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14-04-2016 Versión imprimir

 
 
Enrique San Francisco


“Es imposible ser buen actor si no vives intensamente”



Aunque el desmadre pudo eclipsar su talento, a los 61 años declara amor a un oficio que constituye su gran motivación



JUAN FERNÁNDEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
“¿Cómo que has llegado sin cervezas? Baja ahora mismo al súper y súbete media docena”. Voz de hojalata y sonrisa amplia, Enrique San Francisco extiende la mano y da la bienvenida a su casa. Piotr, la persona que le ayuda con los papeleos y las llamadas de gente extraña, había avisado antes de la cita: “Mejor que os traigáis unas birras para la entrevista”. No era broma.
 
   Tampoco es fábula la leyenda de crápula que acompaña al intérprete. Se han contado tantas historias suyas empapadas en alcohol y noche que uno llega con la idea de encontrarse a un personaje más que a un actor. Él no desmiente al mito. Al contrario: retirado ya de “la mala vida”, en los próximos minutos hablará de su afición a pisotear límites con el consuelo de quien sabe que ahí radica su secreto y la resignación de quien asume que no tiene remedio. “¡Cómo será la cosa, que me mudé a este piso hace dos meses y una noche descubrí que el salón se iluminaba con el neón de Mahou de un edificio cercano!”, cuenta entre carcajadas. ¿Qué culpa tiene él de que su sino le persiga?
 
 

 
 
 
Veo sobre la mesa un guion. ¿Su próximo trabajo?
– Aún no es seguro. Me apetece hacer teatro y me han ofrecido algunas cosas, pero las veo demasiado aburridas, demasiado dramáticas, y no tengo ganas de dramas, que ya bastantes penas está habiendo en este país. Quiero una función en clave de humor. También echo de menos el cine: he rodado más de setenta películas, pero la última la hice hace seis años.
 
¿Es más divertido reír o hacer reír?
– Es jodido escoger. Lo importante es mantener el sentido del humor. Mientras lo conserves, estás salvado, porque todo en la vida encierra un gran drama. Si analizas cualquier chiste, al final siempre hay un hecho terrible. Lo que más gracia nos hace son las desgracias. Somos así de cabrones.
 
¿Tira de ese axioma a la hora de plantearse sus monólogos?
– Sí. El humor es una exageración de la realidad. Solo has de encontrar el lado ridículo que tiene todo y tirar de ese hilo absurdo. No me limito a la representación de mis monólogos, también me implico en la elaboración. Como soy muy vago, los escribo con Denny Horror. Y cuido al detalle cada cosa que cuento: no soporto el humor fácil y burdo, me gusta darle al coco y pretendo que la gente también le dé.
 
 

 
 
 
¿En su vida hay muchas carcajadas?
– A todas horas. Del primero que me río es de mí mismo. El espíritu crítico es un salvavidas, así que me rodeo de gente con sentido del humor. La casa donde vivo es un cachondeo.
 
¿Quién vive aquí?
– Vivo solo, pero siempre hay un montón de amigas y amigos que son tan desastres como yo, lo cual provoca continuas situaciones hilarantes. Es gente muy joven que me contagia su entusiasmo y alegría. No me gustan los mayores que detestan a los jóvenes ni al contrario. 
 
¿El viejo es usted?
Acabo de cumplir 61 años, pero no me traumatiza ser un sexagenario. Ni tuve crisis de los 40 ni conozco la menopausia masculina. Me gusta echar una mano a los chavales y suelo participar en cortos de profesionales que están empezando, pero la verdad es que no envidio su juventud. En esta puta vida hay que saber envejecer, que también tiene sus ventajas, pues acepto muy gustoso que la gente se dé hostias por ayudarme. A veces pienso si soy un egoísta. Pues no. La vida es un intercambio: tú me traes cervezas y yo me siento contigo. En el fondo soy un gran cabrón.
 
 

 
 
 
¿Cómo se lleva con sus colegas de oficio?
– No me trato demasiado. He trabajado mucho durante muchos años y guardo ciertas distancias con el personal para no saturarme. Con los compañeros al final acabas hablando del trabajo… y la verdad es que no me apetece demasiado. Tengo amigos tan maravillosos como Antonio Resines, Jorge Sanz o Emma Suárez, pero ya no nos vemos como antes. Hace años, no es que saliéramos, es que apenas entrábamos en casa.
 
¿Se ha retirado de la calle?
– Salgo menos. La vida tiene etapas que has de vivir y dejar atrás. Lo importante es vivirlas, porque te quedas con una sensación de cuenta pendiente si no lo haces. Yo no tengo problema en ese terreno.
 
¿Cuáles son sus cuentas pendientes?
– Me habría gustado ser cirujano. Dudé entre hacerme médico o actor, pero me contaron que en Medicina se estudiaba mucho, y yo nunca he sido muy estudioso. Al final me dedico a una profesión que me obliga a memorizar constantemente cosas que encima no sirven para nada. Es un castigo del destino.
 
