twitter instagram facebook
Versión imprimir
04-07-2019

Diego Galán

“Odio el cine pedante”

Nos citamos con él a finales de 2018. Le perdimos para siempre el 15 de abril. Queda el recuerdo eterno de una tarde de pasión cinéfila con el hombre que fue crítico (a su pesar), director de San Sebastián y cineasta muy valioso. Él nunca se dio importancia; nosotros, sí

 


 

INMACULADA RUIZ

Reportaje gráfico: David Arcas

Apenas pudo disfrutar de su última primavera. Diego Galán nos dejó varias semanas después de este encuentro, que se desarrolló en una desapacible tarde de invierno. Me esperaba sentado en el acogedor comedor de un restaurante madrileño, donde se sentía como en el salón de su casa. Su elegante abrigo primorosamente doblado, como hacían los hombres antiguos, reposaba junto al sombrero que llevó su admirado Marcelo Mastroianni en Fellini, ocho y medio Se lo había regalado el figurinista Pedro Moreno, buen amigo suyo, unos meses antes, el día que le concedieron a Diego la Medalla de Oro de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Un premio importante para un hombre importante. Fue escritor, crítico, periodista, realizador, director del Festival de Cine de San Sebastián… El pasado 15 de abril murió un sabio.

 

   Eran los años setenta y ya hacía crítica de cine cuando se embarcó en rodar un corto. La gente le decía: a ver cuándo haces una película. “Me sentía como obligado a hacerla y estaba de moda entonces hacer cortos; hice cuatro y un día me miré en el espejo, afeitándome, y me dije: tú nunca has hecho un guion, ni has hablado con un productor, ni has hecho nada por hacer una película, ¡es que tú no quieres hacer una película! Y entonces me miré y me vi mucho más joven, más relajado, de pensar que no tenía por qué hacer ninguna película, que no tenía ninguna obligación. Y ya está”, sonrió.

 

 

   Le hablo de vocaciones frustradas, de que luego sí se pudo realizar como un respetadísimo crítico, y me contesta como si dijera tonterías: “¡Pero si yo no tenía ninguna vocación de director, ni de crítico tampoco! Yo fui crítico porque me contrataron como crítico, y viví de eso durante mucho tiempo, hasta el año 1985. Pero llegó un momento en que sentí que ya no era lo mío: me había cansado”. 

 

   Ocurrió en el Festival de Venecia, durante la proyección de Laluna, de Bernardo Bertolucci. “Me gustaba mucho Bertolucci, y me sigue gustando muchísimo. Aquella era una película muy compleja, complicada, sobre el psicoanálisis… muy retorcida. Y me sorprendió que los críticos italianos empezaran a patear la película cinco minutos antes de que terminara. ¡Me quedé perplejo! ¿Cómo tienen ya una opinión formada si ni ha terminado y es una película de reflexionar sobre ella dos días o más? Me afectó mucho aquello y pensé: ¿cuántas veces has sido tú como esos críticos italianos, cuántas veces has rechazado una película sin terminar de verla o sin terminar de pensarla? Entonces decidí dejarlo. Al cabo de los años me llamaron de El País y, ya por hambre, volví a ser crítico de cine. Allí me lo tome con otra filosofía”.

 

   Dirigió el Festival de San Sebastián entre 1986 y 1989. Seis años después volvió, hasta el año 2000. Tampoco a esto le regala demasiada importancia. “Los festivales de cine no son tan importantes. Por ejemplo, ¿cuál es la película que ganó Sundance el año pasado? Ni te acuerdas, seguro”. Pues no. “Ni tú, ni yo, ni nadie”.

 

 

   Escuchándole hablar, pareciera que solo le diera valor absoluto, valor de realidad, al cine. Fue generoso con él hasta el final, a sus 72 años, defendiendo con su natural descreimiento el devenir anticanónico del séptimo arte. Supo vivir su tiempo, Galán: “Tu no puedes parar la historia, no puedes parar la marcha de los acontecimientos. Si ahora el cine se ve más en las plataformas, pues se ve más en las plataformas. Mira Roma, de Alfonso Cuarón: la premiaron en Berlín, aunque se estrenara en Netflix”.

 

   Y la que se lió, don Diego… “Pero en todas las artes hubo una fase de romper el formato hasta donde se podía destilar el arte. Y el cine sigue teniendo muchos clichés: no es cine si no es pantalla grande, las series no son cine... ¡El cine no es una cuestión de tamaño!”. 

