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12-09-2012 Versión imprimir
LLUM BARRERA
 "Mi droga ha sido siempre el cachondeo"
 La han comparado con Rosa Maria Sardà o Mary Santpere. Ahora, la mallorquina desea engrosar su repertorio dramático mientras sigue triunfando con 'El manual de la buena esposa'
 
HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Comienza su tarde de ensayo improvisando equilibrismos ante el fotógrafo sobre las butacas del Teatro Lara. Un empleado la sostiene discretamente y ella, jocosa, le advierte sobre el peligro de sufrir un accidente laboral ahora que acceder a la sanidad se está convirtiendo en misión imposible. Llum Barrera desentierra cada tarde el machismo franquista con El manual de la buena esposa, en cartel hasta enero pese a las dudas iniciales. “No sabíamos si funcionaría en este tiempo de reacción social contra la involución política. Y resulta que el público espera en la puerta para felicitarnos”, asegura.
Irrumpió en el oficio a lo grande, apadrinada por Els Comediants. Un recuerdo imborrable: “Durante dos años recorrí el mundo. Lo pasé tan bien que lloraba cuando volvíamos a Barcelona con la furgoneta”. Se trasladó a Madrid en 1999 sin saber que en su camino se cruzaría la televisión, donde ha ejercido como presentadora, monologuista o ácida reportera. Pero fue su paso por Un, dos, tres y Aquí no hay quien viva, espacios indelebles en la memoria de la audiencia patria, lo que la catapultó como actriz cómica.
Lejos de resignarse a esa etiqueta, agradece que algunos “valientes” le hayan confiado papeles poco hermanados con la risa, sobre todo en los dos títulos de su filmografía: Princesas y Diario de una ninfómana. O en series catalanas como Zoo y Polseres Vermelles, en cuya segunda temporada repetirá tras el triunfo de 2011. “Spielberg compró la historia para EE UU, la doblamos al español cuando la adquirió Antena 3 y ya se ve hasta en Latinoamérica”, enumera, feliz.
 
