan, con esas cámaras minúsculas tan maravillosas. ¡Ya hubiera querido tener yo esa infraestructura! Lo pasas a cine y puedes proyectar directamente en salas comerciales. Pero está en un limbo, es la realidad. Casi todos los directores nuevos vienen de series de televisión.
 
– ¿Y su generación, como está?
– Muchos de mi edad se han jubilado a la fuerza. Tampoco quiero decir nombres, y de todos los gremios. Directores de fotografía, decoradores... A la gente con cierta edad, la crisis les echa. Parece que, con lo poco que se rueda, se espera la llegada de un director nuevo que provoque una catarsis, que haya un gran éxito.
 
– ¿Qué le dicen esos coetáneos?
– Pues muchos me han llamado y me felicitan, claro. Les encanta que el éxito no llegue de fuera ni de otra generación. Es una especie de reivindicación. Pero resulta un consuelo triste.
 
   Emilio se echa a la calle, a la cita con esos amigotes de su generación. Y la calle, dicen, es el mejor barómetro. Por la calle le repiten los chistes de Ocho apellidos vascos, como en 2002 sucedió con El otro lado de la cama, que dio origen a una jerga mimética generacional. Y por la calle, claro, le preguntan por la secuela. “No hay nada cierto. Los guionistas y yo somos los más enterados, y no hay nada cerrado. Todo está en barbecho. Para mí es importante que salga bien, no solo ganar dinero. Con que hiciera con la segunda parte menos de la mitad, me conformo”. No estaría mal, no.
 
 

 
 
 
 
Con vientos de metal
De cerca, en determinados gestos que acompañan a su discurso, Emilio Martínez Lázaro recuerda a Woody Allen. Husmeando en su vivienda unifamiliar, un hobby confirma la sospecha en la buhardilla: el cineasta toca el saxofón, como el director de Annie Hall el clarinete. “Si te gusta un instrumento, necesitas dedicarle una hora diaria que no siempre tengo”, se disculpa. El compañero fotógrafo está a punto de convencerle para que pose con el metal entre los dedos. No hay éxito. “Me han dicho que se oye desde la calle. Un saxo tenor suena mucho”, se disculpa.
 
A Martínez Lázaro le gusta hablar de música. Ha trabajado con los mejores compositores (Luis Mendo, Bernardo Fuster, ambos ex Suburbano), y arreglistas (Roque Baños) de fin de siglo XX… “Creo que la música de Los dos lados de la cama es mejor que la de El otro lado de la cama, pero los arreglos de esta eran fantásticos”, comenta. Recuerda con cariño aquellos días con Mendo en el estudio de Lavapiés, enseñando a modular la voz a los actores. Nada que ver con la música de La mujer de tu vida, la serie de televisión de éxito en los 90: “¡Ahí cantaban los figurantes!”.
 
 
 

 
 
 
 “Los actores me dirigen a mí”
Cuando empezó en esto, Martínez Lázaro tenía la idea de que el director llevaba a la pantalla lo que surgía en su cabeza. “Y así partía yo: moldeaba al personaje hasta llevarlo a ese terreno. Y normalmente, donde lo llevabas es a un terreno seco, infértil”, recuerda. Pronto se dio cuenta de que le resultaba más productivo dejar a los actores que le dejen contar su vida interpretativa (y a veces, la otra), para llegar adonde ellos puedan desarrollar su talento al máximo. “En lugar de ser un estorbo, les ayudo en esa dirección. Encontramos puntos comunes. Así se aprovechan al máximo. Si hay algo desde hace unos años que tienen en común mis películas, es eso: los actores están bien. Les escucho mucho, pero hablo menos, o hablo sin incidir directamente en su manera de hacer”.
 
– ¿Así descubrió a Rovira?
– Es que él nunca había hecho ni cine ni teatro, solo monólogos. Lo hacía perfectamente, pero interpretar a un personaje no tenía nada que ver. Y en los ensayos, pasamos de esperar una respuesta mía (es lo que él tenía en el teatro, con sus monólogos y el público) a resolver solo. En dos minutos había pillado todo. Con Clara Lago también trabajé mucho, en el sentido de llevarlo todo a lo simpático: su personaje era una manipuladora mala que luego resultaba amable.
 
– ¿Y qué tal, a sus ojos, la relación entre dos actores nuevos?
– Perfecta, una química que salta a la vista. A Clara Lago le hacía mucha gracia Dani, y él hacía de todo para hacerla reír. Y lo aproveché. Por eso digo que los actores me dirigen a mí. Aunque están toda la película discutiendo en sus papeles, se palpa un feeling detrás que se nota. Hay veces que ella llega a reírse de lo que hace él.
 
– O sea, que usted aprovecha al máximo al actor.
– Así es. Y todavía les empujo un poco más.
 
– Karra Elejalde llena solo la pantalla.
– Tenía muchos recelos ante la historia. Es un vasco antiguo, y no entendía, por ejemplo, que en una manifestación radical haya personajes tan simples, cantando Euskadi tiene un color especial. Resultaba muy fuerte para él. Pero empezamos a leer el personaje. Insistía en que su personaje era del PNV. “Ya lo sé, por eso el barco se llama Sabino III”, le decía yo. Y, en estas, se le escapó una confesión decisiva: su padre, un vasco recio puro que apenas sabía hablar castellano, decía cosas como “casualidadmente”. Y al incrustar esos diálogos en el guion, se vio convencido.
 
– Y de Karra sale un personaje tan redondo como divertido.
– Sí, la gracia sale de la forma de hablar del personaje, que tenía mucho del padre de Karra Elejalde. Un ejemplo más de que el actor me dirige a mí. A mí no se me habría ocurrido jamás. Se demuestra más que los actores son personas a las que escuchar.
 
– ¿Hay algún director que no escucha?
– Otto Preminger tenía fama en Hollywood de dar latigazos: dirigía a gritos. Como Luis Lucia, que firmó las primeras de Marisol entre otras. Todo a grito pelado, desde que entraba hasta que salía. Yo me paso el rato haciendo bromas, para que la gente disfrute. Se trata de no imponer. Les dejo que se muevan a su antojo y decidan adónde van. Y en este caso, incluso los secundarios son unos pedazos de actores. De Aitor Mazo (ya había trabajado con él en La voz de su amo) a Lander Otaola, el de la herriko taberna.
 
– Como Carmen Machi.
– También me guió ella. Leyó el guion y aceptó. Y eso que no tenía fecha de salida. Su personaje era como de Maribel y la extraña familia: “Mira estas señoritas, qué simpáticas”, y resultaban ser putas. Un personaje de la vida, que vive su vida extraña en el País Vasco y fuerza todo desde el primer momento.
 
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