 

   Explíqueme qué es el cine, le digo. “El cine es la imagen en movimiento, eso es el cine”. Y no para, sigue hilvanándome algo tan evidente para él: “No hay más explicaciones ni más límites que ese. ¿Habría cine sin salas? Lo hay, ya existe. ¿Las series son cine? Son imagen en movimiento. Pero son historias que duran 12 o 50 horas, no se ajustan a la unidad de tiempo tradicional, pero no hay por qué poner vallas. ¿Por qué no va a ser cine una serie?”. 

 

   De su argumento parece que, en vez de atravesar una crisis, nos encontramos ante una revolución. “Es que el cine siempre ha estado en revolución”, me replica. “A lo largo de sus 100 años de historia ha habido saltos y cambios. Mira, cuando llegó el cine sonoro, Chaplin decía: eso no es cine. Siempre hay gente que se ha negado a la progresión, pero lo que rueda un señor con un móvil también es cine, y a veces es genial. Otra cosa es que yo esté obligado a verlo, pero usted puede rodar la película que quiera”.

 

 

   Es bonito eso que dice. “Gracias, es lo que pienso”.

 

   Galán, cansado de estar tanto tiempo sentado (“¡ay, es que ya no sé ni cómo ponerme”!), destila cada pregunta hasta llevarla a la esencia. Planteo el asunto del cine español, la típica pregunta de periodista a cineasta, y me inquiere: “¿Pero qué es el cine español?”. Me siento como si me preguntara qué es la felicidad, o el amor, o una puesta de sol, esas cosas que una no sabe bien si se definen mejor con la ciencia o con la poesía. “Ni idea”, le respondo, “y no se me ocurre nadie mejor que usted para que me diga si existe algo que se pueda llamar cine español y en qué consiste”. “Que hable de España: ese es su hecho diferencial. Si no, si hace florituras enloquecidas o metafísicas, como últimamente se hace en muchas películas aquí, será europeo”. Se queda pensando un rato y añade: “Y el humor negro. Incluso vinieron extranjeros a rodar películas de humor negro, como Marco Ferreri. Vino aquí a hacer películas típicamente españolas. Puede que sea ese un rasgo que hemos aportado...”.

 

   Luego se enreda indignado en esta corriente de corrección que nos invade desde hace una década larga: la gran censura de nuestro tiempo. “Eso lo está creando la población, y es insoportable lo políticamente correcto. Yo echo de menos a Almodóvar, que era lo políticamente incorrecto, y a otros directores parecidos. Creo que eso va desapareciendo porque se van haciendo maduros, más prudentes”. Nos recomienda –“a ti y a los lectores”– el documental El silencio de otros. “Es extraordinario. Hubo un tiempo en que empezaron a decir que solo se hacen películas de la Guerra Civil, y no es gente de derechas, sino imbécil, la que lo dice. Pero no es verdad que se hayan hecho tantísimas. Y además, ¿por qué no se van a hacer? Mientras sean buenas… Este es el país que menos ha hecho sobre su propia guerra”. 

 

   Al autor de la mítica serie Queridos cómicos le gustan los actores, eso es evidente en la mezcla de ternura y admiración que contagia cuando habla de ellos. “Sí, pero son insoportables”, se ríe, “Tienen mucho ego, ¡muchísimo!, pero me gustan, claro que me gustan. Los he visto tanto en la pantalla, ¡allí son tan grandes!, que luego los ves aquí al lado, de carne y hueso, y dices: pues mira, se parecen a mí”. Y suelta una carcajada. 

 

   Me cuenta divertido cuando actuó en el desaparecido Teatro Goya y fue Fraga Iribarne a felicitarle al camerino. Se le nota cansado, dolorido, pero se lía a contar anécdotas de Toni Leblanc, de Liz Taylor, de Aitana Sánchez Gijón, de Robert Mitchum… Cuánto sabía de cine, este hombre: “¡Anda ya, cualquiera sabe más que yo!”. 

 

   No hay manera de reconocerle, de admirar su conocimiento. Huye de lo solemne, del cumplido. Se ríe, se quita importancia, relativiza con su descreimiento. “Mira, una época nos reuníamos en mi casa para decidir la peor película española de todos los tiempos. Y claro, eso nunca acababa porque siempre había otra que la superaba. Y dejamos de hacerlo porque era interminable” [risas]. Cae la tarde y es hora de despedirse. Hablamos del cine malo, y para él el peor era “el cine pedante”. “Ese lo rechazo. Me da mucha pereza ir a ver a los directores especializados en su ombligo”. ¿Qué cine le gustaba a Diego Galán?: “¡El bueno!”.

 

   Gracias, Diego, ojalá siga disfrutando eternamente del cine del bueno, cualquiera que sea el formato que se lleve allí. Con su sombrero, mano a mano, junto al bello Marcelo.

 

Versión imprimir