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15-07-2016 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
Encasillados
 
 
 
ANTONIO GÓMEZ RUFO
“España es un país intelectualmente tan pobre que solo puede tener una idea de cada persona”. Esta frase, que ya no recuerdo si oí de labios de Cela, de Tierno o de algún otro personaje allá por los años 80, se me ha quedado incrustada para siempre como una astilla en la epidermis del alma. Y creo que fue, y sigue siendo, muy certera: en nuestro país necesitamos tener encasillada a la gente porque de lo contrario nos causa incertidumbre, dudas, desasosiego y hasta cierta desconfianza.

   En general, los demás quieren saber de nosotros qué somos, quiénes, cuál es nuestro oficio. Oímos hablar de un cantautor que además pinta, de un político que escribe novelas y de un director que toca el clarinete, pero a efectos públicos su profesión seguirá siendo la de cantautor, político o director, nada más; o si no que se lo pregunten a Aute, Leguina o Woody Allen. Encasillar relaja; lo demás, confunde.

   Durante algunos años tuve que torcer el gesto para que no me llamaran el abogado Gómez, total porque ejercí como tal un par de años. Luego, mi identidad fue la de gestor cultural porque dirigí el Centro Cultura de la Villa-Teatro Fernán Gómez y creé el Festival “Madrid en Danza”, y cuando al fin se logró encasillarme como escritor fui novelista y nada más, además encorsetado incluso en el género de la novela histórica, sin que nadie tomara en consideración y valorara mis otras actividades profesionales, como guionista de Berlanga en sus últimas películas, como director de mi propio cortometraje y como autor que ha escrito y estrenado dos obras de teatro. A todos los efectos, soy un escritor. Y todos tan tranquilos. Aunque como se me ocurra estrenar una tercera obra teatral, y tengo algún éxito, no sé qué sucederá. Porque nuestro país encorseta el éxito y el fracaso, no la actividad en que se triunfe o la que se hunda en la nada.

   Personalmente, a mí no me importa. En absoluto. Sobre todo porque yo también me considero escritor y creo que es la profesión que deseé ejercer desde muy joven, desde que recuerdo. Pero observar el desdén con que se perciben el resto de trabajos, ejercidos con idéntica profesionalidad y el mismo esfuerzo que me impongo a la hora de escribir novelas, no deja de confundirme, o incluso mutilarme un poco.

   Pero entonces compruebo que no solo sucede conmigo. Cuando se informa de que un actor dirige una película, o una obra de teatro, parece recibirse la noticia con una mueca a medio camino entre el descreimiento y la conmiseración. Y no digamos cuando se conoce que ocupa un cargo público o una responsabilidad política. También ocurre cuando de descubre que un dibujante humorístico es un genio de la arquitectura (Peridis) o un director de cine gana un premio literario de narrativa. O una guionista es nombrada ministra (Ángeles González-Sinde) o un director se convierte en productor de vinos (Cuerda). A España le cuesta tener dos ideas de una misma persona; es como si le afearan un intrusismo inexistente y le preguntaran de malos modos: “Pero, bueno, ¿y usted a qué se dedica? ¿No era director (o actor, o músico, o pintor o lo que fuere)?

   La cosa no es nueva. Desde el Siglo de Oro se ha necesitado que el tiempo fuera definiendo con una sola profesión a los creadores para que se oscurecieran sus otras actividades y oficios hasta quedar en el olvido. Algunos recuerdan que Cervantes era cobrador de impuestos, soldado de fortuna y preso ilustre, pero El Quijote le salvó de todo lo demás. Como a Larra le salvó el suicidio de ser un paparazzi de su época y, con los años, Azaña será recordado por su acertada y brillante prosa.

   A lo largo de los años he ido comprobando que todos somos mucho más que una sola cosa. Y no me refiero a artistas que son grandes cocineros, creadores que son genios en el arte fotográfico, a filósofos que vociferan en las gradas del Bernabéu, a humoristas que exponen obra pictórica de mérito, a actores que ponen en pie, como gestores, centros culturales y teatros y a farmacéuticos que ganan el Premio Nacional de las Letras. Se podrá argüir que una cosa es la profesión y otra la afición, y por tanto se puede amar la cocina, la fotografía, el fútbol, la gestión cultural o la literatura. Me refiero a esa consideración general negativa con que se contempla que un cómico escriba un libro contando su vida, o que publique una novela salida de su imaginación, o que se adentre en la poesía con una antología de sus poemas. Observo, ante ello, una especie de indignación entre los colegas (y también entre cierta crítica y algún lector) porque se toman el hecho como oportunismo, o competencia desleal, o intrusismo profesional, desconociendo en la mayoría de los casos que el público tiene derecho a elegir lo que le plazca en la mesa de novedades y que la historia de la literatura está llena de ejemplos y nunca perjudicó que trascendiera una obra merecedora de trascender. Otra cosa es el fenómeno del engaño por parte de personajes mediáticos que buscan el beneficio con la existencia de los “negros”, pero eso es un fenómeno editorial de carácter comercial que no pasa de ser una broma que no engaña a nadie.

   Por suerte, la gente de la Cultura tiene un don que la convierte en seres especiales. Son tantos los que han nacido con la suerte de amar y dominar un arte creativo, sean actores, músicos, bailarines, performers, directores, autores o escritores, y profesionales de otras muchas disciplinas, que empeñarse en reducir sus capacidades, recortar su creatividad, limitar su genio y estrechar sus límites es empobrecerlos a ellos y empobrecer la riqueza cultural nacional. Y la incultura de hoy será la miseria del mañana. Por eso hay que dejar de aceptar la realidad de esa pobreza intelectual que consiste en exigir que solo pueda haber una idea de cada persona y dar alas a la creación, cualquiera que sea, de modo que quien lo merezca pueda ser considerado autor de tantos oficios como abarque su capacidad, a ver si de una vez logramos que los españoles nos sintamos orgullosos de lo que somos y de quienes alimentan nuestro espíritu, tan necesario para construir un país digno y libre.

 
 


Antonio Gómez Rufo (Madrid, 1954) es novelista, autor teatral y licenciado en Derecho. Ha sido guionista de Berlanga, asesor de la Filmoteca Española y director del Centro Cultural de la Villa. Autor de títulos tan celebrados como ‘El secreto del rey cautivo’, ‘La noche del tamarindo’ o ‘La camarera de Bach’, su novela más reciente es la ambiciosa ‘Madrid’, un relato de la gran ciudad a través de los siglos (y de casi un millar de páginas)
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