¿Estaba condenado a la interpretación por ser hijo de actores?
– No y sí. Cuando era un crío, mi madre hizo El adefesio de Alberti con Mario Gas en Barcelona. Veía la función a diario y luego interpretaba todos los personajes. También conservo el recuerdo de ir a los camerinos del Teatro Calderón y alucinar con las tías buenísimas que pasaban medio desnudas. Me gustaba aquello de las lentejuelas, las luces y la música, pero lo veía con ojos de niño. Me parecía un juego. En ese momento no se me pasaba por la cabeza que ahí estaría mi futuro.
 
¿Tardó mucho en verlo?
– Lo decidí cuando, al terminar el Bachillerato en Barcelona, me trasladé a Madrid con mi padre. Llegué de adolescente y me dediqué a la delincuencia. Directamente. Tuve una época de mala vida que por suerte duró solo unos años, pero que ha marcado el resto de mi camino. Estaba hecho una buena pieza, era todo un fenómeno en esa época. Montones de amigos no tuvieron mi misma suerte, desde Antonio Flores hasta ‘el Pirri’.
 
 

 
 
 
¿Qué le lleva a uno a retroceder en el borde del precipicio?
– No querer morirte. Es puro instinto de supervivencia. Yo vi mi final y me dije: “Para vivir así, mejor morir”. Luego pensé que mi madre no se merecía que la jodiera tanto.
 
En esa época participó en lo que se conoce como cine quinqui: Navajeros, Colegas, El pico… ¿Cómo recuerda aquella experiencia?
– Como un auténtico desastre. Me pasaba el trabajo por los cojones, iba de sobrado. Esa deriva era muy peligrosa, y yo no fui el único. Conozco a muchos actores de gran calidad que fueron rechazados porque los directores temían que no se presentaran en los rodajes. 
 
¿Qué le enseñaron esos años?
– Que lo que no mata, engorda. Podría haber tenido más trabajos si hubiera llevado otro tipo de vida, pero a lo mejor hoy no sería tan buen actor como dicen. Nuestras herramientas son cosas que no se estudian: las emociones, las vivencias… O las llevas contigo o no lo llevas. Si pregunta por ahí se dará cuenta de que la mayoría de los intérpretes arrastramos una infancia jodida. Por eso es muy conveniente que mantengamos una cierta estabilidad en nuestro entorno. De lo contrario, esto es un caos, como en mi caso.
 
¿Se arrepiente?
– No. Prefiero esto a encontrarme a estas alturas con la sensación frustrante de no haber hecho lo que he querido. Esas experiencias me han llevado a ser el intérprete que soy. Me parece imposible ser buen actor si no has vivido intensamente.
 
 

 
 
 
– A pesar de tanto desorden, no le ha faltado el trabajo. ¿Cómo se explica?
– Trabajar conmigo tampoco resultaba fácil mucho tiempo después de haberme librado de todas mis adicciones. He sido conflictivo y he ido a mi bola. La profesión me ha tratado mucho mejor de como yo la he tratado a ella, pero nunca fallé a los que confiaron en mí.
 
Si sigue viviendo intensamente y mejorando como actor, lo mismo un año de estos le dan un Goya.
– ¿Para tirarme luego dos años sin trabajar? Quite, quite. Al ver el espectro que se maneja ahora, creo que el Goya lo gana ya cualquiera. Yo lo agradecería, pero no me interesa en absoluto. El cine español está politizado. El triunfo resulta muy fácil porque todo es muy malo, muy vulgar, muy hortera, de muy mal gusto.
 
Si mañana le tocara en la lotería un montón de dinero, ¿dejaría el oficio?
– Trabajaría igual, se lo aseguro. Si no fuera delante, pues detrás, pero seguiría relacionado con esto. Porque me divierte, porque no sé hacer otra cosa, porque es mi vida. La gente piensa que no hay nada mejor que estar todo el día tocándose los cojones, pero yo soy muy nervioso, no sé estarme quieto. Para mí el trabajo es una bendición. Soy un peligro sin hacer nada.
 
 
 

 
 
 
‘El pícaro’
 
LA OBRA. En 1975 Fernando Fernán Gómez creó para TVE El Pícaro, una serie ambientada en el siglo XVII por cuyos 13 capítulos desfiló la profesión en pleno. A punto de cumplir 20 años, Enrique San Francisco participó en dos de ellos, los cuales recuerda en una nebulosa de cannabis. “Estaba más pendiente de una novia que me eché en Ibiza que de la serie. Iba todos los días fumado”, reconoce. 
 
LA GRABACIÓN. “Me lo pasé muy bien porque había caballos, y en cuanto podía, me escapaba a dar una vuelta. El reparto reunía a gente estupenda, lo mejorcito de ese momento, pero recuerdo con especial ternura a Emma Cohen. La conocía de antes porque en Barcelona vivíamos en el mismo edificio. Aparte de una gran actriz, era un bellezón”. 
 
LA ANÉCDOTA. “Don Fernando me dio una lección que nunca olvidaré. En vista del estado en que yo había aparecido durante el rodaje, siempre con un colocón espantoso, decidió doblarme. La voz que se escucha no es la mía, sino la del gran doblador Pepe Moratalla. Eso es una humillación para un actor, pero Fernán Gómez me dijo: ‘Con todo lo que te quiero, espero que tomes nota, que esto no se repita’. Fue una suerte estar en sus brazos”. 
 
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