– ¿Atraviesa el mejor momento de su trayectoria?
– Estoy sobreviviendo a malos tiempos en los que han bajado los sueldos y la vida es más cara. Ahora salgo de cañas casi racionándome, calculando cuántas tocan esta semana. Pero no quiero quejarme: hay compañeras excepcionales en el paro.
– A usted, que hizo sus primeros pinitos en el periodismo, no le vendrán de nuevas los apuros económicos…
– Ser redactora era una odisea. En mi primer empleo ganaba 16.000 pesetas más lo que pagaban por las piezas que colocase. Como no tenía curiosidad, siempre estaba sin un duro. El corazón me palpitaba cuando entrevistaba a artistas y no a Jordi Pujol, por muchas exclusivas que pudiera darme.
– ¿Y cómo acabó pasándose a la farándula?
– Fue una apuesta. Les conté a mis compañeros de ABC que iba a preparar las pruebas de voz para el Institut del Teatre porque me gustaba la radio. Como a menudo me subía a la mesa y montaba un espectáculo en la redacción, me retaron a entrar en interpretación. Y le eché huevos.
– Incluso manteniendo un nombre tan complicado para algunos...
– En un billete de avión me inscribieron como Yulnt, no sé cómo pudieron escribir tantas consonantes juntas. Y cuando reservo un taxi, esperan encontrarse con un señor japonés o inglés… También me confunden con Lloll Bertran, así que hemos bromeado con actuar juntas en Madrid: ¡ni Cristo dirá bien los nombres!
– Si se ríe con los disparates cotidianos, ¿cuándo se aburre?
– Recuerdo que di vida a un cigarro que se fumaba Jesús Quintero. El monólogo era aburrido y, como iba vestida de pitillo, me parecía a esos Bob Esponja que deambulan por la Puerta del Sol. A veces me he sentido ridícula porque, amparándose en que la comedia debe buscar la carcajada como sea, se pitorrean de un género loable, que debe abordarse con más seriedad incluso que el drama.
– ¿Aprecia el público la dificultad que entraña el género?
– Este país no hace ni puto caso ni respeta a los cómicos. Duele que no te consideren profesional hasta que haces drama. Cuando representaba Ángel, los espectadores me felicitaban sorprendidos porque no creían que fuera actriz. Es una suerte tener vis cómica, pero prefiero que no me la atribuyan, porque intentan involucrarme en chorradas imposibles de defender.
– ¿Se ha sentido constreñida?
– Mucho. Cuando podía elegir, renuncié a programas que seguían vinculando mi nombre al humor, a pesar de perder una pasta en aquella etapa dorada de la tele. Y es duro que, incluso participando en series intimistas como Zoo, el público espere que mi personaje suelte chistes.
– ¿Qué defectos le encuentra a la comedia española?
– Está trufada de tópicos y siempre ataca a los mismos personajes. En el mundo anglosajón se meten con gordos, enanos, negros, con los que la tienen larga… Aquí, en cambio, no se puede hacer nada: casi todo gira en torno a una familia heterosexual y se incluye algún gay solo para cumplir una cuota de visibilidad. Somos uno de los países más alegres del planeta y sabemos hacer humor inteligente, pero, por recato, los chistes buenos los reservamos para el ámbito privado.
– Precisamente, su personaje en ‘Aquí no hay quien viva’ pretendía a un homosexual. Y el año pasado condujo la gala de Míster Gay España… 
– Aunque no puedo competir con Alaska, mi humor gamberro y los personajes deslenguados que he encarnado me han permitido sintonizar con muchos espectadores de ese colectivo. En el certamen me lo pasé bomba: toda la vida escuchando a Camilo Sesto y acabé haciéndole los coros de Vivir así es morir de amor rodeada de chulazos. Se lo conté a mi madre y flipaba.
– ¿Le gusta la fiesta?
– He sido bastante juerguista, la pila no se me acababa nunca y he cerrado más de un bar sin drogarme en exceso [risas]. Mi droga era el cachondeo. Ahora me noto más cansada y la maternidad ha acabado definitivamente con mi vida nocturna: a las siete de la mañana viene el niño a levantarme la pestaña.
– Aun así, se subió a las tablas embarazada y hoy soporta un ritmo trepidante. ¿Tanto ama esta profesión?
– Cuando estoy muy cansada me pregunto si encontraré a un hombre que me retire [risas]. ¡Aunque estoy segura de que volvería al redil tarde o temprano!
 
 
Más sexo y menos sumisión
“Las mujeres somos verdaderas heroínas porque nos están crucificando desde los tiempos de Adán y Eva”. Es la conclusión que la mallorquina extrae sobre El manual de la buena esposa, obra en la que comparte escenario con la popular consejera radiofónica Elena Francis, a quien considera cómplice de la crucifixión: “Recomendaba a las oyentes que aceptasen el papel que sus maridos les asignaran y solo fuesen protagonistas en casa”. Ella habría apagado la radio. “Yo quiero ser protagonista en mi hogar, en mi cama, con mi marido, sin él… A la vida es mejor darle sexo y no sumisión”.
Con esa filosofía emancipadora publicó en 2003 su primer libro, Chica busca chico. Manual de ligue de una mujer desesperada, en el que la ficticia Sandra Malasaña compartía sus trucos. Aunque cautivó a miles de lectoras y la autora pensaba en una segunda parte, nunca más se supo de su faceta literaria. “Me encargaron inmediatamente otro texto, pero pasar tres meses escribiendo como loca sobre hombres no le hacía bien a mi carrera y me negué. Además, ser escritora exige constancia y no soy nada disciplinada fuera de mi oficio”.
En cualquier caso, Barrera nunca ha tenido que recurrir a los trucos de su libro. “La erótica del poder hace que, más allá de mi atractivo intelectual, la gente me vea guapa sin ser un bellezón”. Y, una vez más, la cara se le pone guasona y risueña.
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