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03-10-2012 Versión imprimir
 “Disfruto con los personajes y eso me gusta más que un género en sí”

Tras más de treinta años entre fotogramas, el montador de ‘Lucía y el sexo’, “Paris Tombuctú’ o ‘La ley de la frontera’ conserva intacta la ilusión
 

XABIER ELORRIAGA
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Lleva años sumergiéndose bajo la superficie de los materiales que le entregan los directores. Tal como hacía su padre, solo que él, con submarinos. Ahí abajo, en sus muy equipadas salas de montaje, Iván Aledo –uno de los más grandes montadores del cine español– cambia de sitio algunas velas, modifica la marcha, resitúa unas gaviotas o algún delfín, como si las películas fueran  veleros que serán botados a la mar. Iván, nada terrible, aunque muy precavido ante quienes puedan acercarse para venderle burras, podría haber sido uno de los personajes que Conrad creó. Su impactante presencia física y toda su forma de moverse y explicarse ante su oficio y la vida, nos llevan a imaginarle protagonizando exóticas aventuras. Tan exóticas como las de querer ser un navegante de este nuestro cine, tan tormentoso.
– Da sus primeros pasos en TVE y seguirá ahí veinte años.
– TVE fue para mí una escuela. Entonces funcionaba como una gran productora y teníamos una enorme cantidad de material para montar. Aprendías mucho y siempre estabas muy activo. Comencé en programas informativos. Buscaba montar lo más complicado y laborioso, los artículos de fondo, los ensayos, los pequeños relatos.
– Iba aprendiendo sobre la marcha.
– Entonces no había escuelas. Todos éramos autodidactas y sí, esa fue una ventaja que hoy nadie tendría. Los que empezamos en aquella TVE teníamos la misma edad, la misma poca experiencia y las mismas ganas de aprender y hacerlo bien. Aproveché no solo para hacerme con el oficio, sino ver cómo podía aplicar concepciones diferentes a las que entonces imperaban.
Aledo niega que hubiera nada de insensatez en su comportamiento ni en todos los que acabarían renovando el lenguaje televisivo de TVE. “Sí quizás falta de respeto. Ninguno sabíamos hacerlo. Tampoco nos movía una prisa especial”. Eran otros años y, si no, que se lo pregunten a nuestros muy formados jóvenes de hoy.
– Luego le cae en suerte ‘Vivir cada día’, el programa que creó José Luis Rodríguez Puértolas, de gran aceptación durante años.
– Ese programa incluía espacios dramatizados. Montar aquel material fue mi primer paso hacia la ficción. Tanto que me llevó a colaborar con Javier Maqua, uno de los realizadores de Vivir, en su primera película, Tu estás loco, Briones. ¡Y ese mismo año hice Elisita, de Juan Caño, otro de los buenos realizadores de aquella TVE!
– Eso ocurrió en los primeros ochenta. Pero no volvió como montador de ficción hasta finalizada la década para colaborar con Felipe Vega en ‘Mientras haya luz’. Después montó ‘Ander eta Yul’, de Ana Díez, una de las primeras aproximaciones a una reflexión crítica al terrorismo de ETA, muy activa por aquel entonces.
– Esa película me cayó por casualidad, como tantas otras. La iba a hacer Pablo del Amo, pero en el último momento se retiró y me recomendó a mí. Me hizo mucha ilusión porque, aparte del tema, era pura ficción. Recuerdo que el mismo día del estreno quitamos, copia a copia, una secuencia onírica, la favorita de Ángel Fernández Santos, uno de los guionistas. “El eco de la conciencia de Ander”, defendía Ángel. Entonces no lo vi y creo que llegué a reírme. Me arrepiento de haberla quitado. Esto es lo bonito de este trabajo, que veinte años después todavía recuerdes una secuencia y te digas: podría haberla dejado.
Iván va atendiendo como puede, interrumpido por llamadas internas o externas sobre trabajos en marcha. No importa nada. Al contrario: doblando su gran altura sobre el ancho teclado, le vemos ejecutar en la pantalla soluciones para una historia real.  
