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07-02-2017 Versión imprimir

 

Emma Suárez
Una investigadora del alma


“¿Un consejo para ser actor? Siéntate en una terraza y observa”


La polifacética artista madrileña defiende el valor terapéutico del trabajo y la ingenuidad como método. Rescatamos de los archivos de AISGE ACTÚA (número 24) esta entrevista con la histórica ganadora de dos Goyas interpretativos en una misma edición
 
 
RODOLFO CHISLEANCHI
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Madrid, septiembre de 2010
Dos mujeres sentadas en una mesa cercana acaban de reparar en quién es su ocasional vecina de aperitivo. Miran. Susurran. Vuelven a mirar. “Antes estábamos en el patio de butacas, ahora pasamos al escenario”, comenta Emma Suárez después del cambio de mesa en el café donde tiene lugar la entrevista, tan cómoda en una situación como en la otra, tan a gusto siendo público como habituada a codearse con la popularidad. “Me acompaña desde niña, y me he ido haciendo. Al principio tomaba cierta distancia, porque no me sentía preparada para afrontar según qué situaciones. Ahora creo que ya somos amigas”.
 
   Es verdad. Hace ya mucho tiempo que esta chica rubia y guapa que creció en el madrileño barrio de La Latina dejó de ser una desconocida. Exactamente desde el momento en que se puso delante de una cámara, con 14 años, como un juego más de una adolescente inquieta.
   
   – Mis padres me llevaron a un casting para la película Memorias de Leticia Valle, sobre una novela de Rosa Chacel, y fui seleccionada. Yo no tenía vocación de actriz ni tomaba las decisiones. La vida o el destino me llevaban y elegían por mí. La vocación fue creciendo después, cuando asumí que esta es una profesión comprometida en la que te expones y expones tu alma.
 
 

 
 
 
– Pero en algún momento se habrá mirado a un espejo y habrá dicho: ya soy actriz.
– Tres años después de aquella primera película me llamaron para hacer teatro, El cementerio de los pájaros, de Antonio Gala. Acababa de cumplir los 18 y compartiría escenario con Irene Gutiérrez Caba y Encarna Paso. Entonces me di cuenta que aquello iba en serio, porque el teatro me generaba mucho respeto. Tal vez ese haya sido el punto de inflexión.
 
   Cuenta Emma Suárez que uno de sus primeros directores le aconsejó no apuntarse a ninguna escuela, porque la veía muy receptiva a todo lo que le enseñaban (“me hice sobre la marcha, trabajando”). De todos sus compañeros, maestros ocasionales, fue aprendiendo algo; sin prisas, dándose tiempo para reflexionar y captar qué significa subir a un escenario o ponerse delante de una cámara.
 
– Actuar es un medio para comprender al ser humano: tratando de conocer personajes me conozco un poco más a mí misma. Es cierto que trabajamos con la mentira, pero es imposible convertir una mentira en verdad si primero no te la crees tú.
 
 

 
 
 
– ¿Esto es lo que le diría a alguien que está empezando si le pidiera un consejo?
– Es difícil aconsejar a una persona sin conocer su motivación. Ser actor es un trabajo de fondo, de investigación del alma: comprender las emociones y por qué somos como somos. Creo que a quien me pidiera un consejo solo le diría: “Siéntate en una terraza y observa”.
 
– ¿Los jóvenes que van incorporándose a la escena tienen más o menos paciencia que antes?
– Quizás haya más prisa por acaparar, por comerse el mundo. Hay una gran diferencia entre la gente que quiere ser famosa y los que quieren ser actores. La fama es una imposición o consecuencia que viene del exterior, mientras que el de actor es un trabajo que viene de dentro. En la sociedad que vivimos se va a demasiada velocidad y la gente que comienza a veces tiene prisa por ser famosa. Creen que alcanzando la fama se alcanza el talento, pero es mucho más fácil ser famoso que ser actor.
 
   Las señoras de la mesa de al lado ya se acostumbraron a la vecina actriz (y famosa) y han vuelto a sus temas. La charla camina de la fama y el reconocimiento al éxito y el fracaso. Emma conoce, como cualquiera en esta vida, las dos caras de la moneda. “He vivido momentos duros, pero que también es un éxito vivirlos: son definitivos e importantes”, reflexiona.
 
 

 
 
 
– ¿Acepta un proyecto en función de su posible futuro comercial?
– En absoluto. El éxito comercial es importante, evidentemente, pero para mí el éxito es participar en un proyecto donde intervengan el entusiasmo y la pasión, ser honesta con el trabajo. Después, su repercusión mediática no está en nuestras manos. Es uno de los misterios de este trabajo. ¡Si hay actores que son revelación a los 70 años!
 
   Trabajo, trabajo, trabajo. La palabra se repite una y otra vez en el discurso de Suárez. “El trabajo para mí es terapéutico, una evasión”, confiesa.
 
– ¿Puede dividir su vida profesional en etapas?
– No. Mi vida profesional va ligada a mi vida personal, a la que siempre he dado prioridad, y las etapas van definidas por el nacimiento de mis hijos. Muchas veces he dicho no a trabajos porque consideré que en ese momento era más importante lo que me estaba pasando a mí.
 

 
 
 
– ¿El teatro le resulta más imprescindible que el cine o la televisión?
– Sí. Me siento muy bien conociendo los tres medios porque todos me aportan. Es como leer cuento, novela o poesía: los tres enseñan algo. Pero el desarrollo del trabajo en el teatro es mucho más completo. Se ensaya varios meses, generalmente tienes un texto de un buen autor y ese trabajo de desentrañar las palabras y buscar entre líneas resulta mucho más jugoso, más profundo.
 
– ¿Y consigue desentrañarlas?
– Al menos siempre lo intento. En este trabajo es imprescindible ser ingenuo.
 
 

 
 
 
El encanto natural

Enciende un cigarrillo. Se pone seria. No desvía sus ojos de los de su interlocutor mientras responde, pero queda claro que al mismo tiempo mira hacia adentro. Habla con la naturalidad y seguridad de quien tiene el guión de su vida perfectamente asimilado. Y rubrica cada pensamiento con una sonrisa luminosa y vital.
Algunos hombres clasifican a las mujeres entre aquellas que pueden encontrarse en el metro y las que no. Emma Suárez pertenecería, sin duda, al primer grupo. Su belleza no pasaría inadvertida, pero lo haría tal como espera al fotógrafo y al periodista en una mesa del Café Gijón: sin una gota de maquillaje, desprovista de disfraces, alejada de cualquier postura de estrella, por puro encanto personal.

“Me siento una afortunada”, dice Emma Suárez en algún momento de la charla, y después lo demuestra. Se emociona con el guión que un amigo le pidió que leyera, se divierte en la sesión de fotos, abre su corazón durante la entrevista, habla con entusiasmo de su trabajo, de sus hijos… Disfruta de la vida, o al menos eso parece cuando uno la ve encender el segundo cigarrillo, echarse hacia atrás en la silla, activar su mirada chispeante, decir una frase y, por suerte, volver a sonreír.
 
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