– No elijo jamás y, como diría Fernán-Gómez, las pocas veces que he elegido, me he equivocado. He tenido la suerte de que iban saliendo las cosas escalonadamente. He ido haciendo los proyectos que me iban más o que me gustaban más. Un guion es algo muy difícil de leer. Y cuando me he desmarcado voluntariamente de alguno, luego me he arrepentido. Así que hace tiempo que no elijo.
Si no llevásemos un buen rato con Aledo, premiado con dos Goyas (La gran aventura de Mortadelo y Filemón y Los amantes del Círculo Polar) y otras cinco candidaturas, su respuesta nos hubiese sorprendido del todo. Iván se ha situado en las entrañas de la sala de máquinas de toda película que quiera arribar a los espectadores. “He montado comedias, thrillers, películas de aventuras, cómics llevados al cine, telefilmes, series. No tengo preferencias, como no sea el género humano, mostrado de una forma u otra. Me gustan las películas donde haya personajes, con mayúsculas. Disfruto pensando en lo que sienten y eso me gusta mucho, más que el género en sí.
– Sería el caso, desde luego, de Julio Medem, un director del que ha montado tres películas con personajes que trascienden el relato convencional, con perfiles nada habituales.
- Medem es fuerte, muy fuerte. Con él estas inmerso en un proceso creativo hasta el final del montaje. Sus películas son muy potentes.
De nuestra larga conversación con este montador, al que no he podido dejar de imaginar como un bucanero del cine, de esos que se inventó el italiano Salgari, con pañuelo a la cabeza y una navaja para eliminar lo que no servía, nos quedarán cosas que no podemos trasladar. Por falta de espacio, claro. “Para mí el montaje ha sido una manera de matar el gusanillo del cine desde dentro”. Ronda varias respuestas. “No todo el montaje se hace en montaje. Ni todas las virtudes y esencias de una película están en el montaje. Muchas veces eso ya está en el guion. Y conviene que así sea”.
– Ya, esa es una verdad de la cual pocos advierten a los nuevos realizadores. Usted sí, en las clases que suele impartir.
– Lo que sé, y así procuro trasmitir, es una idea básica: un montador tiene que interpretar el guion, el trabajo que te va entregando el director. El trabajo de los actores, algo fundamental, porque se trata del que cada uno ha hecho de su personaje.
– Con perdón, ¿o sea?
– Sacarle el mejor partido al material que me entregan. No acudo nunca a los rodajes de mis películas. Sigo con esa ilusión de creerme lo que está pasando.  Para mí, lo único importante es dar con lo más adecuado para la historia que se está contando, que signifique lo tiene que significar y emocione como tiene que emocionar.
Cruzamos las varias salas del piso lleno de ordenadores, pantallas y algunos colaboradores que van y vienen. En nuestra retina, fundiéndose sobre la imagen y la voz de Aledo, las imágenes del documental en el que ahora está empeñado: el personaje que inspiró Entre Lobos (Gerardo Olivares, 2010), un señor de carne y hueso, con 66 años: este sí, creció entre lobos. Iván Aledo, tras la ficción, ha decidido ir a por lo real, lo vivo, lo que palpita.

JOAQUIM JORDÁ
Aledo se considera uno de los “cien mil hijos adoptivos” del realizador catalán. “Cada vez que iba a su casa de Barcelona había cola”. Le conoció treinta años atrás y todavía hoy se emociona al recordarle. “Era el número uno, un rompepelotas profesional, un tipo duro, inteligentísimo, que escribía unos guiones alucinantes”. De hecho, cuando en algún momento le preguntamos que eligiera el montaje que más le ha gustado hacer, no lo dudó un instante y optó por el “impresionante” El encargo del cazador (1990). “Esto no puede molestar a nadie”.

 
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